Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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domingo, 26 de septiembre de 2021

El milagro de la Palmera



A comienzo de los años cincuenta del siglo pasado, algún niño de la vereda del Palomaré, vereda que acompaña, en las inmediaciones del Palmeral, desde hace mil años, a la roba del mismo nombre, desde que se desgaja de la roba de Masquefa, se atrevía a imaginar la escena del milagro de la palmera. Por el huerto de doña Filomena Mejías, en un recodo del camino que repasó tantas veces Miguel Hernández, había una palmera verdal, que sigue estando allí, de dátiles dulcísimos. Esa palmera, símbolo del amor, que todavía no era muy alta y podía llegar hasta el suelo con la punta de sus palmas, fue la que realizó el milagro. El niño de la vereda conserva en su memoria, como entre las brumas de un día de baria, el ruido del tropel de los soldados, que llegaban de Sanantón. Los fugitivos se arrimaron al tronco hirsuto de la palmera, conteniendo la respiración. 

El Niño no lloró, ni la burra rebuznó. La palmera, decididamente, aplachó sus ramas frondosas sobre los viajeros. Los perseguidores pasaron, sin darse cuenta del prodigio, hacia el Escorratel, venga a preguntar por el Niño.

La visión del niño huertano fue mucho más real que la que tuvo la beata Ana Catalina Emmerich y dejó por escrito: "Bajo una palmera había dos carteles sostenidos por ángeles. Por encima de la palmera estaba arrodillada una Virgen que parecía salir del tallo y cuyo traje flotaba en el aire. Vi al Padre Eterno, en la forma que siempre lo veo, acercarse a la palmera por encima de unas nubes, y quitar una gruesa rama que tenía la forma de una cruz y colocarla sobre el Niño".


MIGUEL RUIZ MARTÍNEZ
ORIHUELA. LITERATURA Y PATRIMONIO

miércoles, 15 de agosto de 2018

Una leyenda que nos atañe: La sopa de ajos y el rey


Estando el rey Jaime I, llamado El Conquistador, en la ciudad de Teruel preparando su próxima conquista, cayó en una terrible enfermedad y los médicos de la corte se vieron incapacitados de tratar su mal.

Se buscó entonces el consejo de otros expertos, entre ellos varios de los judíos más sabios del reino de Aragón pero fue en vano ya que cada día que pasaba empeoraba su salud.
Uno de los súbditos del rey, recordando un remedio con el que habían conseguido curar a un pariente suyo, informó de una posible solución explicando a los demás en que consistía dicho remedio y los médicos lo aceptaron por su desesperación aunque lo consideraban un disparate, ya que lo que se propuso era tan simple poner a hervir en una cazuela agua, pan y ajos.

El agua y el pan corrían con abundancia por todo el reino pero el ajo era un producto que no era muy conocido por aquellos lares.

Se indagó sobre dónde podría obtenerse esa pieza tan maravillosa a la que se le atribuían poderes curativos y uno de ellos acertó al manifestar que era en tierras de Valencia, cerca del Mediterráneo, en donde esperaban los moros el ataque inminente.

Se preparó una expedición compuesta por seis audaces caballeros valerosos que no tenían miedo a perder sus vidas entrando en territorio enemigo.

La empresa casi resultó en fracaso ya que de los seis solo consiguió regresar uno y mal herido con cinco cabezas de ajos.


Las hábiles manos de una anciana experta preparó el brebaje conocido como sopa de ajos que fue engullida por el rey no sin disgusto por el sabor tan fuerte o el olor que despedía.

Pero ante los atónitos ojos de los incapaces sanadores, la salud del rey se recobró un muy pocos días

Fue tal el estado del mejoría que le produjo el brebaje que el rey pidió a continuación poder disfrutar de un banquete compuesto por chuletas de ciervo.

Después se retiró a descansar y al despertar llamó a sus consejeros que le informaron de todo lo ocurrido durante su convalecencia, de lo a punto que había estado de perder la vida y de lo caro que había salido el ir a buscar el remedio.

El rey dispuso entonces que se recompensara a las familias de los caballeros fallecidos y se entrevistó con el que había sido malherido otorgándoles ciertos dones además de una gratificante recompensa.
Y por ley se decretó que se cultivaran en todo el reino aquellos productos agrícolas que tan buenos resultados habían dado salvándole incluso de una muerte segura. 


martes, 14 de agosto de 2018

La desconocida de Santa Bárbara


Entre las curiosidades y anécdotas que el investigador puede encontrar en el Archivo del Obispado de Orihuela hay una que tiene un sabor especial y que parece no haber llamado la atención de ninguno de los anteriores cronistas y documentalistas de nuestra ciudad que parecen estar más atareados por dar cifras de dineros y sueldos que de tratar de acercarnos a las verdaderas vidas de las personas que moraron en esas épocas remotas de las que nos hablan siempre con lejanía, con lo que ellos llaman objetividad. (Pequeño guiño desde el respeto y con cariño).

Pues bien, buceando entre miles de documentos de todo tipo y color, un avispado historiador desconocido en Orihuela, encontró un Acta de Bautismo con fecha del 28 de abril de 1709 de una niña llamada Josefa María Felicia cuya extraña aparición sigue siendo un quebradero de cabeza para los estudiosos en la actualidad.

Todo ocurrió durante la época en la que se produjo la llamada guerra de Sucesión.

Después de un terrible sitio a la fortaleza los partidarios borbónicos entraron a tomar posesión en los recintos del castillo de Santa Bárbara de Alicante y entre otras muchas cosas que obtuvieron en su botín se toparon de bruces con el rostro perdido de una niña que caminaba por allí como si con ella no fuera la cosa.

Lo extraño es que nadie reclamó a la pequeña como suya. Ninguno de los dos bandos la conocía, sabía quien era o cómo había aparecido allí. ¿Se trataba quizás de la hija de alguien de tanta importancia que hizo que los que la conocían no dejaran pistas de su origen? y ¿Por qué la niña fue incapaz de dar los nombres de sus familiares?, ¿Por qué no se pudo acceder a ella?

Con la mirada perdida la niña caminaba sobre las ruinas de la fortaleza en un ambiente que se alejaba de lo tranquilo y lo armonioso. Jamás le arrancaron una palabra, un nombre. ¿Es que acaso los niños no hablan?

El vicario de Santa María, Juan Bautista López, ante la imposibilidad de saber si la niña había sido bautizada o no, le brindó el mencionado sacramento otorgándole dicho nombre y apellidos.

Nunca fue reclamada por nadie y por tanto nunca se supo ni su origen ni descendencia.

Algunos creen que se trataba de la hija de alguno de los mandos británicos que apoyaron la causa de los Austrias que seguramente habrían perecido en el fragor de la batalla.

O posiblemente, la descendiente de algún comerciante que tratando de proteger su vida y las de los suyos habría buscando refugio entre los muros de la fortaleza.

O quizás una viajera del tiempo que acabó cayendo en una época a la que no pertenecía.

El caso es que la niña no solo sobrevivió a la batalla ya que fue de las pocas supervivientes que logró salir ilesa de la conocida como enfermedad del Piojo Verde que causó miles de víctimas.

A partir del acta de bautismo se le pierde la pista. Tan solo nos queda en el registro el nombre de una mujer que se hizo cargo de ella.

Más allá, el silencio del olvido.


Basado en un texto de JOSÉ VILASECA

lunes, 12 de febrero de 2018

Orihuela Curiosa: El año en que se prohibió la visita al cementerio el Día de Todos los Santos



Corría el año 1885 cuando una epidemia de difteria se llevó por delante la vida de muchos de los infantes oriolanos que jamás volverían a correr por sus calles y a llenar de satisfacción al resto de vecinos con sus risas alegres y sus juegos.

El año siguiente, diez oriolanos enfermaron de Cólera.

Poco después, el sarampión hizo también sus estragos.

Algunos de los canes cogieron la rabia siendo uno de ellos el causante de que un ciudadano de Orihuela perdiera la vida sin socorro y con el temor del resto a ser contagiados.

El pánico se extendió por toda la ciudad aquel año de 1886.

Ante aquellas condiciones el alcalde se armó de valor y esgrimiendo razones sanitarias prohibió la visita al cementerio el Día de Todos los Santos.



FUENTE: Revista EL SALT nº 11 Ene/Mar 2007
Artículo de D. Antonio Luis Galiano

domingo, 11 de febrero de 2018

EL FENÓMENO PARANORMAL MÁS DESCONCERTANTE DE LA HISTORIA DE ESPAÑA: Sucesos Extraños en el Cabezo del Plomo de Mazarrón


En la región de Murcia, más precisamente en Mazarrón, se encuentra un lugar de singular encanto: el Cabezo del Plomo. Aunque este sitio podría pasar desapercibido para aquellos que no comparten un interés en la arqueología o la investigación, un acontecimiento excepcional ocurrió en este enclave en un día caluroso del año 1982, lo que lo convierte en un punto de mayor atención.

Este sitio histórico representa uno de los principales asentamientos del Neolítico final y el Calcolítico en toda la península ibérica, abarcando una superficie de 3200 metros cuadrados. Durante su antigua ocupación, el poblado estuvo resguardado por una muralla, especialmente en las zonas más vulnerables.

En ese memorable día, aproximadamente una veintena de personas se encontraba en el lugar, dedicándose a sus tareas relacionadas con la arqueología, cuando se toparon con un enigma que, hasta el momento, permanece sin resolver.

La atmósfera se caracterizaba por una calma apacible, apenas un suave soplo de viento y un sol radiante. Fue en ese momento cuando se hallaban específicamente en el tholos del Cabezo del Plomo, un monumento funerario situado al pie del poblado y que constituye el único vestigio conservado de lo que alguna vez fue la necrópolis.

De manera abrupta y de manera única sobre ese punto, el cielo se oscureció súbitamente, cubriéndose de una densa nube negra, y se desató un vendaval con vientos que superaron los 110 kilómetros por hora. Con escaso margen para reaccionar, los presentes apenas lograron mantenerse sujetos al suelo, refugiándose tras las piedras para resistir el embate del viento caprichoso, mientras la luz solar desaparecía casi por completo.

Este extraño fenómeno persistió durante más de 60 segundos. Los testigos, cuyos testimonios gozan de plena credibilidad debido a su pertenencia al ámbito académico y a la alta cantidad de personas que lo experimentaron y sufrieron, se esforzaron por encontrar una explicación lógica que arrojara luz sobre lo que habían vivido.

La consulta realizada a los vecinos locales no condujo a ninguna respuesta esclarecedora. Nadie en la zona había experimentado algo similar en su vida.

FUENTE:
MITOS Y LEYENDAS DE LAS CUEVAS Y YACIMIENTOS PREHISTÓRICOS DE MURCIA
Esmeralda Mengual Roca y Ricardo Montes Bernárdez (presidente de la Asociación de Cronistas de la Región,Director de la Fundación de Estudios Murcianos Marqués de Corvera y Presidente de la Federación Cultural “Pedro Serna") 

miércoles, 17 de enero de 2018

Milagros de Orihuela: El Milagro de la Virgen de Monserrate de la Mancebería


Como es mi costumbre, me gusta recoger las anécdotas más interesantes y curiosas de mi ciudad.

Una de esas cosas que tanto nos gusta a los católicos es sin ir más lejos, la leyenda del Milagro de Monserrate de la calle de la Mancebería.

Según relata José A. Juan García en su libro EN ORIHUELA DEL SEÑOR en la página 17 de la primera edición, esto es lo que ocurrió.

En esta calle con tanto pasado e historia se sitúa en la actualidad una hornacina que luce a primera vista la imagen de nuestra señora de Monserrate.

En un aciago y oscuro día, la casa que aloja dicha hornacina, no me pregunten, pareció alimentar la fuerza de unas llamas que amenazaban con arruinar la vivienda.

Uno de los vecinos, aquel que pertenecía al grupo de los más devotos, y sin saber por qué, sintió el impulso de coger entre sus brazos el ramo que adornaba la figura de la santa imagen y lo lanzó hacia el interior de las llamas.

Pasados unos minutos, la temperatura empezó a bajar y las llamas lentamente se fueron apagando.

Gracias a ese acto, nadie sufrió perjuicio alguno y la casa pudo recuperarse con unos daños menores.

Desde ese día, es tradición oriolana el celebrar la fiesta de la Virgen de Monserrate en la calle como agradecimiento por aquel milagro tan hermoso.

Fiesta de carácter secular y financiada a través del propio esfuerzo y dinero de todos sus vecinos.


* Foto de la página ESTOESORIHUELA.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Leyendas de Murcia: El Diablo a las Espaldas


Cuentan los murcianos que a la actual calle de Polo de Medina se la conocía antiguamente con el nombre de calle del Cabrito desde el día en que sucedieron los hechos que aquí voy a relatar.

Juana, la mujer del zapatero, se encontraba atareada con la preparación de la cena por el día de San Crispín, patrón del gremio mientras rezaba para que su marido llegara a tiempo de acompañarla a la mesa.

El artesano del calzado, entró en casa y rechazó la cena alegando que el gremio lo había invitado a dar cuenta de unas cabezas de cordero asadas en la calle del Horno.

La mujer indignada ante tal humillación intentó detenerlo pero un forcejeo con su marido provocó su caída al suelo mientras el marido le espetaba con sarcasmo:

- ¡Quédate con Dios, mujer!


Ella todavía en el suelo le replicó:

- ¡Y tú, vete con el demonio!


La fiesta se alargó hasta lo indescriptible y las rondas de vino y comida parecían querer acabar con las existencias del establecimiento.

Pero finalmente se dio por terminada la velada y cada uno de ellos fue volviendo a sus casas.

El maestro zapatero Juan, regresaba a la suya con el miedo a las represalias por parte de su mujer por el trato que le había dado y sumergido en sus pensamientos no fue consciente de lo oscura que era la noche.

Las campanadas de la Catedral sonaron y marcaron las tres de la mañana, la hora maldita en la que dicen que ocurren todas las cosas demoníacas.

A pocos metros de sus pies, algo le llamó la atención.

Primero pensó que podría ser un animal de compañía e intentó espantarlo con alguna que otra pedrada que lanzó al azar sobre las sombras.

Pero luego se percató que se trataba de algo más inocente y suculento.

Un pequeño cabrito le salió al paso manso y soberbio.

El zapatero dudaba si llevárselo consigo o dejarlo allí mismo.

Pero el animalico le seguía y le cerraba el paso.

Así que finalmente, con la alegría que regala el vino en las entrañas, no pensó en otra cosa que en echárselo a los hombros para llevárselo a su casa.

Aún no había salido del callejón del Horno cuando sintió que el peso del animal había aumentado. Parecía que con cada paso que daba, el peso subía.

Como la noches anteriores habían sido húmedas y algo lluviosas, se habían formado algunos charcos, al pasar sobre uno de ellos, vio en el reflejo del agua que lo que tenía a las espaldas difería completamente de un animal inocente, un hombre vestido de negro con un rostro monstruoso y cornudo había ocupado el lugar del animalico.

El susto fue tan horrible que el mozo perdió el sentido y cayó de bruces.

No despertó hasta que lo encontraron mal herido pero vivo a la mañana siguiente.

Pero la anécdota se propagó por toda la región y pocos días después la Calle del Horno fue llamada La calle del Cabrito y así consta desde 1760 en los viejos documentos.


lunes, 20 de noviembre de 2017

La Oriolana que fue mandada llamar para curar el mal del Conde de Barcelona


Si una cosa podemos destacar de la baja edad media era que el papel de la mujer en la sociedad de aquella época era meramente decorativo.

Un mundo salvaje en donde los hombres eran los que dominaban las artes, las ciencias, el gobierno, las guerras.

La mujer era utilizada como instrumento para perpetuar la estirpe de los varones, las sagas familiares.

Por eso cuando una mujer casada seguramente por contrato, por decisión meramente económica y para satisfacer demandas que nada tiene que ver con el amor, si resulta que la mujer no daba la descendencia que se esperaba de ella se convertía en un estorbo para los parientes.

Por eso no es de extrañar que los conventos estuviesen abarrotados de mujeres desechadas que ya no servían a la causa.

Por tanto, esto es lo que se nos hace más extraño.

Porque vamos a hablar de una figura de la que apenas quedan datos, tan sólo unas menciones en viejos libros o documentos pertenecientes a esos tiempos.

Lo verdaderamente curioso es que a esa persona del sexo femenino se la denomine “médica” en un tiempo en que las ciencias sanatorias eran practicadas única y principalmente por varones.


Cuentan las crónicas antiguas que en los tiempos del rey Juan I que había ocupado la Corona de Aragón en 1387 tras la muerte de Pedro el Ceremonioso, el monarca se entraba atareado por sus diversas ocupaciones entre ellas la caza, pero también el estudio de las estrellas y la alquimia.

Cuando Pedro IV el Ceremonioso falleció, la Corona de Aragón estaba extenuada, las guerras habían vaciado las arcas del tesoro, y los rebrotes acompasados de la peste amenazaban a todo el mundo, incluso a la familia real. Ante tal desfavorable coyuntura, el infante Juan no parecía el hombre adecuado para cambiar el rumbo de la situación.

Era un lejano enero de 1387 cuando se enteró de la muerte de su padre, el futuro rey estaba convaleciente de una grave enfermedad, posiblemente epilepsia. La persistencia de la extraña dolencia alimentó las sospechas de que el nuevo rey hubiera sido embrujado. La reina Violante de Bar, esposa de Juan I, difundió entre sus embajadores que el rey había sido hechizado a través de construcciones y sortilegios de imágenes. Ante la extrema gravedad de la situación, Violante, mandó llamar a Barcelona a los mejores expertos en medicina entre los cuales había astrólogos, nigromantes y sabios venidos de París o Aviñón. Incluso en un momento de máxima desesperación, la reina Violante prometió no llevar más perlas ni joyas preciosas en las vestiduras si Juan I sobrevivía a los presuntos sortilegios. Superada por los hechos, la mencionada reina también estudió el libro de nigromancia Cigonina escrito por el Obispo de Barcelona Jaime Sitjó, en busca de un remedio.

Mientras, el rey también sacaba fuerzas de flaqueza para peregrinar al santuario de Monserrat y encomendarse a la Virgen.

Había dado orden a sus consejeros de que todos aquellos libros que trataran sobre los temas de su interés fueran localizados y llevados a su presencia.

Creyente de hechizos y sortilegios mágicos, mandó llamar a un prior y le solicitó que le construyese unos anillos que le pudieran servir para defenderse contra maleficios.

Juan I, a la desesperada, solicitó los servicios del famoso médico Ibrahim de Xátiva y finalmente de un personaje femenino misterioso que tenía muy buena fama por entonces de la ciudad de Oriola: ques metgessa e guarey algunes malaties fortunals. (Que es médica y proteger al rey de algunas enfermedades que no se sabe la causa).

En otoño de 1387 Juan I, El Cazador, sanó de su enfermedad.


Pero a nosotros nos queda la duda:

¿Quién fue aquella oriolana desconocida que fue llamada para curar los males, la enfermedad extraña que aquejaba el monarca de la Corona de Aragón?

¿Fue una bruja, una curandera? Lo dudo pues los vocablos catalanes o aragoneses para tales personajes para nada tienen que ver con la denominación “metgessa” (médica) que encontramos en los documentos que se refieren a ella.

¿Será posible que esta tierra de Armengolas, esta Orihuelica del Señor sea el lugar dónde las mujeres más fuerza cobran de todo el país? 


Poner a una mujer oriolana a la misma altura de un sanador de origen árabe, o de los mejores sanadores de la Corte Europea, es poner el listón muy alto. Y más si cabe, para intentar sanar al que fue El Conde de Barcelona.

FUENTES: 
Breve historia de la Corona de Aragón -  David González Ruiz
La Valencia del más allá - Rafael Solaz



Reflexión:

Lamentablemente, la información que se tiene sobre la "metgessa" de Oriola (Orihuela) es muy limitada y fragmentaria, ya que se trata de una figura histórica que apenas dejó huella en los registros de la época. Por lo que se sabe, esta mujer era una curandera o médica que gozaba de buena reputación en la ciudad de Oriola y sus alrededores durante la Baja Edad Media. Fue llamada por el rey Juan I de Aragón para tratar una enfermedad que le aquejaba, y aparentemente logró sanarlo, aunque no se sabe con certeza de qué padecimiento se trataba.

Algunos historiadores sugieren que la denominación "metgessa" podría haber sido utilizada de forma genérica para referirse a cualquier mujer que practicara la medicina, sin que necesariamente tuviera una formación formal en la materia. Otros argumentan que, aunque la medicina era un campo dominado por los hombres en aquella época, no era infrecuente que hubiera mujeres que ejercieran como curanderas o parteras en las comunidades rurales.

En resumen, la "metgessa" de Oriola es una figura interesante y enigmática de la historia de la medicina, pero desafortunadamente no se dispone de suficiente información para conocer con detalle su identidad, sus prácticas médicas o su legado.



Resumen:

Durante la Baja Edad Media, la mujer tenía un papel decorativo en una sociedad dominada por los hombres en todos los ámbitos, desde las artes hasta el gobierno y las guerras. En esta época, las mujeres se utilizaban como instrumentos para mantener la estirpe de los varones y las sagas familiares. Si una mujer casada no daba la descendencia esperada, se convertía en un estorbo para sus parientes y a menudo acababa en un convento.

En este contexto, resulta sorprendente encontrar menciones de una mujer que se la denomina "médica" en una época en la que la práctica de las ciencias sanitarias estaba reservada exclusivamente a los hombres. Aunque apenas quedan datos sobre ella, las crónicas antiguas relatan que esta misteriosa mujer de Orihuela, en la Corona de Aragón, fue llamada para curar la extraña enfermedad que aquejaba al rey Juan I en 1387.

A pesar de la gravedad de la situación, la reina Violante de Bar no dudó en buscar a los mejores expertos en medicina y nigromancia para salvar a su marido. Incluso ella misma estudió el libro de nigromancia Cigonina en busca de una cura. Pero finalmente fue esta mujer oriolana, cuyo nombre desconocemos, quien logró curar al rey y poner fin a la crisis.

Aunque se desconoce la identidad y el origen de esta "metgessa", es importante destacar que su denominación como "médica" indica que se la consideraba una profesional de la salud, y no una curandera o una bruja, como se podría pensar en una época en la que la medicina era un terreno exclusivo de los hombres.

Esta historia nos recuerda que, a pesar de las restricciones y los prejuicios de la época, las mujeres también han tenido un papel importante en la historia de la ciencia y la medicina, aunque sus contribuciones hayan sido a menudo ignoradas o silenciadas.



jueves, 9 de noviembre de 2017

Leyendas de Bigastro: La Leyenda del Pueblo del Saco


¿Quién no recuerda de pequeñito cuando nuestras madres intentaban darnos de comer y nosotros mostrábamos una actitud obstinada y reticente y nos poníamos de morros?

Nuestras madres no tenían más remedio que amenazarnos y nos decían que si no éramos buenos y nos comíamos toda la comida, vendría el hombre del saco y nos llevaría?

Este término del “Saco” viene acompañando a los vecinos de Bigastro desde tiempos que ya no se recuerdan.

Pero a diferencia de la auténtica historia del hombre del saco, basado en los sucesos acontecidos en el pueblo de Gádor en la provincia de Almería en 1910 promovidos por un curandero conocido como Leona y que acabó con la vida de un niño de la que se extrajo su fluido vital para intentar curar los males de un tuberculoso, en nuestra localidad vecina no tiene un origen tan dramático.

Resulta que después de la guerra española, la gente se vio obligada ante la necesidad, a robar el sustento más básico para no perecer. El alimento.

Quiso la causalidad o bien, la fatalidad para aquellos que eran capturados con las manos en la masa, que todos ellos fueran vecinos de Bigastro. Parece ser que los demás chorizos tenían mejor facultades para salir a la carrera y que no fueran sorprendidos.

Así, poco a poco, fue extendiéndose la mala fama de que todos los de Bigastro eran unos ladrones y como siempre que eran detenidos tenían el botín de sus incursiones en el interior de sacos, corrió como la pólvora el rumor.

Así de este modo, el pueblo pasó a conocerse por toda España como el Pueblo del Saco.


FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)

viernes, 17 de marzo de 2017

¿Por qué Canto Foral y no Forat?

Resultado de imagen de canto foral

El embajador de D. Pedro el Cruel se presentó con bandera blanca ante las murallas que están entre Sto. Domingo y S. Antón y pidió parlamento a los defensores de la Ciudad.

Concedido, se dispuso el traslado del embajador, con los ojos vendados, al interior de las defensas.

El sitio designado para la conferencia fué el hueco del Canto Forat. En aquel tiempo de las catapultas, arietes, brigolas, escudos y espadones, el peñón de la calle de Arriba era inexpugnable.

Por esta razón y por su posíción atalayadora eran desde allí dirigidas las operaciones de la parte de levante.

Introducido en el hueco el embajador, fueron corridas completamente unas tupidas cortinas que disimulaban al exterior el horadamiento del peñón y convertían la oquedad en un recinto cerrado.

Encendieron un viejo candil y quitaron entonces el vendaje al embajador.


Al verse éste en un cueva oscura esclamó irritado ante el jefe de la Guardia.

- ¡Oriolano, esto es una mazmorra! ¡Mi rey tomará venganza de está humillación! 


El Jefe de la Guardia qué había recibido orden de tratar cortésmente al embajador contestóle muy blandamente en la jerga aragonesa que entonces se hablaba en Orihuela:

- . . Esto, señoret, no es una mazmorra, es un forat. 


- Maldito hi de tal
- gritó altivo el castellano. - ¿Qué es eso del foral?

El oriolano se olvidó del mandato de sus Jefes, se irguió, empuñó la espada y bramando de coraje rugió:

- Forat es lo que face mi espada!

- ¡Téngase quieto!
-gritó el Jefe de la legación oriolana que en aquel momento apareció por la parte norte, tomando del brazo al guardia cuando ya iba a atravesar al castellano.

- Esto, señor -dijo volviéndose al legado del Cruel, - es nuestra atalaya del Canto Forat...iVed!-... y mandó descorrer la cortina que tapaba la soberbia vista dominadora de parte de la ciudad y de la espléndida vega.

- ¡Noble oriolano! -exclamó asombrado por la grandiosidad del paisaje el de Castilla. - Diré a mí Rey que vuestro Canto Foral tiene un balcón más hermoso que todos los de su reino... 

- ¡Ah! pero decid también a vuestro Rey -replicó el de Orihuela, -que mientras quede en esta Ciudad una espada sin romper no pondrá él los pies en este balcón... 

….........................

- Da cuenta de tu misión -dijo el rey D. Pedro a su embajador.

- Señor, -contestó el legado, tan sólo os puedo decir que he visto el balcón más hermoso del mundo defendido por los hombres más fieros de la tierra...

¿Qué han respuesto a tus proposiciones?

-Me han jurado que en ese balcón no pondreis vos los pies....

- ¿Donde está ese balcón?


- En el Canto Foral 


Y fué entonces cuando el Rey castellano lanzó sus huestes en ataque desesperado contra las fortalezas oriolanas.


Pero no pudo en aquella ni en otras sucesivas embestidas llegar al balcón deseado. Por eso cuando forzando la puerta de Elche y del Salvador entró en la Ciudad y se adueñó de las calles desoladas y solitarias dijo:

- Añadid al escudo de esta heróica Ciudad estas palabras: “Vuestras espadas siempre han prevalecido”.

Y os fama que el Rey admirado de valentía de los defensores, volviéndose al intrépido Jefe de la legación oríolana a que rechazó la paz le díjo:

—Para que el juramento de Vuesa Merced se cumpla no pisaré vuestro balcón; su nombre de Foral sea recuerdo del Fuero privilegiado que doy a Orihuela... 


Y desde entonces aquel Canto se ha llamado Foral.

Suba, suba usted allí, amigo, cierre los ojos, haga un poco de meditación sobre el glorioso pasado de la ciudad, y luego asómese al exterior que da al mediodía y opinará ciertamente que no hay vista corno aquella, porque allí la visión panorámica y la visión histórica se juntan para darnos el cuadro mejor que es el de la vírilidad oriolana a la que sirve de marco la verde esmeralda de la vega, engastada en las duras sierras de granito.





A. Hernán 







Crónicas de Orihuela: La moneda falsa


Eran las 9:30 de la noche del 15 de noviembre de 1892.

Los vecinos del Rabaloche se quedaron asustados pues presenciaron la aparición de un grupo de hombres armados hasta los dientes.

La mayoría sujetaban con firmeza grandes escopetas.

Se pudieran contar hasta doce personas.

Los vecinos se asustaron tanto que entraron en sus casas y cerraron las puertas y ventanas por si acaso.

La comitiva llevaba un rumbo fijo, se dirigían al centro de la ciudad.

Alguno de los vecinos que había reconocido el rostro de alguno de aquellos hombres peligrosos, se animó a seguirlos para ver que sucedía.

Se detuvieron a las puertas de la cárcel.

¿Qué había sucedido?

Todo comenzó en el barrio de Bonanza. Allí , en una Venta conocida con el nombre de “La Basilisa” habían entrado cinco sujetos desconocidos que parecía provenían de la región de Murcia.
Se tomaron unas copas y cuando sus cuerpos y gaznates ya estaban saciados, pagaron al posadero.

En ese momento, se encontraba atendiendo la Venta el hijo de la dueña que de manera descarada pero no descortés rechazó la moneda por considerarla falsa.

El pagador, mostró fingida indignación, sacó su arma y le disparó cinco tiros a quemarropa al ventero.

Demos gracias a Dios por que ninguna de las heridas fue de gravedad.

Sin casi tiempo para reaccionar, entró por la puerta el pedáneo que inmediatamente puso orden y detuvo a cuatro de los cinco sospechosos.

El criminal había puesto pies en polvorosa.

Se presentaron a la orden algunos vecinos que trajeron consigo sus armas para cuidado de que todo se respetara y acompañaron a los arrestados y a su captor.

La Guardia Municipal que presa servicio en el Rabaloche consiguió atrapar al quinto personaje que fue puesto a disposición judicial.





miércoles, 23 de noviembre de 2016

El Toreador del Ring que murió en Orihuela


Un hombre de aspecto descuidado, perdido en sus cavilaciones, permanecía imperturbable en el interior del geriátrico de Orihuela.

Exuperancio Galiana Díaz se llamaba.

Originario de Quintanar de la Orden donde nació en el año 1931, marchó siendo un adolescente a Mataró.

Durante un combate de boxeo, como público por primera vez, se sintió tan molesto que tuvo que apartar los ojos.

Poco sabía él de que su destino iba a estar ligado para siempre con este arte.

En 1950, se apuntó para participar en los Campeonatos de Cataluña de Boxeo amateur en la categoría de los pesos pluma.

En 1954 se hizo con el Campeonato de España en esa misma disciplina pero ya como profesional.

Animado por sus victorias y trofeos decide subir de categoría y compite a partir de ese momento en peso ligero, consiguiendo una nueva victoria como Campeón de España después de derrotar al famoso Ángel García.

En 1955 viaja a París en donde logra proclamarse Campeón de Europa enfrentándose tanto a boxeadores como a los jueces que ya por aquel entonces mostraban su rencor a los deportistas españoles.

Algunos críticos decentes de la capital francesa empezaron a denominar a nuestro boxeador como el “Toreador del Ring” al lucir en los combates una técnica elegante y depurada con la que conseguía deshacerse de sus rivales con facilidad. Su domino sobre los pasos laterales y las fintas era elogiable dejando en evidencia a sus contrincantes que caían repetidamente en sus propios embistes al vacío.

Fue un héroe, un ídolo de masas que atraía a cientos de seguidores que en pocas horas agotaban las entradas de este boxeador que si fuéramos justos podríamos considerar como el mejor del mundo.

Exuperancio Galiana Díaz se retiró con 154 victorias (90 por K.O.), 22 derrotas (5 por K.O.) y 13 combates nulos, y habiendo conquistado el Título de Campeón de España y Campeón de Europa.

Su muerte se produjo alrededor de las 17.00 horas en una residencia geriátrica de la localidad alicantina de Orihuela, en la que vivió los últimos años debido a la enfermedad de Alzheimer que padecía.

Acabó sus días, a los 74 años por culpa de una neumonía, en Orihuela. Casi nadie le recordaba ya. Ni siquiera él, borrada su memoria por el Alzheimer.

Y esto casi nadie lo sabía.

martes, 1 de noviembre de 2016

Orihuela Curiosa: La fama de las mujeres oriolanas


Cuenta un madrileño, que allá por las otras tierras de la España se hablaba mucho y que muy bien de las virtudes de nuestra tierra.

Famosas eran las huertas y frutos que de ella salían.

Nombrar Orihuela era como decir en voz alta las bondades de una tierra fértil, donde destacaban los limones y naranjas de nuestro vergel.

Pero aquí, en el árbol prohibido del Paraíso Perdido había otros frutos que tenían fama de deliciosos, de apasionados y hermosos.

Esos frutos de notoriedad nacional eran las mujeres oriolanas.

Consideradas a principios de siglo XX como las damas más hermosas de toda la península.

Así que no es de extrañar que ante tanto piropo, la oriolana fuera cambiando su autoestima y empezase a mirar por encima del hombro como si ellas fueran las únicas mujeres de la patria.

Para demostrar este hecho, me he topado con un documento, una historia que cuenta un antiguo madrileño que pone de manifiesto a que nivel de chulería llegaba la mujer de estas tierras.

Este hombre cuenta, en una de sus obras que cuando pisó por segunda vez el suelo de Orihuela, después de haber pasado la tira de años sin asomarse por estos lares, lo primero que le sorprendió es que el color del pelo de las oriolanas había cambiado.

En una época en la que lucir el pelo de color dorado era muestra de coquetería y una actitud pecaminosa muy criticada por la curia, resulta que todas las oriolanas, arropadas por ese nuevo sentimiento de seguridad que les daba el sentirse la más codiciadas del país, se pusieron de acuerdo al unísono para colorearse todas a la vez el pelo con el color de los brillantes rayos de luz del sol. O sea, tintarse de rubias.

Fue la primera ciudad de España en donde ocurrió esto. Y lo relata un experto en mujeres.

Esta curiosa y a la vez fascínate anécdota está reflejada en una de las obras de aquel mujeriego madrileño que visitó nuestra ciudad por segunda vez en su vida.

Aquel que fue considerado como uno de los pioneros de la novela erótica.

Me estoy refiriendo a Joaquín Belda que curiosamente es originario de Cartagena, en donde la belleza de sus mujeres también es hoy día muy considerada.

FUENTE: 
Las Bodas de Oro de mi Colegio (Joaquín Belda)




domingo, 23 de octubre de 2016

Relatos de Ruta II: Ayuda desde el más allá


Las Rutas del Miedo a veces nos traen sorpresas.

Pues en ese ambiente tan agradable que se produce en ocasiones, la gente se anima a contar sus propias historias y experiencias.

Este es el testimonio de uno de los ruteros que nos acompañó en una de mis rutas y que fue  protagonista principal de un misterioso hecho que a continuación os voy a relatar.

Antiguamente, la mayoría de las comparsas de la fiesta de la reconquista de Moros y Cristianos de Orihuela estaban situadas en el Rabaloche.

En la parte donde está el Oriol, enfrente, había una que ocupaba bastante sitio.

Fue un chico el viernes de fiesta por la tarde a recoger su moto después de trabajar.

Le quitó el candado con cadena que la llevaba sujeta para que no se la robaran y entonces se dio cuenta de que algún gracioso de la comparsa le había puesto un cable 
enganchado y se vio en el apuro de que no podía quitarlo.

Lo intentó una y otra vez, pero no consiguió liberar la moto de aquel cable grueso.

Entonces pasó por allí un coche.

En el interior del coche un amigo suyo al verlo trajinando le preguntó que le pasaba y que estaba haciendo tan sulfurado.

Primero se alegró porque llevaba mucho tiempo sin saber de aquel que le hablaba desde el coche y luego le explicó lo que estaba pasando, que no podía irse a su casa porque algún listillo le había enganchado la moto con un cable y que no había manera de sacar la moto de allí.
- Mira, yo me tengo que ir, pero sube a mi casa y dile a mi padre que detrás de la puerta principal hay una cizalla, dile que te he dicho yo que te la preste para cortar el cable y ya te podrás ir.
Se despidieron y viendo alejarse el coche se dirigió a la casa donde vivía el padre de su amigo y tocó a la puerta.

Le abrió un hombre entrado en años vestido de negro con el rostro entristecido que inmediatamente lo reconoció y se saludaron.
- Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy Juan el amigo de tu hijo. Es que me he quedado ahí abajo tirado con la moto que no puedo moverla porque algún gracioso de la comparsa me la ha enganchado con un cable. Ha pasado tu hijo y me ha dicho que viniera a pedirte la cizalla para que lo cortara. Déjamela un momento y ahora me paso con la moto y te la devuelvo.
El padre se quedó sin palabras al oír mencionar a su hijo. Su cara pálida ya de por si se puso más blanca.
- Es que yo no sé donde están sus herramientas. -Dijo el hombre con el rostro demacrado por el dolor.
- Me ha dicho que está detrás de la puerta principal.
El fatigado progenitor dudó un instante y luego reaccionó, buscó detrás de la puerta como este le había dicho y era cierto, la cizalla estaba allí. Se la prestó sin abrir la boca y esperó pacientemente a que el otro regresara sin añadir más palabra.

Bajó el chico con la cizalla y al llegar a la altura de la moto, cortó el cable, liberó la moto y se fue a devolver la herramienta.

Volvió en busca del padre de su amigo, le dio las gracias y se despidió de él.

Pasados dos días, el chico se fue a un bar a tomarse una cerveza y se puso a charlar con los amigotes.

Les relató lo que le había ocurrido días antes con la dichosa moto.
- Pues sí, el viernes cuando iba a coger la moto…
- ¡Qué bordes!, -le respondieron los que le rodeaban.
- Sí, pasó mi amigo Pepe Cañizo y me dijo tal cosa y…
- ¿Pepe?, ¿el hijo de Antonio el Morral?
- Sí, ese mismo. Fue el que pasó con el coche y me dijo que le pidiera a su padre la cizalla.
- Pero si ese chico se mató hace dos semanas en el túnel con su coche. ¿Cómo dices que lo viste el viernes?
Todos callaron y no volvieron a comentar el tema.




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domingo, 2 de octubre de 2016

Orihuela curiosa: El Pacto de Gabriel Miró con el Diablo



En un ambiente siniestro en el Colegio Santo Domingo, donde reinaba la frialdad y el silencio de los Estudios, el refectorio y el claustro.

Cuyas paredes eran atravesadas constantemente por la esencia espiritual del Padre Fundador del Colegio en forma de fantasmal figura.

Oscurecidas y pesadas torres altas los cubrían con sus aciagas sombras.

Y molestos sueños cargados de calumnia por las noches lo atormentaban.

En este ambiente, se educó Gabriel Miró, el niño enfermo que permanecía casi siempre sus días en el piso de arriba destinado a enfermería, para que le trataran aquellos ataques hipocondríacos de reuma que en su rodilla izquierda padecía.

Era su amigo Bellver, un niño de familia acomodada de origen mallorquín, de tallo alto y palidez descarada. Buenos modales, galán y siempre sonriente.

Tenía su amigo una hermana que rondaba la belleza perfecta, o eso le parecía al pobre e indefenso Gabriel que sintióse atraído por ella desde el primer momento en que sus cándidos y rosados labios acariciaron el rostro del niño perdido entre sentimientos desconocidos.

Y así surgió, a través de inocentes conversaciones de niños buenos, el tema de la observación del pecho de la cocinera de Bellver.

Aún con la imagen fresca de la hermosa niña, la hermana del mallorquín, Gabriel se vio envuelto en una trama bien urdida por sus otros dos compañeros.

Erizado de terror, se negó a participar en aquellos siniestros juegos de carácter esotérico que al parecer Bellver le indujo.

Tan ensimismado estaba en ese asunto nuestro querido escritor, que hasta uno de sus profesores, le llamó la atención por el despiste que le produjo en una de sus clases, en la cual pálido y pensativo habíase escondido sin querer sus piernas.

Gracioso es el pasaje que él mismo relata en una de sus cortas novelas. (Niño y Grande es el título del pasaje).

¡Mis pies!, ¿Dónde están mis pies?

Así con esa frase el aludido se asustaba al comprobar que le habían desaparecido los pies, mas no era este un prodigio precedido de maldición alguna sino que se trató simplemente de un despiste en el cual, el mismo alumno, habíase sentado sobre sus piernas mientras el resto de compañeros de clase prorrumpían entre carcajadas y burlas.

Así, animado de una sensación de embotamiento y con grandes ganas de venganza ante tal humillación, se decidió el muchacho a dejarse llevar por los encantamientos que su amigo Bellver le tenía preparado, para que fuese capaz en la distancia de distinguir el pecho de la cocinera que permanecía en Palma de Mallorca atareada en sus labores.

Habló Bellever con aquel sonido que semejaba serpiente venenosa y dañina y le propuso el juego.

SI quieres verla, tendrás que entregar tu alma al diablo. Será así entonces, cuando se aparezca tomando la forma de ella y mostrándote toda su desnudez.

Certificando su amigo la fuerza del pacto y que no tendría efectos colaterales maliciosos, aceptó el niño las enseñanzas del pacto satánico.

El acto comenzó no sin perder un ápice de inquietud y surcando por su frente los chorros de su propio sudor frío.

La ceremonia se inició con unas palabras que le recordaban a las de sus habituales oraciones.

Y fue a acostarse con la dicha o desdicha de la supuesta aparición que le acontecería a lo largo de las largas horas de la noche oscura en la morada de los internados.

Sin cenar y atormentado por el acoso de la culpabilidad, esperaba el niño la realización del prodigio con la única iluminación que otorgaba una pequeña lámpara de aceite que descansaba sobre la mesita.

La puerta del cuarto hizo crujir su cerraja y atropelladamente, el muchacho se desnudó con presteza siguiendo el consejo de Bellver.

Y tapado completamente hasta la cabeza esperó el resultado final del maleficio.

Una voz sonó en la noche, que, al permanecer tan hipnotizado de sus propias convicciones y autosugestionado por todo lo acontecido, creyó que pertenecían al maligno.

Levantando un poco el tejido que lo cubría, pudo pasear la vista por la habitación y se encontró ante a él a una figura que le resultó familiar.

Uno de los hermanos, permanecía de pie y le hablaba con esa voz trémula que al principio no había sido capaz de registrar.

-¡No se tape de esa manera, señor Hernando, que puede darle un ahogo!

Y fue así como el demonio se apareció a Gabriel Miró, en la forma de un pobre fraile que vino en las altas horas de la noche a increparle que se había descuidado en sus deberes.

Como venganza de haberse visto envuelto en toda aquella trama, contó su secreto Miró a su compañero y amigo, de que su bella hermana había sido la que visitara aquella noche el refugio amoroso de sus encantados deseos.

La furia de Bellver estalló y propinó un sonoro puñetazo a Miró en toda la cara por el cual sentó sus posaderas en el suelo.

La pelea fue a mayores y el escándalo se hizo patente en la quietud de la noche.

Ante aquel griterío, acudieron los hermanos a separar a los dos que breves minutos antes eran amigos pero que ahora se repartían mamporros.

Y fue castigado Gabriel Miró a purgar sus pecados bajo el cariñoso apelativo deEl Endemoniado.

FUENTE:
Gabriel Miró (Niño y Grande)



martes, 27 de septiembre de 2016

La Posada de Pizana


Fueron unos sencillos escombros el lugar en donde se edificó el Casino de Orihuela, centro de recreo confortable, elegante y espacioso.

Señores de intachable reputación, algunos políticos que mantenían acaloradas discusiones con sus rivales, incansables jugadores de dominó, cartas o lo que se ofreciese, además de la alegre juventud bulliciosa, bromista e inquieta.

Pero no siempre había sido así.

En aquel mismo sitio donde discutían ahora existió hace tiempo una posada de gran nombradía con más de mil quinientos metros cuadrados de superficie en la que se reunían todos los trajinantes de la región además de carreteros y gente de no muy buena fama y que en tiempos de la guerra carlista (cantonalista) a ella acudieron los soldados de Antonete a llevarse los caballos que en sus cuadras había.



Por los venturosos años de la segunda mitad del pasado siglo, en que nuestros padres vivían felices a pesar de haber algunos ensayos revolucionarios y alumbrar sus casas con mortecinas luces de petróleo, existía en Orihuela una posada famosa enclavada en el mismo corazón de la ciudad.

La Posada de Pizana -que así se llamaba- era la más antigua de la levantina población, la más típica y la más visitada por cuántos viajeros llegaban, cansados y condolidos después de sufrir las molestias de un viaje en diligencia; aquellas diligencias que rodaban trabajosamente a lo largo de carreteras mal cuidadas, veredas y caminos. 

Y allí, en la posada prestigiosa y de nombre conocido en toda la región, habitaba un matrimonio de ejemplares costumbres, al amparo de cuya posada vivían, dándole el impulso cotidiano para su buena marcha, con el trabajo constante y el esfuerzo animoso de unas vidas llenas de fructíferos amores y sinceras esperanzas:

Francisco Ferrer, natural de Murcia y Luisa (Ons) de Orihuela, eran los posaderos de la Posada de Pizana. 

La mitad de Orihuela, completamente transformada hoy por la marcha más o menos acelerada que los años animan a los pueblos, en aquel entonces presentaba las características genuinas de ciudad levantina, pletórica de pintorescos atractivos y rebosante de bellezas naturales.

Entre sus calles, la mayoría de ellas estrechas, sin pavimentar, con casas de un solo piso, entre las que sobresalía algún suntuoso palacio albergue de nobles señores, la de los Hostales, importante arteria de la ciudad orcelitana en el siglo XIX, tenía sencillas líneas que ocupaba casi por completo la acera enfrentada hacia el Levante. 

Y esta fachada guardaba en su interior a la Posada de Pizana. 

Desembocaba en el río Segura la calle de los Hostales, río que atraviesa de parte a parte la ciudad y alimenta con sus aguas la hermosa huerta que la rodea y que constituye su única riqueza. 

Por el otro extremo, la calle se bifurcaba, formando dos esquinas rectangulares, llamados también estos dos brazos, Hostales, como el tramo del cual nacían. 

En la esquina izquierda, mirando al Norte, estaba la entrada principal de la posada en qué Luisa trabajaba sin descanso, pues era ella y no su marido Francisco, el alma de aquel célebre parador. 

A los Hostales daban alegría una serie de rejas, todas iguales, por donde el sol penetraba el los humildes aposentos de la posada. 

Bajo estas rejas, coincidiendo con cada una de ellas y simétricamente colocadas, otras rejas pequeñitas facilitaban no muy fácil respiro a las cuadras largas, sucias y malolientes, adosadas a los cimientos del amplio edificio. 

Sobre las rejas grandes, no había ya nada más que el alero de los tejados adornados estos en los meses que las golondrinas vienen, por sinfín de nidos redondos, hechos de barro recogido de las orillas del río y que daban alegría a la calle con el piar alborotado de los hijuelos en constante llamada a los padres. 

Calle de los Hostales, estrecha, con un palmo de fango cuando llovía, con los viejos y oxidados faroles de petróleo en las esquinas, con los nidos de golondrinas en el alero del tejado de la Posada de Pizana y con más rejas de la misma posada, motivo de admiración para los habitantes de la ciudad durante la mitad clara del día, y de especial curiosidad e ilusión romántica por parte de los mozos en las noches de ronda, porque detrás de los hierros de una, de la más cercana al río, respiraba el aire húmedo de Orihuela una mujer joven, candorosa y bella: Encarnación Ferrer Ons. 

Luisa, la posadera, mujer de regular estatura, pelo castaño, nariz ancha y ojos muy vivos, llevaba por entero el gobierno de su posada, entendiéndose ella directamente con carreteros, traficantes, gañanes y cuántos viajeros en su casa se hospedaban. 

Alma y vida de la Posada de Pizana, esta buena mujer daba impulso al negocio con su despierta inteligencia, y ella era la que atendía con frases halagadoras a los que al ancho y cuadrado patio entraban, montados en mulos, caballos, carros y diligencias, hasta dejarlos acomodados en los respectivos aposentos.

Porque la posada tenía un amplio patio con porchada a su alrededor, en donde colocaba coches y carros y un pozo en el centro, con hermoso brocal de piedra oscura de una sola pieza, a cuyo lado, un largo abrevadero mostraba las aguas limpias y cristalinas que del pozo sacaba a pozales el mozo de cuadras. 

Y esta agua, clara y dulce, apagaba la sed de animales sudorosos y cansados, refrescaba las piedras del patio y aliviaba los ardores de garganta enrojecidas por la absenta y el aguardiente. 

Pozo de aguas puras, con las que Encarnación regaba los geranios y claveles que adornaban su reja, tapada en parte sus puertas por una cortina azul; pozo de cuyas aguas bebían los palomos de Francisco, marido de Luisa. 

Francisco Ferrer ayudaba a su esposa en algunos quehaceres cuando sus ocupaciones de negociante se lo permitían.

El posadero se dedicaba a la compra y venta de cereales, patatas y pimientos, ganando con estas operaciones algún dinero, que, unido al producto que daba la posada, sirvió para poder dar carrera a dos de sus hijos, la de abogado a uno y la de médico al otro, ocupando a los otros hijos en el mismo negocio al que él se dedicaba.

Encarnación, única hija de Francisco y de Luisa, gozaba en Orihuela de merecida fama como mujer hermosa. 

Esbelta, de cabellos castaños claros, casi rubios, de cutis blanco y sonrosado, de expresivos ojos, candorosos y llenos de bondad al mirar, esta muchacha no gustaba de muchas amistades, siendo por lo tanto muy reducido el número de personas a las que trataba. 

Algo retraída, pasada su vida en su cuartito de la Posada de Pizana, distraída en las labores propias de su sexo, sentada en la baja silla de asiento de anea adosada a los hierros de su reja cubierta en parte por la cortina azul. 

Frente a la reja paseaban a diario apuestos jóvenes prendados de la belleza y noble simpatía de Encarnación, pero esta nunca correspondía a requerimientos ni a insinuaciones de amor. 

La guapa hija de los posaderos se destacaba en la ordinaria vida del parador de Pizana y, seguramente, la lucecita que alumbraba a su destino, en el cual esperanzado, confiaba, alentávale a esperar, día tras día, la hora de su felicidad. 

Y, en efecto, el amor y la felicidad llegó en la persona de Juan Miró, natural de Alcoy e Ingeniero de Caminos adscrito a la Jefatura de Obras Públicas de Alicante. 

Desde que Juan Miró, de figura apuesta y elegante, hizo su entrada por primera vez a la Posada de Pizana, en la cual se hospedó, Encarnación siente latir su pecho un poco más aceleradamente, cuida sus claveles y geranios con más cariño, atiende a los palomos de su padre con más interés, esparciendo por el terrado los granos de trigo abundosamente, que los blancos e inocentes animalitos pican con deseo. 

El amor ha envuelto la cabeza de Encarnación con su fija y espesa red, de la que ella, complacida, no quiere escapar.

Encarnación Ferrer está enamorada, y Encarnación Ferrer ha correspondido afirmativamente, con cierta timidez, a los requerimientos amorosos de Juan Miró.

Desde ese momento, la hija de Luisa abandona en parte su acostumbrado retraimiento, sus frescas y rosadas mejillas denotan más alegría, su mirada manifiesta claramente felicidad y dicha infinita.

Pero entonces comenzaron los diversos comentarios de beatas, comadres y mozos desairados haciéndose cábalas para todos los gustos, unas buenas y otras mal intencionadas, debido a que por aquel tiempo se comentaba con exceso de crudeza aspectos de la vida social de Orihuela, comentarios consecutivos a la llegada de ingenieros, capataces y obreros destinados a las obras de la línea del ferrocarril entre Murcia y Alicante. 

“Llegó una multitud.” 

Había catalanes, andaluces, extremeños y “gabachos”. 

Ingenieros y sobreestantes franceses, grandes y rubios. 

Listeros, capataces, furrieles. 

Un ejército de invasión, con sus carros y toldos, y como todos los ejércitos, le seguía una nube de galloferos, de mercaderes y abastecedores de “sensualidad”. 

La posada de Luisa se vio muy concurrida durante el tiempo que duraron las obras del ferrocarril. A ella acudían algunos obreros en demanda de las sabrosas comidas que en su espaciosa cocina se condimentaban. 

También allí se hospedaban los ingenieros y capataces, ocupando aquellos cuartos reducidos, de techos altos, cuyo mobiliario consistía en una cama de hierro, pie de zafa con toallero y reducida mesa de madera pintada de nogalina. 

A los Hostales se abrían las ventanas de estas habitaciones, guardadas por rejas de gruesos hierros lisos y redondos, a la misma distancia unos de otros y el número de ocho. 

“Cualquier bracero del Ferrocarril comía y bebía con más rumbo que toda una familia hidalga. Algunas cosas, entre ellas los luces monásticos, encarecieron un poco. Se instalaron figones y botillerías, con tablao para cante y de noche volcaban en Oleza el vaho de los ajenjos y frituras, el freno del fandango, la brama de los refocilos”. (El Obispo Leproso de Gabriel Miró).

“Oraciones, labor de aguja, tertulias recogidas se contenían para oir los huracanes de la abominación. Y en silencio se desgarraba una risa de mujer. Las señoras, y entre ellas Las Catalanas, que tuvieron tienda de tejidos, no se explicaban que esas infelices pudieran estar solas con tantos hombres… “.

 “Al amanecer, los ingenieros se bañaban en el río. Después salían todos al trabajo, y Oleza se quedaba, inocente y tímida, bajo las campanas y esquilones de sus conventos y parroquias”. 

En este ambiente de críticas acerbas, cabildeos y murmuraciones, comenzaron los amores de Encarnación con el ingeniero Alcoyano Juan Miró. 

La posadera Luisa y su marido veían con buenos ojos las relaciones de su hija con Miró, no así los padres del joven Ingeniero de Caminos, residentes en Alcoy, que hicieron desde el primer momento fuerte oposición a que siguiera aquel noviazgo. 

No influían en el ánimo de Juan las amonestaciones y consejos de sus padres y el enamorado galán continuaba sus visitas a Orihuela, prendado de los encantos y bellezas de Encarnación, la cual esperaba a su prometido con la natural impaciencia de mujer sabedora de los inconvenientes que sus amores presentaban, pues sus futuros suegros no cedían en la ruda oposición, pero Juan Miró, no obstante ser de bondadoso carácter, supo mantenerse firme en su propósito de contraer matrimonio con la mujer que desde el primer instante en que la conoció, supo enamorarle. 

Y llegó el día venturoso de la boda.

Gran día de fiesta en la famosa Posada de Pizana. 

El ancho patio estaba limpio y rociado. 

En la cocina se trajina sin descanso. 

Unidos ante Dios y ante los hombres la enamorada pareja en la parroquia del Salvador, salieron todos, recién casados y padrinos, invitados y curiosos, hacia la Posada de Pisana, en cuyo comedor se celebró el convite de rigor. 

Luisa puso todo el amor que sentía por aquella hija que se le marchaba, en dar a la ceremonia de la boda y al banquete el mayor realce. 

Y en Orihuela fue motivo de comento por algún tiempo la suntuosa boda de Encarnación Ferrer con Juan Miró, enamorado matrimonio del cual, al correr un poco el tiempo, tenía que nacer un niño, que al crecer y hacerse hombre, se convertiría en admirable prosista y gran maestro de las letras españolas.

FUENTES: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS
GABRIEL MIRÓ