Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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martes, 14 de agosto de 2018

La desconocida de Santa Bárbara


Entre las curiosidades y anécdotas que el investigador puede encontrar en el Archivo del Obispado de Orihuela hay una que tiene un sabor especial y que parece no haber llamado la atención de ninguno de los anteriores cronistas y documentalistas de nuestra ciudad que parecen estar más atareados por dar cifras de dineros y sueldos que de tratar de acercarnos a las verdaderas vidas de las personas que moraron en esas épocas remotas de las que nos hablan siempre con lejanía, con lo que ellos llaman objetividad. (Pequeño guiño desde el respeto y con cariño).

Pues bien, buceando entre miles de documentos de todo tipo y color, un avispado historiador desconocido en Orihuela, encontró un Acta de Bautismo con fecha del 28 de abril de 1709 de una niña llamada Josefa María Felicia cuya extraña aparición sigue siendo un quebradero de cabeza para los estudiosos en la actualidad.

Todo ocurrió durante la época en la que se produjo la llamada guerra de Sucesión.

Después de un terrible sitio a la fortaleza los partidarios borbónicos entraron a tomar posesión en los recintos del castillo de Santa Bárbara de Alicante y entre otras muchas cosas que obtuvieron en su botín se toparon de bruces con el rostro perdido de una niña que caminaba por allí como si con ella no fuera la cosa.

Lo extraño es que nadie reclamó a la pequeña como suya. Ninguno de los dos bandos la conocía, sabía quien era o cómo había aparecido allí. ¿Se trataba quizás de la hija de alguien de tanta importancia que hizo que los que la conocían no dejaran pistas de su origen? y ¿Por qué la niña fue incapaz de dar los nombres de sus familiares?, ¿Por qué no se pudo acceder a ella?

Con la mirada perdida la niña caminaba sobre las ruinas de la fortaleza en un ambiente que se alejaba de lo tranquilo y lo armonioso. Jamás le arrancaron una palabra, un nombre. ¿Es que acaso los niños no hablan?

El vicario de Santa María, Juan Bautista López, ante la imposibilidad de saber si la niña había sido bautizada o no, le brindó el mencionado sacramento otorgándole dicho nombre y apellidos.

Nunca fue reclamada por nadie y por tanto nunca se supo ni su origen ni descendencia.

Algunos creen que se trataba de la hija de alguno de los mandos británicos que apoyaron la causa de los Austrias que seguramente habrían perecido en el fragor de la batalla.

O posiblemente, la descendiente de algún comerciante que tratando de proteger su vida y las de los suyos habría buscando refugio entre los muros de la fortaleza.

O quizás una viajera del tiempo que acabó cayendo en una época a la que no pertenecía.

El caso es que la niña no solo sobrevivió a la batalla ya que fue de las pocas supervivientes que logró salir ilesa de la conocida como enfermedad del Piojo Verde que causó miles de víctimas.

A partir del acta de bautismo se le pierde la pista. Tan solo nos queda en el registro el nombre de una mujer que se hizo cargo de ella.

Más allá, el silencio del olvido.


Basado en un texto de JOSÉ VILASECA

martes, 3 de enero de 2017

Relatos de Ruta X: La Comitiva



No es que yo crea mucho en estas cosas, si he venido a participar de esta ruta ha sido cosa de mi pareja.

A mí todo esto me da un poco de "Yuyu" y pocas cosas tengo que contar al respecto.

A lo largo de mi vida y ya ves que son años, sólo he tenido dos roces con los extraño.

Ambas ocasiones cuando mi padre ya no vivía.

Teníamos por costumbre cuando trabajábamos con dureza en nuestras tierras, hacer unas pequeñas hogueras para quemar rastrojos y malas hierbas.

A veces, la hoguera la dejamos durante bastante tiempo encendida e incluso nos marchábamos a nuestra casa no sin echarle un ojo de vez en cuando y nunca nos acostábamos a dormir sin haberla sofocado del todo.

No queríamos sustos ni contratiempos.

Pero el turno pasó para todos, mi padre envejeció y le llegó su hora.

Después de un entierro memorable lo sigo recordando como lo que fue, un hombre fuerte y siempre atareado con sus cosas del campo en donde yo de joven le echaba una mano.

Lo que ocurrió fue lo siguiente:

Un día en el que me encontraba quemando unas cosas en pleno invierno me sentí desfallecer por el esfuerzo y decidí marcharme a casa con la intención de volver poco después a asegurarme de que el fuego no seguía encendido.

Ya en casa, las horas pasaban despacio y el frio en el exterior se hacía más afanoso.

Tapado con una manta y abrigado bajo el calor del otro fuego que tenía en la chimenea no tuve ningunas ganas de salir a apagar el del exterior cuando llegó el momento.

Tenía los ojos cargados de pesadez y estaba casi dormido.

De repente escuché un brusco sonido como si algo hubiese golpeado a lo lejos por la zona en donde tenía que acudir pero la pereza no me dejaba.

Alarmado por si el fuego hubiese causado algún tipo de catástrofe o accidente, me vestí de mala gana y me dirigí en busca del fuego.

Al llegar allí, no comprendí lo que había pasado.

Pues donde antes lucía una gran llama, ahora no había nada. Lo extraño es que no quedaban ni las brasas de la hoguera.

Y lo más raro de todo es que apenas unos minutos antes, yo desde casa aún podía ver la imagen lejana del fuego ardiendo a través de mis ojos.

Ni una pizca de humo, nada, como si allí nunca se hubiese encendido una hoguera.

Y lo más chocante de todo fue aquel penetrante aroma, aquel olor inconfundible y familiar a mi padre, que había fallecido un año antes pero que su esencia se sentía como si hubiese estado allí mismo y se hubiera encargado él de apagar la lumbre.

Es algo que no me puedo quitar de la cabeza pero imagino que es producido por el dolor y el recuerdo al haber perdido a un ser querido.

Lo otro que me sucedió de una manera indirecta lo vivió mi ex-mujer.

Cuando estaba casado con ella, antes de que los problemas se agravaran y se convirtieran en detestables e inaguantables, dormíamos una noche en la misma cama de matrimonio.

Al día siguiente, al despertar la encontré algo alterada. Sus nervios estaban a flor de piel.

Me contó lo que le había sucedido aquella misma noche.

Y yo la reprendí porque no me había llamado y despertado para que yo mismo hubiese podido ser testigo de lo que ella afirmaba haber visto con sus propios ojos.

Según me contó, ella descansaba plácidamente cuando de repente algo la hizo despertar.

Con los ojos adormilados y entra las sombras de la noche vio con toda claridad como un grupo de personas en comitiva entraban en nuestra habitación y se acercaban a donde estábamos.

Los sujetos se colocaron frente a nosotros a los pies de la cama y mantenían sus rostros ocultos pues se quedaron de espaldas a nosotros.

Entre ellos, apareció una cara sonriente y de sobra conocida.

Era mi padre que había fallecido como dije antes hacia un par de años.

El caso es que el hombre, o mejor su espíritu dejó un mensaje en el aire:

Si llego a saber qué voy a estar tan bien me habría muerto antes.

Con esas palabras me dijo mi mujer que había sido agraciada por la voz del difunto.

Dicho esto, sonrió, hizo un gesto con la mano y se marcharon o desaparecieron, no lo recuerda.

Ya te digo que a mí las cosas de los difuntos me dan mucho miedo y sólo yo y ella fuimos protagonistas en aquella ocasión.

Me hubiese gustado haber podido ser parte de su visión, de todo lo que ella me contó al día siguiente que había presenciado.

Pero lo único que puedo darte es su testimonio y te aseguro que su rostro lucía un color grisáceo y tuvieron que pasar varios días para que ella se sintiera más calmada y a salvo.














jueves, 27 de octubre de 2016

Relatos de Ruta V: La Casa Abandonada de Salamanca


Parece cierto, cuanto más pequeño, más sensible ante los fenómenos paranormales.

Algunos niños, desde que nacen tienen un comportamiento que a veces nos asusta o nos deja fuera de sitio.

Es como si vivieran una realidad paralela alternativa a la que nosotros somos completamente ajenos.

Pero eso no implica que no vivan unas experiencias de lo más anecdóticas.

Dicen que hasta los siete años de edad, los niños no son capaces de distinguir las fantasías de la realidad. Que justo a esa edad se produce lo que científicamente se llama la Ruptura Sináptica.

El momento a partir del cual se empiezan a vislumbrar las cosas reales como tales e ir dejando atrás todo aquello que suena o se considera fantasía.

Pero olvidamos que no todos somos iguales, que hay niños que lucen una sensibilidad superior a la de otros niños.

Estos niños, cuentan relatos, historias a las que no damos crédito porque nuestro raciocinio o nuestra objetividad impiden que admitamos como reales.

Uno de estos niños, en esta caso niña, tuvo una experiencia que tanto le llamó la atención en su edad temprana, que nunca lo ha podido olvidar, y ella misma lo relata en su blog.

Da gusto saber que uno va creando escuela y que inspira a los que vienen detrás de ti a compartir sus propias experiencias con lo misterioso. Tengo como ejemplo a esta chica, joven que inicia sus primeros pasicos por el mundo de lo desconocido, y que habiendo caído en las redes de una de mis Rutas del Miedo, y aficionada a leer las historias que yo relato en mi Blog, se ha atrevido a iniciar ella sola, junto con María, este proyecto de Blog en Internet que trata sobre este tipo de temas. La animo a seguir adelante y por supuesto le pido permiso para poder extraer su historia y publicarla en mi bitácora. ¡Gracias Elena! ¡Gracias María!


Pues bien, esta chica nos cuenta de algo vivido que a más de uno le resultará sorprendente y terrorífico a la vez.

Fascinada desde siempre por el tema de la muerte, la reencarnación y la vida eterna, esta chica, recuerda una anécdota que le ocurrió en la población de su tío, un pueblo de Salamanca, en una de las casas antiguas que hay junto a la vieja ermita.

Un día, que caminaba junto a la mencionada casa, le pareció observar a una mujer de unos cuarenta años de edad vestida de blanco con encaje largo y que no llevaba calzado luciendo unos pies descalzos que parecían deslizarse por el suelo como si fuera una aparición.

La ropa era extraña, como de una época pasada a la que ella no tenía acceso mentalmente.

Ojos verdes y el pelo de un color marrón rojizo.

Acudía con curiosidad todo lo que podía a esa casa para contemplar el fenómeno y la veía pasar de una habitación a otra, llegar al patio que estaba junto al huerto de su tío donde destacaban los hermosos tomates colorados.

Era una sensación de miedo a la vez que de curiosidad. Pero le encantaba, se encandilaba mirándola en su eterno paseo sabiendo que en aquella casa no vivía nadie, que nada había en su interior. 

Tan solo aquella huella del pasado que vivamente se reflejaba sobre las pupilas de sus ojos.

Tiempo ha pasado desde que ella veía aquella cosa hermosa.

Ahora, siendo un poco más mayor, sabe que los cuentos de fantasmas son sólo eso, historias que se inventan para asustar a los más miedosos, ancianos y a los niños.

Pero ella un día fue testigo de lo extraño, y no piensa olvidarlo nunca.




Relatos de Ruta IV: Los Zapatos de Charol


En el Camping del Moncayo entre la Mata y Guardamar se acampaban antiguamente  los tres meses de verano.

A mi suegro le gustaba alojarse cuando apretaba el calor allí.

El camping tenía unos baños y unas duchas normales. Pero los baños principales estaban bajando a la playa.

Y lo que pasó es que una noche que íbamos paseando en grupo quiso uno de los nuestros bajar a orinar a aquellos aseos: (Empieza a relatar la mujer)

Chico, de noche, ahí a oscuras y tan alejado, a la orilla de la playa, ya son ganas.

Pero como es cabezón como él solo, así que tiró para adelante.

Estando dentro de los baños, sabes tú que tienen la puerta por la mitad. Que no llegan hasta abajo del todo.

De momento, oye como unos zapatos, hacer ruido. 

Claro, piensa: ¿Quién se viene a la playa, a un camping con zapatos en pleno agosto?

Y a eso que los vio pasar bien limpicos por debajo de la puerta, todo brillantes que parecían zapaticos de charol. Brillantes, brillantes.

Da paso al relato de su marido:

Me espero a que salga, pasa el tiempo, no sale nadie, me decido a tocar la puerta por si le queda mucho.

Veo como los zapatos se dan la vuelta y se meten para adentro por donde están las duchas.

Me quedo pensando, ya saldrá, ya saldrá. Pero allí no salía nadie.

Entonces, me decido, entro con precaución, y allí no había un alma.

Al fondo las duchas y luego todo cerrado, que era imposible que alguien saliera por otra parte, la única salida era pasando por donde estaba yo.

Y allí no había nadie. Y seguramente nunca lo había estado. Por lo menos vivo.






Relatos de Ruta III: Saludando a Fulanico



Mira, nunca he llegado a ver un ladrillo volando delante de mí y es algo que pongo como ejemplo que me gustaría poder contemplar, por decir algo. –Dice el marido.

Pero sí te digo que a veces los he llegado a ver además de sentirlos.

Se me cambia hasta el color de los ojos, los pelos de la nunca se me erizan y siento un escalofrío.

Incluso en ocasiones, estando en contacto con mi mujer le he traspasado la capacidad de observarlos a la vez que yo.

No sé si llamarlo don o maldición, el caso es que yo mismo, me encantaría saber cómo o porqué a veces soy capaz de verlos.

Eso sí, a mí, jamás me han hecho nada malo.

Te voy a contar una cosa curiosa que nos ocurrió una noche que veníamos acompañados de otra pareja. –Empieza a relatar la esposa:

Nosotros estábamos metidos en una comparsa de los Moros y Cristianos de Orihuela que se llamaba Los Realistas  y que estaba por la parte de dentro. Ya sabes que antes la mayoría de comparsas estaban en la zona del Rabaloche.

Subíamos un viernes por la noche a la reunión de los moros.

Desde el paseo pa arriba andando.

Con otra pareja más. Ellos por delante y nosotros los seguíamos a escasa distancia.

Y a la altura un poco más alejado de Monserrate, vemos a un amigo.

¡Chico, cuanto tiempo sin verte!

Nos ponemos a charlar y le dice mi marido, te presento a mi mujer.

Le doy dos besos al chico. Y estuvimos por lo menos diez minutos hablando con él.

Y cuando echamos a andar, la otra pareja esperaba de pie.

Entonces, se acercan nuestros amigos y nos dicen:

¡Qué!, ¿Qué estáis haciendo?

Es que nos hemos parado un momento para saludar a Fulanico.

Qué cojones Fulanico, si hace tres meses que está muerto. Aún no hemos llegado a la comparsa y los locos estos ya van peo.

¿Pero qué estabais haciendo de verdad?

Pues hablando con un amigo de mi marido.

Pero qué amigo, si ahí no había nadie, os veíamos moveros solos haciendo gestos como si hablaseis con alguien pero no había nadie.

Pues yo he hablado con un hombre, lo he saludado e incluso le he dado dos besos. Lo he visto Igual que estás tú aquí delante.

Anda, anda, vamos pa´lante que estáis locos.

Aquellos nos tomaron como dos lunáticos pero yo tengo en mi recuerdo que una noche besé a un aparecido.





domingo, 23 de octubre de 2016

Relatos de Ruta II: Ayuda desde el más allá


Las Rutas del Miedo a veces nos traen sorpresas.

Pues en ese ambiente tan agradable que se produce en ocasiones, la gente se anima a contar sus propias historias y experiencias.

Este es el testimonio de uno de los ruteros que nos acompañó en una de mis rutas y que fue  protagonista principal de un misterioso hecho que a continuación os voy a relatar.

Antiguamente, la mayoría de las comparsas de la fiesta de la reconquista de Moros y Cristianos de Orihuela estaban situadas en el Rabaloche.

En la parte donde está el Oriol, enfrente, había una que ocupaba bastante sitio.

Fue un chico el viernes de fiesta por la tarde a recoger su moto después de trabajar.

Le quitó el candado con cadena que la llevaba sujeta para que no se la robaran y entonces se dio cuenta de que algún gracioso de la comparsa le había puesto un cable 
enganchado y se vio en el apuro de que no podía quitarlo.

Lo intentó una y otra vez, pero no consiguió liberar la moto de aquel cable grueso.

Entonces pasó por allí un coche.

En el interior del coche un amigo suyo al verlo trajinando le preguntó que le pasaba y que estaba haciendo tan sulfurado.

Primero se alegró porque llevaba mucho tiempo sin saber de aquel que le hablaba desde el coche y luego le explicó lo que estaba pasando, que no podía irse a su casa porque algún listillo le había enganchado la moto con un cable y que no había manera de sacar la moto de allí.
- Mira, yo me tengo que ir, pero sube a mi casa y dile a mi padre que detrás de la puerta principal hay una cizalla, dile que te he dicho yo que te la preste para cortar el cable y ya te podrás ir.
Se despidieron y viendo alejarse el coche se dirigió a la casa donde vivía el padre de su amigo y tocó a la puerta.

Le abrió un hombre entrado en años vestido de negro con el rostro entristecido que inmediatamente lo reconoció y se saludaron.
- Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy Juan el amigo de tu hijo. Es que me he quedado ahí abajo tirado con la moto que no puedo moverla porque algún gracioso de la comparsa me la ha enganchado con un cable. Ha pasado tu hijo y me ha dicho que viniera a pedirte la cizalla para que lo cortara. Déjamela un momento y ahora me paso con la moto y te la devuelvo.
El padre se quedó sin palabras al oír mencionar a su hijo. Su cara pálida ya de por si se puso más blanca.
- Es que yo no sé donde están sus herramientas. -Dijo el hombre con el rostro demacrado por el dolor.
- Me ha dicho que está detrás de la puerta principal.
El fatigado progenitor dudó un instante y luego reaccionó, buscó detrás de la puerta como este le había dicho y era cierto, la cizalla estaba allí. Se la prestó sin abrir la boca y esperó pacientemente a que el otro regresara sin añadir más palabra.

Bajó el chico con la cizalla y al llegar a la altura de la moto, cortó el cable, liberó la moto y se fue a devolver la herramienta.

Volvió en busca del padre de su amigo, le dio las gracias y se despidió de él.

Pasados dos días, el chico se fue a un bar a tomarse una cerveza y se puso a charlar con los amigotes.

Les relató lo que le había ocurrido días antes con la dichosa moto.
- Pues sí, el viernes cuando iba a coger la moto…
- ¡Qué bordes!, -le respondieron los que le rodeaban.
- Sí, pasó mi amigo Pepe Cañizo y me dijo tal cosa y…
- ¿Pepe?, ¿el hijo de Antonio el Morral?
- Sí, ese mismo. Fue el que pasó con el coche y me dijo que le pidiera a su padre la cizalla.
- Pero si ese chico se mató hace dos semanas en el túnel con su coche. ¿Cómo dices que lo viste el viernes?
Todos callaron y no volvieron a comentar el tema.




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sábado, 22 de octubre de 2016

FICCIÓN: Lugares Malditos de Orihuela: 2. La calle del ladrón de almas



Casi nadie lo conoce, pero cuentan de un lugar de Orihuela, que por las noches un visitante indeseado hacía su aparición.

De aspecto terrible, las personas que han sobrevivido a semejante espanto, muestran todavía hoy día las huellas de su dolor.

Unas marcas como de arañazos en diversas partes del cuerpo.

La cicatriz ha quedado eterna sobre su piel.

Este lugar terrible era visitado por un ente alargado de aspecto siniestro que vestía siempre de ropa oscura, como si fuese de luto riguroso o estuviese embutido en una túnica negra. que con sus frías y alargadas manos blanquecinas robaba el alma de nuestros seres más queridos.

Parecía una mujer mayor vestida de luto riguroso –me dice la testigo.

Mira, aún me queda este recuerdo de cuando vivía allí y me atormentaba por las noches.

La mujer, se baja un poco la blusa por la espalda y me enseña unas marcas en forma de arañazos cuyo origen me asegura provenían de las garras de aquel ser monstruoso que la visitaba dormida cada noche mientras permanecía en su antigua vivienda.

Así fueron sustraídas las pequeñas almas de varios niños inocentes.


La única casa afectada que queda en pie

Las crónicas documentan la muerte de 5 niños, algunos con apenas unos días en extrañas circunstancias. Muerte súbita diríamos hoy.

Pero los habitantes de aquel lugar saben que fue por otros motivos más tenebrosos.

Cuando hicieron la obra, el colegio que hay actualmente, El Oratorio Festivo, le ofreció a los vecinos que entregaron sus casas, una cantidad de dinero que algunos se negaron a aceptar.

Sólo querían salir de ese sitio y empezar una nueva vida alejados del misterio y de los horribles sufrimientos y malos recuerdos que dejaban para siempre en aquel lugar maldito.

Las camas, los cuadros, los sillones y sillas, todo se dejó allí.

Algunas vecinas, acudían a un sacerdote pidiéndole auxilio, pero el cura no las creía y las trataba de locas.

Determinados objetos de las viviendas, como por ejemplo un cuadro en concreto, se lo encontraban por los suelos cada mañana al pasar por una de las habitaciones en donde habían dado luto a sus niños fallecidos.

El cuadro aparecía en el suelo sin ningún tipo de marca, era colocado en su sitio y al día siguiente volvía a aparecer otra vez en el suelo. Curiosamente sin romperse.

Una de las familias llegó a sentirse muy asustada y le cogió pánico a la habitación en donde se producía dicho fenómeno.

Por las noches, las viviendas afectadas lucían todas sus luces encendidas por el temor a quedarse a oscuras, creyendo que de esta forma espantarían al intruso.

Aquí se originó el fenómeno

Pocos días antes de abandonar una de las casas, que lamentablemente fue derribada en la zona donde ahora está el campo de fútbol del colegio, se originó un fuego en extrañas circunstancias cuyo origen no puedo explicar ninguno de los bomberos que acudieron a sofocar las llamas.

Una curiosidad más:

La mayoría de los bebés que fallecieron en este lugar habían nacido durante el mes de diciembre en diferentes años como se puede comprobar en sus partidas de nacimiento.

ACTUALIZADO 4/11/2016:

Una persona que participó en una de las famosas Rutas del Miedo, me relata que cuando era pequeña conoció una casa que estaba situada justo en el lugar del que estamos hablando en el Blog.


Iba de acompañante de su tía que estaba viendo casas para comprar y esa se la ofrecieron a buen precio. 

Curiosamente, yo aún no se lo había mencionado.

Me cuenta, que desde siempre, tiene un sueño que se le ha ido repitiendo durante toda su vida y que parece acompañarla como un aviso eterno de peligro.


Ve en su sueño, la casa emplazada justo donde ahora está el campo de fútbol y me la describe con un gran patio interior que no puede borrar de su memoria.

Incluso esa misma semana ha soñado con ella.


A principios de año me pasé por ahí, escamada por los extraños y repetidos sueños e intenté ubicarla pero no pude. 

Sé que estaba ahí pero no el lugar exacto.

martes, 18 de octubre de 2016

La niña que tocó a un fantasma en la cabeza


Este es el testimonio curiosísimo de una de las personas que asistieron a una de las Rutas del Miedo y que con todo el cariño y afecto del mundo nos contó al grupo y dio su permiso para que lo publicara en el Blog:

Pues yo tendría por los seis años.

Vivíamos en una casa vieja de San Bartolomé que sabíamos que antes había sido habitada por otras personas que quizás dieron con sus huesos en el suelo de aquel mismo lugar.

Un día, me mandó mi madre llevar algo de ropa a su habitación.

Como yo era una niña pequeña muy asustadiza tuve que hacer un esfuerzo muy grande para vencer mis miedos.

Yo caminaba hacia el interior pensando:

No debo de tener miedo, voy a entrar, si no mamá se reirá de mí y me castigará.

Tenía que atravesar la habitación a oscuras, subirme a la cama y estirar del interruptor de la lámpara al que apenas alcanzaba para que la luz iluminara débilmente la habitación.

Pero me convencí tanto a mí misma de que debía ser valiente que al final decidí entrar a oscuras y no encender la luz.

Pasé por la penumbra al lado de un gran cofre que era el que mamá usaba para guardar la ropa.

Y pegado a este enorme cofre había una pequeña mesita.

Y justo en medio quedaba un hueco vacío.

Pues aquel día yo vi la sombra de alguien agazapado en la penumbra, alguien que permanecía escondido agachado y tapado con lo que me pareció una sábana blanca, la típica figura de los fantasmas de los dibujos animados.

Claro, yo pensé, este es mi hermano que se ha escondido aquí para darme un susto.

Entonces extendí la mano y le toqué la cabeza gritando:

Rober, sal de ahí que sé que eres tú y no me das miedo.

Luego me marché de la habitación y fui a contárselo a mi madre.

Y resulta que mi hermano no estaba en casa en aquel momento.

Cuando caí en aquel pequeño detalle que era lo suficientemente importante para no obviarlo, advertí a mi madre de que en su cuarto había alguien escondido en aquel rincón portándose como un fantasma.

Y yo muerta de miedo porque lo había tocado con mis propias manos.

En mi casa estábamos mi madre y yo solas. Mi hermano se había ido a casa de mi abuela a dormir y aún no había regresado.

¿Imaginación de un niño?, pues puede ser porque yo era pequeña, pero es que lo tengo tan claro en mi memoria, el vernos a las dos, madre e hija entrando a la habitación para buscar aquello que yo había tocado y encontrarnos el hueco completamente vacío.

No vimos a nadie y nunca obtuvimos una respuesta satisfactoria sobre ese asunto.

Lamentablemente, cuando lo de la riada, como era una casa de tierra y barro, hubo que tirarla entera y hacer una vivienda nueva.

Por tanto, la antigua casa, ya no existe como tal.





FICCIÓN: 10 Lugares de Orihuela en donde pasar auténtico terror: 10. La Calle Moreras



TESTIMONIO REAL 18/10/2016

Yo vivía por aquel entonces en la calle que está cercana al famoso arco donde está la virgen de la calle de Arriba. Muy pegadita a la casa de Miguel Hernández.

Esta callejuela estrecha y abatida tiene como nombre CALLE MORERAS. Esa era mi morada.

Una vez, siendo yo niña, me eligieron Reina Infantil del barrio.

Como cada año, me tocó en esa ocasión a mí, el subir al Arco a hacer la Ofrenda a la Virgen.

Recuerdo haber tenido escalofríos aquel día.

El agobio era tan intenso que hasta parecía que alguien te obligaba a marcharte de allí. Incluso se sentía como si sudorosas y blanquecinas manos te empujaban para que te largaras.

Yo pensaba que esta sensación era por el vértigo que me habría dado al ser yo una niña de subir todos esos maltrechos escalones y mirar hacia abajo desde lo alto por el pequeño ventanuco.

Pero hoy día creo que no, que fue otra cosa.

Siento un poco de miedo al contarte esto, pero… me da un poco de vergüenza por lo que puedas pensar de mí, o tus lectores.

Esa no es la única experiencia que he tenido en ese barrio.

En mi propia casa, me ocurrió algo que no he podido olvidar y que me atormenta cada día que paso en este mundo.

Yo tendría por los seis años.

Diariamente, cada mañana, mi madre hacía sus labores, limpiaba la casa por ejemplo y yo me quedaba jugando en la cocina.

Algo me distrajo de repente una de esas apacibles mañanas.

Un ruido extraño en una de las habitaciones de mi hogar llamó mi atención.

Me acerqué con cierto desconcierto y mucha curiosidad de cría pequeña para ver que es lo que había sido.

Con las piernas temblorosas, me acerqué hasta el hueco de las escaleras que me permitía ver aunque fuera solo un poco parte de aquella habitación de donde había partido el sonido.

Mi cuerpo recibió una sacudida.

La impresión fue tan enorme que casi me caí del susto.

Ante mis ojos vi, fui testigo de algo horroroso, una figura, una entidad con una especie de túnica oscura que la cubría completamente.

Mi cuerpo se quedó paralizado. No podía moverme y tampoco sabía que tenía que hacer.

Pero me fijé que aquello, mitad ser mostruoso, mitad ser de pesadilla en mi imaginación, se movía deslizándose, sin caminar, en dirección al cuarto de baño.

Cuando la perdí de vista, recobré un poco la movilidad de mi cuerpo y acudí a toda prisa a contárselo a mi madre.

Le pregunté a mamá si era que había venido la abuelita.

Mi madre no respondió y su rostro comenzó a mostrar signos de una evidente preocupación, pues había ciertos rumores de ladrones que se sabía habían entrado ya en algunas casas.

Subió arriba y lo revisó todo. Por supuesto, no encontró a nada ni a nadie allí escondido.

Yo, mientras, permanecía en el piso de abajo esperando que mi madre, terminara la búsqueda y me diera una explicación de quien era la señora que yo había visto.

Empecé a escuchar los pasos de mamá bajando por las escaleras y cuando llegó a mi altura, le conté que lo último que había visto era que esa figura negra se metía dentro del cuarto de baño.

Volvimos a subir, esta vez las dos juntas agarradas de la mano, como si eso hubiese servido de algo, para echar un vistazo.

Nada, la ventana que daba al patio estaba cerrada. Si alguien hubiese entrado allí era imposible que hubiese escapado por la ventana.

Me sentí como una tonta contando embustes a mi mamá. 

Pero juro que yo lo había visto, no me lo había imaginado.

Poco tiempo tiempo después, cambiamos de vivienda.

Ahora, ya no vivo en Orihuela pero me quedan muchas dudas de qué fue lo que yo vi aquel día en mi propia casa.

Me encantaría volver y preguntar a los vecinos que ahora viven allí si han tenido alguna vez una experiencia como la que yo tuve.

Yo creo que me llevaré a mi tumba la duda, el secreto de que en una ocasión fui testigo de lo imposible.