martes, 27 de septiembre de 2016

La Posada de Pizana


Fueron unos sencillos escombros el lugar en donde se edificó el Casino de Orihuela, centro de recreo confortable, elegante y espacioso.

Señores de intachable reputación, algunos políticos que mantenían acaloradas discusiones con sus rivales, incansables jugadores de dominó, cartas o lo que se ofreciese, además de la alegre juventud bulliciosa, bromista e inquieta.

Pero no siempre había sido así.

En aquel mismo sitio donde discutían ahora existió hace tiempo una posada de gran nombradía con más de mil quinientos metros cuadrados de superficie en la que se reunían todos los trajinantes de la región además de carreteros y gente de no muy buena fama y que en tiempos de la guerra carlista (cantonalista) a ella acudieron los soldados de Antonete a llevarse los caballos que en sus cuadras había.



Por los venturosos años de la segunda mitad del pasado siglo, en que nuestros padres vivían felices a pesar de haber algunos ensayos revolucionarios y alumbrar sus casas con mortecinas luces de petróleo, existía en Orihuela una posada famosa enclavada en el mismo corazón de la ciudad.

La Posada de Pizana -que así se llamaba- era la más antigua de la levantina población, la más típica y la más visitada por cuántos viajeros llegaban, cansados y condolidos después de sufrir las molestias de un viaje en diligencia; aquellas diligencias que rodaban trabajosamente a lo largo de carreteras mal cuidadas, veredas y caminos. 

Y allí, en la posada prestigiosa y de nombre conocido en toda la región, habitaba un matrimonio de ejemplares costumbres, al amparo de cuya posada vivían, dándole el impulso cotidiano para su buena marcha, con el trabajo constante y el esfuerzo animoso de unas vidas llenas de fructíferos amores y sinceras esperanzas:

Francisco Ferrer, natural de Murcia y Luisa (Ons) de Orihuela, eran los posaderos de la Posada de Pizana. 

La mitad de Orihuela, completamente transformada hoy por la marcha más o menos acelerada que los años animan a los pueblos, en aquel entonces presentaba las características genuinas de ciudad levantina, pletórica de pintorescos atractivos y rebosante de bellezas naturales.

Entre sus calles, la mayoría de ellas estrechas, sin pavimentar, con casas de un solo piso, entre las que sobresalía algún suntuoso palacio albergue de nobles señores, la de los Hostales, importante arteria de la ciudad orcelitana en el siglo XIX, tenía sencillas líneas que ocupaba casi por completo la acera enfrentada hacia el Levante. 

Y esta fachada guardaba en su interior a la Posada de Pizana. 

Desembocaba en el río Segura la calle de los Hostales, río que atraviesa de parte a parte la ciudad y alimenta con sus aguas la hermosa huerta que la rodea y que constituye su única riqueza. 

Por el otro extremo, la calle se bifurcaba, formando dos esquinas rectangulares, llamados también estos dos brazos, Hostales, como el tramo del cual nacían. 

En la esquina izquierda, mirando al Norte, estaba la entrada principal de la posada en qué Luisa trabajaba sin descanso, pues era ella y no su marido Francisco, el alma de aquel célebre parador. 

A los Hostales daban alegría una serie de rejas, todas iguales, por donde el sol penetraba el los humildes aposentos de la posada. 

Bajo estas rejas, coincidiendo con cada una de ellas y simétricamente colocadas, otras rejas pequeñitas facilitaban no muy fácil respiro a las cuadras largas, sucias y malolientes, adosadas a los cimientos del amplio edificio. 

Sobre las rejas grandes, no había ya nada más que el alero de los tejados adornados estos en los meses que las golondrinas vienen, por sinfín de nidos redondos, hechos de barro recogido de las orillas del río y que daban alegría a la calle con el piar alborotado de los hijuelos en constante llamada a los padres. 

Calle de los Hostales, estrecha, con un palmo de fango cuando llovía, con los viejos y oxidados faroles de petróleo en las esquinas, con los nidos de golondrinas en el alero del tejado de la Posada de Pizana y con más rejas de la misma posada, motivo de admiración para los habitantes de la ciudad durante la mitad clara del día, y de especial curiosidad e ilusión romántica por parte de los mozos en las noches de ronda, porque detrás de los hierros de una, de la más cercana al río, respiraba el aire húmedo de Orihuela una mujer joven, candorosa y bella: Encarnación Ferrer Ons. 

Luisa, la posadera, mujer de regular estatura, pelo castaño, nariz ancha y ojos muy vivos, llevaba por entero el gobierno de su posada, entendiéndose ella directamente con carreteros, traficantes, gañanes y cuántos viajeros en su casa se hospedaban. 

Alma y vida de la Posada de Pizana, esta buena mujer daba impulso al negocio con su despierta inteligencia, y ella era la que atendía con frases halagadoras a los que al ancho y cuadrado patio entraban, montados en mulos, caballos, carros y diligencias, hasta dejarlos acomodados en los respectivos aposentos.

Porque la posada tenía un amplio patio con porchada a su alrededor, en donde colocaba coches y carros y un pozo en el centro, con hermoso brocal de piedra oscura de una sola pieza, a cuyo lado, un largo abrevadero mostraba las aguas limpias y cristalinas que del pozo sacaba a pozales el mozo de cuadras. 

Y esta agua, clara y dulce, apagaba la sed de animales sudorosos y cansados, refrescaba las piedras del patio y aliviaba los ardores de garganta enrojecidas por la absenta y el aguardiente. 

Pozo de aguas puras, con las que Encarnación regaba los geranios y claveles que adornaban su reja, tapada en parte sus puertas por una cortina azul; pozo de cuyas aguas bebían los palomos de Francisco, marido de Luisa. 

Francisco Ferrer ayudaba a su esposa en algunos quehaceres cuando sus ocupaciones de negociante se lo permitían.

El posadero se dedicaba a la compra y venta de cereales, patatas y pimientos, ganando con estas operaciones algún dinero, que, unido al producto que daba la posada, sirvió para poder dar carrera a dos de sus hijos, la de abogado a uno y la de médico al otro, ocupando a los otros hijos en el mismo negocio al que él se dedicaba.

Encarnación, única hija de Francisco y de Luisa, gozaba en Orihuela de merecida fama como mujer hermosa. 

Esbelta, de cabellos castaños claros, casi rubios, de cutis blanco y sonrosado, de expresivos ojos, candorosos y llenos de bondad al mirar, esta muchacha no gustaba de muchas amistades, siendo por lo tanto muy reducido el número de personas a las que trataba. 

Algo retraída, pasada su vida en su cuartito de la Posada de Pizana, distraída en las labores propias de su sexo, sentada en la baja silla de asiento de anea adosada a los hierros de su reja cubierta en parte por la cortina azul. 

Frente a la reja paseaban a diario apuestos jóvenes prendados de la belleza y noble simpatía de Encarnación, pero esta nunca correspondía a requerimientos ni a insinuaciones de amor. 

La guapa hija de los posaderos se destacaba en la ordinaria vida del parador de Pizana y, seguramente, la lucecita que alumbraba a su destino, en el cual esperanzado, confiaba, alentávale a esperar, día tras día, la hora de su felicidad. 

Y, en efecto, el amor y la felicidad llegó en la persona de Juan Miró, natural de Alcoy e Ingeniero de Caminos adscrito a la Jefatura de Obras Públicas de Alicante. 

Desde que Juan Miró, de figura apuesta y elegante, hizo su entrada por primera vez a la Posada de Pizana, en la cual se hospedó, Encarnación siente latir su pecho un poco más aceleradamente, cuida sus claveles y geranios con más cariño, atiende a los palomos de su padre con más interés, esparciendo por el terrado los granos de trigo abundosamente, que los blancos e inocentes animalitos pican con deseo. 

El amor ha envuelto la cabeza de Encarnación con su fija y espesa red, de la que ella, complacida, no quiere escapar.

Encarnación Ferrer está enamorada, y Encarnación Ferrer ha correspondido afirmativamente, con cierta timidez, a los requerimientos amorosos de Juan Miró.

Desde ese momento, la hija de Luisa abandona en parte su acostumbrado retraimiento, sus frescas y rosadas mejillas denotan más alegría, su mirada manifiesta claramente felicidad y dicha infinita.

Pero entonces comenzaron los diversos comentarios de beatas, comadres y mozos desairados haciéndose cábalas para todos los gustos, unas buenas y otras mal intencionadas, debido a que por aquel tiempo se comentaba con exceso de crudeza aspectos de la vida social de Orihuela, comentarios consecutivos a la llegada de ingenieros, capataces y obreros destinados a las obras de la línea del ferrocarril entre Murcia y Alicante. 

“Llegó una multitud.” 

Había catalanes, andaluces, extremeños y “gabachos”. 

Ingenieros y sobreestantes franceses, grandes y rubios. 

Listeros, capataces, furrieles. 

Un ejército de invasión, con sus carros y toldos, y como todos los ejércitos, le seguía una nube de galloferos, de mercaderes y abastecedores de “sensualidad”. 

La posada de Luisa se vio muy concurrida durante el tiempo que duraron las obras del ferrocarril. A ella acudían algunos obreros en demanda de las sabrosas comidas que en su espaciosa cocina se condimentaban. 

También allí se hospedaban los ingenieros y capataces, ocupando aquellos cuartos reducidos, de techos altos, cuyo mobiliario consistía en una cama de hierro, pie de zafa con toallero y reducida mesa de madera pintada de nogalina. 

A los Hostales se abrían las ventanas de estas habitaciones, guardadas por rejas de gruesos hierros lisos y redondos, a la misma distancia unos de otros y el número de ocho. 

“Cualquier bracero del Ferrocarril comía y bebía con más rumbo que toda una familia hidalga. Algunas cosas, entre ellas los luces monásticos, encarecieron un poco. Se instalaron figones y botillerías, con tablao para cante y de noche volcaban en Oleza el vaho de los ajenjos y frituras, el freno del fandango, la brama de los refocilos”. (El Obispo Leproso de Gabriel Miró).

“Oraciones, labor de aguja, tertulias recogidas se contenían para oir los huracanes de la abominación. Y en silencio se desgarraba una risa de mujer. Las señoras, y entre ellas Las Catalanas, que tuvieron tienda de tejidos, no se explicaban que esas infelices pudieran estar solas con tantos hombres… “.

 “Al amanecer, los ingenieros se bañaban en el río. Después salían todos al trabajo, y Oleza se quedaba, inocente y tímida, bajo las campanas y esquilones de sus conventos y parroquias”. 

En este ambiente de críticas acerbas, cabildeos y murmuraciones, comenzaron los amores de Encarnación con el ingeniero Alcoyano Juan Miró. 

La posadera Luisa y su marido veían con buenos ojos las relaciones de su hija con Miró, no así los padres del joven Ingeniero de Caminos, residentes en Alcoy, que hicieron desde el primer momento fuerte oposición a que siguiera aquel noviazgo. 

No influían en el ánimo de Juan las amonestaciones y consejos de sus padres y el enamorado galán continuaba sus visitas a Orihuela, prendado de los encantos y bellezas de Encarnación, la cual esperaba a su prometido con la natural impaciencia de mujer sabedora de los inconvenientes que sus amores presentaban, pues sus futuros suegros no cedían en la ruda oposición, pero Juan Miró, no obstante ser de bondadoso carácter, supo mantenerse firme en su propósito de contraer matrimonio con la mujer que desde el primer instante en que la conoció, supo enamorarle. 

Y llegó el día venturoso de la boda.

Gran día de fiesta en la famosa Posada de Pizana. 

El ancho patio estaba limpio y rociado. 

En la cocina se trajina sin descanso. 

Unidos ante Dios y ante los hombres la enamorada pareja en la parroquia del Salvador, salieron todos, recién casados y padrinos, invitados y curiosos, hacia la Posada de Pisana, en cuyo comedor se celebró el convite de rigor. 

Luisa puso todo el amor que sentía por aquella hija que se le marchaba, en dar a la ceremonia de la boda y al banquete el mayor realce. 

Y en Orihuela fue motivo de comento por algún tiempo la suntuosa boda de Encarnación Ferrer con Juan Miró, enamorado matrimonio del cual, al correr un poco el tiempo, tenía que nacer un niño, que al crecer y hacerse hombre, se convertiría en admirable prosista y gran maestro de las letras españolas.

FUENTES: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS
GABRIEL MIRÓ

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