Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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sábado, 27 de septiembre de 2025

🟥 MANIFIESTO: LA VERDAD QUE NADIE QUISO ESCUCHAR

 


El Gobierno de España, a través de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), reconoció en su 19º Informe de Farmacovigilancia sobre Vacunas COVID-19 —publicado el 19 de enero de 2023— que hasta el 31 de diciembre de 2022 se habían recibido 84.650 notificaciones de efectos adversos tras la vacunación, de las cuales 14.003 fueron consideradas graves y 500 tuvieron desenlace mortal.

A pesar de estos datos oficiales, el Gobierno de España y sus cómplices autonómicos repitieron hasta la saciedad que las vacunas eran “seguras y eficaces”. Mintieron. Mintieron ante millones de personas, ocultando riesgos, silenciando voces críticas, y manipulando el consentimiento informado. A día de hoy, ningún responsable ha dimitido. Ninguno ha pedido perdón. Ninguno ha asumido las consecuencias.

Mientras tanto, yo fui insultado, ridiculizado, señalado como “loco conspiranoico”, por advertir lo que era evidente para quien quisiera mirar con honestidad. Dediqué cinco años de mi vida a intentar evitar esta catástrofe. Lo hice por convicción, por responsabilidad, por humanidad. Y cuando los hechos se confirmaron —cuando el propio Gobierno reconoció lo que tanto tiempo llevé denunciando— seguí recibiendo desprecio en lugar de reconocimiento.

Yo sí di la cara por vosotros. Y vosotros, en vez de pedirme perdón, corréis a votarles, a seguir dándoles apoyo a estos delincuentes asesinos. Es el mundo al revés. El suicida le da la mano a su verdugo justo antes de que le maten a él y a toda su familia.

Este manifiesto no es una queja. Es una advertencia. Es un testimonio. Es una llamada a la conciencia. Porque la historia no perdona a los que miraron hacia otro lado. Y yo no pienso callar.

*A partir de este informe, ya no hay excusas. Ya no se trata de teorías, sospechas o intuiciones. Es el propio Estado quien admite —por escrito y con cifras— que hubo muertes tras la vacunación. Y sin embargo, el relato oficial no cambió. Peor aún: el propio Gobierno decidió cerrar el seguimiento público. El 19 de enero de 2023, junto con la publicación del 19º Informe de Farmacovigilancia, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) anunció que no se emitirían más informes específicos sobre efectos adversos de las vacunas COVID-19. Desde entonces, cualquier nuevo riesgo se comunicaría únicamente mediante notas informativas o actualizaciones técnicas, fuera del escrutinio ciudadano.


19º Informe de Farmacovigilancia sobre Vacunas COVID-19 | AEMPS



sábado, 4 de noviembre de 2017

Leyendas de Orihuela: La Leyenda de las Cadenas


En la Plaza de las Salesas, en tiempos más tempranos, vivía un hombre acaudalado al que apodaban Juan “el Moro” o “el Mozo” según la versión.

Cuentan los más ancianos que aprendieron de sus abuelos y estos de sus bisabuelos que cuando este sujeto vino a vivir a tierras oriolanas trajo consigo a una niña cuyo nombre se pierde en el tiempo pero a la cual no dejaba de agasajar y mimar por el grande cariño que le tenía.

Como no podía ser de otra manera, los años fueron pasando para esta dichosa familia y aquella que había llegado como niña ya se mostraba a las gentes como una hermosa mujer cuya fama de preciosa se extendió por toda la comarca hasta el punto de que los pretendientes a su mano venían desde lugares inhóspitos y alejados.

Juan el Moro no quiso saber nunca jamás nada de tales pretensiones ya que según sus propias palabras su linda hija ya estaba comprometida con un próspero comerciante argelino.

Por ello debía de cuidar de ella con feroz celo hasta el día en que fuera entregada a su prometido.

Pero quiso el amor hacer acto de presencia en forma de un joven de nombre Andrés que era hijo de Pedro el Espartero.

Un muchacho que compartía con ella edad y aficiones y sin que la chica se percatara dejó que su mente se turbara por el fervor del enamoramiento.

Así que los días pasaban entre cálidos deseos de conocer a aquella muchacha que le arruinaba el sueño ya que deseaba abrazarla, besarla.

Cada vez que podía, se acercaba entre las sombras a la puerta a observar a su amada, noche tras noche, hasta alcanzar la madrugada. Y esto hizo mella en ella que fue dando paso de la curiosidad al cariño, de este al amor y finalmente al deseo.

Un día, la joven decidió que ya era hora de conocer a aquel que la observaba siempre escondido pero con la mirada cándida y dulce. Bajó disimuladamente y como quien no quiere la cosa, se hizo la distraída y consiguieron mantener una conversación.

Aquella fue la chispa que lo inició todo.

Desde aquel día, los encuentros en la Plaza de las Cadenas se sucedían cada vez con más frecuencia y la pasión que ambos sentían mutuamente iba creciendo sin control.

Y como es moneda de cambio en nuestra polémica ciudadela, la envidia, los celos, e incluso, las ganas de fastidiar al prójimo, hicieron su aparición a través de una anciana con aspecto de bruja que vivía por las cercanías de la Plaza de las Cadenas.

Dicha anciana malévola y sin corazón, fue a advertir al padre de la muchacha que quedó impresionado por tales noticias.

Así que entre ambos urdieron un plan.

El tutor de la muchacha se escondería en lugar seguro al acecho de que el pretendiente de su hija apareciese y en cuanto se observase algún comportamiento no deseado se produciría una reacción ante tal afrenta.

Una mañana, Juan permanecía oculto esperando ser testigo de la visita casual de su “enemigo”.

El joven apareció con una enorme sonrisa y la muchacha se arrojó a sus brazos.

El padre entró en cólera y sacó su espada.

Cuando todo pasó, el hombre se dio cuenta de la tragedia ya que con su propia arma había asesinado a los dos enamorados.

Un gran charco de sangre manchaba el suelo mientras él permanecía en pie aturdido por lo que acababa de hacer.

La pena fue más grande que su regocijo y acabó sacando uno de sus puñales y se lo clavó para acabar también con su propia vida.

Lo último que recuerdan las sabias gentes de Orihuela es que de la noche a la mañana apareció un caballero vestido de negro al que nadie conocía pero cuyas intenciones fueron en seguida supuestas. Había venido a llevarse consigo a la bruja, la verdadera culpable de aquel trágico asunto.

Poco tiempo después, en el día de Nuestra Patrona la Virgen de Monserrate, un barullo descomunal y ensordecedor atrajo las miradas de las gentes que vivían en la calle de La Feria.

El escándalo fue tal que los vecinos que se encontraban en la Catedral, salieron para saciar su curiosidad y pudieron contemplar un hecho que aún hoy día se recuerda.

Un gato negro enorme perseguía a una anciana con tal ferocidad y violencia que la acorraló en el recinto de las cadenas de la catedral que estaba considerado desde tiempos inmemoriales como lugar sagrado para los oriolanos.

El colérico animal se movía de un lado para otro sin querer penetrar en el recinto santificado.

Entonces, se detuvo en seco, se transfiguró en un ser humano de carne y hueso pero de aspecto extraño que recordaba a uno de esos seres malditos que viven en las entrañas de la tierra. Empezó a girar sobre sí mismo y como si un torbellino fuese, arrancó las cadenas con su fuerza y se llevó a la vieja con él y nunca más se supo de ella.


FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)

sábado, 29 de abril de 2017

El cadáver del cuarto de contadores de Torrevieja


Leer en la prensa o escuchar las noticias por la radio y la televisión de que se ha descubierto un crimen horrible es algo que nos pone bastante tensos.

Pero lo que realmente nos da criba es conocer que ese vecino al que habitualmente saludamos cuando nos tropezamos con él en la escalera de nuestro edificio o subimos con él en el ascensor, precisamente él, al que hace pocos días le habíamos incluso chocado la mano, es realmente un despiadado criminal que ha matado a su mujer y la tiene emparedada en el sótano.

Pues bien, esto es lo que les pasó a unas personas que como no sería de otra forma forman parte ya del grueso grupo de atrevidos que han participado conmigo en la Ruta del Miedo.

Así que sé de primera mano lo que sintieron porque me lo han contado.

Es demasiado impresionable escuchar el testimonio de un niño que lo vivió en primera persona, que recordaba la cálida mano del asesino sobre su cabeza cuando este con disimulo la hacía gestos de cariño para aparentar normalidad.

Los hechos ocurrieron como relato a continuación.

Una pareja chilena que llevaba viviendo en Torrevieja 15 años compartían piso en una conocida calle de la ciudad costera.

Johana Bertina Palma y su esposo John Charlie L.T. de 37 años vivían con normalidad en un inmueble del nº 41 de la calle Ramón y Cajal.



Un día, el 13 de junio del 2016 la chica de 32 años desapareció.

Por supuesto que los vecinos la echaron en falta pero siguieron con sus vidas con el interrogante de qué le habría pasado a la chica.

Dos meses habían pasado desde su desaparición y ningún avance se había logrado ante las denuncias por parte de familiares y amigos íntimos.

Curiosamente, lo único que relacionaba el caso con la vida de los allí restantes vecinos fueron unas quejas de que olía bastante fuerte a productos químicos y ambientadores. Tanto que a veces era insoportable. Además del abultado número de moscas que pululaban por allí.

Cuando pasaban junto a la puerta de los contadores, el tufo a insecticida y ambientador era terrible.

Y por supuesto todo tenía su explicación, ya que uno de los “inocentes” vecinos provocaría la sorpresa más grande de sus vidas.

Alarmados por las denuncias constantes de una vecina por el exagerado número de moscas y los fuertes olores, la benemérita se personó en el inmueble e inició una exhaustiva búsqueda para confirmar sus sospechas.

Para ello pidieron la ayuda del vecindario que gustosamente recorrió cada palmo del edificio en busca de la razón de aquellos hechos.

Así llegaron hasta el cuarto de contadores.

Un cuartucho no muy grande, un habitáculo de pequeñas proporciones donde antes se emplazaba la caldera del agua se encontraba tapado con cemento.

Se abrió un agujero en ese improvisado nicho y eureka se encontraron en el interior los restos de la mujer asesinada con algunas de sus extremidades cortadas.

Para la extracción del cuerpo se tuvo que recurrir a la ayuda de los bomberos además del operativo policial estándar.

La policía local de Torrevieja acordonó la zona y la cerró al tráfico.

La comisión judicial ordenó el levantamiento del cadáver antes de las 8 de la tarde para ser llevado al Instituto Anatómico Forense de Alicante para practicarle la autopsia y conocer la causa de la muerte.

En la confesión del autor del crimen se obtuvo la respuesta “conveniente” de que todo había sido un accidente, una muerte fortuita producida por una discusión que acabó en un empujón que hizo que la cabeza de la chica se golpeara accidentalmente contra el muro de la terraza del domicilio resultando muerta.

La pareja tenía dos hijos, una niña de 12 años y un nene de 5 que casualmente se encontraban durmiendo cuando se produjo el mortal accidente.

Con el cadáver fresco durante dos horas estuvo el asesino decidiendo los pasos que tendría que seguir.

Esperó hasta la madrugada para bajarlo al cuarto de contadores y lo dejó allí durante dos días hasta que se le ocurrió la idea de crear un sarcófago artificial.

Introdujo el cuerpo sin vida en el habitáculo y lo tapó con cemento que consiguió de una obra cercana.

Cuando el cadáver fue encontrado estaba en estado de descomposición pero sin síntomas de violencia a la espera de la autopsia.

Indudablemente, el criminal fue puesto a disposición judicial.



Lo que quiero destacar aquí no es el caso en sí que se puede encontrar relatado en la prensa nacional y local con todos sus detalles.

Es más bien lo escandaloso que resulta descubrir el miedo de una familia que creían tener una vida normal y que de repente se encontraron en el centro mismo del huracán.

Una noche en la que la familia dormía sola en sus respectivos dormitorios ya que el padre estaba realizando una guardia correspondiente a su trabajo.

Imagínense la cara de susto que se les quedó cuando todo se destapó.

Una huella que deja marcadas las vidas de todos los integrantes de esa familia que con gusto y a la vez con mucho temor contaron en La Ruta del Miedo, lugar mágico donde sólo esas cosas salen a la luz.


viernes, 28 de abril de 2017

La terrible y macabra Sentencia de Muerte del Reo Joaquín San Jaime




EL CRIMEN DE COX

Uno de los últimos reos condenados a muerte a garrote vil en nuestra comarca fue Joaquín San Jaime.

Vecino natural de Concentaina y que contaba con una edad de 19 años.

Fue sentenciado por la Audiencia de lo criminal de Alicante a sufrir la pena a garrote vil ante la presencia de treinta y cuatro testigos.


Según la versión popular, se asegura que los dos sicarios se prestaron para cometer el crimen por “Treinta duros y una cena de camarrojas”. La ejecución se llevaría a cabo en Cox, la misma ciudad en donde se habían producido los acontecimientos que desembocarían en su captura.

El 10 de febrero del año 1888 a las ocho de la mañana, este joven, supuestamente, había asesinado a Manuel Lucas Rocamora que andaba por las afueras del pueblo en el sitio conocido como El Cabezo.

Dos sujetos desconocidos se le acercaron pidiéndole fuego. El Sr. Lucas se detuvo concediéndoles el deseo y luego siguió su camino.

Uno de los desconocidos lo acometió bruscamente por la espalda disparándole a quemarropa dos tiros sucesivos que le hicieron caer al suelo bañado de sangre. Y poco después muriendo.

Fueron detenidos cuatro sujetos de los que haré una relación:

Manuel Navarrete Grau, 28 años, casado, natural de Cox, jornalero y actualmente alguacil del ayuntamiento. Joven de aspecto simpático, color moreno claro, estatura mediana y de grueso lo normal.

José Gambin Sánchez, 25 años, casado, natural de Cox, actualmente guardia municipal. Moreno claro y de menor estatura que el anterior. No tiene aspecto de delincuente.

José López Insa, 38 años, casado, natural de Onteniense, jornalero robusto, moreno y de estatura alta. Con aspecto de criminal.

Joaquín San Jaime, expósito, 19 años, soltero, natural de Aljemesí (Valencia). Estatura regular, ojos de mirada penetrante, alegre y vivaracho.

Los cuatro fueron declarados culpables y condenados a muerte. San Jaime y López Insa como autores materiales. Gambin y Navarrete como inductores.

Ante las preguntas del presidente del tribunal San Jaime declaró:

“La pistola es mía y no se la había dejado a nadie. Me encontraba en esos momentos en estado de embriaguez cuando se me disparó sin saber por lo pronto si había herido a alguien. No conozco al muerto, no le había visto nunca”.
Las fuerzas de tropa de línea que se encargaron de su custodia estaban comandadas por el capitán de infantería D. Evaristo Pardines y reforzadas con un grupo de Guardias Civiles.

Fue llevado a Cox durante la tarde del jueves a las 7 de la tarde noche.

Permaneció allí hasta que se le comunicó la sentencia al día siguiente a las nueve de la mañana por el Juzgado de Instrucción de Dolores siendo el encargado de leerla el Sr. Secretario D. Enrique Tormo.

Las palabras que dijo el acusado: “Lo único que siento es que no paguen la misma pena los otros tres compañeros huidos” viene dadas por la fuga que estos habían realizado antes del procesamiento de la cárcel de Alicante.

Inmediatamente se le llevó hacia la capilla improvisada en un cuarto bajo de la Casa Consistorial, habitación de tres metros cuadrados que se había preparado para la ocasión colocando junto a la puerta un altar con seis cirios a cuyos tibios resplandores se ve una modesta imagen de la Virgen de los Dolores y un Crucifijo. En el fondo de la habitación, colocado un sillón, y próximo a él un lecho.


El ayuntamiento y cárcel estaba en la calle de las Eras (hoy Vicente Aleixandre) esquina a la plaza de San Juán y Rodeo.
Cuentan los periódicos de la época que el joven recibió la noticia de su ejecución con cierto aire sereno, desafiante, sin variar su color en lo más mínimo.

Y así estuvo durante buen rato hasta que hicieron ademán de introducirlo en la capilla.

En esos momentos, le falló el aplomo con que había hecho gala hasta entonces.

Tuvo que ser asistido por el canónigo de nuestra Sta. Iglesia Catedral D. Florentino Zarandona y el Rdo. capuchino Fray Ireneo que de forma voluntaria se ofrecieron para el consuelo del que iba a ser ajusticiado.

Un baño de lágrimas surcó sus ojos.

No imaginaba la pobre criatura el padecimiento que aún le quedaba por sufrir.

Las horas siguientes las pasó un poco más calmado sin mucho apetito tras engullir de almuerzo a las doce unas chuletas asadas hasta llegar a la noche antes de la ejecución en donde se le proporcionó un poco de alimento que no le supuso ningún malestar angustioso.

A las cuatro de la tarde rezó con los sacerdotes la oración del Rosario.

A las cinco de la tarde comió un mantecado y una copa de aguardiente.

A las seis recibió la visita de un redactor del Diario de Orihuela que pudo contemplar al reo sentado en el sillón con la escasa luz de los cirios esposado y ostentando en su pecho el escapulario de la Virgen del Carmen con la mirada perdida y un tinte de tristeza en su semblante.

La blusa que antes vestía había sido sustituida por una chaqueta de paño negro, con un pañuelo por corbata y llevando además como el día anterior chaleco de color oscuro, pantalón azul de algodón y alpargatas.

Esta fue la corta entrevista que entablaron mientras el corresponsal le tendía un cigarrillo:

- ¿Cómo va usted de ánimo?

- Bien, ya sé que no hay remedio… ¡Qué va uno a hacer…!

- Tenga conformidad y sobre todo no pierda la esperanza: aun todavía podría conseguirse gracia.


- No la espero.

- Al menos tenga confianza en Dios.

- En Dios… ¡ya!... ¿Quién sabe?...

- No desconfíe. El Todopoderoso tendrá en cuenta vuestro dolor y vuestro arrepentimiento.

- Ya veremos.


A las nueve de la noche se le sirvió al reo la cena que consistió en una sopa de la que tomó unas cucharadas y cuatro chuletas de cerdo que comió con gran apetito. Después se le sirvieron mantecados, naranjas y aguardiente.

El Sr. Juez Instructor le concedió un cigarro. Al que le regaló estas palabras:

“Si hubiera estado tan bien alimentado como hoy, mañana subiría al patíbulo grueso y de buen color, pero con el rancho de las cárceles he enflaquecido contra mi voluntad”.
Al preguntarle otra vez sobre el estado de su ánimo, repuso:

“Quiero demostrar que ningún valenciano sube con miedo al cadalso”.
Después, abandonando su jovialidad, comenzó a lamentarse de la educación que había recibido exclamando:

“Mi desgracia viene de mi mala educación; nunca se debe perdonar ninguna falta a los hijos, antes al contrario, es muy útil castigarlos para corregirlos, evitando de este modo que lleguen a verse en la situación en que me encuentro”.
A las diez y cuarto de la noche el reportero volvió a la capilla para entablar unas últimas palabras con el acusado y esto es lo que le dijo:

“Mañana por la tarde estarán ustedes en sus casa descansando y yo también, pues ya estaré en la fosa.
Poco después quedaba el reo dormido profundamente, hasta las cuatro menos cuarto que fue despertado por el canónigo Sr. Zarandona.

A las cuatro celebró el P. Ireneo el Santo Sacrificio de la Misa, la que escuchó san Jaime con manifiesta devoción.

Poco después celebró el Sr. Zarandona dándole la sagrada Comunión, que recibió el reo con gran recogimiento.

A las cinco y media lo dejaron solo con los sacerdotes en la capilla. Fueron interrumpidos por el doctor Sr. Bernal, titular de Catral que manifestó no haber notado nada de decaimiento ni ningún tipo de alteración.

Su cuadro clínico era de 76 pulsaciones por minuto y temperatura normal entre las ocho de la noche del día anterior hasta las siete de la mañana.

A partir de las ocho se observó en el paciente un aumento de las pulsaciones que pasaron a 104 por minuto.

A eso de las siete y media de la mañana apareció por la capilla el ejecutor de la justicia, Hermenegildo Agüero Marcos, natural de Valencia, 31 años, estatura regular, enjuto en carnes, moreno, ojos pardos y su rostro vulgar luce bigote y perilla; llevaba en la mano la hopa, unas correas y unos zapatos negros. Acto seguido se acercó al reo y le pidió perdón por lo que estaba a punto de hacer en esta pretendida sexta ejecución. (Un periódico de Valencia aseguró que venía a hacer su debut en esta población).

El reo le contestó que le perdonaba y ambos se dieron un beso.

Olvidando que pocas horas antes nadie en el pueblo ha querido darle hospedaje y que ha tenido que recurrir a una habitación que le ha cedido la Casa Consistorial.

A continuación le vistió la hopa mientras San Jaime exclamaba:

“Dios perdone al verdugo, pues él no me mata”.
Y a continuación añadió:

“Tened misericordia de mis pobres hermanas… ¡Desgraciadas!... Yo que era su único sostén voy a morir, y esos pobres ángeles van a quedar abandonados. Por Dios, señores, tened misericordia de esas pobres infelices que quedan a solas en el mundo. Protegedlas”.
Después pidió perdón justo antes de abandonar la capilla a todos los presentes.

Eran miles lo que se acercaron a contemplar la ejecución que estaba a punto de realizarse en la plaza que daba acceso a la prisión.

A las 8:45 de la mañana del 23 de Febrero de 1889 la puerta de la cárcel se abrió y ante todos se mostró el malhechor San Jaime.

Fue subido a un carro que lo condujo hasta el pie del patíbulo que aguardaba custodiado por fuerzas de la Guardia Civil. Un escaso recorrido de apenas 400 metros.

Precediendo al reo, un individuo de sobra conocido por sus vecinos que pertenecía a la hermandad de la escuela de Cristo que sostenía en sus manos de forma alzada un crucifijo.

La gente se agolpaba entorpeciendo el paso de la comitiva.

Las campanas de la parroquia empezaron a entonar una rítmica y siniestra melodía (a tenor de lo que estaba a punto de ocurrir) con una triste sonata que doblaba por el alma del hombre que muy pronto dejaría de estar vivo.

El carro llegó al patíbulo, situado en la planicie al poniente del pueblo y de la carretera y el reo puso los pies en tierra con una palidez y abatimiento que cubrían su rostro de manera maldiciente.

Durante ese breve trayecto gritó a algunas mujeres que lloraban que no hicieran tal cosa pues él no se sentía abandonado por el valor.

Empezó a subir las gradas del patíbulo y sus piernas que parecían seguras le fallaron haciéndole tropezar y a punto estuvo de caer.

Las hábiles manos de los sacerdotes que le acompañaban evitaron la caída.

Antes de sentarse en el banquillo, dirigió la palabra a aquel mar de cabezas humanas que bajo sus pies bullían, dijo:

“Noble pueblo español, hermanos míos… esta vida es un segundo, es perecedera…, me precio de ser hijo noble español. Sé que voy a morir en breves instantes… por el amor que os profeso os ruego… que no os veáis jamás en el suplicio en que me veo… tomad mi ejemplo, esta vida es un tris, ya no podré defender a mi patria. ¿Me perdonáis todos los que os halláis aquí presentes?”
Todos los espectadores se sintieron emocionados por aquellas tristes palabras y respondieron al unísono entre sollozos: “Sí, Sí.”

Acto después, se sentó en el banquillo y repitió las palabras que componían una oración que el señor Canónigo Zarandona le susurraba al oído.

Llegó el último momento entre la vida y la muerte. Le colocaron un pañuelo blanco o sudario tapándole el rostro.

El acto final de la ejecución dio comienzo y el reo se puso a recitar una oración final, un “Credo” que al llegar hasta la parte den donde se dice: “Su único Hijo”, sus labios fueron acallados para siempre por una muerte espantosa que ninguno de los que en esa época vivieron pudieron olvidar jamás.

Resultó que el verdugo era primerizo en sus labores y cometió una serie de imprudencias que hicieron que el dolor, el sufrimiento y la agonía de aquel cautivo llegaran hasta límites insospechados.

Fue un cuadro tan horroroso, que nos negamos a repetir en esta publicación que hasta el propio Juez del partido, el señor Gironés tomó cartas en el asunto y le dio una reprimenda enorme al ajusticiador. 



LA LEYENDA:

Si queréis ser testigos de algo prohibido, acudid a las postrimerías de ese lugar a altas horas de la madrugada, cuando las sombras se hacen amenazantes, cuando los rayos de la luna apenas llegan a alcanzar el suelo.

A lo mejor, y digo solo a lo mejor, escucharéis el llanto agónico de dolor de un joven torturado por las incapaces manos de un verdugo inepto.

La ejecución tuvo lugar en las afueras de Cox, el 23 de febrero de 1889, paraje de “La Tejera”, hoy calle Gabriel Miró.

viernes, 17 de marzo de 2017

Crónicas de Orihuela: La moneda falsa


Eran las 9:30 de la noche del 15 de noviembre de 1892.

Los vecinos del Rabaloche se quedaron asustados pues presenciaron la aparición de un grupo de hombres armados hasta los dientes.

La mayoría sujetaban con firmeza grandes escopetas.

Se pudieran contar hasta doce personas.

Los vecinos se asustaron tanto que entraron en sus casas y cerraron las puertas y ventanas por si acaso.

La comitiva llevaba un rumbo fijo, se dirigían al centro de la ciudad.

Alguno de los vecinos que había reconocido el rostro de alguno de aquellos hombres peligrosos, se animó a seguirlos para ver que sucedía.

Se detuvieron a las puertas de la cárcel.

¿Qué había sucedido?

Todo comenzó en el barrio de Bonanza. Allí , en una Venta conocida con el nombre de “La Basilisa” habían entrado cinco sujetos desconocidos que parecía provenían de la región de Murcia.
Se tomaron unas copas y cuando sus cuerpos y gaznates ya estaban saciados, pagaron al posadero.

En ese momento, se encontraba atendiendo la Venta el hijo de la dueña que de manera descarada pero no descortés rechazó la moneda por considerarla falsa.

El pagador, mostró fingida indignación, sacó su arma y le disparó cinco tiros a quemarropa al ventero.

Demos gracias a Dios por que ninguna de las heridas fue de gravedad.

Sin casi tiempo para reaccionar, entró por la puerta el pedáneo que inmediatamente puso orden y detuvo a cuatro de los cinco sospechosos.

El criminal había puesto pies en polvorosa.

Se presentaron a la orden algunos vecinos que trajeron consigo sus armas para cuidado de que todo se respetara y acompañaron a los arrestados y a su captor.

La Guardia Municipal que presa servicio en el Rabaloche consiguió atrapar al quinto personaje que fue puesto a disposición judicial.





jueves, 16 de febrero de 2017

El Romeo y la Julieta de Orihuela


Orihuela no está exenta de historias amorosas al más puro estilo de Romeo y Julieta.

Un episodio lleno intrigas, conspiraciones y amores desatados que no pueden permitirse el lujo de converger en momentos de felicidad plena es la historia que nos ha llegado a nuestros oídos y que gracias a las Crónicas Oriolanas de Bellot hemos podido recuperar para los lectores de este blog.

Cuentan dichas crónicas que rondando el año 1550, hubo en Orihuela un matrimonio feliz compuesto por Doña Isabel Ana Masquefa, (sobrina de D. Ramón de Rocafull, señor de Albatera), y su esposo.

Esta joven, que era hija única, desobedeciendo los deseos de sus padres y de su tío que querían esposarla con Enrique de Rocafull, heredero de D. Ramón, para perpetuar la nobleza de sus linajes, hizo caso omiso de sus obligaciones y entregándose a las puertas del amor se casó en secreto con la persona que más amaba que no era otro que D. Baltasar Masquefa.

Se planeó una reunión secreta en donde tanto su tío D. Ramón como sus padres se pusieron de acuerdo en que la dama fuera secuestrada de su nidito de amor y llevada a lugar seguro en donde no debía ser encontrada por las huestes de su marido y sus familiares.

Aprovechando un día en el que la muchacha se encontraba sola, unos bárbaros, no descuidaron para desposeerla de su libertad y la llevaron a escondidas por caminos desiertos para que nadie descubriera la maniobra mientras la niña gritaba y exigía la ayuda de aquellos que pudieran darle consuelo ante tal injusta afrenta.

Durante años la mantuvieron oculta en Castalla y Sax. Sin que nadie más supiera de su paradero.

El esposo, lleno de frustración y de rabia utilizó todas sus influencias para que la amada regresara con él y que los que se habían atrevido a cometer la tropelía fuesen llevados ante El Justicia y castigados por su atrevimiento.

Pero la sombra del poder de los Rocafull llegaba a donde la vista no puede alcanzar.

Fueron en vano todos sus esfuerzos.

Se consiguió finalmente que el Virrey y la Real Audiencia dictaminase en favor del marido que aquellos que eran culpables del secuestro, padres y familiares consentidores, fueran llevados a prisión.

Sin embargo, la sentencia no surtió efecto.

Se recurrió entonces a la Justicia Divina impartida en la tierra por la Iglesia que se puso a favor del marido.

No tuvo el menor impacto sobre los nobles que de manera contínua intentaban romper el muro de resistencia que la joven había puesto sobre sus hombros.

Entonces estalló la lucha.

Los ecos de los enfrentamientos y las quejas de Baltasar llegaron a oídos del futuro rey Felipe II que gobernaba durante la ausencia de su padre Carlos I.

El regente, dispuso que el señor de Albatera fuese entregado por el marqués de los Vélez, quien lo amparaba en Castilla, a un agente real.

El noble murciano se disculpó ante su protegido, diciéndole que antes eran las órdenes de su rey que los deseos de su amigo y que no tenía más remedio que apresarle.

En una parte desconocida de nuestro castillo fue obligado a agacharse ante cientos de ojos que fueron testigos de su ejecución cuando el hacha cayó sobre el tronco y una cabeza rodó por el suelo.

Las tropas de los castellanos permanecían en la ciudad a la vista de que no surgiera ningún altercado y prohibieron a los habitantes de Orihuela que salieran de sus casas.

Pero la niña no encontró la libertad, siguió en poder sus enemigos.

Pasaron cuatro tristes años en los que Baltasar no encontró ni un minuto de consuelo. Y un día, ocurrió lo peor.

Unos esbirros de los Rocafull tomaron a la fuerza la casa del marido y ante los ojos de los hijos del que había sido decapitado y bajo sus órdenes fue asesinado vilmente.

Los partidarios de Baltasar fueron amenazados de muerte si iban tras ellos y gracias al miedo y a la impunidad de la que gozaba la familia Rocafull se les permitió marchar sin más contratiempos.

Días después, fue asesinado en Valencia el cuñado de Baltasar, hombre que había apoyado su causa desde el principio.

De nada sirvieron las Condenas a Muerte impuestas por la justicia real a tan viles criminales.

Finalmente la joven fue liberada en un baño de lágrimas al conocer del destino de su esposo y con recelo y entre sollozos aceptó la imposición de casarse con otro de los herederos de D. Ramón.

Los criminales jamás fueron castigados y acabaron sus días felizmente acompañados de todos los gozos de la vida y de sus dichas.

Solo la mano de la parca que está reservada a cada hombre al final de sus días, pudo acabar con ellos.

Murieron de muerte natural.


FUENTE:
LOS ANALES DE ORIHUELA


martes, 27 de diciembre de 2016

Relatos de Ruta IX: los fantasmas de Seu d'urgell


Tras la ruta del miedo con el grupo, no podía dormir.

Habían muchas cosas que no me cuadraban después de contar mi experiencia en el hotel.

Decidí vivir de nuevo esa noche y quiero compartir contigo lo que descubrí.

Comienzo desde el principio:

Llegamos al Camping Frontera. 

Es medio día y tras inscribirnos y montar la tienda, vamos a comer al Restaurante de la Seu d'urgell de siempre. 

Tras la comida paseamos hasta que se hace de noche y volvemos al camping.

Ya en la tienda, vemos que empiezan los truenos y relámpagos detrás de la montaña, pero todavía están lejos.

En pocos minutos empieza a llover, se va acercando rápidamente y sin darnos cuenta estamos en el centro mismo de la tormenta. 

La lluvia torrencial, la descarga eléctrica, el estruendo de los truenos, el sonido del viento que va derribando los árboles que encuentra a su paso, nos obliga a refugiarnos en los aseos y lavaderos. 

Pero se trata de un edificio pequeño, sin capacidad para albergar la cantidad de personas que llegaba a su interior. 

Recuerdo que estoy sola en el coche aparcado en el camino frente a ese refugio improvisado. 

Los que están allí me gritan que salga del coche y vaya con ellos, aunque yo no oigo lo que dicen, solo lo supongo por sus gestos. 

Soy incapaz de reaccionar y no me muevo del asiento, estoy petrificada.

No recuerdo cuanto tiempo duró la tormenta, ni que pasó después del mi último párrafo. 

La siguiente imagen que me viene a la memoria es de mi misma que ya estoy en la tienda comprobando los desperfectos. Todo lo que hay en su interior está cubierto de agua. Imposible pasar la noche en este lugar.

Sacamos la maleta, que al ser de un material rígido, ha evitado que se moje lo que hay en su interior y nos dirigimos otra vez a la Seu d'urgell buscando un sitio donde poder pasar la noche.

Llegamos a la puerta del Hotel...

Y bajo a preguntar si tienen habitaciones, no sin antes
darme cuenta que en el cristal de la puerta hay un cartel de prohibido perros y yo llevo uno.

La recepción está a oscuras. 

Solo detrás del mostrador, una lucecita, a malas penas alumbra la cara de una señora mayor. 

Me acerco y le pregunto si tiene habitaciones.

Ella responde que no, que está todo lleno por la tormenta. (No entiendo por qué insisto).

Le explico que no tenemos donde pasar la noche y que nos serviría cualquier alojamiento.

Mirándome a la cara me dice que tiene una habitación, pero no me la puede ofrecer. 

Lo repite varias veces.

Le digo que seguro nos sirve, solo es para unas horas, pero que hay otro problema: tengo un perro y he visto en la puerta que no se admiten perros.
          
Ella insiste: esa habitación no la puedo ofrecer, pero, yo le dejo la llave, usted sube y la ve y si la quiere yo se la doy.

- De acuerdo. -Le respondo, ella me alarga la mano con una llave y me dice que es la última planta (no recuerdo el número de habitación).

Entro en el ascensor, es diminuto. 

Llego a la última planta y se abre la puerta a un pasillo donde las luces de emergencia permiten ver lo suficiente para andar por él.

Todo está en silencio, hay habitaciones a ambos lados.

Ando unos metros hacia la derecha y otra vez a la derecha, 

Empieza a parecerme muy largo el pasillo.

Cuando tan solo faltan tres habitaciones para llegar, oigo una pelea de dos hombres, mucho ruido, gritos, cosas que caen al suelo y un líquido que empieza a salir por debajo de la puerta y yo esquivo para no pisar. 

Una vez en la puerta de la habitación, la abro y la reviso, es grande, está limpia y correcta, tiene una ventana al entrar a la derecha. (No entiendo porque no la puede ofrecer, pero nosotros ya tenemos donde dormir esa noche).

Bajo en el pequeño ascensor en busca de la señora y una vez ante ella le confirmo que me quedo con la habitación, pero el perro también sube. 

Me pregunta si ladrará y le digo que no, y me permite el perro.

Salgo feliz y le digo a mi marido que baje, nos quedamos. 

Él pregunta: - ¿la perra también? 

, -le contesto. 

Sacamos los D.N.I. 

Ella los ve, los devuelve, pagamos y con la llave en la mano, subimos a la habitación.

Casi no cabemos en el ascensor dos personas y una maleta.

Una vez en el pasillo, no se oye nada, solo silencio; el líquido no está,

Estoy tan alterada por todo lo vivido ese día que no soy capaz de razonar.

Si ha habido una pelea, ¿porque nadie salió a ver qué pasaba, ni llamó a recepción? Ya que los gritos fueron muy evidentes y escandalosos.

Me pregunto también: ¿Por qué no está mojado el pasillo, y ¿Cómo dos personas que se pelean pueden quedarse en la misma habitación? 

Todas estas preguntas me las hago hoy.

Una vez en la puerta, abro y entramos. 

Abrimos la ventana y...

Pegada a ella hay una escalera de caracol.

Es de hierro y va desde el bajo al tejado, ocupando el hueco donde dan dos ventanas por planta una frente a otra y que casi nos podríamos saludar.

No me gusta, por ella podría entrar alguien a la habitación, pero no hay otra cosa.

Con el pijama puesto, mi marido comenta: ¿sabes dónde estamos? 

¡Claro, en la habitación de un hotel! 

- Sí. -contesta, -pero en este hotel asesinaron hace unas semanas a dos personas de color.

- ¿Y no te podías callar hasta mañana, lo tenías que decir esta noche? 

Desde de ese momento decido que la perra duerme a mi lado, estoy segura que me avisará si algo ocurre.

No tengo idea de la hora que era cuando la perra se pone inquieta y me despierta,

Entreabro los ojos solo lo justo para ver qué pasa y a los pies de la cama veo tres figuras.

Una mujer en el centro, (que juraría era la de recepción) y un hombre de color a cada lado. 

Pienso que si tengo que morir, no quiero saber cómo y cierro de nuevo los ojos.

Me despiertan por la mañana, ya es hora de irnos.

No me ducho, veo sangre en la bañera (que mi marido no ve) se ducha y recogemos nuestras cosas.

Bajamos a recepción. 

No hay nadie, dejamos la llave encima del mostrador y nos
marchamos.

Esta aventura la conté muchas veces, pero no es hasta hoy que soy consciente de lo que realmente viví.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

FICCIÓN : 10 Lugares de Orihuela en donde pasar auténtico terror: 10. El Paseo de Calvo Sotelo


Cuentan de un lugar de Orihuela, que todos sus vecinos vivían aterrados.

Por las noches, se sentía una presencia en dicho sitio.

Como si alguien de cerca, muy de cerca, pusiese sus ojos y su aliento sobre nuestro cogote.

Fueron a buscarme a mi lugar de trabajo un par de personas que querían comentarme lo que allí se había dicho durante décadas.

Que el lugar estaba maldito por culpa de la consecución de un horrible crimen y que allí ocurrían cosas misteriosas.

Por supuesto, no di crédito a lo que me contaban, pues contagiados de los efluvios que hasta ellos había llevado la Ruta del Miedo, bien podría tratarse de habladurías o chismes entre vecinos pero que realmente no tuviesen fundamento alguno.

Pasaron los días, y como suele ocurrir, el misterio llamó a mi puerta.

En una de esas maravillosas ocasiones en las que suelo celebrar la Ruta Nocturna, nos regaló los oídos un testigo que había habitado aquella calle durante un tiempo.

Su testimonio fue muy personal y lo contó con miedo. Por las posibles represalias del resto de vecinos me rogó que no diese nombres.

Esto es lo que le ocurrió:

Fue un verano como todos: horrible.

El calor se hacía insoportable.

Eran alrededor de las seis de la tarde, lucía el sol y teníamos el aire acondicionado en funcionamiento.

Así que estábamos frescos yo y una clienta en la tienda.

Mientras charlábamos, oímos un gran estruendo.

Los objetos situados en la estantería de la derecha se movieron todos de golpe haciendo un ruido horrible.

Se cayeron todos unos sobre otros.

Se hizo el silencio.

Mientras sus cerebros buscaban una explicación por lo que acaban de presenciar, los objetos parecieron cobrar vida y con un ímpetu fuera de lo normal salieron de su sitio y fueron a estrellarse contra la pared de enfrente como si alguna fuerza invisible los arrojara con furia.

El pánico aumentó en intensidad y ambas personas decidieron salirse fuera del establecimiento.

Se pusieron muy nerviosos y tuvieron que acercarse al bar más cercano para tomarse una tila cada uno.

Mientras trataban de calmar su excitados nervios, movían la cabeza de lado a lado cada vez más deprisa como queriendo negar la evidencia a la que habían sido testigos.

Las dos personas necesitaban despertar y sentían una sensación como de ahogo.

El sobresalto aún lo llevaban en su interior.

Desde aquel día, el miedo a convivir con lo que allí dentro hubiese estado o peor, que todavía siguiera allí, creció y los responsables del negocio realizaron las gestiones pertinentes para hacer el traspaso.

Los rumores fueron en aumento, distribuidos por toda la ciudad a través de los comentarios de algunos vecinos y otras personas que involuntariamente hicieron que aquello creciera y creciera.

No consiguió realizarse la operación, así que no hubo más remedio que cerrar el comercio y marcharse a otra parte de la ciudad en donde las cosas fueran más tranquilas.

Durante la entrevista, el testigo me narró con todo detalle lo que aconteció aquel día y él lo achacaba a un horrible crimen que se rumoreaba durante muchos años que había ocurrido allí mismo en aquel lugar.

Salimos al patio del establecimiento y realicé algunas de las fotografías que acompañan el enlace que aquí dejo:



El Crimen del Paseo Calvo Sotelo (Rumor)



TEATRALIZACIÓN:

I

Mi cuartito interior acogedor daba a un patio lleno de luz, y mi ventana se abría muy cerca, en ángulo con la de mi vecina. Ella tenía la suya adornada de hermosas flores: albahacas, enredaderas, alelíes y claveles rojos.

Mi ventanuca, sin embargo, estaba árida y seca.

Es importante decir que las supuestamente maduras matronas de mi vecindad, en complicidad fisgona con mi patronal señora doña Remedios, husmeaban en mi ausencia los libros, los apuntes, cuartillas, rimeros de periódicos hasta sacar en claro que yo era un escritorzuelo, Dios sabía de cuantos puntos en la pluma.

Y que cuando yo llegaba (un algo huraño siempre) hacíanse las casuales encontradizas para, con frase acaramelada y zalamera, sonsacar algo de mi vida irregular.

E ítem más que yo, dejándolas saborear su pan de trastrigo, encerrado en mi torre con el orgullo de un hijodalgo primogénito, tapiaba labios y oídos a sus arrumacos.

Una sola excepción había de amistad y contento: la de mi vecinita.

Cuando a la hora de comer libraba a mí asendereado cuerpo de la cama esclavizadora, pálido, ojeroso, desmelenado, con el enervamiento y languidez aún del corto descanso, abría mi ventana de par en par.

Consuelito, mi vecina, ya estaba en la suya observándome, con su carita de oriolana, morena, hermosa y picara.

-          ¡Vecinita, buenos días!

Y su dulce voz de cuco, en competencia con su parlero jilguerillo, contestaba cariñosa y burlona:

-         Ya es hora, vecino. Buenos días. ¡Cuidado, no piso usted ese sapo!... ¡No hay derecho a madrugar de esa manera!...

Y sonaba su risa de alegres cascabeles, entraba el sol a raudales en mi cuarto, veía yo un trozo de cielo azul, respiraba el oxígeno a plenos pulmones, y abría los ojos mucho, muchísimo, llenando mi retina con la frescura sana de Consuelín.

El primer día nos miramos un instante con curiosidad inquisidora. Un vecino o vecina joven que llega, es un misterio sin desflorar.

Hubo otro día el saludo, pretexto de conversaciones.

Consuelo era una ráfaga vibrante de alegría y robusto vivir que llenaba la casa y el patio hondísimo con el eterno entonar de sus cantos y de sus risas. Sus ingenuidades, extrañamente combinadas con las picardías de mujer, llegaron a interesarme y a sujetar en la lucha nerviosa mi pensamiento.

Las comadres respetables murmuraron nuestras charlas ligeras.

Mas era la verdad que yo, galanteador implacable y práctico de todas las mujeres, no crucé con aquella ni una sola palabra de esas que traidoramente clavan su doble sentido.

Era tan deliciosamente bella, tan delicada y sutil, tan mujer y tan chiquilla, que no osé destrozar con la vulgaridad de unos amores fugaces e impuros aquella figurita de encajes alados, que infiltraba en mi espíritu cotidianamente un mar de misterioso encanto, de puros cariños, de amistad, de gloria, de vida suave y mansa.

La quería yo... como a eso, como a una muñeca con alma de ángel. Y, recíprocamente, yo vi ansias de afecto en sus ojos negrísimos, y en su voz un amoroso acento, algo así como un maternal cariño. Que no en balde ha dicho alguno que entiende que: "toda grande amistad, entre la mujer que tiene belleza y corazón y el hombre que tiene corazón no es sino el principio del amor...”

II

Los niños todos la querían con sus afectos infantiles y cándidos. Y a todos los mimaba ella, los cogía en brazos, los corría y zarandeaba en alocados juegos confundiéndose con el coro picotero y estrepitoso de los pequeñuelos.

Saltando incansables en los brazos de mi vecina, asomábanse al patio las cabecitas radiantes; y las madres miraban, encantadas, bobaliconamente, la candidez alegre de sus hijuelos, acariciados por los cabellos flotantes de la virgen juguetona.

No había vecino joven que no tuviera con ella réplicas furiosas, ni albañil en la casa que no alternara los chafarrinones de pintura a las mugrientas paredes con diálogos chispeantes, ni vieja que mostrase las sucias greñas en alguna ventana sin recibir corno un flechazo la frase acerada y burlona de mi amiga.

En aquellas encendidas refriegas derrochábase la gracia oriolana sin que nadie pudiera gloriarse de ganar su predilección o de haber vencido su inconmovible pureza.

Así corría tranquilamente el tiempo, las viejas murmurando. cantando horriblemente las criadas del primero, gritando los chiquillos, poniendo mayor encanto nosotros en la media hora diaria de ventana, luz, aire, y alegría, cuando se habló de uno que rondaba... y más tarde, con firmeza ya, de un novio para la gentil vecinita, impuesto por la madre.

-        Somos muchos en casa!- dijo al imponer su voluntad brutalmente, como otras muchas madres y otros muchos padres imponen las suyas a sus hijos, brutalmente también...

¿Será preciso hacer constar que la noticia produjo en mí sorpresa, luego rabia, y que la reflexión me trajo después una desolada conformidad y tristeza?

Al abrir mi ventana sorprendí desde entonces una luz de congoja en sus ojos, que dolorida apagaba lentamente.

Pasaron meses y oí algo de casamiento próximo, de celos, de algún disgusto prontamente sofocado...

Hablemos de él: incompatibilidad de caracteres, celoso, desesperadamente celoso. Y riñas diarias... Y, en humana bestialidad, amenazas, ¡amenazas de bruto a la sensitiva, a la aérea muñeca alimentada con alegres amores y caricias!...

-         Le tengo miedo— me dijo. —Celos de mi reír, celos de mi charla, de mi andar, de todo. Rabias y celos que me asustan.

-         Usted que me conoce, dígame, ¿es maléfico reírse? ¿es malo hablar, correr, estar siempre alegre con todos? Pues mire usted; yo creo que ser buena es querer a los niños, a los pajarillos, a las flores, a todas las cosas, y a todo el mundo. Y si esto es ser buena, yo lo soy.

-         El novio de mi amiga Antonia la pegó ayer hasta hacerla sangre, porque la vio hablando con un conocido. Me pasará igual. Le tengo miedo, le tengo miedo..., -repetía mi vecinita. Y sus enormes ojos, girando medrosos y azorados, se entornaban bajo el peso lacerante de su pena.

Me pareció que un aliento trágico pasaba el patinillo, envolviéndonos en su manto de terror. Enmudecimos. Sentí que mis cabellos se erizaban y que una extraña angustia me oprimía... Quise decir algo y un lazo de hierro me anudó la garganta,

-         ¡Adiós!

-         ¡Adiós!...

Quise hablar otra vez y no pude. Cerramos lentamente las ventanas que chirriaron siniestras...

Una greguería estrepitosa rompió al poco rato mi hipnotismo, un ensordecedor concierto de patadas, gritos, silbos, carreras y baladros. Miré. Eran todos los chiquillos de la vecindad que venían a jugar con mi amiga...

Noches después subía yo la interminable escalera. Distraídamente observé una inusitada animación en la casona, un nervioso sube y baja de gente, cuchicheos, rostros apenados. ¿Qué pasará?

Ya cerca de mi cuarto oí estremecido un lloro implorante, deprecaciones, gritos de mujer... Luego un alarido, ronco y doliente, y prolongado... ¡La madre de Consuelo!

La puerta de su casa estaba abierta. Mucha gente en ella, la habitación casi a oscuras.

-         ¡Herida, muy mal herida!, En la Casa Socorro está—me gruñó al lado una mujercilla insignificante y oficiosa...

Me dio una sacudida el corazón y se contrajeron mis nervios brutalmente. Comprendí. Salí como una tromba, descendiendo a grandes saltos la escalera...

Corría, corría desolado, sin parar, tropezando en las esquinas con los transeúntes maldicientes; sin ver nada, tapados los ojos por una nube roja...

La Casa de Socorro. En una mesa de mármol había un cuerpo extendido, rígido. Alrededor varias personas.

Temblando, frío, con la muerte en el corazón, me acerqué al grupo y miré, miré como debería asomarse al infierno un condenado:

¡Era Consuelo!

Llegué hasta ella. Desnuda y lívida.

-         ¿Herida?—pregunté.

-         Muerta—respondió uno.

Sentí derrumbarse algo dentro de mi alma.
Una maldita vieja, alcahueta del barrio, con cara sibilina se acercó y me dijo:

-          El novio ha sido. Hablaban de usted. ¡Cosas de celos!

-          ¡Pobrecita!... ¡una perdición!...  Un tiro en la cabeza. El lloraba al entrar en la cárcel...

Me mordió un escalofrío. Aparté, iracundo, a la bruja. Quise acercarme, besarla, y me detuvieron unos brazos.

¡Oh! Es horrendo pensar en un hombre, un hombre lleno de vigores, de tuerza pujante, aplastando a un ser débil, a un bibelot!

Las mujeres mascullaban un padre nuestro.

Salí tambaleándome, lleno de horror. Y sombrío, contraído, agónico, en la inconsciente huida ante la alegría muerta, ante mi rota muñeca con alma de risas, ante el precioso capullo deshojado, terciopelo divino. fragancia y sensación exquisita de juventud, sentía que mis ojos se quemaban en ofrenda con llanto de fuego, con rabiosa locura, con desolado y amarguísimo dolor!!



Adaptado de una historia de A. NICOLÁS PINTO.



El Patio de la casa donde ocurrió el crimen