Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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sábado, 4 de noviembre de 2017

Leyendas de Orihuela: La Leyenda de las Cadenas


En la Plaza de las Salesas, en tiempos más tempranos, vivía un hombre acaudalado al que apodaban Juan “el Moro” o “el Mozo” según la versión.

Cuentan los más ancianos que aprendieron de sus abuelos y estos de sus bisabuelos que cuando este sujeto vino a vivir a tierras oriolanas trajo consigo a una niña cuyo nombre se pierde en el tiempo pero a la cual no dejaba de agasajar y mimar por el grande cariño que le tenía.

Como no podía ser de otra manera, los años fueron pasando para esta dichosa familia y aquella que había llegado como niña ya se mostraba a las gentes como una hermosa mujer cuya fama de preciosa se extendió por toda la comarca hasta el punto de que los pretendientes a su mano venían desde lugares inhóspitos y alejados.

Juan el Moro no quiso saber nunca jamás nada de tales pretensiones ya que según sus propias palabras su linda hija ya estaba comprometida con un próspero comerciante argelino.

Por ello debía de cuidar de ella con feroz celo hasta el día en que fuera entregada a su prometido.

Pero quiso el amor hacer acto de presencia en forma de un joven de nombre Andrés que era hijo de Pedro el Espartero.

Un muchacho que compartía con ella edad y aficiones y sin que la chica se percatara dejó que su mente se turbara por el fervor del enamoramiento.

Así que los días pasaban entre cálidos deseos de conocer a aquella muchacha que le arruinaba el sueño ya que deseaba abrazarla, besarla.

Cada vez que podía, se acercaba entre las sombras a la puerta a observar a su amada, noche tras noche, hasta alcanzar la madrugada. Y esto hizo mella en ella que fue dando paso de la curiosidad al cariño, de este al amor y finalmente al deseo.

Un día, la joven decidió que ya era hora de conocer a aquel que la observaba siempre escondido pero con la mirada cándida y dulce. Bajó disimuladamente y como quien no quiere la cosa, se hizo la distraída y consiguieron mantener una conversación.

Aquella fue la chispa que lo inició todo.

Desde aquel día, los encuentros en la Plaza de las Cadenas se sucedían cada vez con más frecuencia y la pasión que ambos sentían mutuamente iba creciendo sin control.

Y como es moneda de cambio en nuestra polémica ciudadela, la envidia, los celos, e incluso, las ganas de fastidiar al prójimo, hicieron su aparición a través de una anciana con aspecto de bruja que vivía por las cercanías de la Plaza de las Cadenas.

Dicha anciana malévola y sin corazón, fue a advertir al padre de la muchacha que quedó impresionado por tales noticias.

Así que entre ambos urdieron un plan.

El tutor de la muchacha se escondería en lugar seguro al acecho de que el pretendiente de su hija apareciese y en cuanto se observase algún comportamiento no deseado se produciría una reacción ante tal afrenta.

Una mañana, Juan permanecía oculto esperando ser testigo de la visita casual de su “enemigo”.

El joven apareció con una enorme sonrisa y la muchacha se arrojó a sus brazos.

El padre entró en cólera y sacó su espada.

Cuando todo pasó, el hombre se dio cuenta de la tragedia ya que con su propia arma había asesinado a los dos enamorados.

Un gran charco de sangre manchaba el suelo mientras él permanecía en pie aturdido por lo que acababa de hacer.

La pena fue más grande que su regocijo y acabó sacando uno de sus puñales y se lo clavó para acabar también con su propia vida.

Lo último que recuerdan las sabias gentes de Orihuela es que de la noche a la mañana apareció un caballero vestido de negro al que nadie conocía pero cuyas intenciones fueron en seguida supuestas. Había venido a llevarse consigo a la bruja, la verdadera culpable de aquel trágico asunto.

Poco tiempo después, en el día de Nuestra Patrona la Virgen de Monserrate, un barullo descomunal y ensordecedor atrajo las miradas de las gentes que vivían en la calle de La Feria.

El escándalo fue tal que los vecinos que se encontraban en la Catedral, salieron para saciar su curiosidad y pudieron contemplar un hecho que aún hoy día se recuerda.

Un gato negro enorme perseguía a una anciana con tal ferocidad y violencia que la acorraló en el recinto de las cadenas de la catedral que estaba considerado desde tiempos inmemoriales como lugar sagrado para los oriolanos.

El colérico animal se movía de un lado para otro sin querer penetrar en el recinto santificado.

Entonces, se detuvo en seco, se transfiguró en un ser humano de carne y hueso pero de aspecto extraño que recordaba a uno de esos seres malditos que viven en las entrañas de la tierra. Empezó a girar sobre sí mismo y como si un torbellino fuese, arrancó las cadenas con su fuerza y se llevó a la vieja con él y nunca más se supo de ella.


FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)

jueves, 16 de febrero de 2017

El Romeo y la Julieta de Orihuela


Orihuela no está exenta de historias amorosas al más puro estilo de Romeo y Julieta.

Un episodio lleno intrigas, conspiraciones y amores desatados que no pueden permitirse el lujo de converger en momentos de felicidad plena es la historia que nos ha llegado a nuestros oídos y que gracias a las Crónicas Oriolanas de Bellot hemos podido recuperar para los lectores de este blog.

Cuentan dichas crónicas que rondando el año 1550, hubo en Orihuela un matrimonio feliz compuesto por Doña Isabel Ana Masquefa, (sobrina de D. Ramón de Rocafull, señor de Albatera), y su esposo.

Esta joven, que era hija única, desobedeciendo los deseos de sus padres y de su tío que querían esposarla con Enrique de Rocafull, heredero de D. Ramón, para perpetuar la nobleza de sus linajes, hizo caso omiso de sus obligaciones y entregándose a las puertas del amor se casó en secreto con la persona que más amaba que no era otro que D. Baltasar Masquefa.

Se planeó una reunión secreta en donde tanto su tío D. Ramón como sus padres se pusieron de acuerdo en que la dama fuera secuestrada de su nidito de amor y llevada a lugar seguro en donde no debía ser encontrada por las huestes de su marido y sus familiares.

Aprovechando un día en el que la muchacha se encontraba sola, unos bárbaros, no descuidaron para desposeerla de su libertad y la llevaron a escondidas por caminos desiertos para que nadie descubriera la maniobra mientras la niña gritaba y exigía la ayuda de aquellos que pudieran darle consuelo ante tal injusta afrenta.

Durante años la mantuvieron oculta en Castalla y Sax. Sin que nadie más supiera de su paradero.

El esposo, lleno de frustración y de rabia utilizó todas sus influencias para que la amada regresara con él y que los que se habían atrevido a cometer la tropelía fuesen llevados ante El Justicia y castigados por su atrevimiento.

Pero la sombra del poder de los Rocafull llegaba a donde la vista no puede alcanzar.

Fueron en vano todos sus esfuerzos.

Se consiguió finalmente que el Virrey y la Real Audiencia dictaminase en favor del marido que aquellos que eran culpables del secuestro, padres y familiares consentidores, fueran llevados a prisión.

Sin embargo, la sentencia no surtió efecto.

Se recurrió entonces a la Justicia Divina impartida en la tierra por la Iglesia que se puso a favor del marido.

No tuvo el menor impacto sobre los nobles que de manera contínua intentaban romper el muro de resistencia que la joven había puesto sobre sus hombros.

Entonces estalló la lucha.

Los ecos de los enfrentamientos y las quejas de Baltasar llegaron a oídos del futuro rey Felipe II que gobernaba durante la ausencia de su padre Carlos I.

El regente, dispuso que el señor de Albatera fuese entregado por el marqués de los Vélez, quien lo amparaba en Castilla, a un agente real.

El noble murciano se disculpó ante su protegido, diciéndole que antes eran las órdenes de su rey que los deseos de su amigo y que no tenía más remedio que apresarle.

En una parte desconocida de nuestro castillo fue obligado a agacharse ante cientos de ojos que fueron testigos de su ejecución cuando el hacha cayó sobre el tronco y una cabeza rodó por el suelo.

Las tropas de los castellanos permanecían en la ciudad a la vista de que no surgiera ningún altercado y prohibieron a los habitantes de Orihuela que salieran de sus casas.

Pero la niña no encontró la libertad, siguió en poder sus enemigos.

Pasaron cuatro tristes años en los que Baltasar no encontró ni un minuto de consuelo. Y un día, ocurrió lo peor.

Unos esbirros de los Rocafull tomaron a la fuerza la casa del marido y ante los ojos de los hijos del que había sido decapitado y bajo sus órdenes fue asesinado vilmente.

Los partidarios de Baltasar fueron amenazados de muerte si iban tras ellos y gracias al miedo y a la impunidad de la que gozaba la familia Rocafull se les permitió marchar sin más contratiempos.

Días después, fue asesinado en Valencia el cuñado de Baltasar, hombre que había apoyado su causa desde el principio.

De nada sirvieron las Condenas a Muerte impuestas por la justicia real a tan viles criminales.

Finalmente la joven fue liberada en un baño de lágrimas al conocer del destino de su esposo y con recelo y entre sollozos aceptó la imposición de casarse con otro de los herederos de D. Ramón.

Los criminales jamás fueron castigados y acabaron sus días felizmente acompañados de todos los gozos de la vida y de sus dichas.

Solo la mano de la parca que está reservada a cada hombre al final de sus días, pudo acabar con ellos.

Murieron de muerte natural.


FUENTE:
LOS ANALES DE ORIHUELA


martes, 27 de septiembre de 2016

La Posada de Pizana


Fueron unos sencillos escombros el lugar en donde se edificó el Casino de Orihuela, centro de recreo confortable, elegante y espacioso.

Señores de intachable reputación, algunos políticos que mantenían acaloradas discusiones con sus rivales, incansables jugadores de dominó, cartas o lo que se ofreciese, además de la alegre juventud bulliciosa, bromista e inquieta.

Pero no siempre había sido así.

En aquel mismo sitio donde discutían ahora existió hace tiempo una posada de gran nombradía con más de mil quinientos metros cuadrados de superficie en la que se reunían todos los trajinantes de la región además de carreteros y gente de no muy buena fama y que en tiempos de la guerra carlista (cantonalista) a ella acudieron los soldados de Antonete a llevarse los caballos que en sus cuadras había.



Por los venturosos años de la segunda mitad del pasado siglo, en que nuestros padres vivían felices a pesar de haber algunos ensayos revolucionarios y alumbrar sus casas con mortecinas luces de petróleo, existía en Orihuela una posada famosa enclavada en el mismo corazón de la ciudad.

La Posada de Pizana -que así se llamaba- era la más antigua de la levantina población, la más típica y la más visitada por cuántos viajeros llegaban, cansados y condolidos después de sufrir las molestias de un viaje en diligencia; aquellas diligencias que rodaban trabajosamente a lo largo de carreteras mal cuidadas, veredas y caminos. 

Y allí, en la posada prestigiosa y de nombre conocido en toda la región, habitaba un matrimonio de ejemplares costumbres, al amparo de cuya posada vivían, dándole el impulso cotidiano para su buena marcha, con el trabajo constante y el esfuerzo animoso de unas vidas llenas de fructíferos amores y sinceras esperanzas:

Francisco Ferrer, natural de Murcia y Luisa (Ons) de Orihuela, eran los posaderos de la Posada de Pizana. 

La mitad de Orihuela, completamente transformada hoy por la marcha más o menos acelerada que los años animan a los pueblos, en aquel entonces presentaba las características genuinas de ciudad levantina, pletórica de pintorescos atractivos y rebosante de bellezas naturales.

Entre sus calles, la mayoría de ellas estrechas, sin pavimentar, con casas de un solo piso, entre las que sobresalía algún suntuoso palacio albergue de nobles señores, la de los Hostales, importante arteria de la ciudad orcelitana en el siglo XIX, tenía sencillas líneas que ocupaba casi por completo la acera enfrentada hacia el Levante. 

Y esta fachada guardaba en su interior a la Posada de Pizana. 

Desembocaba en el río Segura la calle de los Hostales, río que atraviesa de parte a parte la ciudad y alimenta con sus aguas la hermosa huerta que la rodea y que constituye su única riqueza. 

Por el otro extremo, la calle se bifurcaba, formando dos esquinas rectangulares, llamados también estos dos brazos, Hostales, como el tramo del cual nacían. 

En la esquina izquierda, mirando al Norte, estaba la entrada principal de la posada en qué Luisa trabajaba sin descanso, pues era ella y no su marido Francisco, el alma de aquel célebre parador. 

A los Hostales daban alegría una serie de rejas, todas iguales, por donde el sol penetraba el los humildes aposentos de la posada. 

Bajo estas rejas, coincidiendo con cada una de ellas y simétricamente colocadas, otras rejas pequeñitas facilitaban no muy fácil respiro a las cuadras largas, sucias y malolientes, adosadas a los cimientos del amplio edificio. 

Sobre las rejas grandes, no había ya nada más que el alero de los tejados adornados estos en los meses que las golondrinas vienen, por sinfín de nidos redondos, hechos de barro recogido de las orillas del río y que daban alegría a la calle con el piar alborotado de los hijuelos en constante llamada a los padres. 

Calle de los Hostales, estrecha, con un palmo de fango cuando llovía, con los viejos y oxidados faroles de petróleo en las esquinas, con los nidos de golondrinas en el alero del tejado de la Posada de Pizana y con más rejas de la misma posada, motivo de admiración para los habitantes de la ciudad durante la mitad clara del día, y de especial curiosidad e ilusión romántica por parte de los mozos en las noches de ronda, porque detrás de los hierros de una, de la más cercana al río, respiraba el aire húmedo de Orihuela una mujer joven, candorosa y bella: Encarnación Ferrer Ons. 

Luisa, la posadera, mujer de regular estatura, pelo castaño, nariz ancha y ojos muy vivos, llevaba por entero el gobierno de su posada, entendiéndose ella directamente con carreteros, traficantes, gañanes y cuántos viajeros en su casa se hospedaban. 

Alma y vida de la Posada de Pizana, esta buena mujer daba impulso al negocio con su despierta inteligencia, y ella era la que atendía con frases halagadoras a los que al ancho y cuadrado patio entraban, montados en mulos, caballos, carros y diligencias, hasta dejarlos acomodados en los respectivos aposentos.

Porque la posada tenía un amplio patio con porchada a su alrededor, en donde colocaba coches y carros y un pozo en el centro, con hermoso brocal de piedra oscura de una sola pieza, a cuyo lado, un largo abrevadero mostraba las aguas limpias y cristalinas que del pozo sacaba a pozales el mozo de cuadras. 

Y esta agua, clara y dulce, apagaba la sed de animales sudorosos y cansados, refrescaba las piedras del patio y aliviaba los ardores de garganta enrojecidas por la absenta y el aguardiente. 

Pozo de aguas puras, con las que Encarnación regaba los geranios y claveles que adornaban su reja, tapada en parte sus puertas por una cortina azul; pozo de cuyas aguas bebían los palomos de Francisco, marido de Luisa. 

Francisco Ferrer ayudaba a su esposa en algunos quehaceres cuando sus ocupaciones de negociante se lo permitían.

El posadero se dedicaba a la compra y venta de cereales, patatas y pimientos, ganando con estas operaciones algún dinero, que, unido al producto que daba la posada, sirvió para poder dar carrera a dos de sus hijos, la de abogado a uno y la de médico al otro, ocupando a los otros hijos en el mismo negocio al que él se dedicaba.

Encarnación, única hija de Francisco y de Luisa, gozaba en Orihuela de merecida fama como mujer hermosa. 

Esbelta, de cabellos castaños claros, casi rubios, de cutis blanco y sonrosado, de expresivos ojos, candorosos y llenos de bondad al mirar, esta muchacha no gustaba de muchas amistades, siendo por lo tanto muy reducido el número de personas a las que trataba. 

Algo retraída, pasada su vida en su cuartito de la Posada de Pizana, distraída en las labores propias de su sexo, sentada en la baja silla de asiento de anea adosada a los hierros de su reja cubierta en parte por la cortina azul. 

Frente a la reja paseaban a diario apuestos jóvenes prendados de la belleza y noble simpatía de Encarnación, pero esta nunca correspondía a requerimientos ni a insinuaciones de amor. 

La guapa hija de los posaderos se destacaba en la ordinaria vida del parador de Pizana y, seguramente, la lucecita que alumbraba a su destino, en el cual esperanzado, confiaba, alentávale a esperar, día tras día, la hora de su felicidad. 

Y, en efecto, el amor y la felicidad llegó en la persona de Juan Miró, natural de Alcoy e Ingeniero de Caminos adscrito a la Jefatura de Obras Públicas de Alicante. 

Desde que Juan Miró, de figura apuesta y elegante, hizo su entrada por primera vez a la Posada de Pizana, en la cual se hospedó, Encarnación siente latir su pecho un poco más aceleradamente, cuida sus claveles y geranios con más cariño, atiende a los palomos de su padre con más interés, esparciendo por el terrado los granos de trigo abundosamente, que los blancos e inocentes animalitos pican con deseo. 

El amor ha envuelto la cabeza de Encarnación con su fija y espesa red, de la que ella, complacida, no quiere escapar.

Encarnación Ferrer está enamorada, y Encarnación Ferrer ha correspondido afirmativamente, con cierta timidez, a los requerimientos amorosos de Juan Miró.

Desde ese momento, la hija de Luisa abandona en parte su acostumbrado retraimiento, sus frescas y rosadas mejillas denotan más alegría, su mirada manifiesta claramente felicidad y dicha infinita.

Pero entonces comenzaron los diversos comentarios de beatas, comadres y mozos desairados haciéndose cábalas para todos los gustos, unas buenas y otras mal intencionadas, debido a que por aquel tiempo se comentaba con exceso de crudeza aspectos de la vida social de Orihuela, comentarios consecutivos a la llegada de ingenieros, capataces y obreros destinados a las obras de la línea del ferrocarril entre Murcia y Alicante. 

“Llegó una multitud.” 

Había catalanes, andaluces, extremeños y “gabachos”. 

Ingenieros y sobreestantes franceses, grandes y rubios. 

Listeros, capataces, furrieles. 

Un ejército de invasión, con sus carros y toldos, y como todos los ejércitos, le seguía una nube de galloferos, de mercaderes y abastecedores de “sensualidad”. 

La posada de Luisa se vio muy concurrida durante el tiempo que duraron las obras del ferrocarril. A ella acudían algunos obreros en demanda de las sabrosas comidas que en su espaciosa cocina se condimentaban. 

También allí se hospedaban los ingenieros y capataces, ocupando aquellos cuartos reducidos, de techos altos, cuyo mobiliario consistía en una cama de hierro, pie de zafa con toallero y reducida mesa de madera pintada de nogalina. 

A los Hostales se abrían las ventanas de estas habitaciones, guardadas por rejas de gruesos hierros lisos y redondos, a la misma distancia unos de otros y el número de ocho. 

“Cualquier bracero del Ferrocarril comía y bebía con más rumbo que toda una familia hidalga. Algunas cosas, entre ellas los luces monásticos, encarecieron un poco. Se instalaron figones y botillerías, con tablao para cante y de noche volcaban en Oleza el vaho de los ajenjos y frituras, el freno del fandango, la brama de los refocilos”. (El Obispo Leproso de Gabriel Miró).

“Oraciones, labor de aguja, tertulias recogidas se contenían para oir los huracanes de la abominación. Y en silencio se desgarraba una risa de mujer. Las señoras, y entre ellas Las Catalanas, que tuvieron tienda de tejidos, no se explicaban que esas infelices pudieran estar solas con tantos hombres… “.

 “Al amanecer, los ingenieros se bañaban en el río. Después salían todos al trabajo, y Oleza se quedaba, inocente y tímida, bajo las campanas y esquilones de sus conventos y parroquias”. 

En este ambiente de críticas acerbas, cabildeos y murmuraciones, comenzaron los amores de Encarnación con el ingeniero Alcoyano Juan Miró. 

La posadera Luisa y su marido veían con buenos ojos las relaciones de su hija con Miró, no así los padres del joven Ingeniero de Caminos, residentes en Alcoy, que hicieron desde el primer momento fuerte oposición a que siguiera aquel noviazgo. 

No influían en el ánimo de Juan las amonestaciones y consejos de sus padres y el enamorado galán continuaba sus visitas a Orihuela, prendado de los encantos y bellezas de Encarnación, la cual esperaba a su prometido con la natural impaciencia de mujer sabedora de los inconvenientes que sus amores presentaban, pues sus futuros suegros no cedían en la ruda oposición, pero Juan Miró, no obstante ser de bondadoso carácter, supo mantenerse firme en su propósito de contraer matrimonio con la mujer que desde el primer instante en que la conoció, supo enamorarle. 

Y llegó el día venturoso de la boda.

Gran día de fiesta en la famosa Posada de Pizana. 

El ancho patio estaba limpio y rociado. 

En la cocina se trajina sin descanso. 

Unidos ante Dios y ante los hombres la enamorada pareja en la parroquia del Salvador, salieron todos, recién casados y padrinos, invitados y curiosos, hacia la Posada de Pisana, en cuyo comedor se celebró el convite de rigor. 

Luisa puso todo el amor que sentía por aquella hija que se le marchaba, en dar a la ceremonia de la boda y al banquete el mayor realce. 

Y en Orihuela fue motivo de comento por algún tiempo la suntuosa boda de Encarnación Ferrer con Juan Miró, enamorado matrimonio del cual, al correr un poco el tiempo, tenía que nacer un niño, que al crecer y hacerse hombre, se convertiría en admirable prosista y gran maestro de las letras españolas.

FUENTES: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS
GABRIEL MIRÓ

domingo, 31 de julio de 2016

Precioso testimonio de la visita de un ente


Nunca he creído en este tipo de cosas o situaciones especiales. Pero a raíz de esta experiencia me estoy planteando el cambiar mis antiguas opiniones.

Primero os voy a poner en antecedentes. Hace cinco años, una persona muy cercana a mi sufrió un accidente de tráfico y falleció casi en el acto. Si fue un supuesto contacto con esa persona o una mala pasada que me jugó la imaginación nunca lo sabré. Os cuento:

Era un día de verano. En plenas fiestas locales. La música entraba en el cuarto a todo volumen pues justo debajo, frente a la puerta del edificio en donde yo habito un tercer piso habían colocado una Disco móvil. Serían aproximadamente las dos o las tres de la madrugada. No lo recuerdo.

Cerradas todas las ventanas y puertas con las persianas bajadas a tope para amortiguar al máximo el efecto de la música conseguí, tras un buen rato de no pegar ojo, dormirme.

Al poco rato, algo me despertó. Era de lógica pensar que había sido la música que no había cesado y se escuchaba claramente.

Sentí algo.

Algo que se acercaba.

Una presencia invisible que acortaba la distancia que la separaba de mí poco a poco.

No vi nada. Ningún tipo de energía lumínica, ninguna sustancia vaporosa.

Era sólo una sensación. De que algo invisible se estaba aproximando.

Tuve, no me avergüenza decirlo, verdadero miedo a lo que era una sensación desconocida.

El ente se acercó y llegó finalmente a mi posición.

Sentí una sensación parecida a la que se siente en el pelo cuando te echas un poco de espuma y este la absorbe, pero en este caso se extendía por todo el cuerpo.

Al mismo tiempo noté como si algo pesado se posara sobre mí haciendo que el colchón se hundiera unos centímetros.

El miedo cesó de golpe y lo que parecía algo aterrador se convirtió en todo lo contrario. Una hermosa sensación de paz, calma, tranquilidad y estoy seguro de que sentí, no me es fácil describirlo, pero creo que la palabra amor es la que más le va a lo que sentí.

Fue algo tan intenso y bello que mi cuerpo tuvo un acto reflejo. Quise abrazar aquello que me transmitía tanta felicidad.

Después, noté que se marchaba.

Quise agarrarlo con mi mano derecha que había vuelto a estirar sin querer sintiendo entre mis dedos como un cosquilleo que iba desapareciendo.

Fue tan increíble y me sentí tan miserable cuando la sensación acabó por completo que hasta pasados unos minutos no me di cuenta de que estaba llorando.

Esta es la única experiencia fuera de lo normal contable que he tenido.

Quizás fue un sueño, o a lo mejor me autosugestioné.

Pero os puedo asegurar que nunca antes había sentido algo tan fenomenal.


domingo, 24 de enero de 2016

Orihuela romántica: El amor que surgió donde las terribles aguas


El 15 de octubre de 1879 fue un día en el que llegó la desgracia a la pequeña ciudad de Orihuela.
Hubo una gran inundación que parecía querer convertir a nuestra ciudad en un inmenso lago.
En la capital murciana y en la huerta fallecieron 762 personas y bastantes fueron los heridos.
Aquí tuvimos más suerte y salvamos el pellejo pues no hubo ninguna víctima que lamentar.
Este terrible hecho es conocido como la Riada de Santa Teresa.

Al iniciarse la inundación, el sonido de las caracolas se elevó sobre todos los lugares conocidos dando aviso a la población de que algo terrible estaba sucediendo.
Adoptado como costumbre desde tiempos inmemoriales, cada casa en la huerta guardaba entre sus utensilios de labranza una caracola con la que poder dar la alerta a sus conciudadanos más próximos.

Pero cono de sobra es sabido que de la desgracia más triste siempre puede nacer la dicha más tierna, les contaré esta historia de amor que apareció publicada en la prensa de la época, en el periódico canario “La Asociación” de Santa Cruz de la Palma del 12 de Diciembre de ese mismo año.

Resulta que el cuerpo de la Guardia Civil ayudaba a los más afectados.
En una de las laderas del río Segura varios de estos agentes divisaron a una bella doncella aferrada a un madero que flotaba corriente abajo.
Consiguieron acercarla a la orilla.
La chica estaba exhausta y tiritando, dándose cuenta también de su desnudez.
Uno de los agentes llevaba capote, se acercó a la doncella y la cubrió con él.
Ella y el guardia cruzaron sus miradas en ese instante, sólo bastaron unos segundos para que de allí surgiera el amor entre los dos.

Así que fue así como de un golpe que la naturaleza dio a nuestra querida ciudad, que será recordado para siempre y que fue inmortalizado con una marca acompañada de la fatídica fecha en la pilastra de arranque del Palacio Episcopal de Orihuela, pudo nacer esta bella historia de amor que por supuesto acabó con ambos protagonistas cogidos de la mano y contrayendo matrimonio.



FUENTE:

ANTONIO LUIS GALIANO




CARMIÑA SÁNCHEZ

jueves, 5 de noviembre de 2015

Orihuela milagrosa: El Milagro de las Aguas


En fechas no muy lejanas, allá por el 16 de octubre de 1948, los habitantes de nuestra querida ciudad mantenían una situación extrema de tensión y miedo por lo que pudiera pasar, pues tenían aún fresco en sus atormentadas mentes lo que había sucedido en la última gran riada del 25 de abril del año 1946, en donde hasta el propio Obispo se había sentido prisionero de los acontecimientos, al haberse visto el Palacio Episcopal completamente incomunicado y porque los daños de las aguas habían llegado a afectar a varios pueblos de la Vega Baja.

El Río Segura se había desbordado invadiendo algunas de las calles de la ciudad.
Los más fervientes seguidores de la Doctrina Cristiana se pusieron en contacto con los sacerdotes y estos a su vez con el Obispo de la Diócesis.

Se dio entonces permiso para que nuestra querida Patrona, la Virgen de Monserrate fuera llevada cerca de las aguas y solicitar así un milagro.

Cuando todo estuvo dispuesto se pusieron en marcha los creyentes y los religiosos.
Entre ellos el Exmo. Y Rvdmo, Sr. Obispo de la Diócesis, el Dr. Don José García Goldáraz, el Sr. Deán Sr. Don Arturo Esquiva Mora, y varios sacerdotes además de miles de fieles

Se encaminaron hacia el Santuario para cargar sobre sus hombros la imagen de la Patrona y la llevaron hasta el Puente de Levante en donde entre cantos y oraciones se arrojó un ramo de flores sobre las aguas.

Al poco tiempo, los vecinos de Orihuela pudieron observar como la calma llegaba hasta las aguas. El crecimiento de la inundación se detuvo y empezaron a descender.

Y así, entre cánticos de alegría y vítores de ¡Milagro, Milagro!, todo volvió a la normalidad ante la atónita mirada de aquellos que unos instantes antes no creían que aquello pudiera suceder.

MILAGROS DE ORIHUELA