domingo, 2 de octubre de 2016

Orihuela curiosa: El Pacto de Gabriel Miró con el Diablo



En un ambiente siniestro en el Colegio Santo Domingo, donde reinaba la frialdad y el silencio de los Estudios, el refectorio y el claustro.

Cuyas paredes eran atravesadas constantemente por la esencia espiritual del Padre Fundador del Colegio en forma de fantasmal figura.

Oscurecidas y pesadas torres altas los cubrían con sus aciagas sombras.

Y molestos sueños cargados de calumnia por las noches lo atormentaban.

En este ambiente, se educó Gabriel Miró, el niño enfermo que permanecía casi siempre sus días en el piso de arriba destinado a enfermería, para que le trataran aquellos ataques hipocondríacos de reuma que en su rodilla izquierda padecía.

Era su amigo Bellver, un niño de familia acomodada de origen mallorquín, de tallo alto y palidez descarada. Buenos modales, galán y siempre sonriente.

Tenía su amigo una hermana que rondaba la belleza perfecta, o eso le parecía al pobre e indefenso Gabriel que sintióse atraído por ella desde el primer momento en que sus cándidos y rosados labios acariciaron el rostro del niño perdido entre sentimientos desconocidos.

Y así surgió, a través de inocentes conversaciones de niños buenos, el tema de la observación del pecho de la cocinera de Bellver.

Aún con la imagen fresca de la hermosa niña, la hermana del mallorquín, Gabriel se vio envuelto en una trama bien urdida por sus otros dos compañeros.

Erizado de terror, se negó a participar en aquellos siniestros juegos de carácter esotérico que al parecer Bellver le indujo.

Tan ensimismado estaba en ese asunto nuestro querido escritor, que hasta uno de sus profesores, le llamó la atención por el despiste que le produjo en una de sus clases, en la cual pálido y pensativo habíase escondido sin querer sus piernas.

Gracioso es el pasaje que él mismo relata en una de sus cortas novelas. (Niño y Grande es el título del pasaje).

¡Mis pies!, ¿Dónde están mis pies?

Así con esa frase el aludido se asustaba al comprobar que le habían desaparecido los pies, mas no era este un prodigio precedido de maldición alguna sino que se trató simplemente de un despiste en el cual, el mismo alumno, habíase sentado sobre sus piernas mientras el resto de compañeros de clase prorrumpían entre carcajadas y burlas.

Así, animado de una sensación de embotamiento y con grandes ganas de venganza ante tal humillación, se decidió el muchacho a dejarse llevar por los encantamientos que su amigo Bellver le tenía preparado, para que fuese capaz en la distancia de distinguir el pecho de la cocinera que permanecía en Palma de Mallorca atareada en sus labores.

Habló Bellever con aquel sonido que semejaba serpiente venenosa y dañina y le propuso el juego.

SI quieres verla, tendrás que entregar tu alma al diablo. Será así entonces, cuando se aparezca tomando la forma de ella y mostrándote toda su desnudez.

Certificando su amigo la fuerza del pacto y que no tendría efectos colaterales maliciosos, aceptó el niño las enseñanzas del pacto satánico.

El acto comenzó no sin perder un ápice de inquietud y surcando por su frente los chorros de su propio sudor frío.

La ceremonia se inició con unas palabras que le recordaban a las de sus habituales oraciones.

Y fue a acostarse con la dicha o desdicha de la supuesta aparición que le acontecería a lo largo de las largas horas de la noche oscura en la morada de los internados.

Sin cenar y atormentado por el acoso de la culpabilidad, esperaba el niño la realización del prodigio con la única iluminación que otorgaba una pequeña lámpara de aceite que descansaba sobre la mesita.

La puerta del cuarto hizo crujir su cerraja y atropelladamente, el muchacho se desnudó con presteza siguiendo el consejo de Bellver.

Y tapado completamente hasta la cabeza esperó el resultado final del maleficio.

Una voz sonó en la noche, que, al permanecer tan hipnotizado de sus propias convicciones y autosugestionado por todo lo acontecido, creyó que pertenecían al maligno.

Levantando un poco el tejido que lo cubría, pudo pasear la vista por la habitación y se encontró ante a él a una figura que le resultó familiar.

Uno de los hermanos, permanecía de pie y le hablaba con esa voz trémula que al principio no había sido capaz de registrar.

-¡No se tape de esa manera, señor Hernando, que puede darle un ahogo!

Y fue así como el demonio se apareció a Gabriel Miró, en la forma de un pobre fraile que vino en las altas horas de la noche a increparle que se había descuidado en sus deberes.

Como venganza de haberse visto envuelto en toda aquella trama, contó su secreto Miró a su compañero y amigo, de que su bella hermana había sido la que visitara aquella noche el refugio amoroso de sus encantados deseos.

La furia de Bellver estalló y propinó un sonoro puñetazo a Miró en toda la cara por el cual sentó sus posaderas en el suelo.

La pelea fue a mayores y el escándalo se hizo patente en la quietud de la noche.

Ante aquel griterío, acudieron los hermanos a separar a los dos que breves minutos antes eran amigos pero que ahora se repartían mamporros.

Y fue castigado Gabriel Miró a purgar sus pecados bajo el cariñoso apelativo deEl Endemoniado.

FUENTE:
Gabriel Miró (Niño y Grande)



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