Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

Mostrando entradas con la etiqueta rojales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rojales. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de agosto de 2025

El eco de los milagros: coincidencias que desafían el tiempo en Rojales

 


La niebla se arrastra por los callejones de Rojales como un animal silencioso, envolviendo los muros antiguos y los caminos de tierra en un manto húmedo y frío. La noche cae temprano, y con ella, un silencio que pesa, que parece escuchar y observar. Aquí, los recuerdos se confunden con la realidad, y los ecos del pasado nunca mueren del todo.

Dos niñas, separadas por más de un siglo, desaparecen en los mismos senderos. Dos historias que se reflejan como espejos invertidos, conectadas por un hilo invisible que nadie puede cortar. La oscuridad no solo es ausencia de luz; es un personaje que esconde secretos, un enemigo silencioso que amenaza con devorar a los inocentes.



1896: la niña y la aparición en la penumbra

Hace más de 120 años, una niña se perdió entre la bruma de Rojales. El viento silbaba entre los árboles, los animales callaban y la comunidad recorría los caminos con antorchas, llamando su nombre al vacío. La noche parecía interminable, y con cada minuto que pasaba, el miedo se apoderaba de cada corazón.

Según la leyenda, entonces apareció algo que desafiaba toda lógica: una figura luminosa, una virgen que la guió entre la niebla y el frío hasta regresar con vida. La niña habló de la luz que la sostuvo cuando todo lo demás falló. Fue un milagro inscrito en la memoria colectiva, un acto de lo sobrenatural que transformó el miedo en asombro y reverencia.



2025: el milagro humano frente a la misma oscuridad

Avanzamos más de un siglo. Una niña de siete años, con síndrome de Down, desaparece en los mismos senderos que su predecesora. La noche parece igual, implacable, y la bruma cubre los caminos como un manto inquietante. Pero ahora, la desesperación se enfrenta con la precisión del hombre: drones iluminando la oscuridad, helicópteros recorriendo los cielos, equipos de búsqueda que avanzan con pasos sincronizados y decisiones rápidas.

En apenas dos horas, la niña es hallada, ilesa. Lo que antes era atribuido a lo divino ahora se llama coordinación, tecnología y valentía humana. Pero el suspenso persiste: la coincidencia exacta del lugar, la intuición que dirige a los rescatistas, el momento preciso… el milagro no ha desaparecido, solo ha adoptado otra forma.



El eco que atraviesa el tiempo

Cierra los ojos y escucha el susurro del viento entre los árboles. Escucha el crujir de la hierba bajo los pasos de los que buscan. Los ecos de 1896 y 2025 se entrelazan: dos niñas, dos historias, dos milagros. La línea entre lo sobrenatural y lo humano se desdibuja. Lo extraordinario sigue allí, en la coincidencia perfecta, en la decisión correcta en el instante adecuado, en la sincronía que desafía al azar.



Reflexión final: la oscuridad y la luz

Rojales recuerda que los milagros no siempre caen del cielo; a veces se levantan de la tierra misma. La magia de lo extraordinario persiste, aunque hoy la llamemos humanidad. Mientras la noche cubre los caminos y la niebla abraza los árboles, el eco de 1896 sigue susurrando entre sombras: los milagros existen, y solo cambiaron de rostro. Ahora son la luz que guía a quien busca, el coraje que impulsa a no rendirse, y la coordinación que convierte la desesperación en esperanza.




viernes, 2 de febrero de 2018

Adolfo Clavarana y el Milagro de Rojales


Engracia Feliu, hija de la «niña perdida» de Rojales de 1896, es la testigo más próxima a los extraños sucesos que vivió esa localidad alicantina a finales de siglo. Curiosamente, ella misma sería testigo de una aparición de la Virgen en 1936.


El siguiente suceso que voy a detallarles tiene varios protagonistas que no siendo de Orihuela dejaron una enorme huella en la prensa local de nuestra ciudad en 1896, testiga muda y única en el tiempo acicalada con la rúbrica del valiente Adolfo Clavarana.

Este no es un suceso desconocido para los ávidos buscadores del misterio que constantemente dirigen sus miradas por las distintas zonas que componen el territorio español.

Nombrado en casi todos los programas de radio y televisión del gremio como Milenio 3, Cuarto Milenio, El Último Peldaño, La Otra Dimensión, etc.

Este es el hecho milagroso extraído textualmente del libro LA ESPAÑA EXTRAÑA de los afamados autores JAVIER SIERRA (Uno de los escritores españoles de mayor éxito en la actualidad, ganador del último Premio Planeta) y JESÚS CALLEJO, amigos y colaboradores habituales.



Publicada en febrero de 1896 por el periódico local La Lectura Popular de Orihuela, menos de un mes después de la desaparición de Encarnación Hernández. Firma: Adolfo Clavarana.



Rojales (Alicante) Sábado, 18 de enero de 1896

Cayetano Hernández, más conocido como Tano «el herrero», y su esposa Engracia reciben visita en su casa. Se trata de unos parientes cercanos que han decidido acercarse al domicilio de la familia Hernández para merendar y matar así el hastío de las tardes de invierno. Entre los adultos que se han dado cita allí juguetea la pequeña Encarnación, una niña de apenas tres años que, fascinada por la visita de sus parientes, acude a despedirles a la puerta de su casa, en la calle del Pozo (hoy Héroes de África). Inesperada e inadvertidamente, la menor marcha tras ellos sin que nadie se percate de su decisión.

Poco tiempo más tarde, Engracia, la madre, se da cuenta de la ausencia de la pequeña. La llama por toda la casa y, tras confirmar que no se encuentra tampoco con los familiares que acaban de visitarla, da la voz de alarma creyendo que la pequeña ha salido del domicilio familiar sola y sin abrigo.

La preocupación es lógica. Encarnación no conoce el pueblo; puede haberse desorientado exponiéndose a las alimañas y a las bajas temperaturas. Las cuadrillas de voluntarios rastrean los montes cercanos a Rojales hasta que, bien entrada la noche, deciden suspender la búsqueda y reiniciarla con los primeros rayos de sol del día siguiente.

No hay nada que hacer.

Entrado el nuevo día, se repiten las rondas por los mismos lugares que fueron «peinados» la tarde anterior. Barrancos, cañadas y hasta las orillas del río Segura son examinados con cada vez menos esperanzas de encontrar a la niña con vida. Pero la providencia es caprichosa. Finalmente, cuando casi todo indicaba que se produciría un desenlace fatal, Encarnación aparece en el fondo del llamado barranco del Búho. Inexplicablemente ilesa, caliente —las temperaturas nocturnas bajaron de cero grados durante la madrugada— y en perfectas condiciones anímicas.

¿Qué había sucedido? ¿Dónde estuvo Encarnación protegida de las inclemencias del tiempo?

—Nuestra madre nos contó muchas veces aquella historia —comienza a relatarnos Engracia Feliu Hernández, segunda hija de la niña desaparecida, de setenta y tres años cuando la entrevistamos en 1997, y la persona de Rojales que más de cerca conoce la historia.

A esta Engracia de «segunda generación» la localizamos muy cerca de la parroquia de San Pedro Apóstol. La sentamos a una mesa camilla donde, con los ojos encendidos por la emoción de sus recuerdos, accedió a responder a todas nuestras preguntas.

—¿Y qué le contó exactamente su madre de lo que le ocurrió? —la abordamos.

—Pues que ella, de muy chiquita, subió sola hasta el monte de la Atalaya y que, al hacérsele de noche, se refugió bajo un enrejado y se quedó dormida... Claro — continúa explicándonos doña Engracia—, la niña podía haber sido atacada por zorros u otros animales del monte, pero allí se quedó quietecica. Al amanecer, sin embargo, no estaba en el monte. Se despertó mucho más abajo, en un barranco.

—¿Y las cuadrillas no la buscaron allí?

—Toda la tarde. Pero es que ella no bajó el barranco. La debió recoger alguien y la descendió hasta allí. Nada más hay que ver que con tres años, con tantas piedras y tantos obstáculos, la niña apareció sin un rasguño. De hecho, cuando la encontraron, se levantó y dijo que no había pasado miedo.

—¿Y qué contaba? —preguntamos cada vez más intrigados.

—Que había estado con una mujer que la tapó toda la noche con un delantal. Lo decía a media lengua, pues aún no hablaba bien. Y aquella mujer le dijo: «No tengas miedo, que mañana vendrán a por ti». Mi madre nos dijo también que había estado jugando con un chiquito, haciendo montoncitos de arena.

—¿Aparte de aquella mujer? —preguntamos atónitos.

—Eso es. Había un chiquito que hacía montoncicos de arena con ella —repitió doña Engracia—. Luego, la mujer la tapó con su delantal, que era el escapulario de la Virgen del Carmen, ¿saben ustedes?

Doña Engracia apenas pestañeaba mientras nos daba cuenta de la «aventura» de su ya difunta madre. Sus ojos conservaban aún la vivacidad del principio de nuestra charla, al tiempo que sus manos, sobre la mesa camilla de su salón, dibujaban ocasionalmente en el aire gestos de admiración. Para una buena cristiana como ella —argumento que no dejó de hacernos patente en todo momento—, ¿qué otra cosa pudo haber salvado a su madre sino la propia Virgen del Carmen y su escapulario?... Pero doña Engracia aún guardaba algún dato más para nuestra investigación.

—Ella no pasó hambre ni nada —nos precisa—. Y sobre las cinco de la tarde, unos primos suyos la encontraron en el barranco del Búho.

—Díganos una cosa: ¿su madre les contaba esto a ustedes como si lo recordara, o...?

—Lo recordaba bien. Miren ustedes: cuando la trajeron sus primos, la llevaron a casa de su tío José María, que vivía enfrente de mi abuela Engracia, que había dado a luz hacía poco. Al ver a su pequeña, le dio un «trastorno» y entonces, para que mi abuela no se alterara, se llevaron a mi madre a la iglesia.

—¿A esta iglesia? —decimos señalando a la parroquia de San Pedro Apóstol, a escasos cien metros de la casa de doña Engracia.

—Sí. Y allí le preguntaron: «¿Es ésta la señora que has visto?», y le enseñaban la Virgen del Rosario. Ella negaba. «¿Es ésta, la Dolorosa?» La chica volvía a decir que no, y finalmente señaló una figura. «¡Ésa!, ¡ésa es la que me tapaba con el delantal!» Y apuntó a la Virgen del Carmen.

Al parecer, tanto por lo que nos contó doña Engracia durante aquella larga conversación como por lo poco que se ha publicado de este hecho en la prensa local, la niña volvió a identificar a la Virgen del Carmen en la casa parroquial de Rojales, ante uno de los tres sacerdotes que tenía entonces el pueblo.

—¿Cómo pudo estar segura de que era la Virgen del Carmen? —le preguntamos.

—Porque le vio un delantal. Además, la imagen de esta Virgen que ahora hay en la iglesia la compró también mi madre.

—Años después de pasarle eso, sí. La imagen que a ella le sirvió para identificar a quien vio la quemaron en el 36.

El silencio inundó el salón por unos segundos.

Cuando al cabo de un buen rato abandonamos la vivienda de doña Engracia, un extraño desasosiego se apoderó de nosotros. Apenas hacía unas horas que habíamos entrevistado a la protagonista de un hecho similar, cerca de Motilla del Palancar, en la provincia de Cuenca. En aquella ocasión, los hechos habían tenido lugar la Nochevieja de 1943, y quien sufrió el episodio todavía vivía. Nuestra entrevista con la protagonista viva de este incidente nos puso los pelos de punta: su relato coincidía, casi punto por punto, con el incidente de Rojales. Era como si alguien —la inteligencia que se esconde tras este tipo de casos— lo hubiera dispuesto así por alguna oscura razón.

Otro documento (cedido por la investigadora Marta Ruiz):




Investigación:

Hay un puñado de relatos bien conocidos en España con el mismo patrón: menor que se pierde (a menudo de noche y en invierno), reaparece ileso/a y dice haber sido protegido/a por “una Señora” que luego identifica con una advocación mariana. Estos son los principales casos documentados o recogidos en prensa, libros o crónicas locales:

Rojales (Alicante), 18-ene-1896 – “El delantal de la Virgen”
La niña Encarnación Hernández pasa la noche en el monte “abrigada con el delantal” de una Señora. En la iglesia reconoce a la Virgen del Carmen como quien la protegió. El hecho fue publicado en la prensa local y recontado después por investigadores (Clavarana; Sierra & Callejo). 


Rojales (Alicante), 24-jun-1917 – la niña del pozo
Otra versión de Rojales habla de Teresa Juan, arrojada a un pozo por un agresor; las piedras “rebotaban” porque una Señora la cubría con un delantal. En la iglesia señala a la Virgen del Rosario. (Recopilado en “Leyendas de la Vega Baja”). 

El Picazo (Cuenca), 31-dic-1943 / 1-ene-1944
Trinidad Collado se pierde y pasa la noche en unas casillas; refiere la presencia de una mujer que la protege. Al día siguiente, en la iglesia, duda pero se inclina por la Virgen del Rosario. El caso fue narrado en primera persona en La España Extraña. 

Arroyo Sujayar – Yeste (Albacete), 29-dic-1979 a 1-ene-1980
Antonia Tamayo, 4 años, desaparece tres días en plena ola de frío. Cuenta que una “mujer con manto blanco” la visitaba por la noche, la cubría y le daba de beber; fue muy mediático entonces y ha sido recontado en entrevistas recientes. 

Villa del Prado (Madrid), fecha imprecisa (tradición local)
Relato transmitido por abuelas del pueblo: una niña perdida en el monte es cuidada por una Señora; al día siguiente, en la ermita, la identifica con la Virgen de la Poveda. Es presentado como tradición/leyenda, no con documentación oficial. 

Qué tienen en común

1) Menor perdido/a en paraje natural.
2) Noche(s) fría(s) sin síntomas de hipotermia. 
3) “Señora” protectora (a veces “dama blanca”).
4) Reconocimiento posterior de una imagen mariana concreta (Carmen, Rosario, Poveda). 

Estos motivos se encuadran en la tipología folclórica de apariciones protectoras y “damas blancas” recogidas por divulgadores y folkloristas. 


*Nota de rigor: salvo Yeste/Arroyo Sujayar (1979) y las noticias antiguas de Rojales (1896), el resto se mueve entre la crónica periodística, el testimonio oral y la literatura de misterios; no siempre hay expedientes oficiales o hemerotecas accesibles. Por eso conviene tratarlos como tradición local con distintos grados de documentación.

Cuando varios relatos de lugares y épocas distintas comparten una misma estructura narrativa —niño perdido, noche fría, dama protectora, identificación con figura sagrada— suele deberse a arquetipos culturales que están muy arraigados en la memoria colectiva.

En este caso intervienen varios factores:

Arquetipo universal de la “madre protectora”

En muchas culturas antiguas aparece la figura de una mujer que protege a los vulnerables en la naturaleza (diosas, espíritus, ancestros femeninos).

El cristianismo en la península ibérica absorbió ese arquetipo en la figura de la Virgen María.

Folclore de “la dama blanca”

Leyendas europeas describen a una mujer vestida de claro que guía o protege.

En España, en zonas rurales, este motivo se cristianizó y se ligó a advocaciones marianas locales.

Función social del relato

Refuerza la fe comunitaria: “la Virgen cuida de los suyos”.

Aporta un final feliz a un episodio potencialmente traumático (niño perdido).

Memoria y repetición

Las historias con este esquema se transmiten porque son fáciles de recordar, emocionales y encajan con valores compartidos.

Aunque partan de un hecho real (o no), la tradición oral tiende a moldearlos hasta ajustarlos al patrón que la comunidad espera.

Por eso, aunque solo tengamos un caso documentado (Rojales 1896) y otros sin pruebas coetáneas, la repetición del patrón no necesariamente prueba que los hechos fueran idénticos, sino que revela que la mente humana y la cultura rural española tienden a contar estas experiencias de forma similar, siguiendo un molde muy antiguo.

Línea evolutiva del mito de la “Señora protectora del perdido”

1. Orígenes prehistóricos y tribales (miles de años atrás)

Arquetipo de la Madre Nutricia: En sociedades cazadoras-recolectoras, la figura femenina vinculada a la fertilidad, la protección y el sustento era central (ej.: Venus paleolíticas).

Función adaptativa: transmitía seguridad y pertenencia; se asociaba con la naturaleza que “alimenta y cobija”.

Efecto en la memoria: relatos sobre “ser protegido por una mujer poderosa” generaban cohesión grupal.

2. Época prerromana e íbera (siglos VI–I a.C.)

En la península ibérica ya existían cultos a diosas locales (Ataecina, Epona, Deva) asociadas a bosques, manantiales y montes.

Estas divinidades a menudo protegían a los niños y eran representadas como mujeres jóvenes o maternales.

Pérdidas en el monte o en el campo podían reinterpretarse como “encuentro con la diosa” que devuelve a salvo al menor.

3. Romanización (siglos I a.C.–V d.C.)

Diosas como Diana, Ceres, Juno Lucina (protectora de partos) heredaron la función protectora.

Los santuarios rurales se integraron en caminos y cruces, reforzando el vínculo entre territorio y figura femenina protectora.

4. Cristianización (siglos IV–X)

La Iglesia absorbe muchos elementos de cultos paganos: las diosas se sustituyen por la Virgen María o santas locales.

La “Señora del monte” pasa a ser “Nuestra Señora de… [topónimo]” o “Virgen de… [advocación]”.

El relato de niños perdidos que reaparecen bajo protección femenina se ajusta al dogma mariano.

5. Edad Media y Moderna (siglos XI–XVIII)

Romanceros y crónicas recogen “apariciones” de la Virgen que protegen a personas extraviadas, peregrinos o pastores.

Los elementos se codifican:

Pérdida en lugar agreste.

Intervención de “Dama vestida de blanco” o “con manto”.

Reconocimiento posterior en imagen sagrada.

6. Época contemporánea (siglos XIX–XXI)

El patrón sigue vivo en la tradición oral y en la prensa local.

Casos como Rojales 1896 se publican en revistas católicas y refuerzan la fe popular.

Incluso en versiones modernas (Yeste 1979), el relato mantiene los elementos esenciales: protección nocturna, figura femenina, identificación mariana.

¿Por qué se repite en nuestro cerebro?

Memoria cultural: arquetipos que se transmiten generación tras generación.

Necesidad de sentido: ante un suceso inexplicable (niño ileso tras noche fría), el cerebro busca una causa coherente con la cosmovisión local.

Estructura narrativa fija: fácil de contar y recordar; la comunidad la refuerza porque reafirma creencias.

Patrón arquetípico (Carl Jung): la “Gran Madre” es universal, y en contextos católicos toma la forma de la Virgen.




lunes, 22 de agosto de 2016

El crimen de La Casa Pajisa de Rojales


Ha llegado hasta nuestros días como el eco de una antigua leyenda, un cuento que se narra desde el tiempo que ya nadie recuerda.

En la huerta de Rojales, había una casa a la que todos llamaban “La Casa Pajisa”.

Se dice de esta casa, que por las noches se oye llorar a niños invisibles, gemir a mujeres fantasmales e incluso aullar a los lobos.

Lo cierto es que esta casa tiene una historia oscura tras de sí.

A finales del siglo XIX, una familia trabajadora que estaba compuesta por el padre, la madre, sus siete hijos y un sobrino huérfano que era mudo, aparecieron asesinados. (Bueno, excepto el mudo).

Los vecinos interrogaron al huérfano y este les contó lo ocurrido dibujando en las entrañas de un árbol.

“Los Robles” fueron considerados los culpables de aquella matanza.

Fueron detenidos y juzgados.

Según investigaciones posteriores, se descubrió que la causa de la tragedia había venido por la muerte accidental de uno de los animales de compañía de la familia de “Los Robles”.

Estos, desairados y enemigos declarados desde siempre de sus vecinos, tomaron venganza y pasaron a cuchillo a todos los que pillaron desprevenidos en la casa el 26 de octubre de 1850, que según una publicación de la época, se trató realmente del matrimonio, con la mujer embarazada, dos hijos y la niñera.

viernes, 22 de julio de 2016

Leyendas de Rojales y Formentera del Segura: El Carretero y el Borrego


No hay razón de que yo te diga que siendo niño contaba mi madre que había aquí en el pueblo un hombre al que le gustaba viajar a Torrevieja con su carro de melones.

Al llegar a Rojales, enfrente del cementerio, se distrajo con un borreguico que estaba en medio del camino.

Bajó del carro, miró a cada lado y como no lo veía nadie subió al animalico al carro.

Caminaron un buen trecho y el borrego, quien sabe si juguetón, tiró la alfalfa que iba comiendo.

El carretero se agachó para cogerla del suelo y dársela otra vez al animalico.

Pero como un niño con rabieta, el borrego repetía la operación una y otra vez, y así obligaba al carretero a detenerse, bajar de la carreta y recoger la mata para dársela otra vez al borrego.

-         Es la última vez, voy a subir ahí arriba y te voy a matar por todas las veces que me has hecho bajar.

El borrego parecía que se le reía pues unos dientes largos le enseñaba.

El hombre que ya estaba muy molesto, subió al carro y cuando ya tenía cogido al borrego para matarlo, el animal se puso a chillar y a escupir fuego por todos lados.

El carretero sólo acertó a empujarlo y echarlo del carro.

Cuando el hombre llegó a Torrevieja tuvieron que ayudarlo pues desde ese día dicen que enfermó.

Y que de su boca sólo salían estas palabras:


No has de coger
lo que no es tuyo
pues castigo yo intuyo:
que tendrás que correr.


Leyendas de Rojales: La Aparecida



Es la historia de una joven que acudía de visita a ver a sus padres y para ello, para ganar tiempo se metió por la huerta.

A medio camino se topó con una cabra en el bancal y se dijo:

-         ¡Qué desdicha que esa cabra morirá si la dejo comer de esa hierba tierna!

Se dirigió hacia el animalico y al llegar a su altura vio como se convertía la cabra en persona y que esta se parecía a una prima que había fallecido hacía ya unos años.

El miedo le entró en el cuerpo y salió corriendo y no paró hasta llegar a casa de sus padres.

Estos la consolaron y le dijeron que eso no podía ser. Y la obligaron a quedarse aquella noche con ellos en la casa.

Pero el susto no se le iba del cuerpo y se quedó varios días más.

La primera noche que se atrevió a ir al aljibe para sacar agua se le volvió a aparecer la prima.

Entonces sus padres le dieron un consejo a la aterrorizada muchacha.

-         Si la vuelves a ver, has de intentar hablar con ella.

Pasaron los días y la prima volvió a aparecérsele y le dirigió estas palabras:

-         Soy el espíritu de tu prima que vaga por estos lares y que no descansaré hasta que me cumplas la promesa, que mi marido Eloy vaya a ponerme dos velas ante el Santo Cristo de la Campana. Y tú, deberás llevarme un año de luto, pues es algo que prometí a mi Señor si mi hermano volvía entero de la guerra y no lo pude cumplir.


Y dicho esto, desapareció dejando a la chica en un estado de shock del que le costó reponerse.

Al día siguiente, animada por sus padres acudió a visitar a Eloy para contarle lo ocurrido y que cumplimentara su promesa.

Y ella se vistió de luto. Incluso con un pañuelo negro se rodeó el cuello.

Pero los rumores y habladurías empezaron a llegar por todas partes y algunos ya pensaban que la chica estaba loca.

Así que una noche salió a llamar a su prima y esta se le volvió a aparecer

-         Prima, dame una prueba que todos me creen loca.

Y la aparecida le puso la mano en el pañuelo y la dejó imprenta.

Al día siguiente, la joven enseñó a sus paisanos el pañuelo con la marca de la muerta pero aún así no la creyeron y le dijeron que eso era una mancha de lavado.

Acudieron al cura para que este le diera un escarmiento y al obligarla a enseñarle el pañuelo al párroco no encontró señales de fraude.

Cada día ocurría rara una cosa.

En una ocasión, entraron unos hombres a su casa a pedirle agua y esta les dijo que pasaran y que cogieran del cántaro que estaba al fondo.

Cuando los visitantes llegaron a la estancia del fondo vieron un cántaro que se movía solo y salieron de allí espantados.

En otra ocasión, se encontraba en la cama con su marido manteniendo una acalorada discusión porque él no veía con buenos ojos las historias que ella contaba.

A media noche, el marido creyó que era embrujado pues la cama levitó durante unos instantes.

Otro día, limpiando, del calor que tenía tuvo que quitarse el pañuelo y los que fueron testigos del suceso dicen que a su prima vieron sentada en una silla riñendo.

Para más INRI, el asiento de la silla cuentan que perdió el brillo.

Y así llegamos a que un año había pasado.

La Aparecida volvió para acudir con ella en su último día entre nosotros a la Iglesia.

Y todos la vieron sentada en uno de los bancos.

Luego se despidió y desapareció porque cumplida había sido la promesa del luto.

Así queda la historia de Rosario,
si de noche veía a su prima,
las malas gentes le pedían,
que visitara al boticario.


jueves, 21 de julio de 2016

Leyendas de Rojales y Guardamar: La Encantá


Un rey morisco sorprendió a su hija, la princesa, entregando su cuerpo a un joven.

Se produjo entonces un enfrentamiento entre los dos varones que acabó con el rey herido de gravedad.

En su agonía, el rey moro maldijo a la hija y le dijo que pasaría la eternidad maldita en el Cabecico Soler, en forma de espíritu vagaría eternamente hasta que alguien se atreviese a llevarla en brazos hasta el río y la mojase los pies. Y esto debía ser en la noche de San Juan.

Y cuentan aquellos que la han visto, que al pasar las 12 se la han topado por el monte vestida de blanco.

Hubo una vez un pastor que buscando matas para su ganado encontró una extraña hierva en forma de cinta en el interior de una cueva en la cima del cabecico Soler, se puso a tirar de ella y sacó del monte a la Espantá.

Pero no se asustó porque vio que era muy hermosa.

-         Si me llevas al río y me dejas que moje los pies, el encantamiento cesará.

Así que el pastor la cogió en brazos para llevarla al río.

Pero el camino fue arduo porque seres monstruosos se cruzaban en su camino.

Así fue testigo de toros bravos, serpientes venenosas, perros rabiosos, e incluso lobos asesinos. Pero ella le decía:

-         No te asustes  y pasa sin hacerles caso.

Pero le salió al paso un león que por boca tiraba fuego. Y el pastor del susto la dejó caer y salió huyendo mientras escuchaba la voz de la encantá que le decía.

-         Sí, truhán, corre, corre, que por tu culpa 100 años más me habré de quedar en este monte.

Y así hasta el día de hoy podemos encontrar a los descendientes del pobre pastor que era conocido como Tío Vila que con la boca fuera por sortilegio quedaron hasta el fin de sus días.

Desde entonces, nadie se ha atrevido a desencantarla.





miércoles, 20 de julio de 2016

La Leyenda de Rojales: La Historia de la niña del Pozo


Cuentan de una niña que unos ojos malvados desearon.

Fue raptada con 11 años y llevada a un descampado en donde un hombre la forzó para luego echar su cuerpo malherido a un profundo pozo.

Como resulta que estaba seco, se puso el maldito a echar piedras para ver si con acierto la mataba. Y creyéndola muerta fue a aparentar normalidad con sus vecinos.

Pasaron unos días y quiso la providencia que un pastor que se acercara al pozo viese al fantasma del hombre echando piedras y llamando a la niña.

Fue corriendo a dar la alarma al ayuntamiento y las autoridades se pusieron en marcha para averiguar si en el interior de pozo estaba la niña desaparecida.

Bajaron con una cuerda y la hallaron asustada pero viva con heridas en la cara.

Extrañados de que siguiera viva después de haber pasado tanto tiempo, le preguntaron cómo eso era posible.

Ella respondío que cuando el hombre malo le tiraba piedras, una mujer hermosa la cubría con un manto evitando así que sufriera el menor daño.

Consiguieron sacarla del pozo y la llevaron a la Iglesia pues había indicios de milagro.

Y esta al encontrarse frente a la imagen de la Virgen del Rosario repetía sin cesar que esa mujer era la que la había protegido.

Y como esta historia está basada en hechos reales, me toca decir que al hombre malo lo llamaban el Tío Isabeleto y que después de sufrir el castigo de cárcel, un hijo suyo nació sin la mano con la que el padre había arrojado las piedras sobre la niña.

Más datos: