...Ocurrió a las seis y cuarto de la tarde del 21 de marzo de
1829.
Por allá va, el carro que monta los restos de los desgraciados.
Le siguen otros carros que igualmente cargan lo que han
podido recoger de entre los escombros.
Mis ojos no se acostumbran a ver tanto horror.
Por ello, el obispo había pedido que le hicieran una lista
de todos los niños que habían quedado huérfanos.
Familias enteras habían perecido bajo los efectos de una
fuerza que con furia había salido de las entrañas de la tierra para raptar las
almas de los habitantes de mi querida ciudad de Orihuela.
El dinero para dar auxilio a los heridos y a paliar los
efectos de tan enorme mal han salido del cabildo de la catedral de Orihuela y
de la generosidad del colegio de padres dominicos y de D. Juan Roca Togores.
Son tantos los hogares destruidos, las gentes que se han
quedado sin recursos.
Primero llegó un espantoso temblor en medio de un
oscurecimiento del cielo que duró 3 minutos aproximadamente. Luego,
inexplicablemente, una sacudida violenta, una erupción de viento.
Entonces empezaron los gritos, el miedo se apoderó de los
vivos y todo el mundo pareció volverse loco.
De un lugar para otro, todos corrían como si el diablo se
les llevara.
La tierra tembló durante lo que parecieron horas y nadie era
capaz de pensar ni incluso en poner su vida a salvo. Sólo un minuto bastó para
provocar multitud de víctimas
Eran tan atroz el momento que el ruido insoportable tapaba
nuestros oídos haciendo que la angustia se multiplicase por mil.
El caos se apoderó de los oriolanos.
El padre olvidó al hijo y lo mismo hicieron los hijos con
sus progenitores.
El marido desprotegió a su esposa y esta sólo tenía piernas
para correr hacia una muerte segura que aguardaba en cualquier parte.
Una densa nube de polvo provocada por los edificios más
altos al dejar caer sus torres cubrió Orihuela. La Torre de la Trinidad por los suelos
hecha pedazos parecía un esperpento de lo que había sido.
Dejamos pasar la noche entre sollozos, gritos de espanto y
ojos que habían perdido todo hálito de vida.
Al amanecer continuamos con la búsqueda de los
supervivientes que pudieran estar en dificultades.
Los cadáveres salían a cientos.
El miedo que todavía permanecía en nuestro cuerpo volvió a
intensificarse al descubrir que algunos cadáveres se encontraban ya corruptos y
que podrían convertirse en foco de infección.
Contamos 180 cadáveres sepultados y 130 heridos moribundos a
los que el tiempo se les acaba.
Las personas con contusiones y doloridos son infinitos a los
ojos de este que ahora os escribe.
Y el sentimiento de pánico ante posibles derrumbamientos no
hace más que intensificar mi dolor y mi angustia.
El cielo, la tierra, el viento y el agua, son una amenaza a
la vez ya que apenas a media legua de donde nos encontramos la tierra se halla
acribillada de agujeros grandes y pequeños, los márgenes del río casi han
desaparecido y el vómito de la tierra ha sido expulsado en más de 500 lugares
diferentes.
Me llegan noticias de
que han sido varios pueblos los afectados, que más de cinco mil casas han sido
destruidas, que veintiocho parroquias han sido aniquiladas.
Cientos de miles de piezas de ganado perecidas o
extraviadas. Muchas cosechas inutilizadas.
Algorfa, Almoradí, Benejuzar, Daya Nueva, Formentera,
Guardamar, Rafal, Torrevieja, Torre La mata y La Marquesa han desaparecido
del mapa dejando nada más que escombros y ni rastro de los cuatro mil vecinos
que los habitaban.
Los hospitales de Orihuela no dan abasto intentando dar
cobijo y ayuda a los supervivientes o a los que les queda sólo una luna de
vida.
Los campos siguen llenos de hermanos expuestos a la
intemperie que buscan sin descanso los cuerpos de sus familiares desaparecidos.
Y aquellos que tienen la suerte de encontrarlos, si a eso se
le puede llamar fortuna, los cargan como pueden en los carros que se han
distribuido para tales menesteres y los conducen a los hospitales de Orihuela.
Aunque caminan más hombres a pie con el muerto a sus hombros
que carretas circulan por el camino.
Me encuentro con un hombre al que conozco, tiene los ojos
llorosos, la tez pálida. Al levantar un poco su triste mirada me reconoce y me
dice
- Ocho hijos tengo sepultados aquí entre los escombros.
Después vuelve a su desconsolado llanto.
Las grandes casas que utilizábamos para guardar el grano, el
vino, el aceite, y el agua todo se ha venido abajo. Y allí donde había un
molino para moler las aceitunas, ahora sólo quedan ruinas.
Los cultivos que han quedado intactos no encuentran hombres
para su labranza.
Y el temor de que esas cosechas se vean también perdidas no
hace más que crecer al constatar que de las bocas que se han abierto sobre la
tierra no mana más que agua oscura salada, amarga y mezclada con arena y algas
que apestan.
Y la vegetación que a su alrededor respira se seca en
minutos.
Tememos por los peces del mar allí en donde el Segura
desemboca estas aguas malditas por las cenizas y unos extraños minerales que
forman estas arenas de colores.
Rezad hijos míos a Dios, rezad por mi y por nosotros pues yo
ya no me hallo con fuerzas para hacerlo. Y dejadme con mi tristeza pues hay
mucho que hacer y muchas personas a las que socorrer.
Texto basado en los documentos oficiales que publicaron las autoridades que presenciaron en primera persona los hechos:
- Exposición dirigida a S.M. por el Ilustrísimo Señor Obispo de
Orihuela
- Parte del ayuntamiento de la Villa de Almoradí al Real Acuerdo de Valencia.
- Cartas de diversa índole.