Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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jueves, 16 de febrero de 2017

FICCIÓN: El Cementerio de Animales de Orihuela


- ¿Sabes lo que hay que haser?

- Sí pare, tengo que echar al bujero el pobre animalico.

- Sí, pero ten cuidao, no te vayas a caé dentro.



Así es como la familia de Manuel debatía sobre lo que tenían que hacer con “Palo”, el perro que había convivido con ellos durante años y que jamás había tenido un momento de debilidad en su continua fidelidad y cariño hacia los integrantes de la familia de los Ortiz.

El chico era el número ocho de una familia numerosa de once hermanos de raza gitana que vivían en San Antón, uno de los barrios más antiguos y populares de Orihuela gracias a sus fiestas llenas de esplendor que se ensalzaban durante aquellos años.

La atracción principal de aquellas fiestas era la rifa del marranico, que se celebraba como cada año y que cientos de personas acudían a la entrada de la ermita para poder echarle un ojo al cerdo que permanecía acostado y enrejado.

Otra de las cosas que solían tener buena fama eran las bolas coloradas de san Antón, unos dulces tradicionales caseros creados con las hábiles manos de los pasteleros que acudían por allí aquellos días para vender su mercancía.

El chico cogió al animal muerto entre sus brazos y con gran malestar y tristeza al ver de cerca los ojos cerrados del animalico se dirigió con dos de sus hermanos hacia el lugar en donde tenía que realizar su tarea.

Subieron con cuidado, aunque sus pies estaban más que acostumbrados a caminar por aquella sierra, de rozarse con los matojos y hierbas que pululaban por todas partes, de engancharse la ropa con las ramas de los árboles.

- ¿Ande vamos?- Preguntó el más pequeño de sus hermanos que lo acompañaba en ese momento.

- Vamos al “Pozo de la Rosa” a echar dentro los restos del pobre “Palo”.


Los niños sabían lo que eso significaba. El lugar hacia donde se dirigían siempre había tenido fama, desde que ellos recordasen, de lugar lúgubre, oscuro y nido de los desechos de los animales muertos. No en vano, alguno lo llamaba “El Cementerio de Animales de San Antón”.

Realmente era un lugar que escondía mucha más historia, mucho más de lo que aquellos pobres desgraciados conocerían jamás.

Aquel agujero profundo de casi cincuenta metros de altura tenía una anchura de dos metros. Y eran los restos de lo que antaño se había conocido como la mina “La Colón” de Orihuela.

Los chicos llegaron en un santiamén, ya que el lugar no estaba muy alejado de sus casas.

La profundidad de aquel inmenso agujero hizo que se sintieran atraídos hacia la penumbra que parecía no tener fin en su interior.

- ¿Quieres que lo tire yo pa bajo?- Preguntó uno de los que parecía menos afectado por tan impresionante visión.

- No, me basto yo solo y quiero hacerlo porque así me lo ha pedío pare.


Los otros hermanos, sabían que era absurdo empezar una discusión con su hermano Manuel y decidieron no insistir y acatar todo lo que aquel les dijera.

El chico, dejó caer al animal muerto y dejaron que sus oídos se percataran del desenlace final de aquel acto. No mucho tiempo después, apenas unos segundos, oyeron claramente el golpe de algo que hizo que sintieran un escalofrío.

- Sa oído como si se rompieran un montón de huesos. 

- Sí, la cantidá de animalicos que habrá tirao la gente aquí dentro.


Así que una vez realizada su obligación decidieron que ya era hora de volver a sus casas.

Se dieron media vuelta y empezaron el descenso, no sin antes echar una última mirada a aquel lugar maldecido por los más ancianos que en noches de reunión y algarabía contaban tristes historias que en forma de débiles ecos permanecía en la tradición oral de los que allí vivían.

Aquella noche, Manuel no pudo pegar ojo. Tuvo una horrible pesadilla en la que un animal con el rostro desfigurado le perseguía por la ladera de San Antón ansiando su carne y enseñando unos gigantescos colmillos blancos que brillaban en la oscuridad como punzantes puñales deseosos de quitar alguna vida terrenal.

Fue entonces cuando escuchó el primer ladrido.

O eso le pareció.

Pero aquel sonido tuvo algo que le resultó vagamente familiar.

Él sabía que no podía ser, que quizás su cabeza le estuviese jugando una mala pasada y que no fueran más que figuraciones suyas provocadas por la pena que le producía la pérdida de su querido perro.

Pero no estaba del todo seguro y la curiosidad fue haciendo mella en él hasta el punto de que empezó lentamente a vestirse de nuevo mientras intentaba ver algo a través de la ventana de su cuarto.

La noche no estaba cubierta de oscuridad ya que la próxima venida de la luna llena producía un efecto mágico sobre los senderos de la montaña que rodeaban su casa.

Aparecía todo iluminado y sus ojos fueron a posarse justo en el camino que pocas horas había desandado con la comitiva que había formado con sus otros hermanos de regreso al calor del hogar cuando habían finalizado la misión que su padre le había encomendado.

Salió sigiloso y con cuidado de no hacer ruido para no despertar a nadie de la familia que dormía cerquita de él de forma plácida.

Abrió la puerta y volvió a mirar hacia arriba, a medio camino de la cima de la montaña que era donde se encontraba el “Pozo de la Rosa”.

Sus pies no lucían calzado alguno ya que la familia no ganaba para esos lujos y además a base de esfuerzo y duros trabajos diarios se habían endurecido con el paso del tiempo. Eso de llevar zapatos era para señoritos y él no lo era.

Entonces, escuchó por segunda vez durante aquella noche, aquel ladrido tan característico que le invadió de una sensación de miedo.

En un instante sintió la duda, el temor por encontrarse allí la cosa que hacía unos instantes había intentado devorarlo en la pesadilla que lo obligó a despertarse con la ropa empapada bañado en sudor.

Sus piececitos no eran más largos que juntando sus dos manos. Así es como le enseñó su pare a medir las cosas, con la mano.

Y calculando la distancia que lo separaba de aquel lugar siniestro hacia donde se dirigía para investigar pensó que no se trataba de más de doscientas manos.

Caminó muy despacito para no alarmar a ninguno de sus compadres. Y consiguió sin apenas esfuerzo llegar hasta la boca del agujero que de manera intimidatoria lo retaba a practicar algún tipo de juego desconocido oscuro y peligroso.

Sintió el deseo de saltar de una punta hacia la otra, de atravesar los dos metros de aire que había de espacio entre un borde y otro.

Pero lo que le pareció un lamento, un quejido de un animal enfermo lo sacó de su estado de concentración.

Después, oyó claramente ladrar a su perro “Palo”.

Tuvo que refrenar un impulso para no saltar hacia abajo para acudir en ayuda de su perro que por lo que parecía no estaba muerto del todo y ahora lo reclamaba para que lo ayudase a salir de aquel inmundo agujero.

Lo cierto es que olía bastante mal y sintió náuseas.

Forzó los ojos para ver si podía escudriñar en la oscuridad del final del pozo algo que le hiciera cambiar de opinión y que le hiciera salir corriendo al abrigo de su morada.

Pero el ladrido del perro volvió a repetirse.

Esta vez sintió una gran compasión por el animal pero sabía que no podía hacer nada por él aquella noche. Sin luz, sin medios para acceder a las profundidades de aquel maloliente agujero. Optó por volver a casa y pedir ayuda.

Pero dudó porque creyó que cada minuto podría ser vital para la vida de su querido amigo “Palo”.

El perro mas fiel y más cariñoso que nunca habían tenido en su casa y que había convivido con él desde su niñez más tierna. Aquello no podía tacharse de cariño sino más bien de un enfermizo sentimiento de amor por una criatura que nunca había dado síntomas de desfallecer en su afán como acompañante.

Y eso Manuel lo sentía dentro de sus entrañas, estaba llamado a seguir en busca de aquel cariño que lo atrapaba sin remedio. Y que sólo aquel animal había sido capaz de entregarle de forma tan altruista.

Así que no lo dudó más y se internó en el pozo.

No volvieron a saber de Manuel.

Desde aquel día, y una vez recuperados los restos de Manuel para darle cristiana sepultura, los niños más atrevidos de San Antón empezaron a rondar por aquel lugar atraídos por el misterio de lo imposible, del peligro y de los juegos que parecía que miles de demonios susurraban junto a sus oídos.

Y así empezó a tornarse como costumbre el ir al Pozo para demostrar la valentía de los más atrevidos que para poner de manifiesto su hombría no hacían otra cosa que atravesar de un salto el lugar maldito en donde los restos de los animales yacían y en donde el alma de Manuel había sido condenada.




Dedicado a EMETERIO NAVARRO



* Este relato es una ficción basada en lugares reales de Orihuela que Emeterio Navarro comenta en su libro HORNO DE AZOGUE, SANTA MATILDE, SAN ANTÓN"
El Cementerio de animales / Pozo de la Rosa, existe y se encuentra en el monte del barrio de San Antón muy cerca de donde habitan las ruinas de dicho horno.

jueves, 6 de octubre de 2016

Orihuela Curiosa: Los féretros a las puertas de la Iglesia de la Merced

Cementerio de Benferri 1947

Y varios ataúdes aparecieron ante nuestros ojos arrastrados por la furia de las aguas.

En una ocasión, en el año 1947, la rambla de Abanilla se desbordó con tal fuerza que se llevó medio cementerio de Benferri, y unos cuantos ataúdes llegaron hasta la puerta de la iglesia de la Merced de Orihuela.

Los vecinos de Benferri y la Murada le echaron la culpa al “Zángano” (El Corazón de Jesús) que había sido inaugurado en octubre de 1946, porque se decía que desde el día de la inauguración, no había cesado de llover.

Esta riada fue muy famosa al haber provocado innumerables daños en la mota de Cox que fue casi destruida por completo, y llegó a afectar a Callosa, Granja de Rocamora, Redován, la propia Orihuela y todas las cotas inferiores de la Vega Baja.

En Guardamar también se recogieron féretros flotando.

La peor parte se la llevó la localidad de Santomera: trescientas casas destruidas con once víctimas mortales de los que cinco eran niños. Con tres desaparecidos.

En la catedral de Orihuela las aguas llegaron a alcanzar un metro de altura en su interior.

Catral, Dolores, Almoradí y Rojales también quedaron inundados.



FUENTES:

Antonio Colomina Riquelme ORIHUELA. SUS CALLES, SUS PLAZAS, SUS GENTES

http://elcajondelachatarra.blogspot.com.es/2010/01/microhistorias-de-la-chatarra-sentado.html

NODO: http://rtve.es/v/1467459

lunes, 3 de octubre de 2016

FICCIÓN: 10 Lugares de Orihuela en donde pasar auténtico terror: 8. La Calle Aragón


A mis oídos ha llegado el relato de lo que este lugar era en tiempos retraídos.

Un lugar de silencio en donde los restos de aquellos caídos descansaban para siempre.

Un lugar en donde las religiosas del Convento y colegio de Jesús María de Orihuela practicaban sus enterramientos.

En esta magnífica calle se situaba antaño la lonja y poco más allá, en donde comienzan los edificios, se trataba por aquel entonces de un lugar sagrado, un cementerio en donde permanecían los cadáveres de algunos difuntos.

Bajo una tierra siempre húmeda en lo que antiguamente había sido un huerto.

Cuando se inició en Orihuela la fiebre por la explotación urbanística con la construcción de pisos en lugares que encierran misterios, no se libró este lugar de ser también, desamortizado eclesiásticamente y aprovechado para construir en él una larga tira de bloques de edificios.

Los primeros vecinos que ocuparon dichos pisos, no tardaron en apreciar ciertos elementos diarios que no encajaban en sus vidas, y que se les mostraron de manera extraña y fueron mantenidos en secreto. 

Ninguna familia contaba a otra lo que allí habían sido testigos de escuchar o presenciar.

Todos guardaban recelosamente un secreto que a voces debía de haber sido expulsado a los cuatro vientos.

De estos vecinos de la calle Aragón, un testigo aún recuerda tales sucesos y me lo confirma con un relato estremecedor a la vez que terrorífico.

Me cuenta que cuando en su casa solía quedar sólo una persona, era un somier el que cobraba vida. 

Como si alguien se acostara o se sentara y se levantara de encima, alguien invisible, que teóricamente no estaba allí y se hiciera patente para molestarle. 

Varios fueron los integrantes de su familia los que fueron testigos de aquel suceso tan anómalo.

También me cuenta este amable personaje, que siendo él un manitas en casa, el típico hijo práctico que todo lo sabe arreglar, que todo aquello que se tuerce, pasa por sus manos  y vuelve a quedar en perfectas condiciones, fue testigo de un espejo que reservadamente se rompió, como si alguien lo hubiese empujado, pues no se halló prueba alguna de que el espejo se hubiese caído por su propio peso.

Analizó la alcayata de la pared, el enganche del cuadro.

Aquello parecía imposible, sino es porque alguien, un ser del más allá, no lo hubiese empujado con sus fantasmales manos.

Asustados acudieron a personas que del tema sabían y estos les aconsejaron que pusiesen agua bendita bajo la cama en donde el fenómeno sucedía.

Y así hicieron, colocaron un recipiente lleno de agua bendita y esperaron unos días para ver si aquello tan molesto desaparecía.

Milagrosamente, así sucedió.

No sabemos si por exceso de autosugestión o porque realmente el remedio milagroso funcionó.

Lo cierto es que todas aquellas cosas que las familias vivieron en esta calle, dejaron marcadas para siempre las vidas de los que allí estuvieron.



domingo, 25 de octubre de 2015

Psicofonías realizadas en el cementerio de La Murada 25/10/2015



Desde pequeñitos nos han contado una historia macabra con la que pretenden meternos miedo.
Dicen los más viejos del lugar que cuando el mes de noviembre está próximo si te acercas mucho o si tienes la mala suerte de vivir cerca de un cementerio, por las noches podrás escuchar como los muertos te silban en el oído.

Por supuesto esto no son más que tonterías que se cuentan para asustar a los más miedosos.

¿O no?

Esto es un experimento psicotónico realizado la noche del día 25 de Octubre en el cementerio de LA MURADA.

El proyecto se compone de 6 audios.
No todos ellos tienen un contenido interesante pero alguno de estos lo cierto es que tienen un algo que os pondrá los pelos de punta.

Para no influir en la mentalidad de aquellos que os atreváis a escucharlos no os voy a dar ninguna descripción.

Lo voy a dejar todos en vuestras propias manos y ya luego me vais comentando en el blog lo que creéis escuchar.

Pido perdón con antelación por la mala calidad de los audios ya que estos han sido realizados con el teléfono móvil.
Eso sí, he utilizado una aplicación que graba a la máxima calidad y en formato WAV 16 Bit y 44 Khz.

Después los he pasado al ordenador, los he normalizado para que se escuchen a un volumen más alto y lamentablemente los he tenido que comprimir en MP3 a 320 Kpbs para poder subirlos a IVOOX.

Aún así espero que podáis escuchar con todo detalle lo que parece o lo que yo quiero creer que parece que se escucha.


viernes, 9 de marzo de 2012

FICCIÓN: Hecho Sobrenatural en el Cementerio de Orihuela




Esto es un testimonio de una persona de mi ciudad de Orihuela de la que no puedo decir su nombre.

Ya que se trata de una figura pública que no quiere que se la relacione con historias de duendes y fantasmas como suele decir él.

Es un relato tan extraño que hasta él mismo duda de si realmente lo vivió personalmente o no es más que una mala jugada de su memoria que quiere asignarle recuerdos de cosas que jamás han sucedido.

Bien, lo que dice mi anónimo personaje es lo siguiente:





Era un día de Santos, de esos que los vivos solemos dedicar al cabo del año para visitar a los que ya no están con nosotros.

Yo esperaba a mi mujer dentro del coche y con el motor en marcha.

No recuerdo la hora pero sí que era temprano. Soy una persona madrugadora que me gusta dejar todas las cosas importantes de mi vida hechas lo antes posible.

Mi mujer depositó las flores en la parte de atrás del coche para que no sufrieran ningún desperfecto.

Nada más cerrarse la puerta nos dirigimos hacia el cementerio de Orihuela.

Este es un viaje que no me agrada de forma alguna.

Desde muy jovencito le tengo pánico a los cementerios.

Mientras conducía, mi mujer no paraba de comentarme cosas.

Primero pondríamos las flores sobre la tumba de mi madre que era la persona a la que más quería y luego sobre la que se encuentra a su lado que es la de mi padre.

Yo soy ya una persona mayor y lamentablemente no me quedan muchos familiares.

En vez de eso me queda la alegría de ver como mis hijos han crecido y tienen sus propias familias.




Soy abuelo de 4 preciosos nietos. 3 Chicos y 1 chica.

Algunos de mis nietos ya tienen incluso novia.

Bueno, no quiero extenderme sobre mi persona, lo único que importa ahora es el relato que os estaba contando.

Así que sigo.

Cuando llegamos a la puerta del camposanto, dejamos el coche aparcado y nos metimos hacia el interior.

Había algunas personas más que como nosotros habían llegado a primera hora.

Por el rabillo del ojo, vi algo que enseguida me llamó la atención.

En un pequeño rincón alejado de la Mano de Dios, había lo que parecía una mesa de madera vieja.

Un muchacho que vestía con ropa muy gastada y con aspecto de necesitar un lavado estaba situado frente a la mesa.


Desde mi posición no podía verle la cara con claridad.

Sobre la mesa creía ver libros o más bien diría que eran cómics.

En seguida me llamó la atención el que un niño se encontrara en el cementerio vendiendo su mercancía.

O por lo menos resultaba un tanto curioso.

Seguí con mi tarea dejando escapar de vez en cuando una mirada furtiva hacia el lugar en donde había localizado a tal muchacho.

Pero como me encontraba concentrado en llegar hasta el lugar en donde los restos de mis seres queridos buscaban descanso, no quise darle más importancia.

A nuestro alrededor, otras familias realizaban cometidos similares a los nuestros.

Algunos rezaban y otros se limitaban a colocar las flores junto a las tumbas.

Mi mujer me dijo algo en voz baja y al acercarme más a ella para pedirle que me repitiera lo que había dicho, me tropecé otra vez con la vista de aquel extraño muchacho que cada vez me daba más mala espina.




No pude controlar mi impulso.

Ya que algo dentro de mí me obligó a dirigirme hacia aquel lugar.

Mi mujer se quedó a media palabra.

Y yo con paso decidido y firme me dirigí hacia allí.

Al llegar a la altura de la mesa de madera miré al muchacho más de cerca y algo en él me produjo un escalofrío.

Me costó un poco poder articular las palabras de la pregunta que me atreví a formularle.

Sin embargo, el muchacho quedó mudo.

No se molestó en contestarme.

Su mirada estaba como vacía.

En esa situación tan violenta en la que me vi, me entretuve mirando lo que me había parecido revistas o libros.

Y realmente descubrí que se trataba de cómics.

Pero aquello no eran cómics de esta época.

Todos los nombres que leía eran de personajes de ficción que cuando yo era pequeño había pododo disfrutar.

El Aguilucho, el Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín…

Aquello me pareció mucho más raro todavía.

Y aún así, en plena situación, había algo en el muchacho que me resultaba familiar y no sabría decir el qué.

El niño movió una de sus pequeñas manos y cogió uno de los Tebeos que se caían a pedazos de viejos y me lo puso ante las narices.







Yo le tendí la mano y cogí lo que aquel se dignó a ofrecerme.

En ese mismo momento, una voz a mi lado me sacó de aquella situación tan embarazosa.

Al mirar hacia la derecha vi que se trataba de mi esposa que había venido a buscarme.

Me recriminó que no la hubiese escuchado antes y me preguntó sobre lo que hacía yo sólo en aquel lugar apartado y haciendo gestos en el aire como si estuviese hablando con alguien.

Yo le hablé del muchacho y cuando me volví para enseñarle a lo que me refería me llevé un susto de espanto al constatar que allí no había nadie.

Mi mujer me preguntó si me sentía bien. Que allí no había habido nadie en todo el rato que llevábamos en el cementerio.

Me sentí de lo más confuso y ya iba a darle la razón cuando sentí que en mi mano derecha llevaba agarrado algo.

Entonces tuve una pequeña revelación.

Aquel era el cómic que mi hermano de pequeño me había escondido y que nunca había podido recuperar.

Era el mismo número y la marca oscura que había en la esquina derecha en forma de letra “F” seguía intacta allí como si los años no hubiesen trascurrido en la publicación.

Y aquel niño…

Eran los ojos de mi hermano el que había fallecido pocos años después.

Sentí de golpe ganas de llorar, de darme la vuelta y salir corriendo.

Y eso es lo que pasó.

Con el tiempo he aprendido a pensar que este hecho no fue más que una ilusión.

Si no fuera por el cómic que conservo todavía y que a los pocos días del suceso hice que me lo plastificaran.





No soy una persona que crea en fantasmas ni cosas semejantes pero esto hecho me cambió la vida.





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