martes, 3 de enero de 2017

Relatos de Ruta X: La Comitiva



No es que yo crea mucho en estas cosas, si he venido a participar de esta ruta ha sido cosa de mi pareja.

A mí todo esto me da un poco de "Yuyu" y pocas cosas tengo que contar al respecto.

A lo largo de mi vida y ya ves que son años, sólo he tenido dos roces con los extraño.

Ambas ocasiones cuando mi padre ya no vivía.

Teníamos por costumbre cuando trabajábamos con dureza en nuestras tierras, hacer unas pequeñas hogueras para quemar rastrojos y malas hierbas.

A veces, la hoguera la dejamos durante bastante tiempo encendida e incluso nos marchábamos a nuestra casa no sin echarle un ojo de vez en cuando y nunca nos acostábamos a dormir sin haberla sofocado del todo.

No queríamos sustos ni contratiempos.

Pero el turno pasó para todos, mi padre envejeció y le llegó su hora.

Después de un entierro memorable lo sigo recordando como lo que fue, un hombre fuerte y siempre atareado con sus cosas del campo en donde yo de joven le echaba una mano.

Lo que ocurrió fue lo siguiente:

Un día en el que me encontraba quemando unas cosas en pleno invierno me sentí desfallecer por el esfuerzo y decidí marcharme a casa con la intención de volver poco después a asegurarme de que el fuego no seguía encendido.

Ya en casa, las horas pasaban despacio y el frio en el exterior se hacía más afanoso.

Tapado con una manta y abrigado bajo el calor del otro fuego que tenía en la chimenea no tuve ningunas ganas de salir a apagar el del exterior cuando llegó el momento.

Tenía los ojos cargados de pesadez y estaba casi dormido.

De repente escuché un brusco sonido como si algo hubiese golpeado a lo lejos por la zona en donde tenía que acudir pero la pereza no me dejaba.

Alarmado por si el fuego hubiese causado algún tipo de catástrofe o accidente, me vestí de mala gana y me dirigí en busca del fuego.

Al llegar allí, no comprendí lo que había pasado.

Pues donde antes lucía una gran llama, ahora no había nada. Lo extraño es que no quedaban ni las brasas de la hoguera.

Y lo más raro de todo es que apenas unos minutos antes, yo desde casa aún podía ver la imagen lejana del fuego ardiendo a través de mis ojos.

Ni una pizca de humo, nada, como si allí nunca se hubiese encendido una hoguera.

Y lo más chocante de todo fue aquel penetrante aroma, aquel olor inconfundible y familiar a mi padre, que había fallecido un año antes pero que su esencia se sentía como si hubiese estado allí mismo y se hubiera encargado él de apagar la lumbre.

Es algo que no me puedo quitar de la cabeza pero imagino que es producido por el dolor y el recuerdo al haber perdido a un ser querido.

Lo otro que me sucedió de una manera indirecta lo vivió mi ex-mujer.

Cuando estaba casado con ella, antes de que los problemas se agravaran y se convirtieran en detestables e inaguantables, dormíamos una noche en la misma cama de matrimonio.

Al día siguiente, al despertar la encontré algo alterada. Sus nervios estaban a flor de piel.

Me contó lo que le había sucedido aquella misma noche.

Y yo la reprendí porque no me había llamado y despertado para que yo mismo hubiese podido ser testigo de lo que ella afirmaba haber visto con sus propios ojos.

Según me contó, ella descansaba plácidamente cuando de repente algo la hizo despertar.

Con los ojos adormilados y entra las sombras de la noche vio con toda claridad como un grupo de personas en comitiva entraban en nuestra habitación y se acercaban a donde estábamos.

Los sujetos se colocaron frente a nosotros a los pies de la cama y mantenían sus rostros ocultos pues se quedaron de espaldas a nosotros.

Entre ellos, apareció una cara sonriente y de sobra conocida.

Era mi padre que había fallecido como dije antes hacia un par de años.

El caso es que el hombre, o mejor su espíritu dejó un mensaje en el aire:

Si llego a saber qué voy a estar tan bien me habría muerto antes.

Con esas palabras me dijo mi mujer que había sido agraciada por la voz del difunto.

Dicho esto, sonrió, hizo un gesto con la mano y se marcharon o desaparecieron, no lo recuerda.

Ya te digo que a mí las cosas de los difuntos me dan mucho miedo y sólo yo y ella fuimos protagonistas en aquella ocasión.

Me hubiese gustado haber podido ser parte de su visión, de todo lo que ella me contó al día siguiente que había presenciado.

Pero lo único que puedo darte es su testimonio y te aseguro que su rostro lucía un color grisáceo y tuvieron que pasar varios días para que ella se sintiera más calmada y a salvo.














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