Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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martes, 21 de febrero de 2017

Visita ruidosa en mitad de la noche


Hace bastante tiempo, cuando yo tenía unos diez años, dormiamos mi abuela y yo juntas en una cama de matrimonio situada en una habitación muy grande en la cual había también una mesa para corte y confección que utilizaba mi madre a diario para cortar patrones.

En esa mesa no faltaba una regla de madera para hacer las medidas en las telas.

Una noche a mi abuela y a mi nos despertó algo que a mí me dejó aterrorizada pero por otro lado tranquila y esperanzada.

Escuchamos unos golpes secos, fueron tres en total, con una pausa de dos segundos más o menos cada golpe los cuales se realizaron con la regla de madera de mi madre contra la mesa donde ella trabajaba.

Mi abuela y yo nos despertamos sobresaltadas con el primer estruendo. Me quedé inmóvil y asustada; cuando terminaron los golpes mi abuela encendió la luz y en la habitación no había nadie, la puerta estaba cerrada, las ventanas también y no hacía nada de viento. Después de comprobar que no había nadie en la habitación mi abuela dijo: “Será Pepito”.

Pepito era el hijo pequeño de mi abuela, que murió con veintisiete años haría en ese momento once años ya.

Al decir esto me quedé con mucho miedo en el cuerpo por haber estado tan cerca de nosotras un espíritu.

Al día siguiente escuché a mi abuela decirle a mi madre que le había pedido a su hijo Pepito que le hiciera una señal para saber que se encontraba bien donde estuviese, le había pedido que diera dos golpes si se encontraba mal, entonces ella prometía rezarle más si así fuera, y tres si se encontraba bien, para que no se preocupara.

De aquí la esperanza de saber que después de la muerte de un ser querido hay veces que están con nosotros y en paz.

Carmiña 


jueves, 3 de noviembre de 2016

Relatos de Ruta VII: La casa de mi Bisabuela


Me ha llenado de ternura y también, por qué no, de terror, el inocente testimonio de esta niña que al igual que su amiga Elena, ha iniciado una aventura por esos mundos misteriosos donde reinan el miedo y la oscuridad.

Es un sentimiento de cariño el que profeso por el relato pues yo conocí a su bisabuela.

Aún tengo en mi mente una imagen de sus cara sonriente con el pelo negro y su infinita paciencia ante la insubordinada actitud de su nieta “Loles” cuando ponía la música tan alta que hacía que aquello pareciese una discoteca en vez de un hogar.

Había pasado poco tiempo desde que aquella señora de sonrisa eterna y agradable había fallecido.

Para mi madre, era su abuelita, para mí, mi bisabuela.

Ella tenía una casa por la zona del colegio Jesús María y en ella quedaban los ecos de tiempos pasados que según dicen mis padres, fueron mejores.

En esa casa anciana y descuidada por el paso del tiempo empezaron a suceder cosas extrañas.

Primero fue una ocasión en la que me encontraba yo en su cuarto jugando con mi hermano pequeño.

Algo, golpeó la pared con fuerza. Tanto que nos detuvimos en seco.

Nos dirigimos al cuarto de baño que era la otra habitación que había pegada a esa pared pero allí no vimos nada ni a nadie.

Mi abuelo que era muy bromista fue el que recibió todas nuestras reprimendas, ya que creímos que había sido él.

Pero siempre lo negó todo. No entendía que le echáramos la culpa.

Pocos días después, estábamos otra vez de paso en la casa de mi bisabuela cuando la puerta de su habitación se cerró de golpe sola sin que ninguna ventana hubiese provocado un paso de corriente de aire ya que estaban todas cerradas.

Pero lo más curioso que vivimos en aquella casa fue que mi padre que tuvo que ir por allí a hacer alguna gestión, cerró la puerta de portazo, sin girar la llave para que el bulón diera tres vueltas.

El caso es que cuando mi abuela regresó de un viaje e intentó abrirla, se topó con que la puerta tenía echadas las tres vueltas como hacía su madre cuando vivía.

De todo esto, han pasado al menos cuatro años.

Pero cuando paso cerca de esa casa o estoy en su interior siento la presencia de mi bisabuela, como si aún estuviera allí esperándome. Con su sonrisa eterna y su pelo negro.





lunes, 17 de octubre de 2016

La Superviviente de San Bartolomé


El bebé llora mojado entre los fuertes brazos de la hermana desesperada que la sujeta con cariño.

Envuelta entre paños que intentan protegerla de la intemperie.

Permanecen las dos muchachas heladas por el frio.

El agua las rodea por doquier.

Subidas a un árbol para no ser tragadas por la desgracia.

El bebé ya no llora.

La hermana se asusta y la llama con todas sus fuerzas.

¿Estará viva?

Una sombra aparece por el horizonte, algo que sobrevuela la zona.

Se posa encima de ellas.

Es un helicóptero de auxilio.

Las recoge con mucha dificultad y las salva.

Ya en el aparato, los sanitarios de urgencia, encuentran signos de vida en la pequeña de tan solo un año y la llevan al Hospital.

Era la Riada de 1987. La última Gran Riada del coloso Río Segura. 

El que antaño fue el río más peligroso de Europa.

Esta niña crece como cualquier persona normal.

Alrededor de ella se va forjando una leyenda. La que acompaña a los que han sobrevivido a catástrofes naturales de tanta intensidad.

¿Pudo ella ser una elegida?

Es entonces, cuando empiezan a sucederle las cosas más extrañas…

TESTIMONIO REAL 
(Recogido el sábado 15 de octubre de 2016):

Esto pasó por lo menos hace seis años, o sea, que estábamos en el 2010.

Fíjate la importancia que le doy que ya ni me acordaba.

Por aquel entonces, tuve un sueño extraño. Soñé con la madre de mi cuñada que había fallecido hacía por lo menos un año o dos.

Lo recordaré siempre porque era el día 2 de noviembre.

Vais a creer que estoy loca.

Pues bien, yo soñé que estaba despierta, me levantaba de la cama en mi habitación y me dirigí a un habitáculo que había antes en la casa y que daba para la parte de atrás.

Yo no tenía miedo, yo iba muy tranquila. Aunque sabía de buena tinta o entendía que en esa habitación me iba a encontrar con algo inexplicable.

Era esa sensación de estar teniendo un sueño real, de vivir una experiencia que para nada se asemeja a lo que se vive en un sueño, pues era todo muy natural y vívido.

Al entrar en la habitación la vi de frente. Me estaba aguardando allí.

Allí estaba la madre fallecida de mi cuñada que había sufrido muchísimo presa de incontables dolores producidos por un cáncer que se extendió sin remedio alejándola cada día más de nosotros hasta que se marchó hacia el otro lado.

Tenía el rostro sano, como hacía tiempo que ya no la recordaba.

Las mejillas rosadas y brillantes, la mirada fresca y muy viva.

Te podría describir con exactitud la ropa que llevaba porque lo estoy recordando en este mismo momento.

Me llamó la atención que no era la indumentaria con la que la enterraron, era otra más de diario, la que se solía poner todos los días para estar en su casa.

Yo solo respiraba paz en esa habitación. En vez de sentirme asustada y muerta de miedo, me sentía arropada por una fenomenal luz y una paz que me rodeaba y me abrazaba como si…

Abrió entonces la boca y me dio tres mensajes que quiso que yo contara a sus familiares. En especial a sus hijas. Y otro para una sobrina.

Quiero que le digas a mis dos hijas que yo estoy con ellas, que yo estoy bien donde estoy.

Una de mis hijas sufre mucho dolor con mi muerte y necesita de consuelo. Quiero que le transmitas que estoy en paz.

Y aquí no me especificó a cuál de las dos se refería, pero yo tenía una intuición que me surgió a partir de ese mismo momento como si ella me transmitiera algo, un sentimiento, de a cuál de las dos se refería.

Dile a mi nieta, que tanto ha pasado con los hombres, que no se preocupe, que esta vez le va a salir bien.

Yo sabía que todas las relaciones que había tenido con anterioridad habían terminado en chasco. (Incluso con fecha de boda establecida).

Y por favor, dile a mis hijas y al resto de familiares que no abandonen mi casa. Que la cuiden y la sigan protegiendo porque para mí es muy importante.

Yo como estaba tan a gusto y tan bien, pensé “esta es la mía” y me atreví a preguntarle:

¿Pero es que, existe el cielo?

Porque de verdad estaba tranquila. No era una pesadilla, no tenía nada de miedo.

Y entonces me respondió:

No es fácil explicar lo que me preguntas. Hay… como una serie de niveles superiores e inferiores, pero no lo entenderías…

No terminó la frase. Pues en ese mismo instante, desapareció de mi vista.

Al día siguiente cuando me levanté, fui a ducharme y es cuando empezó a ocurrirme un hecho bastante curioso:

Mi madre tiene un calentador de gas, el típico que se ha utilizado siempre para la ducha y eso…

Ocurría que sólo cuando me duchaba yo, y allí éramos un montón, el botón del calentador se giraba ante las propias narices y ojos incrédulos de mis familiares y se apagaba como si alguien, un ser invisible pero presente allí mismo, lo moviese con su mano transparente.

Se ponía entonces el agua fría y yo empezaba a llamar a mi mamá a gritos para que hiciese algo.

Mi madre se sorprendía incrédula negando constantemente con la cabeza sin entender lo que sucedía y también mi entonces novio, ahora mi marido.

¿Pero cómo puede ser? ¿Cómo podía ser?

Mi madre se plantaba delante del calentador con mi novio al lado, lo encendían y comprobaban que todo funcionase correctamente. Me daban el aviso y yo continuaba duchándome.

Cuando el agua volvía a salir caliente, la palanquita empezaba a girar otra vez delante de sus ojos. Y esto era algo que sólo pasaba cuando me duchaba yo.

Lo puedo jurar, pues para comprobarlo, inmediatamente después, se duchaban otros y nada ocurría.

Testigos hay: mi madre, mi padre, mi sobrino y mi marido.

Digo yo, que si hubiese sido un problema del calentador, le habría pasado a todo el mundo, ¿no?, Pues nada más lejos de la realidad. Me ocurría solo a mí, sólo cuando me duchaba yo.

Y es que encima, pasó durante bastante tiempo.

Pasado un período más o menos breve, consulté al resto de mi familia si debía contarles a las dos hermanas todo lo que yo había vivido en ese extraño sueño.

Todos lo vieron bien y entonces se lo conté a mi cuñada pocos días después.

Mi cuñada me confesó que desde la muerte de su amada madre, no había podido dormir ni menos descansar con tranquilidad.

Y a raíz del día en que se lo conté, su vida cambió, entró en una fase de mucha paz, me lo agradeció y ya no volvió a tener problemas con el descanso.

También, a partir de aquel día que cumplí con las obligaciones que había acogido en mí ser con la madre fallecida de mis cuñadas, todo volvió a la normalidad.

Nunca más, me volvió a pasar lo del calentador.

Pero esto, no es más que una de las constantes cosas que me suceden a lo largo de mi vida.

Y como esta, he estado en contacto con entidades tanto en sueños como despierta que me han transmitido otros mensajes, lo he contado luego a quien iba destinado ese mensaje y han alucinado por los detalles tan exactos con los que yo se lo citado y que se supone que yo no podía conocer.






*Este testimonio y muchos más en el libro TESTIGOS DE LO OCULTO por tan sólo 0,99 Edición Digital en AMAZON:











martes, 4 de octubre de 2016

FICCIÓN: 10 Lugares de Orihuela en donde pasar auténtico terror: 9. El Teatro Circo


Testigo: Lo que voy a contarte, quiero que no se lo cuentes a nadie.

Yo: ¿Pero puedo publicarlo en el Blog sin nombrarte?

Testigo: Sí, pero no le digas a nadie nunca quién te lo contó.

Así es como el hombre que había dedicado varios años de su vida trabajando en el Teatro Circo, inició su relato.

Me tiemblan las piernas solo de pensarlo.

Todo ocurrió hace aproximadamente un año (2015).

El invierno ya mostraba su furia con aquellos días frescos que obligaba a la gente a abrigarse con ropas gruesas.

Era mediodía y no quedaba nadie trabajando en las instalaciones del teatro.

Me encontraba solo haciendo mis tareas cuando de repente escuché un golpe muy fuerte.

Llamé al resto de compañeros de trabajo para interrogarles sobre aquel extraño ruido, pero ninguno contestó.

Solamente estaba yo.

Así que armado de valor, pues me temía que un intruso se hubiese infiltrado en el interior del recinto sin mi consentimiento, me dirigí con sigilo a investigar las causas de aquel aparatoso ruido.

En mi caminata no me topé con nada extraño ni tampoco conseguí dar con nadie que hubiese sido el culpable de aquel golpe.

Me tranquilicé un poco pero me quedé con las mosca tras la oreja.

Pasadas dos horas, uno de mis compañeros, apareció de repente. Entró sin hacer ruido y eso es lo que me asustó pues lo normal es que se escuche siempre el monótono y familiar sonido de las puertas abriéndose. O mejor todavía que te hagan una señal para que sea yo mismo el que les abra a ellos.

Le pregunté que cómo había entrado y me contestó que una de las puertas de emergencia estaba abierta de par en par.

Me quedé callado pensando quizás que aquello no fuese más que una casualidad y que aquella puerta se hubiese quedado abierta por algún despiste de cualquiera de nosotros los que trabajábamos allí.

Lo tomé como un hecho aislado y puntual y traté de olvidarlo.

Un día de la misma semana, pasadas las doce de la noche, nos localizó la policía que estaba haciendo una ronda por la zona y nos dio el aviso de que se habían encontrado las puertas de emergencia abiertas.

Les pedimos por favor que investigaran y se dieron un garbeo por el interior intentado localizar al misterioso causante del portento, pero no encontraron a nadie.

Desde la dirección, que se habían enterado del caso, nos hicieron recibir a unos técnicos de mantenimiento que pasaron a revisar las puertas y sus cerraduras para constatar que todo estaba en orden.

Todo estaba correcto. Las puertas no podían abrirse desde dentro. Era imposible que una de aquellas puertas la abriera alguien desde el exterior. Pues se trata de un mecanismo de barras que obliga a empujar hacia fuera.

La puerta que más follón nos estaba dando, decidimos que fuera sellada con una cadena y eso es lo que hicieron los técnicos.

Pasaron las horas sin ningún contratiempo pero pasados unos días, me llamaron por teléfono avisándome de que habían visto otra vez las puertas abiertas.

Recuerdo que aquel día había escuchado un ruido extraño que me llamo mucho la atención, pero influenciado por los sucesos de días anteriores y asustado, no me había atrevido a hacer una ronda por allí para averiguar lo que había pasado.

Sin embargo, el martilleante sonido del teléfono me sacó de mi retirado silencio y me obligué a bajar en busca de respuestas que aclarasen algo las causas que tanto a mí como al resto de mis compañeros nos mantenían en suspense.

Al llegar a los pies de la puerta anclada la encontré en perfectas condiciones. 


Seguía cerrada con la cadena puesta.

Me volví y me dirigí hacia la otra puerta, la que no recibió ningún tipo de “arreglo”.

Y allí estaba, abierta de par en par ante mis narices.

Con un escalofrío que me atravesaba toda la espalda, la cerré y respiré indignado ante aquellos sucesos tan extraños que me estaban costando un disgusto.

Desde la dirección recibimos una reprimenda porque nos culpabilizaron de que alguno de nosotros nos dejábamos la puerta o las puertas abiertas.

Pero te aseguro que ninguno de nosotros fue el culpable de aquello.

Se volvió a llamar a los de mantenimiento y cambiaron las cerraduras de la puerta principal y trasera.

Desde que se reforzó la cerraja de las puertas, ya no ha habido ningún contratiempo.

Pero en mi interior queda la duda por lo que sucedió.

¿Fue un fallo técnico que se repetía, o alguien, un ser invisible y vengativo, era el causante de lo que allí acaeció?

Y eso es todo lo que pasó... misteriosamente se abrían las puertas solas. Y nadie nunca, supo el por qué.

domingo, 10 de abril de 2016

Las Señales del Camino de Santiago


Cuenta la leyenda de un hombre, que habiendo perdido a un gran amigo en tristes circunstancias, se ve muy afectado, pues un gran lazo de amistad los mantenía fuertemente unidos.

Así que decide arropar su cuerpo con la pena y el recuerdo de su amigo a través del rostro del fallecido que ha querido grabar en una camiseta y dirigirse sin rumbo fijo ni destino a realizar el Camino de Santiago.


Así empieza el testimonio real:

Acompañado de una alemana iniciamos la ruta en Saint Jean au Pied du Port, un pueblo francés y nos dirigimos hacia los Pirineos.

Durante la caminata, pasamos junto a dos chicas que luego descubrimos que eran brasileñas.

Después del respectivo saludo, seguimos caminando a solas hasta perdernos.

Damos una vuelta y volvemos otra vez a iniciar, seguimos andando y nos topamos con ellas una segunda vez dejándolas atrás. Descansamos un rato y al poco pasan ellas junto a nosotros.

Me desvinculo de la alemana y caminando por unas rampas muy duras y con una llovizna que empezaba a caer, las paso a las dos una tercera vez.

Llego al refugio y me encuentro con que hay varias habitaciones y quiere la casualidad que me toque en la misma habitación en donde me espera la compañía de la alemana del principio y las otras dos chicas brasileñas.

Nos juntamos a platicar y observo que una de las 2 brasileñas sólo sabe hablar su lengua natural y la otra chapurrea el inglés, lo justo para poder mantener una conversación sencilla, sin pretensiones.

Me percato entonces, que la chica con la que mantengo la conversación lleva puesta una camiseta en donde se ve reflejado un rostro y le interrogo por él.

Me responde que se trata de un familiar al que se sentía muy unida. Un tío suyo.

Me siento obligado por las circunstancias a enseñarle yo a ella la camiseta que llevo impresa con el rostro de mi amigo y que oculto debajo de la sudadera.

Esto provoca una reacción en la chica con la que no podía comunicarme que se dirige a su amiga y le dice algo en un idioma que no conozco.

Claro, yo intrigado por la conversación que empiezan a mantener, le pregunto a la que habla inglés y me responde que su amiga le está indicando que conoce a mi amigo, que le suena su cara.

En un principio me quedo un poco sorprendido por la posible casualidad de que conozca a mi amigo fallecido pero en seguida pienso que no puede ser, que seguramente será que habrá visto durante todo su viaje a alguien con rasgos parecidos.

No le damos más importancia al asunto, pero la chica se queda pensativa como diciendo, ¿dónde he visto yo a este tío?
Sigo hablando con la otra y al poco rato nos interrumpe la que estaba pensando para decirle a su amiga que me transmita que a ese chico lo ha visto antes caminado conmigo.

Le digo que seguramente nos ha confundido con otros chicos. Y me dicen que no, que hace nada, mi amigo se encontraba en la cama de al lado tumbado.

Llega a decirme en un tono menos informal que está segura que era él. Que ese chico iba caminado conmigo y que además lo ha visto acostado en esta cama.

Miro la cama y observo una serie de objetos que pertenecen a alguien que todavía no conozco.

Entonces pienso para mis adentros que la clave de todo está en el sujeto dueño de esos objetos que seguramente será un chico joven con rasgos similares a los de mi amigo.

Y a esto que entra un hombre mayor que en nada se parece a mi amigo y se dirige hacia sus cosas que permanecen en la cama que acabamos de mirar.

(Esto provocó que los 3 nos quedásemos mirando como tontos. Con una sensación de vació y de que algo raro estaba sucediendo).

La chica sorprendida me asegura al cien por cien que ese chico iba caminado conmigo y está segura porque ha recordado que la tercera vez que he pasado junto a ellas en el camino, mi amigo, se ha dado la vuelta, la ha mirado y la ha sonreído sin dejar de caminar.
Y después de decirme esto, se pone a llorar.

La chica era veterinaria, no era ni mística, ni adivina ni ninguna de ese tipo de personas que se hacen llamar a sí mismas como sensitivas.

Así que esta primera experiencia me dejó marcado para el resto del camino que me tenía reservadas algunas sorpresas más.

Tiempo después, sigo con mi ruta hacia Santiago, esta vez con la camiseta de mi amigo visible y conozco casualmente a otra mujer que me mira de una manera extraña, como si me conociera.

Empezamos a charlar y me pregunta por la foto y a media conversación me interroga sobre la fecha de la muerte de mi amigo.

Le respondo que el 13 de diciembre del 2007. Se queda pálida y haciendo un esfuerzo para vencer algo que mis ojos no pueden observar, pero que casi se puede palpar por la tensión que se produce en mi cerebro como una llamada de alerta, me dice que ese mismo día de ese mismo año había muerto su sobrino.

Ya tenemos 2 extrañas casualidades.

La historia continúa tiempo después, pasando la Cruz de Hierro, en León, sigo caminado y conozco a dos barcelonesas.

Nos ponemos a charlar y una de ellas que me mira también de manera extraña me pregunta sobre la fecha de nacimiento, se lo digo y ella me dice el suyo y fíjate tú que casualidad que era la misma fecha exacta de cuando había nacido mi amigo.

Pero no, todavía queda lo más curioso y es que estuve hablando con Tomás de Manjarín un tío que dice que es el último templario, un tipo muy curioso que sabe mucho de historia y que fue tan amable de invitarnos a comer.

Yo noté una cosa rara y es que no se dirigió directamente a mí en ningún momento. Sólo hablaba con las catalanas.

Este supuesto templario, sigue contando anécdotas y una de ellas me llama la atención, pues se trata de la historia de una mujer que conduciendo, pierde el control del coche cambiando de carril, viene otro coche de frente y que al esquivarlo acaba perdiendo la vida en una gasolinera.

Me quedo estupefacto y de repente se dirige a mí por primera vez en toda la conversación y me pregunta: ¿Cómo murió tu amigo?

Y le digo:

-         Así como lo acabas de describir.

Y el tío sonriendo me dice:

-         Tu amigo está bien, no te preocupes. Hazle caso a las señales.


Y eso fue la experiencia traumática pero a la vez liberadora que me pasó en mi viaje hacia Compostela.

De momento, lo estoy plasmando en un libro que estoy escribiendo junto con otras anécdotas curiosas que me pasaron durante mi viaje y que pronto publicaré y que te invito a conocer.


Poco después, el chico que me contó este testimonio, se bajó de nuestro coche y dándonos las gracias por haberlo acercado a su casa en Rafal, se despidió de nosotros asegurándome que mantendríamos el contacto.