jueves, 3 de noviembre de 2016

Relatos de Ruta VII: La casa de mi Bisabuela


Me ha llenado de ternura y también, por qué no, de terror, el inocente testimonio de esta niña que al igual que su amiga Elena, ha iniciado una aventura por esos mundos misteriosos donde reinan el miedo y la oscuridad.

Es un sentimiento de cariño el que profeso por el relato pues yo conocí a su bisabuela.

Aún tengo en mi mente una imagen de sus cara sonriente con el pelo negro y su infinita paciencia ante la insubordinada actitud de su nieta “Loles” cuando ponía la música tan alta que hacía que aquello pareciese una discoteca en vez de un hogar.

Había pasado poco tiempo desde que aquella señora de sonrisa eterna y agradable había fallecido.

Para mi madre, era su abuelita, para mí, mi bisabuela.

Ella tenía una casa por la zona del colegio Jesús María y en ella quedaban los ecos de tiempos pasados que según dicen mis padres, fueron mejores.

En esa casa anciana y descuidada por el paso del tiempo empezaron a suceder cosas extrañas.

Primero fue una ocasión en la que me encontraba yo en su cuarto jugando con mi hermano pequeño.

Algo, golpeó la pared con fuerza. Tanto que nos detuvimos en seco.

Nos dirigimos al cuarto de baño que era la otra habitación que había pegada a esa pared pero allí no vimos nada ni a nadie.

Mi abuelo que era muy bromista fue el que recibió todas nuestras reprimendas, ya que creímos que había sido él.

Pero siempre lo negó todo. No entendía que le echáramos la culpa.

Pocos días después, estábamos otra vez de paso en la casa de mi bisabuela cuando la puerta de su habitación se cerró de golpe sola sin que ninguna ventana hubiese provocado un paso de corriente de aire ya que estaban todas cerradas.

Pero lo más curioso que vivimos en aquella casa fue que mi padre que tuvo que ir por allí a hacer alguna gestión, cerró la puerta de portazo, sin girar la llave para que el bulón diera tres vueltas.

El caso es que cuando mi abuela regresó de un viaje e intentó abrirla, se topó con que la puerta tenía echadas las tres vueltas como hacía su madre cuando vivía.

De todo esto, han pasado al menos cuatro años.

Pero cuando paso cerca de esa casa o estoy en su interior siento la presencia de mi bisabuela, como si aún estuviera allí esperándome. Con su sonrisa eterna y su pelo negro.





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