Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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viernes, 30 de octubre de 2020

Fotografía inédita de las fiestas de Orihuela de 1913

 


Esta imagen me la ha enviado con cariño el investigador valenciano RAFAEL SOLAZ.

Un personaje que está considerado como uno de los mayores expertos en el estudio de la Valencia Oculta y Misteriosa.

En la fotografía puede observarse a un grupo de siete personas disfrutando de las fiestas de Orihuela de 1913.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Leyendas de Orihuela: La Leyenda del cerdo de San Antón


A falta de unos pocos días de la típica Feria de San Antón de Orihuela, uno de los protagonistas de dicha fiesta, el cerdo, se movía libremente por las calles en donde las familias de vecinos lo cuidaban y alimentaban antes de que llegara el día de la celebración en donde el animalico era sorteado.

Era costumbre en aquellos tiempos dejar al marranico que disfrutase de sus últimos momentos de libertad antes de que pasara a manos de algún agraciado que hubiese apuntado su nombre en los pliegos de papel que permanecían colocados sobre las mesas que estaban dispuestas para recoger la limosna que entregaban los interesados en participar en la rifa.

El animal que había sido expuesto con anterioridad en el mercado de los martes o algún domingo en alguna que otra calle céntrica de nuestra ciudad había atraído las miradas curiosas y algunas perversas de ciertos personajes que entre las sombras tramaban su fechoría.

Así, un día cualquiera, el aroma de los romeros y tomillos del monte de San Antón acompañaba las vibrantes y melodiosas notas de una guitarra.

En este idílico ambiente se produjo un hecho extraordinario.

Una serie de personajes de muy malas intenciones aprovecharon un descuido para sustraer al animalico y llevárselo lejos, al monte para matarlo.

Como si de un ángel guardián se tratase, una estrella brillante y poderosa apareció en el cielo emitiendo un gran resplandor.

Los criminales, asustados apretaron el paso sin comprender lo que estaba sucediendo. Ya que allá por dónde iban, aquella misteriosa luz les seguía.

Llegados a un lugar que consideraron seguro finalizaron su macabra obra dando muerte al cerdo y salieron por pies de allí.

Poco después, los vecinos enterados del asunto, corrieron al rescate del animal sustraído y se dirigieron a la sierra para constatar que ya no se podía hacer nada por el animalico.

Su conversación se centró en la aparición de aquella misteriosa estrella que algunos decían haber visto sin que nadie encontrara una explicación.

Un susto más sufrieron cuando encontraron una piedra en la montaña con una enorme mancha negra en forma de estrella y muy cerca de esta, otra piedra con una mancha similar pero con forma de cochino.

A su lado, las pruebas de la barbarie, la sangre del cerdo que aún goteaba caliente.

Cuentan algunos ancianos que todavía puede localizarse este lugar en la sierra de San Antón, las dos piedras con tan curiosas manchas que aparecieron de la nada en aquella no olvidada velada de San Antón en la que nunca pudieron consumar la rifa del cochino
.

FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)

lunes, 26 de septiembre de 2016

Nuestra Señora de Monserrate


Cuenta la historia que, allá por el año 613, época cercana y posterior a la abjuración del arrianismo por Recaredo y consiguiente declaración del cristianismo como religión del Estado en España, fue traída por los cristianos perseguidos por diversas sectas y que se refugiaban en nuestra Península una imagen de la Virgen, de origen griego, al parecer por los rasgos de su fisonomía.

Esta imagen, esculpida en un pedazo de tronco de olivo de 42 centímetros de altura, está sentada en una silla, tiene un niño en su mano izquierda, y se veneraba en la iglesia parroquial de San Julián con el nombre de Madre de Dios de la Puerta.

Durante la dominación árabe, poco después de la muerte del primer rey de Orihuela, fueron castigados nuestros antepasados con fuertes tributos, quedando reducida la libertad de vivir en la ciudad y practicar el culto católico, al Arrabal.

Mandaron los invasores más tarde quitar las cruces de las puertas de las iglesias, y temiendo que algún día los sectarios del falso profeta profanaran las imágenes, decidieron los oriolanos del Arrabal Roig ocultar la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta bajo la campana de la iglesia parroquial de San Julián, colocada en el hueco de una peña que había dentro del recinto de la referida iglesia.

La imagen estuvo perdida, oculta bajo la campana y escondida dentro de la peña más de quinientos años, hasta que, al venir la epopeya del 17 de julio de 1242 arrojando a los moros de nuestra ciudad y estableciéndose en ella los cristianos, decidieron los oriolanos buscar la imagen que la tradición les transmitiera había sido ocultada por sus antepasados, olvidando el sitio donde las escondieron.

Mucho tiempo pasaron buscando la imagen, hasta que por fin, según opinan los cronistas locales, en el año 1306 tuvo lugar el feliz hallazgo de la Virgen.

Según la tradición, el milagroso hallazgo de la Virgen se atribuye al subterráneo sonido de una campana oída durante tres noches continuadamente al pie del monte del castillo.

El misterioso sonido llamó la atención de los oriolanos, que acudieron presurosos al lugar de donde salían las vibraciones de la campana milagrosa.

Buscaron ansiosos y, al agujerear la peña, encontraron el celestial tesoro escondido durante tantos siglos.

Grande fue el entusiasmo y regocijo con que se recibió el hallazgo de la preciosa Virgen.

Pero en seguida suscitáronse acaloradas discusiones acerca del nombre que había de dársele entre aragoneses, valencianos y catalanes que por aquel entonces poblaban la ciudad.

Los aragoneses querían se llamara Virgen del Pilar; los valencianos, de Orito y los catalanes, de Monserrate.

Por fin acordaron poner los tres nombres escritos en tres papeles y que la suerte decidiera, saliendo el de Monserrate, bajo cuyo título ha sido desde entonces venerada en nuestra ciudad.

Aumentaba de día en día en la ciudad y su huerta la devoción por la Virgen de Montserrate, por lo cual, y después de las necesarias tramitaciones, fue reconocida el 1 de septiembre del año 1633 como Patrona de Orihuela, celebrándose el día 8 del mismo mes, festividad de la Virgen, la primera procesión general.

La campana que un día anunció a los vecinos del Arrabal Roig el portentoso hallazgo de la Virgen tuvieron el mal acierto los oriolanos de antaño de fundirla, aplicando porciones del precioso metal, según reza la tradición, a todas las campanas de todas las torres de la ciudad.

Y aquella campana prodigiosa que sonó en los oídos de los oriolanos embargándolos de singular alegría al encontrarla protegiendo a la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta, y que anteriormente llamaba a los fieles a la iglesia parroquial de San Julián, volteando desde lo alto de su torre, no se conserva hoy por la ligera decisión de nuestros antepasados, como preciosa reliquia que, en unión de la imagen, recuerde el milagroso hallazgo de la Virgen.

Vino a tierra la iglesia de San Julián, y en el mismo sitio, se edificó el primer templo dedicado a Nuestra Señora de Monserrate.

Más tarde, por estar ruinosa la anterior iglesia, fue trasladada la imagen a la Catedral, dando comienzo entonces las obras del santuario que tiene actualmente, donde al ser terminado fue trasladada solemnemente el 17 de octubre de 1776.

Todos los años, al llegar el 7 de septiembre, previo el disparo de varias series de morteretes colocados en lo alto de la sierra, junto a la típica rejuyaera, el recorrido de la dulzaina por las calles más céntricas y el repique general de las campanas de todas las iglesias, es traída procesionalmente Nuestra Señora de Monserrate a la Catedral, donde al toque de oraciones del mismo día da comienzo el solemne novenario con que los oriolanos obsequian a su Patrona.

La novena termina el domingo, durante el cual, la Virgen es devuelta en larga y silenciosa procesión a su santuario.

Es esta procesión de vuelta la manifestación de la devoción del pueblo oriolano a su Patrona.

Voltean las campanas, retumban los morteros al estallar allá en la sierra, suenan las notas acompasadas de la dulzaina, redoblan los tamboriles, los gigantes y cabezudos abren paso a la procesión y empiezan a pasar los interminables filas de devotas mujeres seguidas de otras dos filas no menos largas de hombres llevando en una de sus manos la vela encendida.

Congregaciones, comunidades religiosas, cleros parroquiales con cruz alzada, Cabildo Catedral, y el trono de plata sobre el que la Virgencita morena y bonita se destaca bañada de luz y cubierta por blanco manto del que van prendidas valiosas alhajas.

A continuación, camareras de la Virgen, electos de la cofradía y Ayuntamiento seguido de la Banda Municipal, tras de la cual, una muchedumbre acompaña a la patrona hasta dejarla encerrada en su precioso santuario.

El templo de la Virgen, pequeñita y morena, es espacioso, de alta nave central.

Su decorado es serio, sencillo: blanco y oro.

Y el precioso altar mayor, donde en su centro aparece, majestuosa y hermosa, la imagen de Nuestra Señora de Monserrate, es merecedor de ser contemplado sin prisa.

Al contemplar este altar admirable, lleno de luces y flores, es muy difícil que, aún el hombre más descreído e indiferente, no sienta al instante una dulce emoción consoladora.

En las visitas cotidianas de los oriolanos, tristes y cabizbajos, por una desgracia reciente o un negro presentimiento que les atormenta, siempre salen después de haber rezado postrados a los pies de la Virgen bella, aliviados en sus hondos pesares.

Es la visita obligada de todo buen oriolano.

Y la Virgen, risueña, los recibe maternalmente, embargándoles el alma de una celestial alegría.

A la izquierda de la nave central, hay una capilla igualmente decorada que el resto de la Iglesia; capilla en la que, en el sitio correspondiente al altar principal se ve una verja de hierro que cierra el acceso a una cueva pequeña y sombría, iluminada débilmente por una lámpara de aceite; en la cueva en plena peña dónde fue encontrada por los oriolanos de antaño la imagen de la Virgen.

Es esta cueva visitada constantemente por los oriolanos como uno de los rincones más preciosos del santuario, pues trae a su memoria recuerdos del milagroso hallazgo de la Virgen, de la brillante historia de Orihuela y sus heroicos antepasados que poblaban el Arrabal Roig, y es la que debiera guardar la campana en mal hora fundida.

¡Lástima de campana prodigiosa!

¿Por qué te fundieron?

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS


domingo, 25 de septiembre de 2016

La Fiesta de la Reconquista


De viejas tradiciones, religiosas leyendas e históricos recuerdos es el 17 de julio.

Día es este en que se celebra, no con el esplendor que se debiera, la fecha memorable en que los oriolanos se apoderaron por completo de la ciudad y su castillo, arrojando de ella a los árabes que la tenían cercada con su dominio. 

Era por el año 1242, cuando los cristianos, hartos de sufrir el yugo musulmán, decidieron dar el grito de religión y libertad. 

Aben Mohor, rey moro, alcalde de la ciudad, descubrió los planes de los cristianos, y envanecido de su poder acordó hacer un escarmiento ordenando fueran durante la noche pasados a degüello todos los enemigos del Islam. 

Tenía Ben Mohor un hijo que amamantaba la Armengola, mujer oriolana, fuerte, valiente y decidida.

Enterada esta de los terribles y sanguinarios propósitos del rey moro, le suplicó el indulto de sus dos hijas, a lo que accedió. 

Corrió la Armengola al barrio ocupado por los oriolanos a prevenir a sus hermanos de sangre y religión el grave peligro que les amenazaba. 

Hablaron, discutieron, hasta que, por fin, acordaron el estratégico plan a seguir que pusieron en práctica con bravura. 

Tres robustos jóvenes vestidos de mujer subieron acompañando a la nodriza del hijo de Aben Mohor a la fortaleza del castillo, y los musulmanes que nada sospechaban, abrían las puertas, cayendo a continuación sus cabezas segadas violentamente. 

Detrás, todos los oriolanos subían con serenidad de héroes, apoderándose poco después del castillo y la ciudad por completo, y arrebatando la bandera del vencido reinato moro, que se llevaron como trofeo de guerra y victoria y cuyos girones se conservan hoy como pendón glorioso de la Reconquista de nuestra ciudad.

Enterado de la heroica hazaña el infante don Alfonso, hijo del rey don Fernando de Castilla, llamado el Santo, admiro a los oriolanos y los llamó dignos descendientes del Rey Teodomiro; puso en movimiento sus huestes y ocupó la ciudad en nombre del Rey Católico.

La víspera de la fecha gloriosa, refiere la tradición, que aparecieron en el cielo dos estrellas descendiendo milagrosamente como anunciando el triunfo de los cristianos, la una hacia el castillo, y la otra bajando hasta el Arrabal. 

Las dos estrellas llevaban envueltas en su luminoso esplendor la figura de dos santas, Justa y Rufina, cuya fiesta se celebraba al día siguiente. 

Un voto público aprobado por el monarca y el Papa Inocencio IV nombró patronas de Orihuela a las vírgenes sevillanas Justa y Rufina.

Esta es a grandes rasgos la historia de la Reconquista de la ciudad de Orihuela, que todos los años, el 17 de julio, celebran los oriolanos con una sencilla fiesta cívico religiosa.

La víspera el día del Pájaro, como vulgarmente se llama al 17 de julio, por el pendón de la ciudad está rematado por un pájaro, el Oriol, escudo de nuestra ciudad, son colocadas sobre los viejos muros del histórico castillo dos luces, queriendo representar a las milagrosas estrellas que un día bajaron del cielo a la tierra anunciando el fin de la dominación musulmana en Orihuela. 

Todos los oriolanos que son padres enseñan a sus hijos las dos luces, y cuentan con orgullo la historia que la tradición les transmitió de la Armengola y sus dos hijas. 

Los niños escuchan atentos la narración que sus padres les hacen y difícilmente se les borra de su memoria.

En las primeras horas de la mañana del día del Pájaro es colocado el preciado estandarte en el balcón principal del Ayuntamiento. 

Y después de anunciar las campanas de todas las torres y los morteros disparados en la sierra que la histórica Señera saluda a la ciudad, es conducida procesionalmente primero desde el Ayuntamiento a la Catedral, y después de la Catedral a la iglesia de Santas Justa y Rufina, acompañada de ambos Cabildo Municipal y Catedralicio y seguirá de la muchedumbre que le aclama precedida de la banda de música que toca sin cesar.


FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS





lunes, 19 de septiembre de 2016

Nuestro Padre Jesús


Hay un amor nativo y siempre vivo en el corazón de todo oriolano, por el cual, en valiente defensa, serían capaces de dar su vida entera. Es este un sentimiento tan puro, tan entusiasta y respetuoso hacia la imagen santa que lo representa, que al manifestarse espontáneamente en los hijos de Orihuela, ponen en él toda su alma. Nuestro Padre, Jesús conocido en lo que pudiéramos llamar el trato familiar con el nombre del “Abuelo”, es la figura excelsa, venerada y popular a la que se dirigen diariamente millares de súplicas y miradas fervorosas envueltas en una latente esperanza. Él es el paño de lágrimas del corazón oriolano.

Junto al amplio y antiguo convento de Santa Ana, ocupado por los franciscanos, se levantan los viejos muros de una iglesia, cuya fachada, seria y sencilla, aún tiene al descubierto las irregulares piedras que sirvieron para erigirla. 

Es ésta una iglesia silenciosa y solitaria, en la que, al entrar, el ruido producido al pisar el mármol frío de su pavimento, resuena en las bóvedas y claustros como el tronar de una tormenta lejana. Siempre está vacía esta iglesia y nunca está sola, pues en una capilla situada a la derecha de la nave, raro es el momento estando abiertas sus puertas, que no se oye rezar muy quedo a algún devoto arrinconado. 

Intensa emoción produce al visitante la visión de conjunto de esta capilla, que no se borra fácilmente, por que impresiona el alma. En ella se venera la imagen piadosa de Nuestro Padre Jesús, Patrón de la ciudad Orihuela.

El arte mágico de Bussi, inspirado sin duda por un poder sobrenatural, hizo que de entre sus manos saliera tan maravillosamente imitada la faz del Crucificado que, al mirarla, da la sensación de la representación viviente del Nazareno; su figura parece que respira, que está con el que la mira y que dejando la inmovilidad propia de una escultura, acompaña al devoto en la soledad de la capilla, creyendo éste ilusoriamente que está ante la realidad viva.

Oro, mucho oro brilla en la capilla, La profusión de adornos, ramos y molduras, todo dorado, del altar, relucen sobre un fondo rojo. Cuatro ángeles, también dorados, se destacan como anunciando que allí está la fe. Cuatro cirios, largos y derechos, alumbran la imagen de Jesús. Serenidad, respeto, temor a lo desconocido, un algo que no se puede explicar…

En la penumbra de la capilla, un rayo vivido de sol, filtrado por un tragaluz de la pequeña cúpula, atraviesa diagonal el espacio iluminándolo débilmente. Silencio.
Una mujer arrodillada en un rincón desgrana las cuentas de un rosario, y un hombre, todo un hombre, susurra en otro rincón el Padre Nuestro. La figura encorvada pero esbelta de Nuestro Padre Jesús, aparece en el fondo del camarín con la túnica morada, un grueso cordón de oro anudado a la cintura, la corona de espinas sobre las sienes y la cruz a cuestas. Una negra cabellera se desparrama caudalosa por los hombros y espaldas.

Su mirada recibe a diario suspiros, súplicas, penas ahogadas en los pechos que no encuentran un consuelo más que ante Él, dónde se ve estando ciego, se oye estando sordo, se habla estando mudo y se siente siendo insensible. Bálsamo santo, amor, fuerza, poder, divinidad; mirada piadosa que perdona pero exige, que absuelve y recrimina a un tiempo que es siempre misericordiosa y justa. 

La lucecita temblona de una lámpara de aceite, parece a cada instante que va a dejar de brillar, que va a apagarse, que va a morir; pero siempre revive, nunca se apaga, nunca muere, como si la lucecita amarillenta y oscilante de la lámpara de aceite fuera igual que la vida de las cosas celestiales, nebulosas en la penumbra de lo oculto y desconocido, necesarias en la vida de los hombres y arraigadas por la fe.

La devoción a Nuestro Padre Jesús está acrecentada especialmente en los huertanos. Esta gente, ruda, casi sin cultura, que se pasan la vida trabajando y que no tienen más que rudimentarios conocimientos de la religión, no les basta en muchas ocasiones atolondradas de su vida para refrenar sus pasiones, su cólera, o aliviar sus pesares, el arrodillarse delante de la imagen de una virgen bonita y risueña o de un cromo de un santo sin expresión; necesitan postrarse, medrosos ante la imagen de tamaño natural de Nuestro Padre Jesús, y temblando de emoción, mirarle fijamente largo rato contemplando su rostro severo y bondadoso a la vez, transformándose momentáneamente de hombres a niños, pidiendo entonces con la inocencia propia de los pocos años, perdón y protección.

Los huertanos son, los que al salir procesionalmente el “Abuelo” por las calles lo llevan orgullosos sobre sus hombros. Es un privilegio que les colma de felicidad el heredar de sus padres la obligación, que es una suerte de vestir la morada vesta de nazareno.

La víspera del día en que empieza con gran pompa y esplendor la novena dedicada a Jesús Nazareno, trasladan en ligera y corta procesión la imagen desde su capilla a la iglesia parroquial de Santas Justa y Rufina. La bocina anunciadora de la salida de Nuestro Padre, recorre durante las primeras horas de la tarde las calles de la ciudad, lanzando al espacio el sonido fuerte y continuo de sus notas siempre iguales y características. Espectáculo muy oriolano es este que a las horas de la siesta se presenta todos los años a nuestra vista; la chiquillería arremolinada en el cruce de dos calles mirando curiosa la típica bocina, de la que sopla con todas sus fuerzas hinchando los colorados carrillos un hombre alto y robusto, y un niño, con los brazos en alto sostiene el negro, largo y cónico instrumento mientras el hombre sopla.

Dejando marcadas sobre el blanco polvo de la carretera las huellas de los pies, marchan pausadamente un corto número de alumbrantes respetuosos y callados, seguidos de todos los frailes del convento de Santa Ana, con la vista fija en el suelo y una mano sobre el pecho. Los nazarenos vestidos de morado llevan a sus hombros el trono desde donde a todos lados mira perdonando y bendiciendo Nuestro Padre Jesús. 

Detrás, un fraile va rezando en voz alta el santo rosario. Un grupo de mujeres, contestando al fraile en los rezos, cierran la marcha de esta comitiva sencilla y encantadora del traslado de la venerada imagen de Jesús, mientras a la cabeza de la procesión la bocina deja oír su sonido inconfundible. Y al poco rato, la histórica iglesia de Santas Justa y Rufina recibe pletórica de luz y de alegría a nuestro Padre, embargando el ánimo de los que asisten a la triunfal entrada, los acordes melodiosos de su órgano y el voltear de las campanas de la artística y preciosa torre, que desde las alturas cantan en su honor.

Desde que Nuestro Padre Jesús está en el templo de Santas Justa y Rufina, no cesa un instante el continuo hormigueo de gente que acude fervorosa a postrarse de hinojos a sus plantas. Por la tarde la afluencia de devotos aumenta considerablemente, hasta el punto de no tener cabida en la iglesia, que es espaciosa y de elevadas bóvedas. 

Oradores de famosa nombradía son encargados de predicar los sermones, que desde los lugares más apartados de nuestra huerta vienen ex profesamente con gran devoción a escuchar las huertanas con sus anchas y vaporosas faldas de muchos pliegues, las blancas alpargatas sujetando sus pies menudos y un pañuelo de varios colores y muy brillante para cubrir sus cabellos recién peinados; los hombres con los pantalones blanqueados por el polvo del camino, una blusa limpia ligeramente plisada por la espalda y pecho, y el sombrero casi siempre negro, con unas hojas de lo que por entonces florece, sujetas a la cinta.

El último día de la novena de Nuestro Padre Jesús, siempre es domingo, saliendo al terminar los solemnes cultos que empiezan ese día un poco más temprano, la procesión general conduciendo a la sagrada imagen a su santuario del convento de Santa Ana. Repletas de gente están las calles y plazas de Santiago y de Monserrate, así como también están bastante concurridas las calles de San Francisco, plaza de Capuchinos y hasta la carretera que llega al convento de los frailes Franciscanos.

Los balcones lucen colgaduras de coco o las flamantes cubiertas muy lavadas y bien planchadas. Y en la plaza de Monserrate una larga traca le da la vuelta sujeta a los árboles que la adornan para ser disparada al paso de Jesús.
Por muy observador y detallista en las descripciones que se sea nunca se llegará a la pintura perfecta de estos cuadros de fe, en los que lo de más importancia no es lo que se ve, sino lo que se deduce de ellos. 

La Procesión General de Nuestro Padre Jesús no es la procesión de una fiesta, no es el acto callejero, bullicioso y de general algazara, no es la procesión pueblerina en la que se estrenan trajes y se va a lucir; no, la procesión general del “Abuelo”, es la manifestación de la devoción de un pueblo, es la demostración franca y sincera de sus sentimientos, es el silencio respetuoso, es el acto de humildad, es la sumisión hacia lo superior y divino, es la fe como debe ser la fe, es el acto de pública presencia de la parte más sana de la fe oriolana.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

La Fiesta de San Antón



Hurgando en mis libros sobre las costumbres oriolanas, me he tropezado con algo que me ha llenado de satisfacción.

Al leer el relato descriptivo que José María Ballesteros hace de una de las fiestas más nombradas de Orihuela, las Fiestas de San Antón, que se celebran el domingo antes del 17 de enero, me ha hecho retraerme a mi propio pasado y recordar los dulces e intensos momentos de mi niñez en la que acompañado de mis padres y hermanos, acudíamos ese señalado día a pasear por el barrio de San Antón para participar como el resto de mis vecinos en un día que para mí se ha vuelto inolvidable.

Por supuesto que recuerdo el panizo dulce, las bolas, las pelotas blancas que se estiraban y con la que mi hermano y yo hacíamos batallas.

Pero sobre todo, recuerdo ir a ver al cerdo que era lo que más nos impresionaba.

Y también como no, a esos charlatanes que con su labia nos dejaban asombrados, pues con su charlatanería eran capaces de darle la vuelta a cualquier cosa.

Así que un impulso me ha obligado a copiar el texto más o menos literal que José María Ballesteros editó a principios de siglo XX y les invito a escuchar este relato que está impregnado de dulzura, belleza e inocencia.

…Eran otros tiempos…



Está situada la pintoresca ermita de San Antonio Abad, al pie de la sierra del castillo por el lado que mira al Levante. Adosada a la ermita, formando un solo cuerpo está la casa del capellán que durante todo el año cuida y atiende al santo en las necesidades propias del culto. Una ensenada rodeada por pretil de toscas piedras se extiende a la puerta del santuario y, en el centro de ella se levanta altiva, derecha y cimbreante, una palmera que los viejos dicen fue plantada el día que una reina visitó nuestra ciudad. A la espalda y a los lados de la ermita de San Antonio, sobre la ladera del monte, hay una serie de casitas malamente edificadas y pobremente habitadas, y varias cuevas convertidas gracias a la constancia y a la pobreza inaplazable en sus determinaciones, en humildísimas viviendas, donde se resguardan del agua y del frío, pero no del hambre, los desgraciados y desamparados de la coquetona y caprichosa fortuna.

Completando este cuadro típico de los alrededores de la ciudad, están los preciosos huertos de palmeras formando tupido bosque que sirve por su aspecto serio y monótono, de apropiado fondo para el escenario donde diariamente se representan a la vista de las paredes de un santuario, escenas de desesperada lujuria y de severa e insoportable miseria.

Varios días antes de la típica Feria de San Antón, ya se exhibe los martes en el mercado y los domingos en las calles más céntricas, el famoso y popular cerdo que, rechoncho y con la respiración fatigosa por el exceso de grasa apenas puede dar un paso. La gente se afana por apuntar su nombre en los pliegos de papel colocados sobre una mesa, y entregar la limosna para el Santo, confiando en ser agraciados con la suerte al ser rifado después de las fiestas el sustancioso y provechoso animal.

Desde muy temprano comienzan a llegar el día de la Romería a los alrededores de santuario, infinidad de vendedores cargados con los indispensables dulces y bolas de San Antón y otras golosinas de venta casi exclusiva en este día, como el blanco, tierno y quebradizo palmito y el pegajoso turrón de panizo. Los puestos de confituras aparecen colocados en dos largas filas a ambos lados del camino que conduce a la ermita, y en un lugar un poco arrinconado, están los merenderos hechos provisionalmente con zarzos y harpilleras.

La figura más sobresaliente de esta fiesta después del cerdo, es el Señor de San Antón; este es un canónigo que todos los años el Cabildo elige de nuevo, con la obligación de encargarse de la organización de la fiesta, administrar las limosnas que el Santo recoge y llevar a cabo la compra del magnífico cerdo que se ha de rifar cómo final de los festejos. El señor de San Antón, siempre es un hombre amable, cariñoso y cortés, que obsequia con copas de vinos licores y dulces a los que suben a saludarle a las habitaciones de la casa del capellán que ocupa ese día. A la hora de la comida se sirve a las autoridades previamente invitadas y a algunos amigos del señor de San Antón, el apetitoso arroz con costra, y, ni que decir tiene que, autoridades y amigos del canónigo sufren por la tarde los ardores y molestias de una pesada y trabajosa digestión.

Después de celebrarse la misa solemne con que se obsequia al santo, no cesa ni un momento el desfile de visitantes por la ermita, donde después de rezar una oración, dar una limosna y recoger unos rollos de pasta dura para los perros y caballos que al comerlos están libres todo el año de una enfermedad, compran las bolas, el turrón de panizo y el palmito, y si hay niños en la familia, las pelotas del tío Paco y los globos de goma de colores. Pero la animación llega al máximo convirtiéndose en verdadera aglomeración, por la tarde, en que una multitud trajinante y bulliciosa acude por todos los senderos y caminos cantando alegremente y con ganas de jarana. Los más adelantados traen las comidas de sus casas, terminándola de condimentar en el monte sobre tres piedras qué sirven de hornillo; y con gran algarabía, chistes, bromas y la bota del vino casi siempre en alto, pasan unas horas de expansión en un ambiente familiar aromatizado por los romeros y tomillos del monte y alegrado por las notas vibrantes y melodiosas de una guitarra.

Una banda de música toca en un extremo de la explanada, y la chiquillería, juega, corre, grita gozando de la fiesta en la plenitud de su esplendor. Los novios invitan a las novias y los galanteadores a la mujer que desean conquistar a un cartucho lleno de bolas de San Antón que se llama la pesada; bolas dulzonas, coloreadas de amarillo y encarnado, que los novios y las novias chupan relamiéndose los labios, tal vez porque piensan en las dulzuras del primer beso.

El ir y venir de los carruajes llevando gente a la fiesta es extraordinario en las horas de la tarde, presentando el paseo de la Puerta Nueva, la calle del colegio, el trozo de la carretera comprendido entre la Olma y los baños de la Cubé y ancho camino que llega hasta la ermita, una gran animación. Algunos mozos de la huerta majamente vestidos y cabalgando un brioso corcel, lucen su garbo orgullosos de sí mismos y del caballo que montan creyendo que no hay en toda la huerta otro mejor.

Este día es tradición para algunas familias, acudir a los baños de San Antón, para pedir un vaso de agua.

Estos baños, que llevan el nombre del santo patrón de la ermita vecina, son famosos y no tanto como debieran serlo, porque de la roca viva brota un manantial de rica y medicinal agua que la Naturaleza dotó de virtudes saludables y contraria a muchos males y achaques...

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

domingo, 17 de enero de 2016

La SEMANA SANTA de Orihuela en Blanco y Negro


He podido rescatar estas imágenes de los videodocumentos de RADIOTELEVISIÓN ESPAÑOLA.

Se pueden apreciar algunos de los pasos más emblemáticos de nuestra SEMANA SANTA.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Leyendas de Orihuela: la leyenda de la Santísima Virgen de Monserrate


En la época en la que los visigodos eran los habitantes de nuestra querida orihuela, Sobre una de las puertas de la ciudad se veneraba la imagen conocida como de María madre de Dios de la Puerta. A su lado, estaba situada la Ermita de San Julián. (Donde actualmente reside su santuario).

Esta imagen, según cuentan algunas antiguas leyendas fue traída por un discípulo del Apóstol Santiago el Mayor de nombre San Trifón..

Ya en la etapa histórica en la que los árabes se establecieron en nuestros dominios y poco después de que dejara de respetarse el tratado de Teodomiro por parte de los musulmanes, los habitantes de Aurariola por temor a que sus enemigos se hicieran con la imagen venerada decidieronn esconderla bajo una campana en la peña oriolana.

Más tarde, durante la reconquista los oriolanos se pusieron sin descanso a la búsqueda de la imagen removiendo y recorriendo toda la sierra oriolana pero sin obtener su premio.

Pasaron los años y llegados al 1306, una campana invisible empezó a sonar allá a lo lejos en la sierra durante tres noches consecutivas.

Un pastor fue al encuentro de tal milagrosa hazaña, subió a la peña y llegó al lugar en donde sonaba con más intensidad. Allí cavó hasta encontrar una cueva y en su interior encontró una campana.
Al levantar esta se quedó mudo y se postró ante los pies de la que hoy conocemos como la Virgen de Monserrate.

Una imagen de la virgen sentada en una silla con un niño en sus brazos y un pájaro entre los dedos del niño

La leyenda dice que alzada por dos ángeles para mostrarse a Orihuela tras haber pasado oculta durante siete siglos.

En ese lugar se edificó el actual santuario donde se venera a nuestra patrona.