Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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lunes, 26 de septiembre de 2016

Nuestra Señora de Monserrate


Cuenta la historia que, allá por el año 613, época cercana y posterior a la abjuración del arrianismo por Recaredo y consiguiente declaración del cristianismo como religión del Estado en España, fue traída por los cristianos perseguidos por diversas sectas y que se refugiaban en nuestra Península una imagen de la Virgen, de origen griego, al parecer por los rasgos de su fisonomía.

Esta imagen, esculpida en un pedazo de tronco de olivo de 42 centímetros de altura, está sentada en una silla, tiene un niño en su mano izquierda, y se veneraba en la iglesia parroquial de San Julián con el nombre de Madre de Dios de la Puerta.

Durante la dominación árabe, poco después de la muerte del primer rey de Orihuela, fueron castigados nuestros antepasados con fuertes tributos, quedando reducida la libertad de vivir en la ciudad y practicar el culto católico, al Arrabal.

Mandaron los invasores más tarde quitar las cruces de las puertas de las iglesias, y temiendo que algún día los sectarios del falso profeta profanaran las imágenes, decidieron los oriolanos del Arrabal Roig ocultar la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta bajo la campana de la iglesia parroquial de San Julián, colocada en el hueco de una peña que había dentro del recinto de la referida iglesia.

La imagen estuvo perdida, oculta bajo la campana y escondida dentro de la peña más de quinientos años, hasta que, al venir la epopeya del 17 de julio de 1242 arrojando a los moros de nuestra ciudad y estableciéndose en ella los cristianos, decidieron los oriolanos buscar la imagen que la tradición les transmitiera había sido ocultada por sus antepasados, olvidando el sitio donde las escondieron.

Mucho tiempo pasaron buscando la imagen, hasta que por fin, según opinan los cronistas locales, en el año 1306 tuvo lugar el feliz hallazgo de la Virgen.

Según la tradición, el milagroso hallazgo de la Virgen se atribuye al subterráneo sonido de una campana oída durante tres noches continuadamente al pie del monte del castillo.

El misterioso sonido llamó la atención de los oriolanos, que acudieron presurosos al lugar de donde salían las vibraciones de la campana milagrosa.

Buscaron ansiosos y, al agujerear la peña, encontraron el celestial tesoro escondido durante tantos siglos.

Grande fue el entusiasmo y regocijo con que se recibió el hallazgo de la preciosa Virgen.

Pero en seguida suscitáronse acaloradas discusiones acerca del nombre que había de dársele entre aragoneses, valencianos y catalanes que por aquel entonces poblaban la ciudad.

Los aragoneses querían se llamara Virgen del Pilar; los valencianos, de Orito y los catalanes, de Monserrate.

Por fin acordaron poner los tres nombres escritos en tres papeles y que la suerte decidiera, saliendo el de Monserrate, bajo cuyo título ha sido desde entonces venerada en nuestra ciudad.

Aumentaba de día en día en la ciudad y su huerta la devoción por la Virgen de Montserrate, por lo cual, y después de las necesarias tramitaciones, fue reconocida el 1 de septiembre del año 1633 como Patrona de Orihuela, celebrándose el día 8 del mismo mes, festividad de la Virgen, la primera procesión general.

La campana que un día anunció a los vecinos del Arrabal Roig el portentoso hallazgo de la Virgen tuvieron el mal acierto los oriolanos de antaño de fundirla, aplicando porciones del precioso metal, según reza la tradición, a todas las campanas de todas las torres de la ciudad.

Y aquella campana prodigiosa que sonó en los oídos de los oriolanos embargándolos de singular alegría al encontrarla protegiendo a la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta, y que anteriormente llamaba a los fieles a la iglesia parroquial de San Julián, volteando desde lo alto de su torre, no se conserva hoy por la ligera decisión de nuestros antepasados, como preciosa reliquia que, en unión de la imagen, recuerde el milagroso hallazgo de la Virgen.

Vino a tierra la iglesia de San Julián, y en el mismo sitio, se edificó el primer templo dedicado a Nuestra Señora de Monserrate.

Más tarde, por estar ruinosa la anterior iglesia, fue trasladada la imagen a la Catedral, dando comienzo entonces las obras del santuario que tiene actualmente, donde al ser terminado fue trasladada solemnemente el 17 de octubre de 1776.

Todos los años, al llegar el 7 de septiembre, previo el disparo de varias series de morteretes colocados en lo alto de la sierra, junto a la típica rejuyaera, el recorrido de la dulzaina por las calles más céntricas y el repique general de las campanas de todas las iglesias, es traída procesionalmente Nuestra Señora de Monserrate a la Catedral, donde al toque de oraciones del mismo día da comienzo el solemne novenario con que los oriolanos obsequian a su Patrona.

La novena termina el domingo, durante el cual, la Virgen es devuelta en larga y silenciosa procesión a su santuario.

Es esta procesión de vuelta la manifestación de la devoción del pueblo oriolano a su Patrona.

Voltean las campanas, retumban los morteros al estallar allá en la sierra, suenan las notas acompasadas de la dulzaina, redoblan los tamboriles, los gigantes y cabezudos abren paso a la procesión y empiezan a pasar los interminables filas de devotas mujeres seguidas de otras dos filas no menos largas de hombres llevando en una de sus manos la vela encendida.

Congregaciones, comunidades religiosas, cleros parroquiales con cruz alzada, Cabildo Catedral, y el trono de plata sobre el que la Virgencita morena y bonita se destaca bañada de luz y cubierta por blanco manto del que van prendidas valiosas alhajas.

A continuación, camareras de la Virgen, electos de la cofradía y Ayuntamiento seguido de la Banda Municipal, tras de la cual, una muchedumbre acompaña a la patrona hasta dejarla encerrada en su precioso santuario.

El templo de la Virgen, pequeñita y morena, es espacioso, de alta nave central.

Su decorado es serio, sencillo: blanco y oro.

Y el precioso altar mayor, donde en su centro aparece, majestuosa y hermosa, la imagen de Nuestra Señora de Monserrate, es merecedor de ser contemplado sin prisa.

Al contemplar este altar admirable, lleno de luces y flores, es muy difícil que, aún el hombre más descreído e indiferente, no sienta al instante una dulce emoción consoladora.

En las visitas cotidianas de los oriolanos, tristes y cabizbajos, por una desgracia reciente o un negro presentimiento que les atormenta, siempre salen después de haber rezado postrados a los pies de la Virgen bella, aliviados en sus hondos pesares.

Es la visita obligada de todo buen oriolano.

Y la Virgen, risueña, los recibe maternalmente, embargándoles el alma de una celestial alegría.

A la izquierda de la nave central, hay una capilla igualmente decorada que el resto de la Iglesia; capilla en la que, en el sitio correspondiente al altar principal se ve una verja de hierro que cierra el acceso a una cueva pequeña y sombría, iluminada débilmente por una lámpara de aceite; en la cueva en plena peña dónde fue encontrada por los oriolanos de antaño la imagen de la Virgen.

Es esta cueva visitada constantemente por los oriolanos como uno de los rincones más preciosos del santuario, pues trae a su memoria recuerdos del milagroso hallazgo de la Virgen, de la brillante historia de Orihuela y sus heroicos antepasados que poblaban el Arrabal Roig, y es la que debiera guardar la campana en mal hora fundida.

¡Lástima de campana prodigiosa!

¿Por qué te fundieron?

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS


lunes, 19 de septiembre de 2016

Nuestro Padre Jesús


Hay un amor nativo y siempre vivo en el corazón de todo oriolano, por el cual, en valiente defensa, serían capaces de dar su vida entera. Es este un sentimiento tan puro, tan entusiasta y respetuoso hacia la imagen santa que lo representa, que al manifestarse espontáneamente en los hijos de Orihuela, ponen en él toda su alma. Nuestro Padre, Jesús conocido en lo que pudiéramos llamar el trato familiar con el nombre del “Abuelo”, es la figura excelsa, venerada y popular a la que se dirigen diariamente millares de súplicas y miradas fervorosas envueltas en una latente esperanza. Él es el paño de lágrimas del corazón oriolano.

Junto al amplio y antiguo convento de Santa Ana, ocupado por los franciscanos, se levantan los viejos muros de una iglesia, cuya fachada, seria y sencilla, aún tiene al descubierto las irregulares piedras que sirvieron para erigirla. 

Es ésta una iglesia silenciosa y solitaria, en la que, al entrar, el ruido producido al pisar el mármol frío de su pavimento, resuena en las bóvedas y claustros como el tronar de una tormenta lejana. Siempre está vacía esta iglesia y nunca está sola, pues en una capilla situada a la derecha de la nave, raro es el momento estando abiertas sus puertas, que no se oye rezar muy quedo a algún devoto arrinconado. 

Intensa emoción produce al visitante la visión de conjunto de esta capilla, que no se borra fácilmente, por que impresiona el alma. En ella se venera la imagen piadosa de Nuestro Padre Jesús, Patrón de la ciudad Orihuela.

El arte mágico de Bussi, inspirado sin duda por un poder sobrenatural, hizo que de entre sus manos saliera tan maravillosamente imitada la faz del Crucificado que, al mirarla, da la sensación de la representación viviente del Nazareno; su figura parece que respira, que está con el que la mira y que dejando la inmovilidad propia de una escultura, acompaña al devoto en la soledad de la capilla, creyendo éste ilusoriamente que está ante la realidad viva.

Oro, mucho oro brilla en la capilla, La profusión de adornos, ramos y molduras, todo dorado, del altar, relucen sobre un fondo rojo. Cuatro ángeles, también dorados, se destacan como anunciando que allí está la fe. Cuatro cirios, largos y derechos, alumbran la imagen de Jesús. Serenidad, respeto, temor a lo desconocido, un algo que no se puede explicar…

En la penumbra de la capilla, un rayo vivido de sol, filtrado por un tragaluz de la pequeña cúpula, atraviesa diagonal el espacio iluminándolo débilmente. Silencio.
Una mujer arrodillada en un rincón desgrana las cuentas de un rosario, y un hombre, todo un hombre, susurra en otro rincón el Padre Nuestro. La figura encorvada pero esbelta de Nuestro Padre Jesús, aparece en el fondo del camarín con la túnica morada, un grueso cordón de oro anudado a la cintura, la corona de espinas sobre las sienes y la cruz a cuestas. Una negra cabellera se desparrama caudalosa por los hombros y espaldas.

Su mirada recibe a diario suspiros, súplicas, penas ahogadas en los pechos que no encuentran un consuelo más que ante Él, dónde se ve estando ciego, se oye estando sordo, se habla estando mudo y se siente siendo insensible. Bálsamo santo, amor, fuerza, poder, divinidad; mirada piadosa que perdona pero exige, que absuelve y recrimina a un tiempo que es siempre misericordiosa y justa. 

La lucecita temblona de una lámpara de aceite, parece a cada instante que va a dejar de brillar, que va a apagarse, que va a morir; pero siempre revive, nunca se apaga, nunca muere, como si la lucecita amarillenta y oscilante de la lámpara de aceite fuera igual que la vida de las cosas celestiales, nebulosas en la penumbra de lo oculto y desconocido, necesarias en la vida de los hombres y arraigadas por la fe.

La devoción a Nuestro Padre Jesús está acrecentada especialmente en los huertanos. Esta gente, ruda, casi sin cultura, que se pasan la vida trabajando y que no tienen más que rudimentarios conocimientos de la religión, no les basta en muchas ocasiones atolondradas de su vida para refrenar sus pasiones, su cólera, o aliviar sus pesares, el arrodillarse delante de la imagen de una virgen bonita y risueña o de un cromo de un santo sin expresión; necesitan postrarse, medrosos ante la imagen de tamaño natural de Nuestro Padre Jesús, y temblando de emoción, mirarle fijamente largo rato contemplando su rostro severo y bondadoso a la vez, transformándose momentáneamente de hombres a niños, pidiendo entonces con la inocencia propia de los pocos años, perdón y protección.

Los huertanos son, los que al salir procesionalmente el “Abuelo” por las calles lo llevan orgullosos sobre sus hombros. Es un privilegio que les colma de felicidad el heredar de sus padres la obligación, que es una suerte de vestir la morada vesta de nazareno.

La víspera del día en que empieza con gran pompa y esplendor la novena dedicada a Jesús Nazareno, trasladan en ligera y corta procesión la imagen desde su capilla a la iglesia parroquial de Santas Justa y Rufina. La bocina anunciadora de la salida de Nuestro Padre, recorre durante las primeras horas de la tarde las calles de la ciudad, lanzando al espacio el sonido fuerte y continuo de sus notas siempre iguales y características. Espectáculo muy oriolano es este que a las horas de la siesta se presenta todos los años a nuestra vista; la chiquillería arremolinada en el cruce de dos calles mirando curiosa la típica bocina, de la que sopla con todas sus fuerzas hinchando los colorados carrillos un hombre alto y robusto, y un niño, con los brazos en alto sostiene el negro, largo y cónico instrumento mientras el hombre sopla.

Dejando marcadas sobre el blanco polvo de la carretera las huellas de los pies, marchan pausadamente un corto número de alumbrantes respetuosos y callados, seguidos de todos los frailes del convento de Santa Ana, con la vista fija en el suelo y una mano sobre el pecho. Los nazarenos vestidos de morado llevan a sus hombros el trono desde donde a todos lados mira perdonando y bendiciendo Nuestro Padre Jesús. 

Detrás, un fraile va rezando en voz alta el santo rosario. Un grupo de mujeres, contestando al fraile en los rezos, cierran la marcha de esta comitiva sencilla y encantadora del traslado de la venerada imagen de Jesús, mientras a la cabeza de la procesión la bocina deja oír su sonido inconfundible. Y al poco rato, la histórica iglesia de Santas Justa y Rufina recibe pletórica de luz y de alegría a nuestro Padre, embargando el ánimo de los que asisten a la triunfal entrada, los acordes melodiosos de su órgano y el voltear de las campanas de la artística y preciosa torre, que desde las alturas cantan en su honor.

Desde que Nuestro Padre Jesús está en el templo de Santas Justa y Rufina, no cesa un instante el continuo hormigueo de gente que acude fervorosa a postrarse de hinojos a sus plantas. Por la tarde la afluencia de devotos aumenta considerablemente, hasta el punto de no tener cabida en la iglesia, que es espaciosa y de elevadas bóvedas. 

Oradores de famosa nombradía son encargados de predicar los sermones, que desde los lugares más apartados de nuestra huerta vienen ex profesamente con gran devoción a escuchar las huertanas con sus anchas y vaporosas faldas de muchos pliegues, las blancas alpargatas sujetando sus pies menudos y un pañuelo de varios colores y muy brillante para cubrir sus cabellos recién peinados; los hombres con los pantalones blanqueados por el polvo del camino, una blusa limpia ligeramente plisada por la espalda y pecho, y el sombrero casi siempre negro, con unas hojas de lo que por entonces florece, sujetas a la cinta.

El último día de la novena de Nuestro Padre Jesús, siempre es domingo, saliendo al terminar los solemnes cultos que empiezan ese día un poco más temprano, la procesión general conduciendo a la sagrada imagen a su santuario del convento de Santa Ana. Repletas de gente están las calles y plazas de Santiago y de Monserrate, así como también están bastante concurridas las calles de San Francisco, plaza de Capuchinos y hasta la carretera que llega al convento de los frailes Franciscanos.

Los balcones lucen colgaduras de coco o las flamantes cubiertas muy lavadas y bien planchadas. Y en la plaza de Monserrate una larga traca le da la vuelta sujeta a los árboles que la adornan para ser disparada al paso de Jesús.
Por muy observador y detallista en las descripciones que se sea nunca se llegará a la pintura perfecta de estos cuadros de fe, en los que lo de más importancia no es lo que se ve, sino lo que se deduce de ellos. 

La Procesión General de Nuestro Padre Jesús no es la procesión de una fiesta, no es el acto callejero, bullicioso y de general algazara, no es la procesión pueblerina en la que se estrenan trajes y se va a lucir; no, la procesión general del “Abuelo”, es la manifestación de la devoción de un pueblo, es la demostración franca y sincera de sus sentimientos, es el silencio respetuoso, es el acto de humildad, es la sumisión hacia lo superior y divino, es la fe como debe ser la fe, es el acto de pública presencia de la parte más sana de la fe oriolana.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS