Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

Mostrando entradas con la etiqueta río. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta río. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de abril de 2017

El Río Segura como método curativo del Aliacán


El Aliacán era una enfermedad común desde época medieval que se basaba en la observación de ciertos síntomas en la persona afectada como podrían ser pérdida de apetito y rostro pálido como marcado por la melancolía y la tristeza.

Estados más graves producían incluso náuseas y vómitos.

El término nos viene de nuestra región vecina Murcia, en donde les dio por cambiarle el nombre al vocablo árabe para designar la dolencia conocida como ictericia o tiricia.

Esta enfermedad viene ocasionada por un exceso de bilirrubina en la sangre y provoca unos síntomas visibles en las personas afectadas como pueden ser piel amarillo-verdosa.

Hoy día estos síntomas se asocian con la enfermedad del hígado Hepatitis.

Todos los pueblos y ciudades que rondaban las aguas del Segura hicieron suyo el término para ponerle nombre a una extraña enfermedad que aquejaba a niños que pasaban por periodos de tristeza (depresión) o adolescentes que se sentían sin energía y desganados.

Entonces se decía que estaban “alicaídos”.

El remedio que por aquel entonces le dio a la gente por probar era la de colocarse junto a las aguas de nuestro querido río Segura y quedarse fijamente mirándolas durante largos periodos en los que al mismo tiempo se debía de recitar una oración.

Otra forma más curiosa de curar estos síntomas era a través de un ritual cotidiano como era la de orinar sobre las flores blancas del manrrubio.

Dicen que haciendo esto se devolvía el color perdido a los rostros de los que lo habían padecido.

Fue una época en la que los llamados “Curanderos” hicieron su agosto pues casi todas las familias oriolanas acudían en secreto con alguno de sus miembros aquejados con tales dolencias. Y si no, que se lo pregunten a la señá Eustaquia.

Más remedios conocidos son los de colocar una vela encendida o un candil o mariposa.

El curandero imponía sus manos sobre el afectado en la cabeza y otras partes del cuerpo y con una cruz se hacía un pequeño ritual.

El sanador quedaba en trance durante unos minutos y luego se le daba al paciente un pequeño recipiente que contenía un líquido extraído de la savia de las chumberas para cuando notase que la enfermedad regresaba. 


*Y a continuación, un relato corto de Adolfo Claravana sobre un hombre aquejado del mal aquí arriba explicado.









miércoles, 14 de septiembre de 2016

FICCIÓN: Lugares Malditos de Orihuela: 1. La Llamada


Se hablaba a comienzos del siglo XX, de un lugar maldito de Orihuela en donde habían perecido ahogados en el río una alarmante cantidad de gente.

Aparentemente, un lugar apacible, un hermoso y bonito lugar a orillas del río.

Nadie se explicaba, qué es lo que hacía que en este sitio, varios oriolanos se hubiesen adentrado en las aguas mansas y cristalinas y se hubiesen dejado engullir por la corriente.

Algunos lo llamaban la playa del río.

Imponente y como queriendo dejar una eterna advertencia que permaneciera para siempre, se erguía no hace mucho tiempo, una cruz conocida como La Cruz del Río que resaltaba sobre el entorno como aviso de peligro para todas aquellas futuras víctimas.

Curiosamente, junto a ella, acudían las lavanderas para lavar la ropa.

Este sitio sigue siendo actualmente un lugar que todo el que pasa y se le ocurre echar un vistazo fijamente, es impulsado a cometer un acto terrible.

Como hipnotizados, los que se han atrevido a mirar a esta parte de la orilla, y han sobrevivido, me comentan que sintieron un extraño impulso de dejarse llevar, de saltar hacia las aguas.

“También sentí eso, como si el rio en esa zona me atrajera y era como si me dijeran tírate al agua venga. En vez de sentir vértigo.” (18/10/2016)

A partir de ahora lo llamaremos La Llamada. Y les advierto que es muy peligroso dejarse llevar por sus encantos.

Para que nadie cometa el error de acercarse y echar un vistazo, les diré por donde está.

Jamás deberán acercarse a la parte del río que transcurre junto a Ociopía.

Toda esa zona está encantada y prueba de ello es este relato que a continuación les voy a transmitir.

Un caso bien documentado por la prensa oriolana de principios de siglo que he recogido literalmente:

...

Habían salido de Lubrín (Almería) e iban por esos caminos aguantando las horas del estío, animosos de encontrar, al término de la jornada, en Jumilla o Yecla, ocupación en las faenas de la próxima vendimia.

Eran pobres y no podían permitirse el lujo de viajar en ferrocarril.

El matrimonio, con los pequeños, emprendieron su penosa peregrinación, procurándose el alimento para ellos y para los hijos con la limosna que solicitaban en las casa de labor y en las ciudades del tránsito.

Así llegaron a las proximidades de Orihuela en las últimas horas de la mañana.

Acamparon a orillas del río cobijados a la sombra de un árbol.

Se proponían comer para seguir después la interrumpida marcha.

¡¡¡Nunca que lo hubieran hecho!!!

La tierra caldeada despedía un polvillo que ahogaba.

El marido bajó a la orilla a buscar unas cañas secas para hacer fuego.

Vio el río deslizarse manso, fresco, incitante…

Al poco rato bajó la mujer temerosa por la tardanza de su compañero.

Aterrorizada vio las ropas extendidas por el suelo y, en la misma arena, se conservaban impresas las pisadas de aquel que se perdían en el agua.

No había duda, la gran desgracia se había consumado.

Gritó la mujer, y sus gritos se perdieron con lo suaves murmullos de las hojas de los árboles y de la corriente del río.

Nos hacemos cargo de la desesperación de aquella joven madre, sola con dos pedazos de sus entrañas a su lado, en país desconocido; por casa, el camino; por techo, el cielo; por consuelo, el lloro desgarrador de los niños reclamando pan, y allí bajo, las aguas verduzcas, el sostén único, el fuerte derribado para siempre.

Después… lo previsto: se busca y se encuentra al ahogado por manos hábiles de nadadores prácticos en el terreno, la justicia que se lleva el cadáver al depósito de autopsias; y la desconsolada familia quedó sola, con su dolor, junto al árbol, a la vista del río que les enviaba los ecos de su lúgubre y eterna cantata.

José María Sarabia, el periodista, llegó allí por sus deberes de información.

El triste cuadro, llenó de compasión su alma.

Hizo una obra de caridad muy grande, sin medida.

Ofrecioles y aceptaron albergue los desdichados por aquella noche.

Aún hizo más:

Al día siguiente fue pidiendo limosna para la viuda y para los huerfanitos de puerta en puerta por la ciudad.

Las mujeres del pueblo acudían en grupos entregándole a la joven dinero y otras dádivas.

Fue un espectáculo emocionante, que puso muy alta la fama bien ganada de caritativa que tenía Orihuela.

La desdichada lloraba, llegando a querer besar las manos a nuestro compañero.

Dijo que el nombre de Orihuela, no se borraría de su memoria y que se lo haría recordar a sus hijos.

El hombre ahogado se llamaba Antonio Andreu, de 25 años, y su esposa, que por cierto muy agraciada, Isabel López Muñoz, de 20 años.

Antonio recibió sepultura en este cementerio a la caída de la tarde del sábado, ante nuestro referido compañero José María Sarabia.

Isabel, abrazó y besó locamente a su infortunado esposo antes de que cayera la primera paletada de la tierra que lo cubriría.

Terminado el acto, la viuda y sus hijitos, regresaron en tren a su pueblo natal.

Ocurrió el 3 de agosto de 1909.


Antes


Después


FUENTE:

EL DIARIO nº 402, 6 Agosto de 1906.

IMPORTANTE:Por favor. Todos los lugares que aparecen en mi Blog son muy peligrosos. Están en ruinas y a punto de desplomarse o tienen un acceso con mucho peligro. No quiero que nadie se acerque nunca a uno de ellos. Podéis ver las fotos que acompañan cada entrada. Y si algún día pasáis junto alguno de los sitios mentados, miradlo de lejos. POR VUESTRA SEGURIDAD.

domingo, 24 de julio de 2016

Los héroes oriolanos olvidados: 4. Ramón Torres Gálvez



Era un viernes como otro cualquiera de un mes de noviembre de 1928.

Un grupo de niños jugaba junto a la orilla del río Segura cuando resulta que uno de ellos perdió pie y cayó a las aguas.

El infante, de nombre Francisco Martínez Aguirre chapoteaba en el agua para no perder la vida. Pero su pequeño cuerpecito ya mostraba los signos de agotamiento al estar tanto tiempo intentando mantenerse a flote.

Todos los de alrededor comenzaron a gritar.

Pasaba por allí un oriolano que quiso el señor tuviera la habilidad de nadar y no lo dudó un instante y se echó al agua.

Cuando llegó a la altura del niño, el cuerpo de este ya se encontraba sumergido.

Pero con un arrojo de valor, Ramón se capuzó para buscarlo por debajo del líquido con tan buena fortuna que pronto lo localizó.

Lo sujetó fuertemente como pudo y lo sacó a la superficie.

Tras unas difíciles maniobras de auxilio el niño empezó a toser ante los vítores de alegría de los que estaban a su lado.

La ciudad de Orihuela, agradecida y con la insistencia de los familiares del niño, preparó el oportuno expediente para que se le concediera a Ramón, La Cruz de Beneficencia como premio a la caridad y a la virtud de su buen gesto.

domingo, 4 de octubre de 2015

Orihuela curiosa: La preocupación de los oriolanos por los ahogados en el río Segura


La Gaceta de Madrid de 19 de abril de 1791 relata la generosa iniciativa tomada
en Orihuela por el canónigo lectoral Dr. D. Marcelo Miravete. 

Este sacerdote, compadecido de los numerosos infelices que caían en el río Segura en que perecían sin recibir un eficaz auxilio para recobrar sus sentidos, decidió usar parte de sus rentas en formar una Junta para socorrer a los ahogados en el Segura, en las acequias y pozos inmediatos, como también a los sofocados, a los acometidos de muerte repentina y demás asfícticos. 

Se componía la Junta de un cirujano director, dos médicos, dos ayudantes y un sustituto que tenían a sus órdenes dos nadadores para sacar del agua a los ahogados y tres «convocadores» conductores que daban inmediato aviso de la desgracia ocurrida y llevaban a los pacientes al paraje señalado para la administración de socorros. Todos ellos gozaban de un estipendio fijo y de gratificaciones complementarias eventuales, según los casos. Todo venía costeado a expensas del benéfico clérigo así como la Instrucción impresa que había compuesto para prevenir los lances que podían ocurrir, el modo de operar y las obligaciones de la Junta. 

Además, había encargado en Cádiz una excelente máquina fumigatoria con todos sus
instrumentos y accesorios (cigarros habanos, aguardiente y álkali volátil) que cedería
al Ayuntamiento después de su muerte. 

El Ayuntamiento aceptó con gratitud la manda, alabando la humanidad que manifestaba el canónigo con sus conciudadanos.

Y el Rey, enterado de todo por su Secretario de Estado, conde de Floridablanca, se sirvió
expresar al Dr. Miravete, lo grato que le había sido su rasgo de patriotismo.


Así es como se debía de proceder:

Se sacaba al ahogado del agua y se llevaba en posición de lado derecho con la cabeza levantada a un lugar en donde había abundancia de aire libre y puro.

Sin perder el tiempo, se le quitaba la ropa y se posaba el cuerpo en una cama a la que previamente se la había calentado de manera moderada.

Se le aplicaba por la nariz un producto conocido como álcali volátil por medio de una pluma o un papel torcido.

En la boca echaban también 4 o 5 gotas mientras tapaban el otro orificio de la nariz.

Y después con una máquina especial de la época, introducían humo en los intestinos con mucho cuidado de no producir la inflación del vientre.


Y de esta forma se aseguraban de su salvación.