domingo, 4 de octubre de 2015

Orihuela curiosa: La preocupación de los oriolanos por los ahogados en el río Segura


La Gaceta de Madrid de 19 de abril de 1791 relata la generosa iniciativa tomada
en Orihuela por el canónigo lectoral Dr. D. Marcelo Miravete. 

Este sacerdote, compadecido de los numerosos infelices que caían en el río Segura en que perecían sin recibir un eficaz auxilio para recobrar sus sentidos, decidió usar parte de sus rentas en formar una Junta para socorrer a los ahogados en el Segura, en las acequias y pozos inmediatos, como también a los sofocados, a los acometidos de muerte repentina y demás asfícticos. 

Se componía la Junta de un cirujano director, dos médicos, dos ayudantes y un sustituto que tenían a sus órdenes dos nadadores para sacar del agua a los ahogados y tres «convocadores» conductores que daban inmediato aviso de la desgracia ocurrida y llevaban a los pacientes al paraje señalado para la administración de socorros. Todos ellos gozaban de un estipendio fijo y de gratificaciones complementarias eventuales, según los casos. Todo venía costeado a expensas del benéfico clérigo así como la Instrucción impresa que había compuesto para prevenir los lances que podían ocurrir, el modo de operar y las obligaciones de la Junta. 

Además, había encargado en Cádiz una excelente máquina fumigatoria con todos sus
instrumentos y accesorios (cigarros habanos, aguardiente y álkali volátil) que cedería
al Ayuntamiento después de su muerte. 

El Ayuntamiento aceptó con gratitud la manda, alabando la humanidad que manifestaba el canónigo con sus conciudadanos.

Y el Rey, enterado de todo por su Secretario de Estado, conde de Floridablanca, se sirvió
expresar al Dr. Miravete, lo grato que le había sido su rasgo de patriotismo.


Así es como se debía de proceder:

Se sacaba al ahogado del agua y se llevaba en posición de lado derecho con la cabeza levantada a un lugar en donde había abundancia de aire libre y puro.

Sin perder el tiempo, se le quitaba la ropa y se posaba el cuerpo en una cama a la que previamente se la había calentado de manera moderada.

Se le aplicaba por la nariz un producto conocido como álcali volátil por medio de una pluma o un papel torcido.

En la boca echaban también 4 o 5 gotas mientras tapaban el otro orificio de la nariz.

Y después con una máquina especial de la época, introducían humo en los intestinos con mucho cuidado de no producir la inflación del vientre.


Y de esta forma se aseguraban de su salvación.

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