Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

Mostrando entradas con la etiqueta ataque. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ataque. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de octubre de 2016

Los ataques de los lobos en la sierra de Orihuela


Abundaron estas bestias desde el siglo XV hasta bien pasadas las primeras décadas del siglo XVIII.

Actualmente aún quedan animales peligrosos de otras especies como Zorros.

Tanto cazadores profesionales como pastores y labradores fueron en busca de la caza de este animal.

Nuestra sierra era su hábitat propicio.

Llena de cuevas y grutas en donde poder criar y proteger a sus descendientes. Salían a cazar por nuestros contornos, conejos, ratas, perdices y codornices.

Y sobre todo los rebaños de los pobres ganaderos oriolanos.

Tras la epidemia de 1648, los lobos se convirtieron en los amos de nuestra localidad al haber menguado de manera alarmante el número de habitantes. Se contrató a cazadores especializados de la región de Jumilla.

El Consell de Orihuela tuvo que entrar en acción y buscó una solución: conseguir el exterminio total.

Algunos merodeadores, pastores y ganaderos pusiéronse en marcha a la caza de estos animales.

Aquellos que conseguían traer una pieza muerta ante los ojos de los mandamases, eran premiados con suculentos premios en metálico y honoríficos.

También se contrataron a profesionales, asesinos de lobos.

Un ejemplo fue el nombrado en crónicas antiguas, Juan Ramírez, al que se le otorgó una libra y quince sueldos por haber acabado con siete lobos de camada.

Durante trescientos años estuvo el lobo acosando a los ciudadanos de Orihuela.

En 1651, un cazador de lobos de nombre Juan Marco, apareció con los cuerpos aún calientes de una loba y dos lobos cazados en el término de nuestra ciudad.

En 1654, este mismo cazador trajo consigo las pruebas de su masacre, con tres lobas, un lobo y seis crías.

Por ello recibió el honorable cargo de Cazador Oficial de Lobos de la Ilustre Ciudad de Orihuela.

Las técnicas de caza de estos cazadores consistían en el uso de la ballesta, el arcabuz y más tarde, la escopeta; trampas de lazo y cepos. También se servían de la compañía de salvajes y fieros perros de caza.

Lo oriolanos vivían espantados con la amenaza de posibles ataques del lobo.

Influenciados por cuentos y leyendas que otorgaban al animal, más poder amenazador del que fuera real. Aunque no debemos obviar las familias de desamparados que sufrieron en sus carnes los ataques nocturnos de estas fieras cuando se habían refugiado en las cuevas escavadas en la sierra de San Antón o en la parte donde estaba situada la Puerta de Murcia.

Como bestias de cuento maligno, como bestias con sed de venganza, los lobos eran vistos por nuestros antepasados como devoradores de hombres.

Cuando un cazador traía ante el Consell una de estas bichas, le cortaban las orejas, como si se tratase de una corrida de toros, las regalaban al cazador (preferiblemente la derecha) y el resto lo arrojaban al río. Así mismo con las crías estuviesen vivas o muertas.

Para el gusto de pequeños y mirones, en ocasiones se cogían a algunas de estas bestias y se les amordazaba, se les metía en una cesta atada y se les arrojaba al río.

Para hacernos una idea de la cantidad de lobos que merodeaban por nuestras tierras, les diré que un total de 1.638 fueron muertos durante 109 años, según consta en nuestros documentos.

La amenaza de los lobos fue extirpada de nuestras tierras a partir del año 1791.

Ya nunca volveríamos a sentirnos amenazados por las apariciones de los lobos por la zona de la llamada Puerta de Murcia, o por la zona del Colegio Santo Domingo, antiguamente de Predicadores.

Los términos cercanos a Orihuela también fueron acosados por estas bestias pardas.

El cabezo de Hurchillo, Rafal, Alcachofar, San Cristóbal, la Partida del Álamo, Mudamiento, San Ginés, La Murada, La Matanza, Benferri, etc.

El lobo, en suma, recorría todo el campo y se hallaba por toda la comarca del Bajo Segura.

Más poco a poco se le fue exterminando.

Pero nos quedan los ecos de sus huellas, los restos de su sombra, la sangre tanto de ellos como de sus víctimas que humeante aún caldea los fríos rincones oscuros y desafiantes de la sierra oriolana.

¿Seguro que ya no hay ningún lobo?

¿Qué es entonces este desgarrador aullido que surge de la lejanía en las horas en que la noche se cierra a nuestro paso?

FUENTE

José Ojeda Nieto. LOBOS EN LA ORIHUELA FORAL

miércoles, 13 de julio de 2016

La Leyenda de San Miguel de Salinas: Zulema y Manuel


Cuando los árabes se hicieron dueños de este territorio, se establecieron en las Zahurdas, junto a la finca llamada La Capitana que estaba habitada por cristianos.

Abrumado por la belleza de una de las moras que habitaban Las Zahurdas, el hijo de los dueños de la finca cristiana se enamoró locamente de la mora.

Por supuesto, ese amor se convirtió en un problema al ser visto por los padres como algo peligroso y que hacía daño al buen nombre de la familia.

Por eso, los amantes decidieron mantener el contacto sin que nadie se enterara. Nadie, excepto una criada mora que es la que hacía de mensajera entre ambos enamorados.

Pero quiso la desfachatez que el plan fuese descubierto por un hermano de Zulema que fue corriendo a prevenir a su padre.

Este, se sintió tan ofendido que no tuvo más remedio que mandar a su hija a Orán con el resto de sus parientes.

Inició los preparativos y mandó a uno de sus hijos al puerto de San Ginés (Campoamor) para comerciar con el capitán de uno de los bajeles que solía mercadear con los agricultores de la zona para cerrar un trato que permitiera mandar a su hija y a algunos de los criados a Orán y de allí al cercano pueblo de Tremecén en donde vivían los parientes de la chica.

El día acordado, partió la caravana hacia el puerto sin saber que la hija, a través de un criado, había puesto sobre aviso a su amado tanto del día como de la forma en que tenía su padre planeado su viaje.

A orillas del río Mariomento, esperaban a la comitiva el enamorado y sus hermanos escondidos.

Zulema aún mantenía firme el recuerdo de la despedida con su madre que con lágrimas en los ojos le prometía la felicidad allá donde fuera.

La caravana mora estaba formada por un grupo de criados bien armados comandados por 3 de los hermanos de Zulema, siendo uno de ellos el que la acompañaría hasta que la chica llegara a su destino.

Atravesaron el Monte de Campoamor y cuando dejaron atrás el riachuelo y salían al margen derecho fueron sorprendidos por un ataque de los cristianos.

Se produjo entonces una sangrienta matanza en donde perecieron todos los moros que acompañaban a la chica excepto uno de sus hermanos.

Los enamorados haciendo caso omiso ante tal tragedia, rodeados de cuerpos y sangre, se fundieron en un apasianodo abrazo.

El resto no se sabe si fue por venganza o si fue fruto del azar. Pues el hermano de Zulema que quedaba vivo, alcanzó a los dos enamorados matándoles en el acto a ambos.

Desde aquel entonces, la tradición le puso un nombre a aquel sitio.

El lugar sería conocido como MATAMOROS.


* Se sabe que poco tiempo después, los moros tuvieron que abandonar con prisas la finca de Las Zahurdas pues temían por sus vidas. El padre de Zulema, que ya no se sentía hombre, sino más bien, un anciano abatido por la desgracia de haber perdido a todos sus hijos, solo tuvo tiempo de ordenar a uno de sus criados que escondiera parte de sus tesoros en algún lugar de la finca. Y hasta el día de hoy, permanecen allí ocultos en algún lugar que el tiempo ha borrado de la memoria de los hombres hasta que alguna  casualidad o tal vez el destino permita que sea descubierto.


viernes, 1 de enero de 2016

Orihuela curiosa: El fantasma asesino



Hubo un tiempo en nuestro país a la que algunos le ha dado por llamar como la época de la España Profunda, en la que los delitos de violencia de género eran castigadas de manera completamente diferente a como lo hacemos hoy en día.

Era una época en la que el machismo era el pan de cada día, en donde estaba bien visto que un hombre golpeara a su mujer o la gritara.

Y no en vano, hace muy poco en la que los mismos anuncios de la televisión mostraban a mujeres sumisas que obedecían a ciegas todas las órdenes que sus maridos les daban, fueran injustas o no.

A esta época oscura de principios del siglo XX pertenece un relato corto pero cargado de sentimiento que me contó una mujer de 79 años y que recordaba con cariño porque su abuela se lo había relatado cuando aún vivía.

Una vecina de Orihuela que solía asistir con frecuencia a los oficios religiosos de la localidad, salía por la puerta de la Iglesia cuando un grito la sorprendió y la hizo palidecer.

Con los ojos entornados y con la mano sobre las cejas a modo de protección para desviar los rayos de sol que le impedían ver al que la gritaba pudo localizar a una figura que se abalanzaba sobre ella.

El filo de un cuchillo brilló bajo la luz directa antes de empaparse de la sangre de la pobre desgraciada.

Una, y otra vez, el hombre repitió las cuchilladas haciendo oídos sordos a los gritos de terror de los que le rodeaban.

La mujer cayó al suelo mientras la puerta de la Iglesia se cerraba pudiendo verse todavía la imagen de un Cristo afligido ante tal locura en la cruz situada tras el altar.

La víctima de tan brutal agresión murió allí mismo desangrada ante la atónita mirada del resto de feligreses que asustados se habían impedido así mismos realizar cualquier acto en defensa de la atacada.

El hombre que aún conservaba una mueca de odio en el rostro se puso a increpar al resto de los asistentes.

Las fuerzas de seguridad no tardaron en llegar y pusieron al hombre bajo arresto.

A los pocos días salió en libertad. Se trataba del marido de la víctima y la permisividad de la época en este tipo de cruentos actos de violencia machista dejó al hombre con un simple “tirón de orejas”.  Debía de acudir al párroco para que este le impusiera una penitencia severa y ejemplar.

El hombre acudió de inmediato en busca del sacerdote de la ciudad y tras una confesión que duró unos pocos minutos el cura le impuso un castigo que debía cumplir durante un largo período ante los ojos de los demás ciudadanos para purificar su alma.

Así que a partir del día siguiente a la entrevista con el clérigo, se le vio por las calles de Orihuela ataviado con ropas sencillas, una caperuza que le tapaba el rostro y unas cadenas con las que tenía que hacer el ruido suficiente para poner sobre aviso a los caminantes de que un pecador estaba a punto de pasar ante ellos.

Y así, de esta estrafalaria manera pasó los días que duró el castigo y que todavía permanece fresco en las mentes de algunos ancianos que jamás podrán olvidar la esperpéntica imagen del fantasma asesino de Orihuela.