lunes, 10 de octubre de 2016

Juegos de niños. Relato en el Castillo de los Moros



En cuanto salieron de Orihuela y empezaron a subir la cuesta zigzagueante que lleva al Seminario Mayor, magníficamente emplazado en una altura, se rompieron las ternas y cada cual campó por sus respetos. Con todo, Serra, Alburquerque y Ferreira continuaron juntos, aumentando su grupo por el infeliz de Benito Garrigós, a quien nadie quería detrás.


-¿Me dejáis que vaya con vosotros? Ese soplón de “doña Peca-cura” no quiere que me ajunte con él. ¿sabéis?-

-No te apures, hombre, ven -le invitó el campechano Víctor Serra.

-Cuando venga a verme mi mamá, que me traerá caramelos, os daré la mitad del cucurucho -prometió agradecido el huérfano.

-Y sin caramelos, hombre; nosotros no lo hacemos por eso -dijo Ferreiro.

Desde el seminario, la vista era esplendorosa. Días antes se había desbordado el Segura, saltando por encima de los puentes e inundando a Orihuela con oleadas de un color lechoso que ponía pasmo en la faz tranquila de la población. Aún ofrecía el centro de la ciudad un aspecto muy parecido al de Venecia, con sus calles convertidas en canales, por los que navegaban pequeños botes, evocadores de las elegantes góndolas. El sol rielaba sobre las plateadas aguas con fúlgidos destellos de cuento de brujas: eran chorros de oro y piedras preciosas lo que surgía al contacto de sus áureos rayos con las aguas de plata, y era una esmeralda gigante la arboleda de la frondosa vega emergiendo sus copas, vestidas ya por la primavera gentil, entre el lodazal agualoso, semejante a un engarce de platino.

Los ojos de artista de Ferreiro, pintor en embrión, bebieron deslumbrados la gama del color, el brillo de la luz y los primores incopiables de la perspectiva; las oscuras pupilas de Víctor, hecho a los paisajes deliciosos y bravos de la Isla de la Calma, reposaron con delectación en el espectáculo, saboreándolo como buen catador de bellezas, y el alma entera de Gonzalo se desbordó entusiasmo ante el aspecto sin igual de esta vega riente que traía para él reminiscencias del panorama de su pueblo.

Los cuatro, desde las murallas del viejo castillo, embaídos y rezagados, contemplaban absortos la película de aquel trozo de mundo, sin cambiar palabra. Habían cogido un sendero que por detrás del seminario conduce hasta el primer reducto amurallado, con almenas y torreones, circundando a la derruida fortaleza, evocadora siempre de la historia de la ciudad, en cuyas heroicas páginas ponía el airón de leyendas y tradiciones, algunas de ellas veneradas amorosamente por los oriolanos. ¡Oh, la fiesta de la Reconquista con su perfume legendario, presidida por el histórico “Oriol” prócer y señorial y envuelta con los fantásticos cendales de la Armengola…! Hasta el corazón de Garrigós, tan poco dado a la sensiblería y a los romances viejos, latía desmesuradamente al mentar los episodios de la vida heroica de su pueblo, imaginándose la escena de aquella mujer subiendo al castillo como el hecho intrépido y audaz de la más célebre epopeya. Era la única ráfaga de idealidad que solía anidar en su pecho en el curso de todo el año.

Más allá de la vega, el mar era azul e infinito, y, como el cielo, sereno y diáfano en la quietud del día mansurrón; entre los bancales de la vega, algunos huertos de palmas parecían islotes que sobresalieron del inmenso mar de esmeralda manchado por las rojizas charcas de la inundación en las proximidades del río, y blancos casalicios y gentiles barracas esparcidas por la huerta ponían la nota alegre de su nitidez sobre la verde severidad del arbolado multiforme. Un auto corría veloz sobre una carretera blanca y llana. El tren que sale de Alicante para Murcia entraba en la estación de Callosa del Segura, imponiéndose a todos los ruidos y cánticos con sus agudas estridencias. Del lado de Murcia, la torre de la catedral descollaba con aire de dominio y de gracia, y sobre el picacho del fenecido castillo de Monteagudo, la estatua del Corazón de Jesús se erguía acogedora bendiciendo amorosamente a todos los pueblos y terrenos que le fueron consagrados al entronizarle.

Al bueno de Benito Garrigós, fuera del Oriol y la Armengola, que le hicieron vibrar un poquito el alma, todo aquello no le decía nada, y así, mientras sus tres compañeros se extasiaban mirando el paisaje, él se deshizo en busca de una especie de cisterna vacía que hay en el centro del castillejo, donde es tradición que encerraban los moros a sus prisioneros cristianos como en una mazmorra. Como quiera que la cisterna estaba descubierta, los chiquillos se entretenían en descolgarse hasta el fondo y volver a subir ayudándose mutuamente, mientras algunos descansaban sentados cerca de los inspectores. No quiso Garrigós ser menos que Cánovas, ni Saura, ni Cervantes, que le estaban amotinado desde las honduras de la cisterna diciéndole que no era hombre si no bajaba, y allá fue de un salto con toda su corpulenta humanidad, cayendo como una bola encima de los pequeños, que comenzaron a chillidos y a denuestos…

- ¡Burro!

-¡Ay mi brazo!

-¡Cuidado que eres, che…!

-¡Animalote! ¡Campero!


El pobre Garrigós estaba anonadado. Siempre le tenían que pasar aquellas cosas a él. Le amenazaban con denunciarle al Padre Castaños, pero no era ésta la mayor pena que él tenía, sino que, con el batacazo y el lío, su merienda había desaparecido, y ése sí que era un dolor sin nombre para el huertano comilón. Púsose a buscarla por entre las piedras, que abundaban en el fondo de la mazmorra, con tal ahínco, que no se dio cuenta de que todos los compañeros habían echado a correr, dejándole solo. Cuando los inspectores dieron la señal de marcha hacia el colegio, ocupados cada cual en despachar la merienda, nadie advirtió que Benito seguía en el fondo de la cisterna.


Los tres amigos, Serra, Ferreiro y Alburquerque, creyeron que se había ido con otro grupo, cansado de ir con ellos, y nadie le echo de menos hasta el momento de formar las ternas para entrar en la ciudad, cuando la Brigada se encontraba aún en la plazoleta del Seminario.

-¿Y Garrigós? ¿Dónde está Garrigós? -preguntó el padre Sáez todo inquieto.

Nadie le había visto durante el descenso del castillo.

-En la cisterna… Estaba en la cisterna, Padre –Afirmó Cánovas.

-¿Quiere usted ver si se ha quedado allá? –exclamó el Padre Castaños, contrariado.

El padre Sáez, hombre de acción, solucionó pronto el asunto.

-Márchese su reverencia con la brigada al colegio; yo me vuelvo a subir a buscar a Garrigós -dijo al otro inspector.

-No se marche su reverencia solo; llévese siquiera un chico para que lo acompañe.

-¡No faltaba más! -contestó el vasco con acento busco-. Para traer a Garrigós me basto yo solo.

Cuando el Padre Sáez llegó al castillo, no oyó ni lamentos ni gritos de socorro; nada. Tuvo un repentino sobresalto. ¿Sería posible que le hubiese ocurrido al muchacho algo desagradable?

Con su agilidad de hombre fuerte, hecho a la ruda vida de la montaña vasca, se encaramó en el borde de la mazmorra.

-¡Señor Garrigós! –llamó.

Nada… Un cuervo pasó rozando por encima de su cabeza, asustado del grito que lanzara el religioso con todos sus bríos.

-¡Benito! -repitió con angustia.

Tampoco obtuvo respuesta. Se inclinó sobre el borde, con peligro de perder el equilibrio, y le pareció ver una sombra acurrucada entre dos grandes piedras. Comenzaba a iniciarse el anochecer. El jesuita se descolgó por el muro lleno de agujeros y tocó tierra con la punta de los pies. Un leve ronquido llegó entonces a sus oídos; luego otro más acentuado; después el característico bufido que le valió a Garrigós el remoquete de “Ballena” en la brigada. El Padre Sáez se inclinó a tientas hacia el lugar donde sonaba la respiración entrecortada y palpó en derredor, encontrando la corteza del queso y las mondaduras de la naranja, restos de la merienda de Benito indudablemente porque los demás colegiales no merendaron hasta que comenzaron a descender. Corriendo más la mano hacia la derecha, el Padre Sáez tocó una cabellera hirsuta, y más abajo una nariz como una porra y luego el belfo entreabierto de “Ballena” dando paso a un bufido descomunal. Todo lo descubrió al tacto, porque la escasa luz del crepúsculo no penetraba en aquella cueva.

-¡Eh…! ¡Garrigós! -gritó nuevamente el Padre Sáez poseído de honda alegría pero con el más brusco de sus tonos, sacudiéndole hasta despertarle.

-¡Deo Gratias! -contestó entre dientes Garrigós desperezándose.

-¡Vamos, hombre, no está mal! -Gruñó el Padre Sáez-. ¿Es que se cree usted que está en su camarilla? Levántese pronto y vamos para abajo a escape si no quiere llegar al comedor cuando ya se hayan comido la tortilla.

El beatífico “Ballena” se despabiló totalmente al oír la mágica palabra “tortilla”, que fue de un efecto maravilloso, con lo cual el Padre Sáez demostró no ser tan mal psicólogo como el Padre Castaños creía, puesto que supo hallar derechamente la cuerda sensible del corpulento y obeso zagal.

-¿Pero dónde estoy yo? ¿Qué eses esto? -murmuró “Ballena”, despavorido.

-¿Qué ha de ser, alma de Dios? Que se ha dormido usted como un bienaventurado mientras toda la brigada bajaba al colegio. Salga usted enseguida de aquí.

-Si no puedo, Padre; si ya no salí antes, cuando todos se fueron, porque ese perro de Cánovas no me quiso ayudar por más que le llamé, ¿sabe usted? Y como estoy tan gordo y el muro es alto, pues… ¿cómo quería usted que saliera?

Le sacó el fuerte jesuita vasco y aún le acaricio como a un pródigo hallado de milagro y le condujo al comedor en el preciso momento en que comenzaba la cena. El Padre Prefecto no se atrevió a reñirlo, ¡pobre muchacho!, y, en celebración del feliz hallazgo de “Ballena”, aún les concedió a todos Deo Gratias aquella noche.

FUENTE: 
LOS CABALLEROS DE LOYOLA de Rafael Pérez Pérez



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