Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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lunes, 10 de octubre de 2016

Juegos de niños. Relato en el Castillo de los Moros



En cuanto salieron de Orihuela y empezaron a subir la cuesta zigzagueante que lleva al Seminario Mayor, magníficamente emplazado en una altura, se rompieron las ternas y cada cual campó por sus respetos. Con todo, Serra, Alburquerque y Ferreira continuaron juntos, aumentando su grupo por el infeliz de Benito Garrigós, a quien nadie quería detrás.


-¿Me dejáis que vaya con vosotros? Ese soplón de “doña Peca-cura” no quiere que me ajunte con él. ¿sabéis?-

-No te apures, hombre, ven -le invitó el campechano Víctor Serra.

-Cuando venga a verme mi mamá, que me traerá caramelos, os daré la mitad del cucurucho -prometió agradecido el huérfano.

-Y sin caramelos, hombre; nosotros no lo hacemos por eso -dijo Ferreiro.

Desde el seminario, la vista era esplendorosa. Días antes se había desbordado el Segura, saltando por encima de los puentes e inundando a Orihuela con oleadas de un color lechoso que ponía pasmo en la faz tranquila de la población. Aún ofrecía el centro de la ciudad un aspecto muy parecido al de Venecia, con sus calles convertidas en canales, por los que navegaban pequeños botes, evocadores de las elegantes góndolas. El sol rielaba sobre las plateadas aguas con fúlgidos destellos de cuento de brujas: eran chorros de oro y piedras preciosas lo que surgía al contacto de sus áureos rayos con las aguas de plata, y era una esmeralda gigante la arboleda de la frondosa vega emergiendo sus copas, vestidas ya por la primavera gentil, entre el lodazal agualoso, semejante a un engarce de platino.

Los ojos de artista de Ferreiro, pintor en embrión, bebieron deslumbrados la gama del color, el brillo de la luz y los primores incopiables de la perspectiva; las oscuras pupilas de Víctor, hecho a los paisajes deliciosos y bravos de la Isla de la Calma, reposaron con delectación en el espectáculo, saboreándolo como buen catador de bellezas, y el alma entera de Gonzalo se desbordó entusiasmo ante el aspecto sin igual de esta vega riente que traía para él reminiscencias del panorama de su pueblo.

Los cuatro, desde las murallas del viejo castillo, embaídos y rezagados, contemplaban absortos la película de aquel trozo de mundo, sin cambiar palabra. Habían cogido un sendero que por detrás del seminario conduce hasta el primer reducto amurallado, con almenas y torreones, circundando a la derruida fortaleza, evocadora siempre de la historia de la ciudad, en cuyas heroicas páginas ponía el airón de leyendas y tradiciones, algunas de ellas veneradas amorosamente por los oriolanos. ¡Oh, la fiesta de la Reconquista con su perfume legendario, presidida por el histórico “Oriol” prócer y señorial y envuelta con los fantásticos cendales de la Armengola…! Hasta el corazón de Garrigós, tan poco dado a la sensiblería y a los romances viejos, latía desmesuradamente al mentar los episodios de la vida heroica de su pueblo, imaginándose la escena de aquella mujer subiendo al castillo como el hecho intrépido y audaz de la más célebre epopeya. Era la única ráfaga de idealidad que solía anidar en su pecho en el curso de todo el año.

Más allá de la vega, el mar era azul e infinito, y, como el cielo, sereno y diáfano en la quietud del día mansurrón; entre los bancales de la vega, algunos huertos de palmas parecían islotes que sobresalieron del inmenso mar de esmeralda manchado por las rojizas charcas de la inundación en las proximidades del río, y blancos casalicios y gentiles barracas esparcidas por la huerta ponían la nota alegre de su nitidez sobre la verde severidad del arbolado multiforme. Un auto corría veloz sobre una carretera blanca y llana. El tren que sale de Alicante para Murcia entraba en la estación de Callosa del Segura, imponiéndose a todos los ruidos y cánticos con sus agudas estridencias. Del lado de Murcia, la torre de la catedral descollaba con aire de dominio y de gracia, y sobre el picacho del fenecido castillo de Monteagudo, la estatua del Corazón de Jesús se erguía acogedora bendiciendo amorosamente a todos los pueblos y terrenos que le fueron consagrados al entronizarle.

Al bueno de Benito Garrigós, fuera del Oriol y la Armengola, que le hicieron vibrar un poquito el alma, todo aquello no le decía nada, y así, mientras sus tres compañeros se extasiaban mirando el paisaje, él se deshizo en busca de una especie de cisterna vacía que hay en el centro del castillejo, donde es tradición que encerraban los moros a sus prisioneros cristianos como en una mazmorra. Como quiera que la cisterna estaba descubierta, los chiquillos se entretenían en descolgarse hasta el fondo y volver a subir ayudándose mutuamente, mientras algunos descansaban sentados cerca de los inspectores. No quiso Garrigós ser menos que Cánovas, ni Saura, ni Cervantes, que le estaban amotinado desde las honduras de la cisterna diciéndole que no era hombre si no bajaba, y allá fue de un salto con toda su corpulenta humanidad, cayendo como una bola encima de los pequeños, que comenzaron a chillidos y a denuestos…

- ¡Burro!

-¡Ay mi brazo!

-¡Cuidado que eres, che…!

-¡Animalote! ¡Campero!


El pobre Garrigós estaba anonadado. Siempre le tenían que pasar aquellas cosas a él. Le amenazaban con denunciarle al Padre Castaños, pero no era ésta la mayor pena que él tenía, sino que, con el batacazo y el lío, su merienda había desaparecido, y ése sí que era un dolor sin nombre para el huertano comilón. Púsose a buscarla por entre las piedras, que abundaban en el fondo de la mazmorra, con tal ahínco, que no se dio cuenta de que todos los compañeros habían echado a correr, dejándole solo. Cuando los inspectores dieron la señal de marcha hacia el colegio, ocupados cada cual en despachar la merienda, nadie advirtió que Benito seguía en el fondo de la cisterna.


Los tres amigos, Serra, Ferreiro y Alburquerque, creyeron que se había ido con otro grupo, cansado de ir con ellos, y nadie le echo de menos hasta el momento de formar las ternas para entrar en la ciudad, cuando la Brigada se encontraba aún en la plazoleta del Seminario.

-¿Y Garrigós? ¿Dónde está Garrigós? -preguntó el padre Sáez todo inquieto.

Nadie le había visto durante el descenso del castillo.

-En la cisterna… Estaba en la cisterna, Padre –Afirmó Cánovas.

-¿Quiere usted ver si se ha quedado allá? –exclamó el Padre Castaños, contrariado.

El padre Sáez, hombre de acción, solucionó pronto el asunto.

-Márchese su reverencia con la brigada al colegio; yo me vuelvo a subir a buscar a Garrigós -dijo al otro inspector.

-No se marche su reverencia solo; llévese siquiera un chico para que lo acompañe.

-¡No faltaba más! -contestó el vasco con acento busco-. Para traer a Garrigós me basto yo solo.

Cuando el Padre Sáez llegó al castillo, no oyó ni lamentos ni gritos de socorro; nada. Tuvo un repentino sobresalto. ¿Sería posible que le hubiese ocurrido al muchacho algo desagradable?

Con su agilidad de hombre fuerte, hecho a la ruda vida de la montaña vasca, se encaramó en el borde de la mazmorra.

-¡Señor Garrigós! –llamó.

Nada… Un cuervo pasó rozando por encima de su cabeza, asustado del grito que lanzara el religioso con todos sus bríos.

-¡Benito! -repitió con angustia.

Tampoco obtuvo respuesta. Se inclinó sobre el borde, con peligro de perder el equilibrio, y le pareció ver una sombra acurrucada entre dos grandes piedras. Comenzaba a iniciarse el anochecer. El jesuita se descolgó por el muro lleno de agujeros y tocó tierra con la punta de los pies. Un leve ronquido llegó entonces a sus oídos; luego otro más acentuado; después el característico bufido que le valió a Garrigós el remoquete de “Ballena” en la brigada. El Padre Sáez se inclinó a tientas hacia el lugar donde sonaba la respiración entrecortada y palpó en derredor, encontrando la corteza del queso y las mondaduras de la naranja, restos de la merienda de Benito indudablemente porque los demás colegiales no merendaron hasta que comenzaron a descender. Corriendo más la mano hacia la derecha, el Padre Sáez tocó una cabellera hirsuta, y más abajo una nariz como una porra y luego el belfo entreabierto de “Ballena” dando paso a un bufido descomunal. Todo lo descubrió al tacto, porque la escasa luz del crepúsculo no penetraba en aquella cueva.

-¡Eh…! ¡Garrigós! -gritó nuevamente el Padre Sáez poseído de honda alegría pero con el más brusco de sus tonos, sacudiéndole hasta despertarle.

-¡Deo Gratias! -contestó entre dientes Garrigós desperezándose.

-¡Vamos, hombre, no está mal! -Gruñó el Padre Sáez-. ¿Es que se cree usted que está en su camarilla? Levántese pronto y vamos para abajo a escape si no quiere llegar al comedor cuando ya se hayan comido la tortilla.

El beatífico “Ballena” se despabiló totalmente al oír la mágica palabra “tortilla”, que fue de un efecto maravilloso, con lo cual el Padre Sáez demostró no ser tan mal psicólogo como el Padre Castaños creía, puesto que supo hallar derechamente la cuerda sensible del corpulento y obeso zagal.

-¿Pero dónde estoy yo? ¿Qué eses esto? -murmuró “Ballena”, despavorido.

-¿Qué ha de ser, alma de Dios? Que se ha dormido usted como un bienaventurado mientras toda la brigada bajaba al colegio. Salga usted enseguida de aquí.

-Si no puedo, Padre; si ya no salí antes, cuando todos se fueron, porque ese perro de Cánovas no me quiso ayudar por más que le llamé, ¿sabe usted? Y como estoy tan gordo y el muro es alto, pues… ¿cómo quería usted que saliera?

Le sacó el fuerte jesuita vasco y aún le acaricio como a un pródigo hallado de milagro y le condujo al comedor en el preciso momento en que comenzaba la cena. El Padre Prefecto no se atrevió a reñirlo, ¡pobre muchacho!, y, en celebración del feliz hallazgo de “Ballena”, aún les concedió a todos Deo Gratias aquella noche.

FUENTE: 
LOS CABALLEROS DE LOYOLA de Rafael Pérez Pérez



jueves, 21 de julio de 2016

La Leyenda del Pilar de la Horadada: El Zurrón y la Niña


La Cayetanica, como le decían en el pueblo, era la más pequeña de tres hermanas y la pobre era cojica.

Un día, su madre, las mandó a recoger leña.

Y estas que eran muy obedientes le hicieron caso y fueron a desempeñar la tarea. Al terminar se quedaron jugando sin percatarse de que el tiempo pasaba con rapidez y que se estaba haciendo de noche.

Cuando la oscuridad sorprendió a las muchachas se dieron cuenta de su error y salieron corriendo para casa, dejando rezagada a su hermana cojica.

Cayetanica se perdió en el bosque y como no quería que le pasara nada malo se sentó junto a un árbol para dejar pasar el tiempo y que así vinieran a por ella.

Pero el sueño la sorprendió y se quedó durmiendo.

Quiso la fatalidad que por allí pasara un hombre con un zurrón que al verla desprevenida la cogió y la metió dentro.

Y así, con ella metida dentro del zurrón, iba de pueblo en pueblo obligándola a cantar esta canción:

Que malas son mis hermanas
Que en el campo me han dejado
Y ha venido este hombre viejo
Y en el zurrón me ha zampado

Y el hombre le hacía coro con su voz malicienta:

Canta zurronico, canta
Que si no te doy con la tranca.

Y la niña obligada y asustada cantaba y cantaba por donde pasaban.

Con el tiempo, quiso la casualidad que el hombre pisara de nuevo el pueblo de la niña.
Y el destino que juega esas malas pasadas hizo que se tropezase con la madre de Cayetanica que estaba en la puerta amasando alimento para sus otras dos hijas.

El hombre le dijo a la mujer si le podía guardar el zurrón mientras él se distraía en una tarea delicada.

Y la madre le respondió que sí, que ella sola se encargaba.

Así que el hombre se marchó y dejó allí a la madre que a sus hijas les preguntaba:

¿A ver niñas, qué queréis que os haga?
Yo quiero un rollico -decía la mayor
Yo también quiero rollico- contestaba la mediana
Pues yo quiero un tortón- contestaba alguien desde el zurrón.

La madre se quedó turbada y repitió la pregunta.

Parece que el zurrón es mágico y con voz de niña habla.
Vamos a repetir la pregunta.
¿Qué queréis que os haga?
Yo quiero un rollico.
Yo también quiero un rollico.
Yo mamá quiero un tortón.

Y la madre con los ojos bañados en lágrimas abrió el zurrón y liberó a su hija.
La escondieron bajo la cama y metieron en el zurrón a un gato salvaje y un montón de piedras.

Al poco el hombre reapareció y se encargó del zurrón hiendo de pueblo en pueblo con el fin de recibir alguna limosna
Cuando tocó, el hombre al zurrón le habló.

Canta zurronico, canta
Que si no te doy con la tranca.

Pero el zurrón no respondía.

Canta zurronico, canta
Que si no te doy con la tranca.

Y el zurrón seguía sin responder.

Cuando salgamos del pueblo
Verás el palo que te llevarás.

Y a la salida del pueblo, el hombre abrió el zurrón con la intención de dar un escarmiento a la niña pero se encontró con una sorpresa que no se esperaba.

Un gato salvaje le saltó hacia la cara y se la arañó desfigurándosela.
Pero fue mayor el susto que se pegó que casi lo deja en el sitio.

Y así es como termina
El Cuento del Zurrón.
Con un buen susto,
Y aprendida la lección.


miércoles, 13 de julio de 2016

Una lección bien aprendida en el Casino de Orihuela


Érase un personaje cabezón de nombre Enrique que se aferraba con uñas y dientes a las tradiciones y costumbres. Cabezón como él solo al que no había forma humana de convencimiento.

Tan costumbrero era que en su casa seguían utilizando velas y candiles para alumbrarse.

Enemigo declarado al milagro de la electricidad y a todas las formas de iluminación producidas por la combustión de materias primas diferentes a todo lo que el conocía.

Los vecinos llevaban tiempo manejando lámparas de gas pero él parecía que las ignoraba.  Algunos incluso se habían atrevido a probar de buen grado aquello que llamaban electricidad y que acababa de llegar a Orihuela.

Pero él tenía siempre entre dientes esta frase:

-¡Déjenme que la luz me da dolores de cabeza!

Y eso es lo que repetía cada vez que alguien le echaba en cara el que en su casa aún hiciera ostentación de sistemas de alumbrado pertenecientes a siglos pasados.

Pero como el destino es muy caprichoso, jugó sus cartas.

Como cada vez que podía, dicho hombre se dirigía al Casino de Orihuela y allí se sentaba con los amigotes para charlar y pasar un buen rato.

Un día, en el verano de 1904, estaba situado junto al velador central del Casino cuando de repente, uno de los focos eléctricos que estaban sobre él se desprendió y fue a pararle con tan mala fortuna a la cabeza produciéndole dos heridas de consideración.

Mientras los que estaban alrededor asistían con temor a tan grotesca escena de ver a Enrique tirado en el suelo y sangrando por dos orificios este se debatía contra el dolor y repetía una y otra vez:

- ¡Veis como la luz me da dolores de cabeza!



Fuente: DIARIO ORCELITANO 6 de JULIO de 1904


* Este relato está basado en un hecho real ocurrido en el Casino en 1904. Me he tomado la libertad de concederme una pequeña licencia literaria y lo he adornado un poco. Tanto el personaje como el accidente son reales.