Álbum musical destacado por la página web oficial de la Universidad Nacional de Educación Pública Estatal Española (UNED). Apartado dedicado a MIGUEL HERNÁNDEZ, "Poemas musicalizados y discografía". Incluído también en la obra literaria del escritor y colaborador de Radio Nacional de España Fernando González Lucini, "MIGUEL HERNÁNDEZ ...Y su palabra se hizo música".

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miércoles, 1 de febrero de 2017

Concurso de Relatos: 7. "De la nada hacia algún lugar" de Víctor Navarro



No sé que hago aquí.

Me duele la cabeza y siento como si alguien me hubiese golpeado por atrás.
Tan metido estoy en mi papel de víctima que no me acabo de dar cuenta de lo oscuro que está.

Mis oídos escuchan un sonido relajante, es como si me encontrase cerca del mar. Y las olas al moverse produjeran ese sonido tan característico que hace que me sienta mucho mejor.

Tengo el cuerpo empapado y me siento helado de frío.
Aunque la temperatura es buena, mi cuerpo húmedo siente escalofríos.

Muevo las manos sobre la superficie en donde estoy descansando y agarro con ellas un buen puñado de arena.

Parece que estoy en una playa.

No recuerdo una playa tan oscura en ninguna de mis otras aventuras.

Me abrazo para mitigar un poco esta sensación de frio.

Un débil resplandor me hace mover la cabeza hacia el sur y allí atisbo el reflejo de la luna sobre el inconfundible océano.

Algunos árboles, eso me parece, sumergen sus raíces en las aguas de este siniestro mar azul.

Me duele la cabeza pero cada vez menos.

Mis ojos se van acostumbrando a la escasa luz y empiezo a hacerme una idea de donde estoy.

Es como la típica isla desierta de la serie “Perdidos”.

Me levanto con decisión y empiezo a caminar en busca de algo que me ayude a orientarme.

Camino y camino pero no encuentro señales de vida. No hay nada que me resulte familiar.

Mis pies descalzos no han sentido nada mientras caminaba por la arena de la playa. Pero ahora que he salido de ella me estoy clavando ciertos guijarros.

Las piedras están por todas partes. Debo llevar cuidado para no herirme.

Me agacho para coger una de ellas y la miro con detenimiento.

La suelto con rapidez.

No son piedras, o por lo menos lo que acabo de tirar al suelo no es una piedra. Es un trozo de hueso.

Me agacho otra vez para agarrar con toda la mano un puñado de esas cosas y descubro para mi horror que verdaderamente he acertado, que todo parecen ser restos de huesos.

No tengo el conocimiento suficiente para saber si son restos de esqueleto humano o de animal, pero algo en mi interior me pone en alerta y tengo la corazonada de que efectivamente se trata de huesos humanos y que tengo que darme prisa en salir de aquí.

Aumento el ritmo y camino más deprisa. Sin rumbo, sin saber a donde dirigirme.

El miedo ha hecho que ya no sienta el frío.

Muevo la cabeza de un lado para otro para ver si puedo encontrar algo que me ayude en esta desesperada misión que me he auto impuesto y que mi instinto me dice constantemente que es un asunto de vida o muerte.

Me vais a llamar paranoico pero después de lo que viví ayer con el tiburón me siento en peligro constante.

Ayer os conté que Dios estaba de mi lado y que me había dado una oportunidad de sobrevivir frente al monstruo marino.

He de reconocer que también tuve suerte y pude acabar con él.

Pero lo que ocurrió después...

¡Espera! Eso es, ¿Qué ocurrió después?

Recuerdo vagamente que alguien me sujetó y me subió a bordo de una embarcación de aspecto extraño.

Y mis ojos fueron testigos de los seres más abominables y horrorosos que nadie haya podido contemplar jamás.

Y eso es todo.

Luego me he despertado en este lugar con un buen chichón y un molesto dolor de cabeza.

Sigo caminado y de repente oigo crujir algo detrás de mi.

Miro hacia la negrura de lo que hay tras mi espalda y no consigo ver nada.

Empiezo a correr para salvar mi vida. Aunque no tengo la certeza de que realmente esté en peligro, de que no estoy viviendo una pesadilla y me encuentro en realidad durmiendo cómodamente en mi casa dentro de la protección de mi hogar, dulce hogar.

Me imagino que es por la ansiedad y por la desesperación pero estoy empezando a escuchar a lo lejos como si sonaran lo que parecen unos tambores.

Por el rabillo del ojo me ha parecido ver que algo se movía arrastrándose por el suelo.

¿Dónde diablos estoy? ¿Qué lugar maléfico es este?

¡No puede ser! ¡Quiero despertarme ya!

Unas rocas allá a lo lejos, tengo que dirigirme hacia ellas. Buscar cobijo bajo sus sombras, encontrar un lugar seguro en forma de cueva o algo así.

Casi me doy de bruces contra una de las piedras pero me agarro a tiempo y no me golpeo.

Los tambores siguen sonando y esta vez mucho más cerca.

Sigo a la deriva y en busca de una salida a este laberinto de incongruencias y misterios sin sentido.

Y como en la vez anterior, me siento como un hombre con suerte pues sin apenas buscarla hallo un orificio de gran tamaño en la roca.

Sí, es una cueva, un refugio en donde podré resguardarme del peligro que me acecha.

Me introduzco en la penumbra del gran orificio y me dejo guiar por el instinto hacia lo más profundo de sus entrañas.

Como no soy capaz de ver nada, me voy guiando con el apoyo de mis manos que van rozando la pared constantemente para orientarme. No quiero más sustos.

Ya no oigo los tambores. Este lugar me acoge de manera amigable y me da un atisbo de esperanza.

Pero algo me dice que no debo confiarme, que tengo que seguir penetrando el lugar para poder sentirme por fin a salvo de todo mal.

Sigo caminado, bordeando paredes naturales de piedra, sintiendo el frio contacto con la roca.

Y llego por fin hasta un lugar en donde parece abrirse una abertura hacia la luz.

No puedo creerlo. Resulta que es cierto lo que se dice, que hay una luz al final del túnel.

Me acerco con muchas dudas pero sintiendo que atravesando hacia esa zona por fin podré sentirme en paz y a salvo.

La luz de lo que me parece el sol, mi querido y maravilloso sol me deja cegado por unos instantes.

Mientras repaso mentalmente todo lo que he vivido durante estas últimas horas me voy acostumbrando a la luz cegadora.

Lo que veo me deja tan aterrado como anonadado.

Esta zona la conozco bien.

¿Qué sentido tiene?

Vengo de un lugar en donde se escucha el agua del mar, donde he podido ver los rayos de la luna reflejándose sobre el piélago.

Y ahora de repente me encuentro aquí, en el Horno de Bustamante de Orihuela.

¡Qué alguien me lo explique!

Miro hacia atrás para buscar el lugar de donde vengo pero no hay nada. Tan sólo lo que suelo encontrarme cuando me aventuro a pasar por estos lares.

Es muy extraño y me siento muy confuso.

Pero lo que más miedo me da, lo que no consigo quitarme de la cabeza es que si yo he llegado de manera tan fácil aquí a San Antón, esas cosas que yo vi tan horripilantes, tan extrañas y de aspecto tan aterrador están también muy cerca de aquí.

Y siento que en cualquier momento van salir en nuestra busca por toda Orihuela.


Víctor Navarro

lunes, 10 de octubre de 2016

Juegos de niños. Relato en el Castillo de los Moros



En cuanto salieron de Orihuela y empezaron a subir la cuesta zigzagueante que lleva al Seminario Mayor, magníficamente emplazado en una altura, se rompieron las ternas y cada cual campó por sus respetos. Con todo, Serra, Alburquerque y Ferreira continuaron juntos, aumentando su grupo por el infeliz de Benito Garrigós, a quien nadie quería detrás.


-¿Me dejáis que vaya con vosotros? Ese soplón de “doña Peca-cura” no quiere que me ajunte con él. ¿sabéis?-

-No te apures, hombre, ven -le invitó el campechano Víctor Serra.

-Cuando venga a verme mi mamá, que me traerá caramelos, os daré la mitad del cucurucho -prometió agradecido el huérfano.

-Y sin caramelos, hombre; nosotros no lo hacemos por eso -dijo Ferreiro.

Desde el seminario, la vista era esplendorosa. Días antes se había desbordado el Segura, saltando por encima de los puentes e inundando a Orihuela con oleadas de un color lechoso que ponía pasmo en la faz tranquila de la población. Aún ofrecía el centro de la ciudad un aspecto muy parecido al de Venecia, con sus calles convertidas en canales, por los que navegaban pequeños botes, evocadores de las elegantes góndolas. El sol rielaba sobre las plateadas aguas con fúlgidos destellos de cuento de brujas: eran chorros de oro y piedras preciosas lo que surgía al contacto de sus áureos rayos con las aguas de plata, y era una esmeralda gigante la arboleda de la frondosa vega emergiendo sus copas, vestidas ya por la primavera gentil, entre el lodazal agualoso, semejante a un engarce de platino.

Los ojos de artista de Ferreiro, pintor en embrión, bebieron deslumbrados la gama del color, el brillo de la luz y los primores incopiables de la perspectiva; las oscuras pupilas de Víctor, hecho a los paisajes deliciosos y bravos de la Isla de la Calma, reposaron con delectación en el espectáculo, saboreándolo como buen catador de bellezas, y el alma entera de Gonzalo se desbordó entusiasmo ante el aspecto sin igual de esta vega riente que traía para él reminiscencias del panorama de su pueblo.

Los cuatro, desde las murallas del viejo castillo, embaídos y rezagados, contemplaban absortos la película de aquel trozo de mundo, sin cambiar palabra. Habían cogido un sendero que por detrás del seminario conduce hasta el primer reducto amurallado, con almenas y torreones, circundando a la derruida fortaleza, evocadora siempre de la historia de la ciudad, en cuyas heroicas páginas ponía el airón de leyendas y tradiciones, algunas de ellas veneradas amorosamente por los oriolanos. ¡Oh, la fiesta de la Reconquista con su perfume legendario, presidida por el histórico “Oriol” prócer y señorial y envuelta con los fantásticos cendales de la Armengola…! Hasta el corazón de Garrigós, tan poco dado a la sensiblería y a los romances viejos, latía desmesuradamente al mentar los episodios de la vida heroica de su pueblo, imaginándose la escena de aquella mujer subiendo al castillo como el hecho intrépido y audaz de la más célebre epopeya. Era la única ráfaga de idealidad que solía anidar en su pecho en el curso de todo el año.

Más allá de la vega, el mar era azul e infinito, y, como el cielo, sereno y diáfano en la quietud del día mansurrón; entre los bancales de la vega, algunos huertos de palmas parecían islotes que sobresalieron del inmenso mar de esmeralda manchado por las rojizas charcas de la inundación en las proximidades del río, y blancos casalicios y gentiles barracas esparcidas por la huerta ponían la nota alegre de su nitidez sobre la verde severidad del arbolado multiforme. Un auto corría veloz sobre una carretera blanca y llana. El tren que sale de Alicante para Murcia entraba en la estación de Callosa del Segura, imponiéndose a todos los ruidos y cánticos con sus agudas estridencias. Del lado de Murcia, la torre de la catedral descollaba con aire de dominio y de gracia, y sobre el picacho del fenecido castillo de Monteagudo, la estatua del Corazón de Jesús se erguía acogedora bendiciendo amorosamente a todos los pueblos y terrenos que le fueron consagrados al entronizarle.

Al bueno de Benito Garrigós, fuera del Oriol y la Armengola, que le hicieron vibrar un poquito el alma, todo aquello no le decía nada, y así, mientras sus tres compañeros se extasiaban mirando el paisaje, él se deshizo en busca de una especie de cisterna vacía que hay en el centro del castillejo, donde es tradición que encerraban los moros a sus prisioneros cristianos como en una mazmorra. Como quiera que la cisterna estaba descubierta, los chiquillos se entretenían en descolgarse hasta el fondo y volver a subir ayudándose mutuamente, mientras algunos descansaban sentados cerca de los inspectores. No quiso Garrigós ser menos que Cánovas, ni Saura, ni Cervantes, que le estaban amotinado desde las honduras de la cisterna diciéndole que no era hombre si no bajaba, y allá fue de un salto con toda su corpulenta humanidad, cayendo como una bola encima de los pequeños, que comenzaron a chillidos y a denuestos…

- ¡Burro!

-¡Ay mi brazo!

-¡Cuidado que eres, che…!

-¡Animalote! ¡Campero!


El pobre Garrigós estaba anonadado. Siempre le tenían que pasar aquellas cosas a él. Le amenazaban con denunciarle al Padre Castaños, pero no era ésta la mayor pena que él tenía, sino que, con el batacazo y el lío, su merienda había desaparecido, y ése sí que era un dolor sin nombre para el huertano comilón. Púsose a buscarla por entre las piedras, que abundaban en el fondo de la mazmorra, con tal ahínco, que no se dio cuenta de que todos los compañeros habían echado a correr, dejándole solo. Cuando los inspectores dieron la señal de marcha hacia el colegio, ocupados cada cual en despachar la merienda, nadie advirtió que Benito seguía en el fondo de la cisterna.


Los tres amigos, Serra, Ferreiro y Alburquerque, creyeron que se había ido con otro grupo, cansado de ir con ellos, y nadie le echo de menos hasta el momento de formar las ternas para entrar en la ciudad, cuando la Brigada se encontraba aún en la plazoleta del Seminario.

-¿Y Garrigós? ¿Dónde está Garrigós? -preguntó el padre Sáez todo inquieto.

Nadie le había visto durante el descenso del castillo.

-En la cisterna… Estaba en la cisterna, Padre –Afirmó Cánovas.

-¿Quiere usted ver si se ha quedado allá? –exclamó el Padre Castaños, contrariado.

El padre Sáez, hombre de acción, solucionó pronto el asunto.

-Márchese su reverencia con la brigada al colegio; yo me vuelvo a subir a buscar a Garrigós -dijo al otro inspector.

-No se marche su reverencia solo; llévese siquiera un chico para que lo acompañe.

-¡No faltaba más! -contestó el vasco con acento busco-. Para traer a Garrigós me basto yo solo.

Cuando el Padre Sáez llegó al castillo, no oyó ni lamentos ni gritos de socorro; nada. Tuvo un repentino sobresalto. ¿Sería posible que le hubiese ocurrido al muchacho algo desagradable?

Con su agilidad de hombre fuerte, hecho a la ruda vida de la montaña vasca, se encaramó en el borde de la mazmorra.

-¡Señor Garrigós! –llamó.

Nada… Un cuervo pasó rozando por encima de su cabeza, asustado del grito que lanzara el religioso con todos sus bríos.

-¡Benito! -repitió con angustia.

Tampoco obtuvo respuesta. Se inclinó sobre el borde, con peligro de perder el equilibrio, y le pareció ver una sombra acurrucada entre dos grandes piedras. Comenzaba a iniciarse el anochecer. El jesuita se descolgó por el muro lleno de agujeros y tocó tierra con la punta de los pies. Un leve ronquido llegó entonces a sus oídos; luego otro más acentuado; después el característico bufido que le valió a Garrigós el remoquete de “Ballena” en la brigada. El Padre Sáez se inclinó a tientas hacia el lugar donde sonaba la respiración entrecortada y palpó en derredor, encontrando la corteza del queso y las mondaduras de la naranja, restos de la merienda de Benito indudablemente porque los demás colegiales no merendaron hasta que comenzaron a descender. Corriendo más la mano hacia la derecha, el Padre Sáez tocó una cabellera hirsuta, y más abajo una nariz como una porra y luego el belfo entreabierto de “Ballena” dando paso a un bufido descomunal. Todo lo descubrió al tacto, porque la escasa luz del crepúsculo no penetraba en aquella cueva.

-¡Eh…! ¡Garrigós! -gritó nuevamente el Padre Sáez poseído de honda alegría pero con el más brusco de sus tonos, sacudiéndole hasta despertarle.

-¡Deo Gratias! -contestó entre dientes Garrigós desperezándose.

-¡Vamos, hombre, no está mal! -Gruñó el Padre Sáez-. ¿Es que se cree usted que está en su camarilla? Levántese pronto y vamos para abajo a escape si no quiere llegar al comedor cuando ya se hayan comido la tortilla.

El beatífico “Ballena” se despabiló totalmente al oír la mágica palabra “tortilla”, que fue de un efecto maravilloso, con lo cual el Padre Sáez demostró no ser tan mal psicólogo como el Padre Castaños creía, puesto que supo hallar derechamente la cuerda sensible del corpulento y obeso zagal.

-¿Pero dónde estoy yo? ¿Qué eses esto? -murmuró “Ballena”, despavorido.

-¿Qué ha de ser, alma de Dios? Que se ha dormido usted como un bienaventurado mientras toda la brigada bajaba al colegio. Salga usted enseguida de aquí.

-Si no puedo, Padre; si ya no salí antes, cuando todos se fueron, porque ese perro de Cánovas no me quiso ayudar por más que le llamé, ¿sabe usted? Y como estoy tan gordo y el muro es alto, pues… ¿cómo quería usted que saliera?

Le sacó el fuerte jesuita vasco y aún le acaricio como a un pródigo hallado de milagro y le condujo al comedor en el preciso momento en que comenzaba la cena. El Padre Prefecto no se atrevió a reñirlo, ¡pobre muchacho!, y, en celebración del feliz hallazgo de “Ballena”, aún les concedió a todos Deo Gratias aquella noche.

FUENTE: 
LOS CABALLEROS DE LOYOLA de Rafael Pérez Pérez



miércoles, 13 de julio de 2016

Una lección bien aprendida en el Casino de Orihuela


Érase un personaje cabezón de nombre Enrique que se aferraba con uñas y dientes a las tradiciones y costumbres. Cabezón como él solo al que no había forma humana de convencimiento.

Tan costumbrero era que en su casa seguían utilizando velas y candiles para alumbrarse.

Enemigo declarado al milagro de la electricidad y a todas las formas de iluminación producidas por la combustión de materias primas diferentes a todo lo que el conocía.

Los vecinos llevaban tiempo manejando lámparas de gas pero él parecía que las ignoraba.  Algunos incluso se habían atrevido a probar de buen grado aquello que llamaban electricidad y que acababa de llegar a Orihuela.

Pero él tenía siempre entre dientes esta frase:

-¡Déjenme que la luz me da dolores de cabeza!

Y eso es lo que repetía cada vez que alguien le echaba en cara el que en su casa aún hiciera ostentación de sistemas de alumbrado pertenecientes a siglos pasados.

Pero como el destino es muy caprichoso, jugó sus cartas.

Como cada vez que podía, dicho hombre se dirigía al Casino de Orihuela y allí se sentaba con los amigotes para charlar y pasar un buen rato.

Un día, en el verano de 1904, estaba situado junto al velador central del Casino cuando de repente, uno de los focos eléctricos que estaban sobre él se desprendió y fue a pararle con tan mala fortuna a la cabeza produciéndole dos heridas de consideración.

Mientras los que estaban alrededor asistían con temor a tan grotesca escena de ver a Enrique tirado en el suelo y sangrando por dos orificios este se debatía contra el dolor y repetía una y otra vez:

- ¡Veis como la luz me da dolores de cabeza!



Fuente: DIARIO ORCELITANO 6 de JULIO de 1904


* Este relato está basado en un hecho real ocurrido en el Casino en 1904. Me he tomado la libertad de concederme una pequeña licencia literaria y lo he adornado un poco. Tanto el personaje como el accidente son reales.