martes, 27 de septiembre de 2016

Riada


Leer el testimonio de aquellos que vivieron el pánico y el miedo producido ante la inminente avenida de un desbordamiento fatal del cauce del Río Segura me ha hecho recordar los años de mi niñez en los que hubo ocasiones en las que yo mismo, en mis propias carnes, sentí la emoción y la sensación de inseguridad que nos daba esa incertidumbre.

Recuerdo que sentía curiosidad por ver lo que ocurría, por ver como las aguas lo inundaban todo, las calles que yo solía utilizar para ir a cualquier sitio, inundadas de forma que era imposible pasar a través de ellas sin mojarte los pies.

También llega a mi presencia la gran cantidad de gente que se apostaba en los puentes, sobre todo el de Levante, mirando el indicador de altura de las aguas, con cara de susto y sorprendidos ante esta lamentable situación que parecía pertenecer al pasado y que ya había sido desterrada y olvidada de nuestras memorias.

Así que, animado de esta lectura que me ha parecido tan interesante, se la incluyo aquí para que también ustedes puedan saborearla.


Varios días hacía que no lucía el sol.

Las lluvias caigan sobre la ciudad y su huerta con gran frecuencia llegando últimamente a convertirse en persistente temporal.

Los viejos decían no habían visto desde hacía mucho tiempo un año de lluvias tan continuas y abundantes.

El clarín del pregonero dejó oír su sonido agudo y metálico, y de todas las casas cercanas a donde el pregonero esperaba muy serio con una hoja de papel en la mano, salieron corriendo mujeres, hombres y chiquillos para enterarse de las graves noticias que el pregón traía.

En efecto, las noticias eran importantes; las persistentes lluvias en toda la cuenca del río Segura, habían hecho afluir a él torrentes de agua de todas las ramblas, barrancos y riachuelos, elevando de tal modo el nivel natural de sus aguas que amenazaba en breve plazo con desbordarse.

Todos los agrupados alrededor del pregonero oyeron atentos lo que este decía, quedando de momento silenciosos, para después, prorrumpir en alborotados comentarios sobre los peligros de la riada que se anunciaba, de los grandes perjuicios que traería a la huerta y de mil cosas más dichas y discutidas en un instante nerviosamente, bajo la fuerte impresión producida por las noticias del pregón.

Corría, volaba la noticia de boca en boca produciendo el consiguiente pasmo, mientras la gente se dirigía apresuradamente hacia los puentes para ver lo que el río crecía.

Las aguas, de ordinario mansas y tranquilas del Segura, estaban agitadas por una vertiginosa corriente.

Su nivel se elevaba por minutos, y las bandomeras, envueltas en el agua brava y amenazadora que desde Murcia y parte alta del río venía, anunciaban tristes presagios para la noche que se avecinaba.

El cielo estaba gris.

Entre los muchos hombres que desde el puente de Levante observaban la crecida del río, estaba Antonio, solo, separado de los demás y apoyado en la baranda del puente mirando fijamente el correr de aquellas aguas turbias y amenazadoras como las ideas maliciosas de tantos hombres.

Oía indiferente los comentarios y augurios pesimistas de cuantos cerca de él hablaban.

Estaba abstraído, separado mentalmente de todo lo que le rodeaba, y, miraba, miraba sin pestañear al río bonificador, pero también algunas veces amenazante y destructor, como obedeciendo órdenes supremas cumplidoras de un divino castigo.

De nuevo sonó el clarín en el cruce de dos calles.

El pregonero, con voz ronca, leyó el pregón que de orden del Alcalde aconsejaba se previnieran todos, especialmente los huertanos, ante las amenazas que del anuncio de nuevas crecidas podían tener.

Lamentaciones, sollozos de las mujeres, discusiones sobre si resistiría o no el río la gran crecida.

Ya los molinos situados al margen del río estaban completamente inundados, habiendo subido sus dueños la molienda a la parte más alta del molino, cuando una noticia cundió rápidamente por toda la ciudad como reguero de pólvora: el río se había desbordado por el caserío de Molins y por la carretera de Beniel.

Las paredes del río Segura no pudieron resistir la corriente impetuosa de la fuerte avenida, y se abrieron portillos en distintos sitios de su cauce que serpentea caprichosamente por la hermosa huerta orcelitana, inundándola y sembrando el pánico y el dolor en las pobres gentes que con tanto tesón y cariño la cultivan.

Se presentaba la noche triste y de continua zozobra para los oriolanos.

Las autoridades, los señores de fortuna y todos en general, se preparaban a socorrer a los pobres huertanos que, inundados sus bancales plantados de hortalizas, los huertos de naranjos con agua hasta las cruces de sus troncos y las humildes barracas anegadas totalmente, estaban en grave peligro de ahogarse.

A la medianoche, las aguas turbias del Segura inundaron parte de la ciudad.

Los pocos oriolanos que dormían despertaron ante el ruido producido por el ir y venir de la gente por las calles.

La riada estaba en la plenitud de su obra destructora.

Al acercarse a los puentes, se oía el bramido de las aguas encolerizadas.

El amanecer del día siguiente fue de ayes y quejas.

La huerta aparecía inundada casi totalmente.

Incalculables eran las pérdidas.

Mal invierno se presentaba por delante a los huertanos con las cosechas perdidas y las tierras cubiertas de arena.

Había que pedir enseguida al gobierno el envío de dinero para socorrer a estas pobres gentes que lo habían perdido todo quedando en la más completa de las miserias.

Reuniones en el Ayuntamiento, telegramas a Madrid, y el dinero no llegaba, y no llegó.

La inundación fue grande, de las que hacía muchísimos años no se han visto, hasta el extremo de que las tahúllas de García, situadas en un lugar donde en ninguna riada llegó el agua, también se inundaron.

Duró el agua embalsando las tierras bastantes días.

Desde lo alto del Seminario de San Miguel, espacioso edificio situado en mitad de la Sierra del Castillo, se divisa la huerta orcelitana en su totalidad.

¡Hermosa vista de Orihuela y de su huerta la que se ofrece desde las alturas de San Miguel!

Animado estaba aquellos días el empinado camino que en forma de zig zag conduce al Seminario.

Familias enteras subían a contemplar el precioso espectáculo, desconsolador al mismo tiempo,  de la huerta inundada.

Parecía que en la amplia explanada de delante del edificio donde viven los seminaristas estudiando Filosofía, Teología y Sagrada Escritura y la vida de los Santos, se celebraba alguna fiesta.

Concurrida estaba la explanada.

Las jóvenes miraban curiosas al colegio de futuros sacerdotes, mientras los seminaristas se asomaban por las ventanas del Seminario con el bonete puesto, muy contentos de tener aquel día tan buena distracción.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

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