domingo, 31 de julio de 2016

FICCIÓN: Diario de un vivo



DÍA PRIMERO

Había algo en mi frente, como un sexto sentido, que me avisaba cuando corría peligro.

Al acercarme, por ejemplo, un objeto punzante, aquello se ponía al rojo y yo empezaba a sentir una sensación extraña. Era como placer primero y dolor después.

Conforme iba aproximando el objeto, la sensación iba aumentando de intensidad.

Hoy, esta noche, me encuentro solo en una habitación a oscuras. He apagado la luz del Flexo y he abandonado mis tareas de estudiante. El lápiz sobre la mesa, sobre las hojas gastadas por la tinta de los bolígrafos.

Me siento bien.

Tengo los músculos relajados. De vez en cuando mi estado de concentración es interrumpido por el ruido del motor de algún coche que pasa por abajo.

Mis ojos permanecen cerrados, aunque suelo abrirlos alguna que otra vez.

Empiezo a sentir miedo. No es raro. Estoy solo y a oscuras.

Intento evitarlo. No lo consigo.

Siento algo en la frente. Ha empezado suavemente. Tengo mucho miedo. No me atrevo a abrir los ojos. Siento una presencia.

La sensación es ahora más fuerte. Va creciendo lentamente. Sé que no estoy solo, que algo o alguien me acompañan.

Me estoy poniendo nervioso. Apenas escucho el ruido del motor de los coches.

La noche es larga. La oscuridad me penetra. Estoy inquieto.

Recuerdo lo que significa la sensación en la frente. Hay peligro. Tengo que actuar, salir de este estado, encender la luz.

La curiosidad me invade. Deseo saber que ocurre realmente. Si enciendo la luz todo terminará. Presiento algo. Sé que estás ahí. Delante o detrás. No importa, sé que estás conmigo.

Peligro, peligro, peligro.

Te noto tan cerca y todavía no sé qué eres. No me hagas perder la paciencia, muéstrate ante mí. Eres un cobarde.

Hago esfuerzos horribles para que mi mano no alcance el interruptor y encienda la luz. ¡No lo hagas!

Por favor, muéstrate, o de lo contrario me vencerá el miedo y encenderé la luz.

Siento una mano sobre el hombro. Caliente.

Mi cuerpo está temblando. Tengo mucho miedo pero no debo encender la luz.

¿Quién eres?, ¿qué haces? Yo mismo me hago esas preguntas.

Ningún sonido. Sigue la oscuridad. La mano me suelta el hombro.

Voy a encender la luz. La mano me detiene. No me atrevo a gritar, ni a moverme. Tengo un espejo junto a mí, enfrente. No lo miro.

El calor de la mano se fusiona con el que despide mi cuerpo. Escucho el pasar de una motocicleta.

Deben de ser las diez y media. Mis ojos se van acostumbrando a las tinieblas. Una poca luz entra por la ventana. No es suficiente.

La mano me está apretando. Me está haciendo daño. Oigo una voz que me dice:

    - ¡Mira al espejo y todo terminará!

Quiero que te marches, que me dejes solo. ¡Retírate!

Escucho una risa. Me resulta familiar. Yo conozco esa forma de reír.

Miro con el corazón todavía en un puño al espejo. Veo una figura, una sombra que se va aclarando ante mis ojos.

Es él, sí, es él.

Enciendo la luz y le digo:

    - ¡Ya está bien de dar sustos nene, déjame estudiar! 

Mi hermano sonriente abandona la habitación y me deja sólo de nuevo. Apago la luz.

Pero mi frente sigue ardiente cuando he visto un bulto negro moviéndose por la habitación.

Vuelven los mismos síntomas anteriores. Se me está acercando.

Enciendo la luz y le digo:

    - Me lo esperaba, donde está el uno, está la otra. 

Mi hermana se sale de la habitación. Apago la luz.

Todavía insiste la sensación. No me has engañado. Sin embargo, no había peligro.

He vuelto a relajar el cuerpo, a sentir miedo, la sensación extraña que acaricia mi frente.

Esta vez soy yo el que se va de la habitación.

En ella quedan mis hojas y mis bolígrafos. Algún día volveré a entrar.

Por hoy, ya es suficiente.



DÍA SEGUNDO

Ya estoy otra vez en la misma habitación. Con las hojas y los bolígrafos sobre la mesa.

Son las diez y media de un tal día después. Estoy solo. La única compañía que tengo son el sueño y el aburrimiento.

Puedo proseguir con el experimento. No estoy seguro de volver a empezar.

No con mucha decisión me dispongo a relajar el cuerpo. Los ojos cansados, los párpados pesados.

Llega a mis oídos la banda sonora de una película que desde otra habitación están viendo mis padres.

Se cierra la puerta. Continúo relajándome.

El rostro de una hermosa mujer de pelo negro se me aparece mientras mantengo los ojos cerrados. No hay ni rastro de luz por ahora.

Al quitarme las gafas para concentrarme mejor he perdido como una parte de mí y he hecho llegar hasta mi persona la sensación de miedo.

Mi frente no percibe ningún tipo de peligro. El cosquilleo no reaparece. Me siento solo, sin compañía.

Me veo obligado a abrir los ojos. Sin gafas, éstos observan una silueta grande y brillante frente a mí. Es una imagen borrosa. Esta noche no conozco el miedo, ni la curiosidad, ni la desesperación.

Oigo pasos tras mi espalda. Afuera, en el pasillo.

Me he puesto las gafas y he descubierto que la sombra pertenece a una especie de jarrón que ve uno de sus lados reflejando un haz de luz que entra por la ventana.

No estoy asustado, por eso me entristezco.

    - ¡Compañía!, yo te llamo. ¡Acude ante mí!- pienso para mis adentros.

Es inútil, el miedo se ha perdido.

Entonces empiezo a escuchar un sonido metálico que llega desde la otra punta de la habitación. Me imagino un cenicero golpeando sobre otra mesa.

No hay explicación. Me encuentro solo, sin embargo alguien está golpeando con algo.

Huyo de la luz. Llegan a mí el miedo y la curiosidad en cruenta lucha.

¿Quién vencerá?, ¿quién se apoderará de mí?

El ruido ha cesado. Interrumpido por otro mayor que llega desde la calle procedente del motor de un camión que por su magnitud debe ser muy grande.

Pisadas sobre la alfombra. Se me está acercando. Conservo la calma. La frente no me advierte de peligro alguno.

Las sillas tiemblan, los muebles se balancean. Yo no veo nada en la oscuridad pero puedo escucharlo todo.

El paso se ha detenido. Mantengo la cabeza bajada, los ojos cerrados, la mente ocupada por el pensamiento escalofriante de que tengo a un ser monstruoso delante.

Recuerdo el día anterior, cuando un sexto sentido me ponía en alerta.

Elevo la cabeza. Abro los ojos.

    - ¡Nada!, ¡nadie!

Estoy solo, pero ¿de quién eran las pisadas?

Otro en mi lugar pensaría que estoy loco. No es así. El sonido era tan real como la vida misma.

¿Será cierto que existe un más allá?, un mundo alejado del nuestro y poblado de seres y fenómenos extraños. Empiezo a creer que sí.

Tengo la garganta seca, Los ojos llorosos. Los labios cortados. Me mantengo firme y sereno ante esta situación.

Los pasos vuelven a producirse al apagar la luz y cuando han transcurrido unos minutos.

No encuentro la paz deseada, la respuesta a mis anteriores preguntas.

Ahora sí. Siento una voz que me pone al corriente de lo que quiero saber. Estoy estableciendo comunicación con algo que no es de mi mundo.

Me dice:

    - Vengo de allí, de donde los muertos no tienen paz, de donde las sombras, nuestras sombras que son los espíritus, están condenadas a vagar eternamente todo por causas diferentes. Algunos dejamos cosas muy queridas al morir. Aquellos fueron traicionados por la fatalidad de la vida. Otros ni siquiera saben por qué están aquí.

Sigo escuchando aquellas palabras con la boca abierta.

    - No quise asustarte. Creí que si me acercaba a ti perderías la calma. Necesitaba hablar con alguien, contar mis experiencias en este asqueroso mundo que está más allá de todo lo que puedas concebir. Dios no ha querido que seamos felices ni incluso después de la muerte. En este momento, los guardianes de mi mundo me vienen a buscar. No me dejan hablar contigo, así que, ¡adiós!

    - ¡Espera!, ¡no te vayas! –Grito a continuación de oír lo que acaban de contarme. Mi voz se va ahogando.

    - ¡Algún día iré yo a hacerte compañía!

Mi padre entra en la habitación y me pregunta por la causa de mi grito.

Yo, no respondo.



DÍA TERCERO

Día después al anterior. Las diez y media de la noche. La habitación permanece como ayer. Las hojas y los bolígrafos sobre la mesa. El sonido del motor al pasar los coches.
Recuerdo lo que ocurrió la noche pasada.

Contemplo mi mano. Seca. Caracterizada por las venas que abultan.

Los ojos cansados. El sueño se apodera de mí. Me estoy hartando de que siempre ocurra igual.

Una hoja de papel cae al suelo. Es hora de comenzar la relajación.

Me he propuesto escribir una página por las dos caras por cada noche que pase.

El reloj toca la media. No interrumpe mi estado.

Pienso si lo de ayer no fue más que un sueño, una fantasía forjada por mi mente desbocada, repleta de ilusiones y de imágenes sobrenaturales.

    - ¿Y Pepín?- oigo decir a mi hermana que está en otra habitación.

No presto atención. Intento ignorar, pero al cabo de un pequeño ratito ella irrumpe en la habitación.

Después de hacerla salir continúo con mi trabajo. Las gafas están manchadas por una sustancia líquida y viscosa. Las limpio y sigo en lo que estoy.

Un sentimiento de tristeza invade mi corazón. ¿Será cierto lo que me contó ayer?

La espera se hace eterna. Nada ocurre. Nadie aparece.

Presiento que esta noche no habrá contacto. Ni un murmullo lejano. Ni un sonido que pueda indicarme su presencia.

Los minutos se van sucediendo uno tras otro.

Por fin escucho una voz junto al oído que me dice:

    - ¡Hola!, ¡ya estoy aquí! Perdona mi tardanza pero ellos no me dejaban acercarme.

Le pregunto la forma de penetrar en su mundo. Me contesta:

    - ¿La forma?, solo existe una manera de llegar aquí y es muriendo. Así que olvídalo.
Confórmate con oír mis palabras.

Le pregunto si conviven con él personajes famosos. Me dice:

    - Aquí puedes encontrar desde un expresidente asesinado hasta el espíritu burlón de alguno que en otra época fue un pordiosero.

    - Pero aquí no tienen rango, ni clase. No somos más que sombras.

Esta nueva amistad que me susurra al oído, calma con sus palabras mis intranquilos y poco firmes nervios. Es una nueva puesta, un nuevo mundo, un conocimiento diferente. Su voz suena agradable a mis oídos. Me penetra, me endulza.

     - Tengo que irme.- advierte antes de desaparecer.

Antes de que la aguja pequeña del reloj avance por tres veces, acercándose con lentitud hacia el número once, la voz que me susurra aparece de nuevo.
    
     - Tengo poco tiempo. Me han advertido que si me descubren otra vez junto a ti, me harán vagar por otro lugar. Me enviarán a un sitio solitario en donde reina la soledad.

Los ojos me brillan. Los labios me sonríen. El espíritu amigo esta arriesgándose por hablar conmigo, por conseguir compañía.

En este silencio de funeral, él y yo seguimos conversando. Le interrogo sobre el espiritismo, sobre las voces que quedan en el aire, acerca de los contactos por medio del teléfono que a veces se han experimentado.

    - Me hablas de un mundo gemelo al mío en donde los espíritus están libres. No tienen ataduras que los enganchen a nadie. No deben responder de nadie sino de si mismos. Ellos son a los que llamamos “los libres”. Es cierto eso de que contactáis con ellos pero también es verdad que algunos pueden ser peligrosos.

    - ¿Por qué un sexto sentido me advirtió de tu presencia?- me tocó decir a mí.

    - Será porque tú eres un mortal cercano a nuestro espacio. O porque Dios te concedió ese don.

Me avisa y enseguida se marcha. Quedo solo como antes. No volverá por hoy.

Cuando voy a encender la luz para retirarme de la habitación, una voz diferente me dice:

    - Todo lo que mi compañero te habló es cierto pero te ha ocultado algo. Sí hay una forma por la que puedas llegar aquí. Es la siguiente…

Creo interpretar correctamente el secreto que me es conferido. Sin embargo, hoy no encuentro el valor suficiente de ponerlo en práctica. En mi cabeza permanece constante el deseo de llegar a conocer ese submundo desde donde me hablan.

No diré al que lea estas hojas el secreto que me ha sido dado en confesión, revelado. No quiero hacer peligrar la vida o digamos mejor el espíritu del que está atento a mis palabras. 

Por eso callo.

Tengo los ojos más cansados que nunca. Apenas puedo detener el sueño. Sin querer me quedo dormido.

Un sobresalto me despierta. He tenido una pesadilla. Salgo aturdido de la  habitación.

Por hoy, ya es bastante. 



DÍA CUARTO

Había alejado el miedo de mí.

Cuando regresaba a la habitación ya no me inspiraba desconfianza.

Aquel nuevo día permanecía lejos, muy lejos de mi presencia, la sensación angustiosa que me hacía caer en un terror incomparable.

Ello se debía a la amistad que había entablado con un espíritu bondadoso que arriesgaba su pretendida felicidad a cambio de pasar unos buenos ratos en mi compañía.

¿O era él quien me acompañaba a mí?

Sea cual fuere el caso, lo bueno de ello era que yo había perdido el miedo a la oscuridad y a la habitación.

Una habitación que desde muy pequeño sentía profundamente en mi interior que me hacía imaginar terribles calamidades para mi vida.

Recuerdo como un día huí de aquella, “la oscura habitación”.

Sin entender por qué, mis miembros se paralizaron.

Sentí como si una fuerza maligna y poderosa me fuese a atrapar.

Yo era presa del pánico y escuchaba a mi madre en la cocina limpiar los platos.

De mi boca no pudo salir grito alguno.

Todavía vi. como mi cuerpo se arrastraba para llegar donde se encontraba ella.

Yo aterrado y haciendo esfuerzos infrahumanos.

Sentía tras de mí, la figura de un ser monstruoso que quería atraparme.

Por fin conseguía llegar hasta la cocina y una vez allí todo terminaba.

De esto hace casi trece años. Es una historia verídica.

No obstante, aquel lugar ya no me intranquilizaba sino que me llenaba, me hacía disfrutar.

Tenía un nuevo amigo, pero, ¿podría confiar en él?

Quisiera decir que de todo lo que me ocurría cada noche, nadie, tan solo yo, conocía la verdad.

Mi amigos no tenían la menor idea de que tuviera contactos con el más allá.

Y así seguí día tras día recordando lo ocurrido en la última noche y pensando en lo que acontecería en la próxima.

Me encontraba aislado desde del exterior.

Sumido en mis pensamientos desde aquella habitación cuyas ventanas daban a la calle.

De día iluminada, brillante y hermosa.

De noche oscura, profunda y silenciosa.

Mis ojos buscaron alguna figura móvil en que posarse.

Nada. Nada de nada.

Eran las diez y treinta y cinco y yo tenía el presentimiento de que aquella noche nadie iba a venir a visitarme.

Los minutos, las horas.

El tiempo se consumía, el sueño me consumía.

Me sentí triste, abandonado.

Llamé a gritos a mi nuevo compañero, a mi amigo.

Mi madre vino y me preguntó por lo que hacía.

Pero hoy, tampoco contesté.



EL ÜLTIMO DÍA

Yo, el que vago, el que no gobierna a su cuerpo porque carece de él, el que se ha perdido entre las sombras caminantes de los hombres, observo desde la ventana.

Veo allá, enfrente, un cuerpo moribundo de un ser solitario. Me acerco, me introduzco en él.

Ya soy otra vez como vosotros, ya tengo materia. Puedo pensar, sentir, llorar o reír. Puedo caminar, correr, expresar o dormir.

El espíritu que encuentro a mi lado no lucha conmigo. No me hace desalojar el cuerpo.

Triste, desesperado, sin esperanza, mi compañero se resigna a partir hacia otro lugar. Sabe que al cuerpo le quedan unos pocos minutos de aliento vital, de vida.

Lo veo junto a mí, callado, silencioso. Evita incluso mirarme.

El hombre se lleva la mano al corazón, es un ataque. El último ataque.

Siento su horror entre mis partículas, entre los haces de mi sustancia espiritual. Siento el sufrimiento del ser que se encoge, se estrecha, se estremece.

El dolor del hombre que se derrumba y cae al suelo sin vida, muerto.

He conocido a la muerte. He tocado su manto negro. He aspirado su aroma, su fragancia.

Busco otro cuerpo. Hallo una frágil forma humana. Pequeña, muy pequeña.

Estoy en un Hospital, en una maternidad. Penetro el cuerpo. Una mano experta me golpea. Se separan los labios y mi nueva materia abre en llanto su primer segundo de vida en el mundo.

He sentido a la vida. He tocado su manto blanco. He aspirado su aroma, su fragancia.

El espíritu que ocupa este cuerpo me echa, me rechaza, me hace salir.

En el mismo día he conocido a la vida y a la muerte. Busco ahora un lugar donde reposar, descansar, esconderme del deseo de penetrar en otro cuerpo.

He llegado hasta una especie de laboratorio. Fabrican un cerebro artificial que después conectarán a un cuerpo metálico.

Espero. Día tras día observo su trabajo. Faltan unos pocos detalles para que el proyecto llegue a su fin.

Es el momento. Todo preparado. Encienden la gigantesca máquina.

El engendro abre los ojos, camina, escucha, pregunta y responde. Se trata de un ser vivo sin espíritu. Encuentro en él mi hogar. Me introduzco entre sus circuitos.

Dispongo en estos momentos de cuerpo pero no de libertad. Los científicos me retienen, me desconectan a determinadas horas, recargan mi energía.

Me siento otra vez infeliz, deseoso de encontrar un cuerpo para mis haces de sustancia espiritual. Abandono el laboratorio para vagar por el infinito.

Busco cobijo en una piedra. No me conforta.

Regresa a mí la imagen de mi verdadero cuerpo ardiendo, quemado. Me creyeron muerto y me redujeron a cenizas. Ahora tengo que viajar de un lado para otro buscando algún sitio donde poder terminar con este destierro involuntario que me acosa, que se me rebela.

Quise vivir como un espíritu pero no condenarme para siempre a la búsqueda sin fin de un lugar donde ser feliz.

Estoy arrepentido y pienso en Adán y Eva que comieron del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal para llegar al conocimiento y por ello fueron echados del Edén.

A mí me ocurre algo parecido. Quise saciar mi curiosidad y he provocado sin querer la infelicidad eterna.

Como última esperanza lanzo una mirada hacia el cielo. Veo a nuestro querido Padre que con su mano bondadosa me alcanza, me reconforta.

Y siento como los días caminan para atrás y un sueño profundo me invade, me sumerge en una agradable sensación.

Al cabo de un rato me despierto y observo a mí alrededor. Estoy en la habitación.

Suenan los motores de los coches que pasan. Son las diez y media cuando enciendo la luz. 

Recuerdo lo ocurrido.

Dando gracias a Dios, recojo entre mis manos unas hojas y unos bolígrafos.

Después, escribí este diario.


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