lunes, 26 de junio de 2017

Gabriel Miró: El Narrador de la Muerte


Imagínense ustedes con que inquietud, con qué tristes y melancólicos recuerdos miraría hacía atrás hacia su tortuoso pasado este hombre de alma pura, de espíritu de escritor, sensible al dolor, al sufrimiento, a todos aquellos hechos que desde niño lo atormentaron.

Huellas que dejaron marcadas una sombra oscura en su alma como novelista y en cuya obra bibliográfica podemos encontrar cientos de ejemplos.

Hijo de la provincia de Alicante, nacido de una mujer guerrera como pocas en España pero muchas en Orihuela.

No obstante su madre fue la hija de aquella que lidiaba cada día con los hombres que a su posada acudían en el mismo lugar donde hoy se encuentra el puente nuevo y el casino pero que hace años estuvo situada la famosa posada de Pizana protagonista de cruentos hechos.

De esa noble chiquilla nació el humilde escritor, el hombre que hablaba con los espíritus, soñaba a diario con la muerte y se juntaba con compañeros para participar de siniestros pactos con el otro lado que le hicieron según cuenta en sus propios libros ser visitado por el mismísimo maligno.

Recordamos a sus tres compañeros del alma cuando estudiaba en el colegio Santo Domingo.

Como recorría sus pasillos acompañado de esas tres figuras menudas con las que reía, jugaba pero sobre todo lloraba.

No en vano, fue uno de estos tres amigos el que decidió sin previo aviso abandonar el grupo sin dejar ni rastro.

Aquel al que llamaban Señor Cuenca de tez pálida, aquejado siempre de extraños y desconocidos dolores.

Así que no sabemos que pudo sentir este chico al saber por un cambio en el discurrir habitual del cada día, que en vez de seguir con las horas de sueño profundo fue despertado, vestido casi a la fuerza a una hora muy temprana y llevado hasta la presencia de la mismísima muerte delante de la tumba de su amigo.

Un ataúd blanco abierto y colocado en su interior su compañero, su hasta hace unas pocas horas, uno de los que jugaba con él.

Ocupaba todo lo largo del ataúd pero su mirada no era la de un muerto pues según cuenta el propio Gabriel, ese sujeto inerte lo miraba desafiante como si sonriera.

Por eso nos preguntamos qué clase de huella dejó marcada esa visión en su delicado corazón, en el corazón del hombre sensible que escribe sin parar hasta hartarse afables argumentos en novelas que han llegado a nuestros días llenas de pasión pero también de mucha oscuridad, con un sentimiento de tristeza y camufladas bajo un lenguaje que a veces resulta un tanto tedioso como si estuvieran escritas en clave.

Yo siempre les cuento a aquellos que me escuchan que este hombre se merece un programa en Cuarto Milenio, pues si García Lorca fue el poeta del misterio por su habilidad para hablar con los animales, de contactar y sentir a los muertos, de entrar en un profundo trance en donde sus ojos permanecían en blanco durante minutos hasta que regresaba de la otra orilla, imagínense al novelista de la muerte, a un Gabriel Miró que pasó su vida aferrado a sus creencias más tenebrosas, a aquel que incluso el día de su muerte dedicó unas palabras a la Parca.

Y es que este hombre dejó un legado, una siniestra leyenda urbana de las más famosas de la Comunidad Valenciana.

Pero que con poco que investiguemos nos daremos cuenta de que de leyenda no tiene nada.

Fueron hechos que ocurrieron en la más pura realidad y que fueron recogidos por el mismísimo autor en varias de sus obras autobiográficas.

Pero una cosas son sus relatos y otra muy distinta los hechos que surgen de la imaginería popular.

Un ejemplo de esto es la historia que ahora les voy a contar.

¿Quién no conoce la leyenda del maestro que se queda hasta tarde trabajando y que cuando se va a marchar a casa ve una luz en una de las aulas?

Del hombre que sube e intenta abrir la puerta pero está cerrada.

Al día siguiente lo comenta con el resto de compañeros y acude en busca del encargado de las llaves poniendo en su conocimiento el hecho extraordinario.

Es imposible le dice el otro, todo está cerrado a esas horas y por supuesto apagado.

Como una petición personal el maestro le pide las llaves del aula y el otro se las presta por un día.

Llega una nueva tarde y esta vez el maestro se acerca al aula, abre la puerta y observa junto a uno de los pupitres a lo que parece ser un alumno rodeado de una luz extraña que no es la habitual del aula.

Hay algo que no cuadra en esa escena y el hombre cuando consigue romper su propio miedo le interroga sobre qué hace allí y cómo se llama.

El alumno le responde con una voz tan débil, tan carente de fuerza que recuerda más las palabras grabadas en una cinta producto de una psicofonía que la voz de un ser vivo.

El caso es que solo un apellido llega hasta los oídos del profesor, le parece haber escuchado la palabra “Cuenca”.

Y con ese nombre resonando en su cabeza y con un sentimiento de angustia que no comprende pero que asimila decide abandonar a ese sujeto y marcharse de allí lo más rápido posible.

Al día siguiente en el aula de profesores le aclaran que eso no es posible, que nadie en todo el recinto se llama o tiene de apellido esa palabra que sigue vibrando en su cerebro como una mancha que no quiere irse.

Cuenca, cuenca, cuenca.

Atormentado por una culpabilidad auto inducida decide investigar en los libros que registran los nombres de todos los alumnos que el colegio ha tenido a lo largo de muchos años e incluso siglos.

Hasta que por fin encuentra lo que tan ansiosamente estaba buscando.

Resulta que un tal Cuenca estuvo allí estudiando por el año 1889, y según consta en el registro, este alumno falleció siendo un niño.

¿Todo cuadra verdad?

Es justo en la época en la que Gabriel Miró estuvo internado en ese mismo colegio.

El maestro se da cuenta de que todo no es más que una broma macabra de un alumno interno descarado y decide acudir en su busca al día siguiente para echarle una reprimenda y a lo mejor hasta un castigo.

Pero el nuevo día presenta un cuadro distinto cuando el hombre se acerca a esa figura semitransparente que lo mira desafiante con un rostro carente de vida y con una inquietud que parece salida de la mismísima muerte.

A las pocas horas, el maestro es encontrado de forma inesperada, sobre el suelo, con su cuerpo que muestra unos movimientos en forma de espasmos, tirando espumarajos por la boca y diciendo y citando cosas extrañas.

Fantasma, fantasma, muerte, muerto….

Son las únicas, las últimas palabras que le escuchan sus compañeros pues tienen que llevárselo de urgencia a la enfermería y de allí al hospital.

Lo último que se recuerda de aquel hombre que quiso desafiar al espíritu del Señor Cuenca que vaga por las aulas del Colegio Santo Domingo en las noches más solitarias es que acabó en un centro psiquiátrico.

Y esta es la relación que tiene el famoso escritor alicantino, Gabriel Miró con una de las leyendas más famosas de la comunidad valenciana.


Víctor Navarro para CUARTO MILENIO.




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