jueves, 10 de noviembre de 2016

Los preparativos de defensa de Orihuela en 1356


Sabemos por los textos y documentos que el cronista de Orihuela Mosén Pedro Bellot nos dejó en sus trabajos, que durante estos años en los que la ciudad pertenecía a la Corona de Aragón, y los castellanos eran nuestros más terribles enemigos, hubo muchas calamidades, guerras e intromisiones con ataques que casi siempre acababan con violaciones, muertes y campos o casas quemados.

Una costumbre oriolana de esta sombría época era cuando se producía un hecho importante, o alguna visita de gran renombre, era mandar que se colocaran velas y rondas en las cuatro puertas de la ciudad que debían permanecer cerradas.

Se ordenaba también a los ciudadanos que se empadronaran por parroquias.

El pregón se escuchaba por las calles de la ciudad avisando de que nadie podría hacer uso propio de las cosechas pues había que pagar un tributo para colaborar en la defensa de Orihuela. Aquellos que se atrevían a no obedecer las órdenes, eran castigados con lo que ellos llamaban la “Pena de Azotes”.

Los soldados de a pie eran organizados en grupos de doce personas bajo las disposiciones de un superior en cada grupo que recibía el título de cabo. Debían salir corriendo hacia la defensa de la torre que se les había encomendado al toque de aviso de las trompetas.


Todas las casas debían permanecer con sus ventanas y puertas cerradas, aseguradas y que se presentasen los hombres de toda la villa con una azada y un capazo para colaborar (por lo menos uno por casa).

Los jurados mandaban subir mucha piedra a lo alto de las torres y muros.


Paulo Gil y Jaime Bonecontre se encargaban de llevar una carga de fusta para viratones cada día.

En los muñidores se apostaban dos hombres en cada torre. Y otros dos hombres hacían la ronda a caballo durante doce horas hasta que eran sustituidos por otros dos que vigilaban el resto del día.

Los jurados mandaban realizar una estacada o empalizada en el postigo de la plaza mayor y que se adobara la torre horadada para que ayudase a defender a los hombres de a pie o de caballo que tuvieran que salir fuera de los muros protectores.


Las acequias eran cerradas para que los molinos trabajasen a pleno rendimiento. Se pedían las muelas manuales de nuestros vecinos de Guardamar a los que se les debía pagar religiosamente.

Los jurados mandaban subir mucha piedra a lo alto de las torres y muros.

Se consignaba a los ciudadanos a que trajeran todo el fruto de su cosecha al interior de la villa, principalmente el trigo que es lo que básicamente servía de alimento. Y para ello se establecía un plazo máximo de cuatro días.

La obligación del empadronamiento era una forma de controlar el número de habitantes y todos sus bienes, pues debían estar detallados en el libro del padrón.

Si el ataque era inminente, se mandaba a Francés Mirón y Bartolomé Villafranca que hicieran un reconocimiento del estado de la muralla y las escalas. Ante cualquier imprevisto o irregularidad se realizaba la pertinente reparación.

Se hacía por ordenamiento un recogimiento de recursos entre los que estaban la madera, el hierro, el cáñamo y el alquitrán, todo aquello que fuera útil en caso de tener que defender la villa.

Sobre la peña, se mandaba colocar grupos de hombres, en total quince decenas en aquellos lugares determinados que fueran de importancia y en el Oriolet subían otros diez hombres para vigilar aquella otra parte.

Las órdenes eran claras, no estaban permitidas, entre estos hombres, las reyertas ni físicas ni verbales bajo pena de arresto durante sesenta días de cárcel. Todos debían permanecer alerta y atentos a lo que pudiese acontecer.

Todas las casas o viviendas que estaban en la parte de fuera pegadas a la muralla eran derribadas para que los enemigos no se subieran sobre ellas y alcanzasen con facilidad una brecha o un camino fácil donde pasar al interior de la ciudad.

Así es como debíamos ponérselo difícil a aquellos que considerábamos nuestros enemigos.

Y así ocurrió según consta en los documentos.

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