jueves, 3 de noviembre de 2016

Relatos de Ruta VIII: Mis dos terribles experiencias



Relato 1:

Yo era pequeña.

A puntito de hacer la comunión

Como es por costumbre en mi familia católica, fuimos a misa un domingo y en esta ocasión elegimos la del Colegio Santo Domingo.

El sacerdote terminó la homilía y empezamos a salir ordenadamente del interior de la iglesia.

Justo al lado de la puerta de salida, vimos otra puerta pequeña que nos llamó mucho la atención.

Observamos una especie de ojal grande por donde pudimos asomarnos para ver lo que había más allá.

Con los ojos adaptándose a las circunstancias pudimos descubrir al fondo un pequeño ventanuco por  donde se filtraban los rayos de luz de un sol tempranero.

A los pies de donde caía el rayo, vimos a un hombre encapuchado con aspecto de monje.

Nosotras sabíamos que en el colegio no había monjes, sí sacerdotes, pero no monjes.

Pero aquel sujeto era extraño. No parecía humano.

No podíamos apreciar los rasgos de su rostro.

Las manos era lo que más nos llamaba la atención pues alzadas al cielo parecían brillar como si se tratase de una figura de cera o de otro material sintético que no nos pareció en ningún momento humano.

El hombre permanecía arrodillado con la vista al frente, mirando la ventana.

Permanecí varios minutos al acecho, observando aquella cosa siniestra que en mi corta edad me pareció fascinante y aterrador a la vez.

Quise que mi amiga lo viera también, así que me aparté a un lado.

Ella lo miró y su experiencia fue similar a la mía.

Cuando me dejó libre otra vez el sitio, lo contemplé por última vez.

Entonces es cuando sentí un escalofrío. Pues el monje sintético había cambiado su posición. Sus manos adoptaban ahora otra perspectiva y su nariz que de pronto se me hizo visible aparecía en otro lugar.

Esto nos impresionó mucho.

Desde aquel día, ya no quisimos volver por allí a escuchar misa.



Relato 2:

Recuerdo, como te dije, que mi abuelo tuvo un aparatoso accidente de tráfico.

Un día, antes del incidente, nos dimos cuenta de que nuestro perro, con el que mi abuelo mantenía un vínculo enorme, empezó a aullar de una forma terrible que parecía taladrarnos los oídos.

Era tal la potencia del aullido que mi familia no se explicaba cómo podía salir del cuerpo de un animal tan pequeño un sonido tan estrepitoso y desgarrador.

Lo extraño es que era siempre a la misma hora, todos los días.

Tuvo que venir la fatalidad en forma de suceso trágico a mi querido abuelo y quiso también la casualidad que se produjese a la misma hora en la que el perro solía volverse loco aullando como si lo estuviese viendo venir de cerca.

Esto ocurría siempre de noche.

Mi madre no recordaba que jamás el animal hubiese actuado de aquella forma y tuvimos miedo de que su hubiera puesto enfermo.

Era un perro muy ladrador pero nunca había soltado el más mínimo chillido.

El mismo día que mi abuelo finalmente tuvo el accidente y que mi madre estaba hablando con el medico del SAMU, el perro ya hacía unos diez minutos que estaba aullando sin parar.

Nos asustamos mucho y mi pobre abuelo consiguió sobrevivir alrededor de quince días sufriendo los dolores de su cuerpo magullado y con todos los cuidados que la familia le proporcionaba.

El perro siguió aullando todos los días a la misma hora mientras el anciano seguía con vida.

Cuando falleció el moribundo, el perro, misteriosamente dejó de aullar.

Como si de una parte del animal se hubiese marchado, este fue perdiendo vitalidad lentamente y pasados unos nueve meses aproximadamente, el animal enfermó y murió también.

Fue muy extraño sentir en el salón de mi casa la presencia y el olor característico de mi abuelo unos días antes de que el animal nos dejara.

Quizás vino para llevárselo con él al otro mundo.



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