jueves, 16 de febrero de 2017

FICCIÓN: El Cementerio de Animales de Orihuela


- ¿Sabes lo que hay que haser?

- Sí pare, tengo que echar al bujero el pobre animalico.

- Sí, pero ten cuidao, no te vayas a caé dentro.



Así es como la familia de Manuel debatía sobre lo que tenían que hacer con “Palo”, el perro que había convivido con ellos durante años y que jamás había tenido un momento de debilidad en su continua fidelidad y cariño hacia los integrantes de la familia de los Ortiz.

El chico era el número ocho de una familia numerosa de once hermanos de raza gitana que vivían en San Antón, uno de los barrios más antiguos y populares de Orihuela gracias a sus fiestas llenas de esplendor que se ensalzaban durante aquellos años.

La atracción principal de aquellas fiestas era la rifa del marranico, que se celebraba como cada año y que cientos de personas acudían a la entrada de la ermita para poder echarle un ojo al cerdo que permanecía acostado y enrejado.

Otra de las cosas que solían tener buena fama eran las bolas coloradas de san Antón, unos dulces tradicionales caseros creados con las hábiles manos de los pasteleros que acudían por allí aquellos días para vender su mercancía.

El chico cogió al animal muerto entre sus brazos y con gran malestar y tristeza al ver de cerca los ojos cerrados del animalico se dirigió con dos de sus hermanos hacia el lugar en donde tenía que realizar su tarea.

Subieron con cuidado, aunque sus pies estaban más que acostumbrados a caminar por aquella sierra, de rozarse con los matojos y hierbas que pululaban por todas partes, de engancharse la ropa con las ramas de los árboles.

- ¿Ande vamos?- Preguntó el más pequeño de sus hermanos que lo acompañaba en ese momento.

- Vamos al “Pozo de la Rosa” a echar dentro los restos del pobre “Palo”.


Los niños sabían lo que eso significaba. El lugar hacia donde se dirigían siempre había tenido fama, desde que ellos recordasen, de lugar lúgubre, oscuro y nido de los desechos de los animales muertos. No en vano, alguno lo llamaba “El Cementerio de Animales de San Antón”.

Realmente era un lugar que escondía mucha más historia, mucho más de lo que aquellos pobres desgraciados conocerían jamás.

Aquel agujero profundo de casi cincuenta metros de altura tenía una anchura de dos metros. Y eran los restos de lo que antaño se había conocido como la mina “La Colón” de Orihuela.

Los chicos llegaron en un santiamén, ya que el lugar no estaba muy alejado de sus casas.

La profundidad de aquel inmenso agujero hizo que se sintieran atraídos hacia la penumbra que parecía no tener fin en su interior.

- ¿Quieres que lo tire yo pa bajo?- Preguntó uno los que parecía menos afectado por tan impresionante visión.

- No, me basto yo solo y quiero hacerlo porque así me lo ha pedío pare.


Los otros hermanos, sabían que era absurdo empezar una discusión con su hermano Manuel y decidieron no insistir y acatar todo lo que aquel les dijera.

El chico, dejó caer al animal muerto y dejaron que sus oídos se percataran del desenlace final de aquel acto. No mucho tiempo después, apenas unos segundos, oyeron claramente el golpe de algo que hizo que sintieran un escalofrío.

- Sa oído como si se rompieran un montón de huesos. 

- Sí, la cantidá de animalicos que habrá tirao la gente aquí dentro.


Así que una vez realizada su obligación decidieron que ya era hora de volver a sus casas.

Se dieron media vuelta y empezaron el descenso, no sin antes echar una última mirada a aquel lugar maldecido por los más ancianos que en noches de reunión y algarabía contaban tristes historias que en forma de débiles ecos permanecía en la tradición oral de los que allí vivían.

Aquella noche, Manuel no pudo pegar ojo. Tuvo una horrible pesadilla en la que un animal con el rostro desfigurado le perseguía por la ladera de San Antón ansiando su carne y enseñando unos gigantescos colmillos blancos que brillaban en la oscuridad como punzantes puñales deseosos de quitar alguna vida terrenal.

Fue entonces cuando escuchó el primer ladrido.

O eso le pareció.

Pero aquel sonido tuvo algo que le resultó vagamente familiar.

Él sabía que no podía ser, que quizás su cabeza le estuviese jugando una mala pasada y que no fueran más que figuraciones suyas provocadas por la pena que le producía la pérdida de su querido perro.

Pero no estaba del todo seguro y la curiosidad fue haciendo mella en él hasta el punto de que empezó lentamente a vestirse de nuevo mientras intentaba ver algo a través de la ventana de su cuarto.

La noche no estaba cubierta de oscuridad ya que la próxima venida de la luna llena producía un efecto mágico sobre los senderos de la montaña que rodeaban su casa.

Aparecía todo iluminado y sus ojos fueron a posarse justo en el camino que pocas horas había desandado con la comitiva que había formado con sus otros hermanos de regreso al calor del hogar cuando habían finalizado la misión que su padre le había encomendado.

Salió sigiloso y con cuidado de no hacer ruido para no despertar a nadie de la familia que dormía cerquita de él de forma plácida.

Abrió la puerta y volvió a mirar hacia arriba, a medio camino de la cima de la montaña que era donde se encontraba el “Pozo de la Rosa”.

Sus pies no lucían calzado alguno ya que la familia no ganaba para esos lujos y además a base de esfuerzo y duros trabajos diarios se habían endurecido con el paso del tiempo. Eso de llevar zapatos era para señoritos y él no lo era.

Entonces, escuchó por segunda vez durante aquella noche, aquel ladrido tan característico que le invadió de una sensación de miedo.

En un instante sintió la duda, el temor por encontrarse allí la cosa que hacía unos instantes había intentado devorarlo en la pesadilla que lo obligó a despertarse con la ropa empapada bañado en sudor.

Sus piececitos no eran más largos que juntando sus dos manos. Así es como le enseñó su pare a medir las cosas, con la mano.

Y calculando la distancia que lo separaba de aquel lugar siniestro hacia donde se dirigía para investigar pensó que no se trataba de más de doscientas manos.

Caminó muy despacito para no alarmar a ninguno de sus compadres. Y consiguió sin apenas esfuerzo llegar hasta la boca del agujero que de manera intimidatoria lo retaba a practicar algún tipo de juego desconocido oscuro y peligroso.

Sintió el deseo de saltar de una punta hacia la otra, de atravesar los dos metros de aire que había de espacio entre un borde y otro.

Pero lo que le pareció un lamento, un quejido de un animal enfermo lo sacó de su estado de concentración.

Después, oyó claramente ladrar a su perro “Palo”.

Tuvo que refrenar un impulso para no saltar hacia abajo para acudir en ayuda de su perro que por lo que parecía no estaba muerto del todo y ahora lo reclamaba para que lo ayudase a salir de aquel inmundo agujero.

Lo cierto es que olía bastante mal y sintió náuseas.

Forzó los ojos para ver si podía escudriñar en la oscuridad del final del pozo algo que le hiciera cambiar de opinión y que le hiciera salir corriendo al abrigo de su morada.

Pero el ladrido del perro volvió a repetirse.

Esta vez sintió una gran compasión por el animal pero sabía que no podía hacer nada por él aquella noche. Sin luz, sin medios para acceder a las profundidades de aquel maloliente agujero. Optó por volver a casa y pedir ayuda.

Pero dudó porque creyó que cada minuto podría ser vital para la vida de su querido amigo “Palo”.

El perro mas fiel y más cariñoso que nunca habían tenido en su casa y que había convivido con él desde su niñez más tierna. Aquello no podía tacharse de cariño sino más bien de un enfermizo sentimiento de amor por una criatura que nunca había dado síntomas de desfallecer en su afán como acompañante.

Y eso Manuel lo sentía dentro de sus entrañas, estaba llamado a seguir en busca de aquel cariño que lo atrapaba sin remedio. Y que sólo aquel animal había sido capaz de entregarle de forma tan altruista.

Así que no lo dudó más y se internó en el pozo.

No volvieron a saber de Manuel.

Desde aquel día, y una vez recuperados los restos de Manuel para darle cristiana sepultura, los niños más atrevidos de San Antón empezaron a rondar por aquel lugar atraídos por el misterio de lo imposible, del peligro y de los juegos que parecía que miles de demonios susurraban junto a sus oídos.

Y así empezó a tornarse como costumbre el ir al Pozo para demostrar la valentía de los más atrevidos que para poner de manifiesto su hombría no hacían otra cosa que atravesar de un salto el lugar maldito en donde los restos de los animales yacían y en donde el alma de Manuel había sido condenada.




Dedicado a EMETERIO NAVARRO



* Este relato es una ficción basada en lugares reales de Orihuela que Emeterio Navarro comenta en su libro HORNO DE AZOGUE, SANTA MATILDE, SAN ANTÓN"
El Cementerio de animales / Pozo de la Rosa, existe y se encuentra en el monte del barrio de San Antón muy cerca de donde habitan las ruinas de dicho horno.

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