lunes, 29 de agosto de 2016

Orihuela curiosa: La celda prisión del Colegio Santo Domingo



En el colegio Santo Domingo, hubo hace tiempo una celda referida en la obra “El Colegio de Predicadores y la Universidad de Justo García Soriano” que según él se hallaba en el ángulo noroeste de la biblioteca, cuando se albergaba en el convento dominicano. Dicha celda, fue destinada como calabozo del convento, lugar donde se encerraban a los frailes y estudiantes que necesitaban purgar sus faltas y fechorías.

En la puerta de la celda, había una redondilla grabada con un objeto punzante que rezaba una secuencia de palabras descritas más abajo. (Imaginamos que el autor era buen conocedor de la obra "La Diana- Libro Primero" de Jorge de Montemayor).
Estos versos, fueron incluidos por Gabriel Miró en su obra “El Obispo Leproso” en el capítulo 3, en la descripción que hace del Colegio de Jesús (Santo Domingo).
Años después, en 1954, también fueron incluidos por Juan Sansano Benisa en su “Historia de Orihuela”, aunque con alguna variante.

Por desgracia, ya no es posible contemplar estos versos, ya que desaparecieron al remodelar dicha zona en el colegio.



Indagando un poco más, he encontrado esta publicación de 1897 en la que se cuenta lo siguiente:

El lado que da al mediodía, tiene en sus extremos dos habitaciones oscuras. La primera que se encuentra entrando por la puerta principal; está destinada a contener papeles y obras incompletas, que no tienen cabida en la estantería antigua de los corredores.

La otra habitación que le dá frente a la anterior, tiene un pequeño zaguán después de su puerta de entrada, sin más techo que la cubierta del tejado á unos 12 metros de elevación, teniendo en la parte superior un agujero a guisa de ventana descubierta, por donde se recibe la luz.

En el muro de la izquierda hay un portón bajo y angosto, de sólida y resistente construcción y dotado de una fuerte cerradura provista de un cerrojo de refuerzo, que demuestra bien a las claras que sirve de precaución y garantía a la seguridad de una prisión.

En efecto, franqueando esta segunda puerta se entra en una habitación de medianas dimensiones que desde luego se conoce haber estado destinada a cárcel o calabozo.

Varias señales inequívocas delatan este destino. Cuales son, una ventanita que tiene en la parte superior provista de una reja con barrotes erizados de púas para que no se pueda forzar y cuya ventana parece más bien dispuesta para dar aire respirable que luz; un cepo de madera de colosales dimensiones arrumbado allí en un rincón; y muchas escrituras de letras, nombres y fechas que se descubren en las ennegrecidas paredes.

En la cara interior de la puerta hay una de estas inscripciones, hecha con tiza y cuyos caracteres borrosos apenas pueden leerse. Más fijando mucho el sentido se ve que dice:

F.F.
Todo es uno para mí
esperanza o no tenella
porque si hoy muero por vella
mañana porque la vi.

Esta copla tan sentida y tan poética me hizo pensar desde luego que encerraba una historia quizás romántica y conmovedora o tal vez trágica, en la que habían podido mediar las circunstancias de un amor contrariado por el impedimento de un voto.

Despertose en mí una gran curiosidad por descubrir y conocer el origen o motivo de la transcripta canción, y llevado de mis oficios habituales de registrar papeles y mamotretos me enfrasqué en detenidas y concienzudas investigaciones en el archivo, hasta que conseguí dar con un cuaderno en cuya tapa anterior lleva un rótulo que dice: “COSAS RESERVADAS”.

La mayor parte de estas cosas reservadas, son cuentas de cocina y por ellas venimos en conocimiento de lo que se comía en el convento de dominicos á mediados del siglo pasado: entre ellas hay relaciones curiosas de lo que costaba un par de pollos, tres reales de vellón, la libra de albaricoques, un cuarto, y otras especies con precios por el estilo.

En algunas hojas del cuaderno hay apuntaciones de otra índole; todas interesantes, pero breves. Y una de ellas expresa: “Frater Ferdinandus Guillemus, discessus, eroticus, contumaz, clausus”.

La coincidencia de las dos iniciales que acontecen a la sentida cuarteta apuntada con las del nombre de Fray Fernando, hace pensar si sería este el autor de aquella y más teniendo en cuenta que el expresado registro muestra claramente la causa de haber estado aquel recluido.

Más, ¿Quién era este Fray Fernando Guillem?

Repasando los textos de nuestros historiadores, nos hallamos con que en la guerra de sucesión que agitó el suelo español a principios del siglo pasado y en los ejércitos del archiduque, figuró un tal D. Fernando Guillem de Orihuela, conocido por “el fraile”.

Refiérese que era hombre agudo y de valor temerario, pero distinguíase más por una melancólica reserva de carácter, que muchos atribuían a una aventura galante de su juventud.

Era el segundón de una casa rica y principal y desde sus primeros años había mostrado felices disposiciones para las letras.

A la usanza de la época en las familias vínculo o mayorazgo el hijo mayor se alzaba con todo su patrimonio y de los restantes, el que no tomaba la profesión de las armas, se dedicaba a la Iglesia.

Fernando, que joven mostró un carácter belicoso, no debía dudar en la elección de carrera, pero circunstancias especiales hicieron que se decidiese primero por el convento.

Habíase enamorado de una dama de la más nobleza solariega que, como era costumbre entonces, habitaba en sus palacios señoriales, cuya costumbre vino a transformar la francesa dinastía borbónica, que tanto incremento le dio a la vida cortesana.

Dicha dama que era primogénita y única heredera presunta de su poderosa estirpe, paró en un principio sus ojos en Fernando.

Más ya obedeciese a sugestiones extrañas, ya a impulsos de su propio corazón, lo cierto es, que pronto mostró su desvío por el hidalgo segundón, el cual despechado de su ingrata suerte trató de fortalecer su ánimo en el retiro del claustro.

No es de presumir por consiguiere su deseo en vista de los datos antes apuntados y acaecidos posteriormente en su accidentada vida.

FUENTE:

V.G. , EL ATENEO, 31 Enero 1897 nº 17


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