domingo, 4 de octubre de 2015

Orihuela misteriosa: La mano de Redován


Buscando información sobre hechos curiosos acontecidos en Orihuela me topé en el libro de Antonio Colomina Riquelme ORIHUELA SUS CALLES, SUS PLAZAS, SUS GENTES… una alusión a un caso extraordinario que ocurrió en nuestra vecina localidad de Redován y que nos afectó de manera directa ya que miles de oriolanos se sintieron atraídos por el hecho y acudieron en masa al hogar del protagonista para ser testigos de la manta que con ingeniosa prontitud había colgado en una vitrina en la pared para que todos los asistentes pudieran ver la huesuda mano que se había grabado a fuego y de manera milagrosa en el tejido.
Seguí buscando en la red hasta que pude encontrar este testimonio directo y que contiene una narración de gran calidad literaria que parte de un vecino natural de esta localidad.


LA TIA DE NINO 

Bernardino Murcia Sánchez, vecino de Redovan, conocido como Nino, vivía con sus padres en el número 9 de la calle Chapí. Su vivienda era humilde, de una planta y a dos aguas; se accedía directamente a un espacio amplio, popularmente conocido en Redován como entrada; de ésta se accedía a dos habitación, una a la izquierda y otra a la derecha, en ésta dormía Nino. De la primera entrada se pasaba a otra similar, que hacía de comedor-cocina, en el que, normalmente, se hacía la vida hogareña. Del comedor-cocina una pequeña puerta comunicaba con el corral. 

Tenía 19 años; era amable y callado. Sus facciones, de aspecto mediterráneo, colaboraban a la apariencia de un joven amable y humilde. Trabajaba como jornalero del campo o de cualquier otra faena que en aquellos años fueran comunes en el pueblo. Nino, que por su aspecto poco sobresaliente y por sus hechos pasaba desapercibido, en el año 1950 fue elegido por la Virgen María para que anunciara su deseo de que en Redovan se le hiciera una ermita en el lugar conocido como Las Vagonetas.

Nino solía visitar, como la mayoría de vecinos del pueblo, la zona de la sierra, conocida por Las Vagonetas. Esta finca, había quedado fuera de la plantación de pinos que se habían llevado a cabo ese mismo año. Comprendía lo que hoy es la casa del Tibi-Tibi, la de Enrique Manzanera, la del Comino y toda la zona de chalets que hay detrás. En la esquina de la finca, lo que hoy ocupa la casa del Tibi-Tibi, había un caserón medio derruido. La casa estaba orientada hacia la huerta. A su puerta, después de cruzar el barranco de los Cortaos, se llegaba por el camino de Los Pasos, que continuaba, como ahora, hasta el cementerio. A su derecha, en dirección al cementerio, iniciaba su vida la incipiente pinada. A su izquierda, el cauce del barranco Los Cortaos, que, en días de intensa lluvia, bajaba con fuerza arrolladora. En toda la finca había viejos algarrobos, junto a oscuros y rugosos almendros, que servían de parque de juegos a los más aventureros chiquillos del pueblo. Detrás de la casa, a unos 50 metros, había una vieja aljibe que recogía las aguas de las generosas lluvias de primavera y otoño. En la parte alta, casi al límite con la pequeña pinada, se encontraba una especia de balsilla que recogía el agua cuando llovía y que por medio de un canal de obra, la conducía hasta ella.

Nino, que descansaba cerca del aljibe, después de un día de duro trabajo y una larga caminata por la sierra, recibió de la Virgen María el mensaje, no se sabe si en aparición o en sueños, de que allí mismo debía construirse una ermita en su honor. Asustado e incrédulo, no salía de su asombro. Preocupado, pensativo y eufórico al mismo tiempo, bajó para su casa. Nada dijo a su familia de lo sucedido o soñado. La vida siguió normal. Pasaban los días y sólo la monotonía era novedad.
Se estaba convenciendo que todo había sido un hermoso e increíble sueño.
Una noche, su habituación se iluminó con una tenue luz anaranjada y una voz lejana, metálica, rasgada y fría, pero familiar, le despertó. Era la voz de su tía Josefa Medida, muerta hacía 16 años. Le dijo que no se asustara, que era su tía Josefa y que venía en nombre de la Virgen para recordarle lo dicho por ella en las Vagonetas: Que debían hacer una ermita en aquel lugar para que sirviera de peregrinación y rezo y que, como lugar santo, colocara en aquel lugar una gran cruz. Terminado este breve mensaje, todo quedó, de nuevo, a oscuras y en silencio. Impresionado y tembloroso, ya no pudo conciliar el sueño. Concluyó que lo ocurrido en Las Vagonetas, había sido real. Eso no le tranquilizó, más bien, lo contrarío, porque sabía que para él empezaba una época llena de dificultades. No obstante, decidió no tomar ninguna iniciativa, por ahora. Nada dijo de lo ocurrido.

Como todos los días, al alba, cogió la fiambrera con la comida que su madre le había preparado y se fue al tajo. No podía dejar de pensar en lo sucedido. No sabía que hacer. Dudaba. Sabía que debía obedecer la orden recibida, pero también sabía que esto supondría enfrentarse a críticas y rechazos de su gente y vecinos y que lo tomarían, como mínimo, como loco de cuidar. Pensaba, dudaba y daba largas a la decisión.

El tiempo transcurría y nada cambiaba. De nuevo, mientras dormía, la habitación se llenó de una tenue luz de color naranja oscuro, de olores extraños y, de nuevo, oyó la voz de su tía que le recordaba los deseos de la Virgen y que no podía posponer más tiempo el anuncio de su deseo, ni posponer la colocación de la cruz. Esta vez, para convencerle y para que no dudara de que era ella, su tía, muerta hacía 16 años, quien le hablaba le dejó gravada a fuego, en la manta parda que estaba sobre la cama, la señal de su huesuda y negruzca mano abierta. Al terminar de hablar y sellar en la manta su esquelética mano, la luz y voz desapreciaron, no así la extraña olor que permaneció por algunas horas. Al comprobar que la señal impresa, coincidía exactamente con la mano de su tía, pues tanto la marcada en la manta como la verdadera, según recordaba y le habían dicho en varias ocasiones, tenían dos dedos doblados (la mano de la tía Josefa los tenía doblados debido a un accidente que tuvo, unos años antes de morir) aceptó su destino y decidió que, desde ese momento, su misión sería transmitir a todos el deseo de la Virgen de que en las Vagonetas se le hiciera una ermita. Colocaría de inmediato una cruz cerca del aljibe.

Con la claridad de la mañana, despertó a su familia para comunicarles el mensaje que había recibido de la Virgen, en voz de la tía Josefina. Viendo la incredulidad en sus rostros y, sobre todo, en sus palabras de sorpresa, duda y, hasta reproche, les enseñó la manta en la que, hacía pocas horas, su tía había impreso su mano para sellar la autenticidad del mensaje. Esto les convenció y, con los ojos inundados en lágrimas de dicha, abrazaron a su hijo, dando gritos de alegría. Los vecinos de la calle, oyeron el jaleo y, como es frecuente en los pueblos, se acercaron a la casa para saber que estaba sucediendo. Este les contó, ya en plan predicador, el mensaje recibido de la Virgen en las Vagonetas y confirmado con la aparición de su tía Josefina. Para convencerles de lo dicho, les enseñó, también, la huella dejada por su tía en la manta. Se sumaron a la sorpresa y a la admiración. En pocos minutos la noticia se extendió por el pueblo.

Redován se llenó de corrillos que hablaban abiertamente de lo ocurrido y, en pocas horas, todo el pueblo supo del milagro. A la casa acudían, sin cesar, vecinos que querían ver la señal del milagro. Ya por la tarde, dada la enorme cantidad de fervorosos visitantes, en unos casos, y curiosos, en otros, que querían ver el estigma dejado por la mano de la Tía de Nino en la manta, los familiares la extendieron cuidadosamente sobre la cama del “santo”, como empezaba a decirse ya de él, para que en orden pudieran entrar y salir de la habitación, una vez vista con recogimiento por unos o irónica sonrisa por otros. Todos coincidían en que la señal dejada en la manta era exactamente igual a la huesuda mano de la tía Josefa, muerta hacía unos años. Para unos, era una señal de Dios que exigía arrepentimiento por no parar de ofenderle. Para otros, los menos, no era más que a Nino se le había ido la cabeza y le había dado por esta extraña historia de apariciones, bastante común en aquellos años. Para los escépticos de lo sobre natural, sabedores de la noticia, no le daban ningún valor milagrero, más bien veían en ello intereses ocultos.

Después de esto, lo primero que hizo Nino y, ya de una forma abierta, fue construir una cruz de madera que colocó en un lateral de la aljibe de las Vagonetas. El la visitaba todos los días, acompañado de numerosos devotos. Guiados por él, rezaban y pedían favores y perdón a la Virgen.

En los días que siguieron, ya nada le fue igual. La vida le cambió radicalmente. Dejó el trabajo y su vida social. Se recluyó en su casa, en la habitación donde estaba expuesta la manta con la mano impresa de su tía, pues los visitantes querían verla, hablar con él y en muchos casos, tocarle. El, con voz suave, cadenciosa y dulce, les comentaba el deseo de la Virgen. La gente salía exultante de fe. Sólo, de vez en cuando y para evitar tanta presión, subía a la sierra a rezar al pie de la cruz o realizaba labores agrícolas, propias de otoño, en una pequeña propiedad que su familia tenía en la huerta. Se cuenta, como hecho milagroso, que una mañana fue a estrujar tormos y se volvió enseguida, sorprendido y algo agitado. Se comentó que fueron los ángeles, enviados esa noche por la Virgen, los que hicieron el trabajo. Este otro milagro incrementó la fe de los creyentes y la duda en los escépticos.
Las noticias de las apariciones y los milagros eran los temas de conversación en el pueblo y en la comarca. La mayoría de vecinos de Redován y de localidades vecinas empezaron a hacer suya el deseo de la Virgen de que se hiciera una ermita en las Vagonetas. Ya era el momento, decían de empezar a hacer recolectas para tal fin. Otros, los menos, dudaban de la veracidad de los hechos y pensaban que todo era un montaje para conseguir no sé qué y Nino la víctima inocente, o no, del enredo. Esta ebullición de fe y de escepticismo traspasó los límites comarcales y se hizo común en los pueblos cercanos de Alicante y Murcia. Los medios de comunicación nacional también se hicieron eco de lo sucedido en Redovan.

Estos acontecimientos eran muy importantes y podría suponer un cambio trascendental en el pueblo y en la comarca. Por la experiencia en otros lugares-Fátima y Lourdes- de ser cierto, supondría una revolución económica y social. De demostrarse lo contrario, que todo era una farsa, el ridículo sería de grandes dimensiones. Por ello, la autoridad religiosa y política se mantenían al margen, pero expectantes, de los continuos sucesos.

La Virgen decidió poner fin a las dudas y le envió de nuevo a la Tía para indicarle que la noche del día 28 de Octubre se mostraría a todos en las Vagonetas para trasmitirles su deseo. Esto confortó el alma de Nino, porque suponía, por fin, que todo el mundo abandonaría la incertidumbre sobre él y su mensaje y, sobre todo, verían a la madre del creador. Nino comunicó el mensaje recibido. La noticia, rápidamente, se extendió de boca en boca y de pueblo en pueblo. La prensa la llevó a lugares lejanos.

El deseo, el nerviosismo, la ansiedad y también el temor, se apoderaba de los vecinos, conforme se aproximaba la fecha indicada. El día llegó y empezó a verse por el pueblo a muchas personas desconocidas que preguntaban por el lugar en el que la Virgen se iba a aparecer. Mayores, jóvenes, mujeres, hombres, familias enteras o solitarios individuos, con ropas de bien o con ropas menos bien, oliendo a perfume u oliendo a trabajo…todos venidos de todos los pueblos de la comarca, de pueblos de Alicante y Murcia e incluso de lugares lejanos, iban en aumento conforme avanzaba el día. Llegaban a pie, en bicicletas, en carros, montados en animales de carga y, los menos, en coche. Redován no parecía Redován. Se había transformado en un centro multitudinario de fe y de espectáculo. Al llegar la noche, más de 1000 personas se concentraron en la Vagonetas, iluminada con pequeñas hogueras repartidas en puntos estratégicos. El aljibe, como ya había anunciado Nino, sería el lugar elegido por la Virgen para mostrase a todos los allí presentes. La multitud era enorme. La gran mayoría, dada la multitud concentrada y las dificultades propias del terreno, no podía ver el lugar elegido para la aparición. Mientras el momento llegaba, los fervorosos creyentes, de rodillas, o de pie o sentados sobre el suelo, rezaban el rosario, o improvisaban oraciones espontáneas. Los descreídos y curiosos, que eran escasos, hablaban entre sí del acontecimiento. Pasadas las ocho, llegó Nino rodeado de los más allegados a él. Conforme avanzaba hacia el aljibe, el gentío gritaba pidiéndole favores y se le acercaban con intención de tocar sus ropas o a él. Los que le acompañaban procuraban que no se acercaran a él. Los minutos trascurrían y los ánimos crecían en fervor y esperanza para unos, en confirmación de sus dudas, para otros. Nino, subido al brocal de la aljibe, con voz potente, pero dulce y serena, se dirigió a la multitud para decirles que pronto verían a la Virgen y escucharían su mensaje. Terminadas sus palabras, se arrodilló y, juntando las manos sobre el pecho, rezó mirando hacia el cielo. Todos le imitaron y, arrodillados también, imploraron a la Virgen por sus pecados. Se hizo un respetuoso silencio. Sólo un susurro callado se oía en la oscura noche. El fresco viento de la joven noche se sumaba al fervor popular con verdes silbidos producidos al rozar las hojas de los garroferos. Las más de mil personas se transformaron en una inmensa alma que rezaba por los suyos, por sus pecados y por sus sueños. De pronto, el devoto y respetuoso silencio se transformó en un sonoro griterío de admiración, alegría y júbilo al contemplar un hermoso y blanco resplandor que desde el aljibe iluminaba toda la sierra. Allí estaba, era la Virgen, que convertida en hermosa, regia y dulce luz, hablaba en silencio a sus corazones y les pedía paz, amor y que construyeran una ermita en ese lugar. La mayoría, con lágrimas en lo ojos y emocionados y felices alababan a la Virgen por haber hecho con ellos el milagro de poderla sentir y ver. Otros, menos fervorosos, decían que no veían nada e indicaban que esa iluminación repentina se debía a las luces de algún coche, que descendiendo del túnel de Orihuela, había proyectado los resplandores sobre la sierra de Redován. Para éstos, la aparición había sigo un engaño. Los fervorosos decían que éstas palabras eran propias de personas pecadoras y de poca fe.

Pasados unos minutos y, viendo que nada más sucedía, la multitud se fue disgregando. La mayoría decidió bajar de la sierra e iniciar la marcha a sus domicilios o buscarse un lugar donde pasar la noche. Numerosos henchidos de fe decidieron quedarse en el lugar santo para seguir rezando. Algunos de éstos, a pesar de que Nino, acompañado de sus amigos y familiares, se dirigió a su casa, se quedaron toda la noche entre rezo y cabezada. De alguna forma, todo había terminado: para unos el milagro, el espectáculo para otros. Al día siguiente, el pueblo estaba dividido entre los que habían visto a la Virgen y los que decían que todo había sido un engaño. Los primeros eran mayoría.
Pasados unos días, las autoridades, comprendieron que esta historia se estaba desbordando. La autoridad religiosa no estaba convencida de lo milagroso de estas apariciones y, por lo tanto, no le dio apoyo. Esperaba que hubiera datos más concluyentes. La autoridad civil más radical y preocupada, decidió iniciar una investigación, ya que la concentración de más de 1000 personas y el revuelo producido en los siguientes días, se podía convertir en algo incontrolable. Por ello, al día siguiente, el Gobierno Civil de la Capital dio orden de arrestar a Nino y llevarlo a Alicante para su interrogación. Lo esposaron y se lo llevaron en un coche celular. La cruz y la manta se la llevaron también, cargándola en la baca del coche. Se dijo, que en el trayecto algunas sombras indujeron a los policías al sueño y estos pararon el vehículo y a Nino, sin ser conscientes de lo que hacían, le desataron. El no quiso escapar. Despertados los guardias del sopor, y sin saber qué había sucedido, reiniciaron la marcha. En la comisaría le interrogaron una y otra vez. Nadie supo cómo ni de que manera lo hicieron, lo cierto es que cuando, a los pocos días, volvió a Redovan, ya nunca oyeron de su boca nada referente a los milagros narrados.
Pasó el tiempo y los acontecimientos ocurridos aquellos días se fue olvidando y la normalidad volvió a Redován y a todos. Nino siguió con su mismo trabajo, con su vida. Se fue haciendo mayor, se casó y tuvo mujer e hijos. Nunca después se le oyó hablar de lo ocurrido, aunque se le preguntara por ello. Murió de 69 años, en 1995.

De esta historia, sólo han quedado rumores: como que la manta está en Roma; algunas sospechas, como que a ciertas personas del pueblo se las ha visto rezar, hasta hace muy poco años, en la esquina de la casa del Tibi-Tibi y en dirección a donde estaba el aljibe; una evidencia y algún comentario, como que la ermita de la Virgen de la Salud, es la respuesta a la petición que la Virgen hizo al pueblo de Redován.


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