jueves, 27 de octubre de 2016

Relatos de Ruta IV: Los Zapatos de Charol


En el Camping del Moncayo entre la Mata y Guardamar se acampaban antiguamente  los tres meses de verano.

A mi suegro le gustaba alojarse cuando apretaba el calor allí.

El camping tenía unos baños y unas duchas normales. Pero los baños principales estaban bajando a la playa.

Y lo que pasó es que una noche que íbamos paseando en grupo quiso uno de los nuestros bajar a orinar a aquellos aseos: (Empieza a relatar la mujer)

Chico, de noche, ahí a oscuras y tan alejado, a la orilla de la playa, ya son ganas.

Pero como es cabezón como él solo, así que tiró para adelante.

Estando dentro de los baños, sabes tú que tienen la puerta por la mitad. Que no llegan hasta abajo del todo.

De momento, oye como unos zapatos, hacer ruido. 

Claro, piensa: ¿Quién se viene a la playa, a un camping con zapatos en pleno agosto?

Y a eso que los vio pasar bien limpicos por debajo de la puerta, todo brillantes que parecían zapaticos de charol. Brillantes, brillantes.

Da paso al relato de su marido:

Me espero a que salga, pasa el tiempo, no sale nadie, me decido a tocar la puerta por si le queda mucho.

Veo como los zapatos se dan la vuelta y se meten para adentro por donde están las duchas.

Me quedo pensando, ya saldrá, ya saldrá. Pero allí no salía nadie.

Entonces, me decido, entro con precaución, y allí no había un alma.

Al fondo las duchas y luego todo cerrado, que era imposible que alguien saliera por otra parte, la única salida era pasando por donde estaba yo.

Y allí no había nadie. Y seguramente nunca lo había estado. Por lo menos vivo.






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