domingo, 31 de enero de 2016

Rescatando antigüos documentos: La Armengola


Me precia decir que soy de los pocos oriolanos que se han preocupado en esto de mantener y conservar aquellos viejos libros que cuentan nuestras leyendas.

Tocado con un ansia por poseer todo lo relacionado con “Nuestras Leyendas” me hice a la mar profunda que es la red de redes en busca de todos los libros que existieran que tocasen dicho tema.

Y por fin conseguí hacerme con 3 libros de los únicos 6 libros que existen en el mundo que dan cuenta de las hazañas que dieron pie a tan memorables recuerdos.

Uno de ellos, editado por el diario La Verdad y la Caja de Ahorros Provincial de Alicante en 1981 reza la siguiente leyenda entre sus numerosas páginas:


LA ARMENGOLA

Era aquel un tiempo muy difícil, con la trágica sombra de la guerra siempre amenazante; guerra contínua contra los moros y, de vez en cuando, contra otros reinos cristianos. El caudillo moro Abu-Beker reinaba en Murcia, tras haberse emancipado de la Corona de Granada, y pasaba por una situación apurada. Jaime I de Aragón amenazaba con entrar a saco en sus territorios. No pudiendo por razones obvias pedir ayuda a su antiguo soberano, el rey de Granada, decidió probar suerte con Fernando III de Castilla. Por entonces, las relaciones entre los que más tarde serían consuegros no eran muy armoniosas.Así que la idea le pareció excelente a Fernando III El Santo, y mandó a la capital murciana al infante Alfonso, su hijo, para llegar a un acuerdo. Y se llegó; en realidad era cuestión de precio. Sin discutir demasiado firmaron un tratado por el que el rey moro se obligaba a dar al de Castilla la mitad de sus rentas. Hasta aquí la cosa podía pasar, pero había otras cláusulas que no vio con buenos ojos lo que ahora se llama la base, la base mora. Porque para asegurarse que no habría arrepentimiento, Don Alfonso exigió que las ciudades quedaran bajo vigilancia castellana.

Y si esto no gustó a los moros, en cambio a los mozárabes les pareció perfecto; especialmente a los del Arrabal oriolano, que encima decidieron celebrarlo con fiestas. Nada podía haber irritado más al alcaide moro del Castillo de Orihuela, que sin pensarlo demasiado decidió poner coto a tales manifestaciones, pasando a cuchillo a los manifestantes. Drástica parecía la medida, pero en aquellas fechas nadie iba con tiquismiquis. Había que hacer un escarmiento para que sirviera a de lección a otros pueblos del reino. El momento elegido fue la noche del 17 de Julio de 1242.

Pero… no contaba el bárbaro alcaide con la Amengola. Era esta una robusta moza cristiana que había amamantado al hijo del alcaide, razón por la cual este le tenía en gran estima. Y esta circunstancia lo perdió, hasta el extremo de que su cuerpo colgaría la noche de autos de la más alta almena del Castillo, porque, lógicamente, la Armengola prefería a sus convecinos cristianos. Pero no precipitemos los hechos.

La Armengola, al enterarse del criminal propósito del alcaide le imploró piedad para los vecinos del Arrabal; más no consiguió nada: sólo permiso para que ella y sus tres hijas pudieran entrar esa noche en el fuerte y librarse así de la triste suerte que esperaba a los oriolanos. Pero por más que el alcaide recomendara a la Armengola que guardara el secreto, ésta puso rápidamente alerta a sus convecinos. Se trazó un plan para abortar el baño de sangre que preparaba el alcaide. Entraría en la fortaleza, cogerían por sorpresa a sus moradores y los degollarían a todos. ¿Pero cómo entrar en el Castillo? La Armengola dio la solución. Ella entraría con tres mozos de armas tomar, disfrazados con los vestidos de sus hijas. Estas cuatro “mujeres” irían seguidas a poca distancia por el resto de los cristianos para, cuando lograsen franquearles la entrada al fuerte, invadirlo.

Los ecos de aquella cruelísima batalla aún resuenan en las páginas escritas por los cronistas del hecho, quienes, por cierto, no todos coinciden en atribuir la gesta a la Armengola. Sin embargo, esta se hizo merecedora del llamado “sermón de la Armengola”. Leído en la Iglesia parroquial el aniversario del hecho: el 17 de julio.        


José F. Mulet Pedros

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