jueves, 13 de octubre de 2016

Historias de Orihuela : Los Dos Prisioneros


En fechas ya de inicio del siglo XVIII, entró en el Concejo de Orihuela el asesor del gobernador diciendo que uno de los guardas de la Torre que vigilaba la ribera había avistado por aquellos parajes a dos embarcaciones extranjeras que se encontraban escudriñando nuestras costas con el fin de hacer un desembarco.

Todos los que estaban en la sala quedaron atónitos con esta noticia. 

Todos con el semblante serio y marcado por la preocupación: el asesor, el teniente de gobernador, el Marqués de Rafal, Don Luis de Togores, varios capitanes, algunos reverendos canónigos, los guardianes de los conventos, frailes, oficiales y soldados. Todos tenían la cara desencajada.

Algunos pusieron sobre la mesa la teoría de que estos bárbaros procedían de Austria, que habrían desembarcado ya y se dirigían a todo correr hacia la ciudad para saquearla y degollar a sus habitantes.

Sin embargo, otros creían que las escuadras venían de Inglaterra y Holanda, que habían atacado Guardamar y que después de reducir a la heroica Villa, remontarían  el curso del río Segura y se presentarían en breve ante nuestros muros.

Unos querían defender la ciudad desde dentro, parapetados por sus gruesas murallas.

Los otros, querían marchar cuanto antes en busca del enemigo para hacerle frente y pillarlo desprevenido.

Pero una vez más, un hombre noble, un caballero, el Señor de Jacarilla, se ofreció a salvar a la ciudad en aquellos angustiosos momentos, diciendo estas palabras:

No hacen falta armas ni soldados -decía el de Togores procurando calmar los ánimos. Déseme pólvora y balas, solo eso necesito para confundir a los enemigos de la patria y del rey.

Todo el mundo quedó maravillado por aquella atrevida propuesta de don Luis. Grande era ya la fama de su genio militar, sus habilidades y méritos, su arrojo temerario.

El Señor de Jacarilla quiso que le acompañaran unos pocos.

El Concejo puso a su disposición doscientas libras de pólvora, nueve arrobas de balas y cuarenta y ocho docenas de piedras de escopeta, y con ese material salieron el 4 de noviembre camino de la costa.

En Bigastro y Jacarilla, tomo Don Luis, veintitrés hombres armados; al llegar a La Asomada, nuestro ejército se componía de 40 valientes campesinos dispuestos a servir al rey y al de Togores hasta perder la vida, muy cerquita de su casa a la que llamaban la Cantarera, un edificio de labranza edificada en lo alto de un empinado que le daba aspecto de castillo inexpugnable.

Tomando posiciones para la campaña, mandó el de Jacarilla a trece de sus bravos seguidores, que reunieran a los demás repartidos por aquellos contornos y que tomaran noticias sobre el paradero de sus enemigos.

No habían desembarcado aún.

A la madrugada siguiente, se dividieron en dos grupos de treinta 
hombres y se distribuyeron por la costa.

Siguiendo las órdenes de D. Luis se fueron escondiendo entre los pinos y matorrales con el fin de que los navíos no se percataran de su presencia.

Se rumoreaba que en aquellos barcos había más de dos mil enemigos partidarios del archiduque gobernados por expertos generales y con muchas piezas de artillería.

Parecía una empresa imposible que aquel acto heroico y cargado de patriotismo llegase a buen puerto.

Sin embargo, la pericia del Señor de Jacarilla, sus conocimientos militares y su ardoroso celo consiguieron en aquella ocasión un triunfo increíble que nos cubrió a todos de gloria.

Orihuela se libró de los horrores de un saqueo que parecía inevitable.

Orihuela, se libró de llorar a cientos de compatriotas que habrían muerto.

Apenas divisaron el mar vieron frente a Cabo Cervera un poderoso barco que se aproximaba lentamente a la costa.

Más abajo, cerca de la Torre Vieja, había otro bajel que parecía una fragata.

Escondidos entre la maleza vieron como echaban una barca al mar ocupada por varios hombres.

Movida vigorosamente por los remos, llegó hasta la orilla, muy cerca de donde se escondían los oriolanos.

Los oriolanos permanecieron quietos y silenciosos, esperando la señal de don Luis.

Nada más llegar a tierra la barca, puso sus pies en la arena un individuo enemigo.

Estaba bien armado y movía la cabeza hacia todas partes intentado divisar algún tipo de ceño.

Dijo algunas palabras al resto de los que quedaban en la barca.

Permanecieron en silencio los oriolanos.

Por fin, llegó el momento de la señal y como balas salieron disparados a la caza de aquel hombre que sorprendido ante tal amenaza se puso a dar la voz de alarma al resto de sus compañeros.
Fue demasiado tarde para él.

Fue rodeado y reducido.

Seguramente, los compañeros de este, habrían escuchado sus voces, pero como a la vista de la embarcación no estaban, fueron los oriolanos en busca de su refugio para permanecer más tiempo disimulados entre la vegetación.

Desanimados los enemigos, esperaron un lapso corto de tiempo a su compañero, luego, alzaron los remos y regresaron al navío.

Al poco rato, volvió la embarcación con más hombres y gracias al ingenio del de Togores cogieron preso a otro hombre sin derramar ni una gota de sangre.

Los enemigos, despachados, se marcharon dejando a aquellos dos a su suerte.

No tuvieron el valor necesario para venir a rescatar a sus compañeros.

Echaron las velas al viento y desaparecieron con rumbo a Alicante.

Regresaron nuestras victoriosas tropas a Orihuela precedidas de sus dos prisionesos y aquí fue celebrado por todo lo alto aquel triunfo sin violencia, sin ruidos, sin disparos. Una victoria  en donde aquellos bellacos hechos presos atestiguaron el valor y la gloria de los oriolanos.

FUENTE:
Rufino Gea LOS ORIOLANOS DE ANTAÑO

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