Son las 10 y media de la noche y tenemos todas las herramientas preparadas.
Marcelo ha situado el micro onmidireccional en la posición que le dije y estamos a la espera de que Alberto nos de la orden de empezar.
Desde aquí arriba se ven las cosas maravillosas.
Las luces de Orihuela brillan por doquier y el silencio de la montaña parece abrigar nuestros titiritantes y helados cuerpos.
A pesar del abrigo, hace una noche bastante fría.
- ¡Ahora! – Nos grita Alberto.
Marcelo pulsa el interruptor de grabación y el aparato empieza a registrar todos los sonidos nocturnos.
A lo lejos un perro ladra ininterrumpidamente.
El ruido de un ciclomotor se hace también presente.
Nos miramos con cierto grado de escepticismo y decepción pero con la esperanza de que cuando escuchemos la grabación en el estudio no haya ningún tipo de sonido que enmascare a otro.
Me aprieto mejor la bufanda para proteger la garganta que no me apetece nada caer enfermo. Sólo me faltaba eso.
Los minutos parecen transcurrir sin ninguna prisa.
No sé el tiempo que llevamos grabando
la Psicofonía pero parecen horas.
Nos decidimos por hacer el experimento por unas recientes declaraciones que leímos en Internet.
Alguien, no se indica su nombre, se dedicaba a realizar psicofonías aquí sobre el monte San Miguel de Orihuela.
Concretamente en el Castillo de los Moros.
Dicen algunas personas que en el Seminario, algunos de los más veteranos cuentan que algunas noches han escuchado un grito desgarrador que les ha helado la sangre.
Todos los sonidos extraños parecen provenir de la parte en donde está localizado el depósito de agua de la parte más alta, lugar al que siempre se le ha llamado "las mazmorras".
Nosotros hemos colocado varios aparatos en diversos sitios, incluso en la entrada a la famosa Cueva del Calor, para registrar todos los ecos del pasado que hayan podido quedar grabados a fuego por los siglos en esta sierra oriolana.
Vemos como Alberto levanta la mano avisándonos de que ya es suficiente.
Paramos nuestras grabadoras y empezamos a recoger para dirigirnos a nuestro pequeño laboratorio doméstico que no es otro lugar que la casa de Marcelo.
Que a la vez es un especialista en el tratamiento de sonido por ordenador.
Con las mochilas a la espalda y las linternas encendidas alumbrándonos el camino, iniciamos el lento descenso pues es una noche muy oscura y la bajada puede resultar muy peligrosa.
Una vez abajo nos disponemos a pasar las grabaciones al programa informático para que Marcelo ejerza su especialidad.
Nosotros no escuchamos nada ya que el investigador se ha puesto unos auriculares.