lunes, 23 de enero de 2017

El Exorcismo de Orihuela


Hubo en Orihuela un hidalgo caballero de título Don Juan María del Campo Aguilar que descendía de nobles que se codeaba con la Corte y las familias distinguidas más importantes de España.

Heredero de unas extensas tierras del campo en La Matanza, La Murada y Torremendo le permitieron vivir con holgura hasta los tiempos en que la nobleza dejó de tener sus influencias y se vio obligado a arrendar parte de sus tierras.

El jesuita Padre Tomé era por aquella década de los años cincuenta el confesor particular de la madre de Don Juan.

Una madrugada, el noble acudió con el rostro desencajado en busca del Padre Tomé.

Le abrió la puerta uno de los empleados del jesuita y enseguida lo acomodó a la espera de que su señoría se dejase ver.

Con el pelo desaliñado y con ganas de pocos amigos, escuchó el sacerdote la historia que este afligido noble le relató sobre su querida madre.

Según contó, la mujer ya anciana gritaba delirante atrapada por un horror sobrenatural que a veces la hacía sufrir y en otras gozar de placer.

Según su versión, era poseída por el demonio y todas las noches la acosaba violentándola copulando con ella.

El padre hizo llamar a su fiel ayudante que le acompañaba siempre en sus aventuras y desdichas.

Era este, un joven de origen humilde que no cobraba ni una peseta por sus servicios y que era obsequiado constantemente de útiles consejos.

El trío se acercó todo lo aprisa que pudieron a la casa de Don Juan.

El Padre Tomé se quedó en privado acompañando a la mujer y la confesó.

Sus ojos se abrieron ante las horribles historias y blasfemias que la mujer profería.

El sacerdote no había sido autorizado por la curia a realizar un exorcismo a la vieja usanza.

Pero sintiendo una profunda lástima por aquella anciana y por su hijo se atrevió a intentar calmar los padecimientos de aquella familia.

Ambos, sacerdote y ayudante, se pusieron manos a la obra.

La habitación exudaba un olor nauseabundo, como si miles de animales estuvieran allí viviendo.

El jesuita agarró con firmeza un crucifijo y el ayudante sostuvo una palangana con agua bendita.

Dieron comienzo todo tipo de bendiciones y a la vez maldiciones por parte de la poseída.

- “Vade retro, Satanás”- repetía una y otra vez.

Pasadas unas horas, la mujer pudo descansar sintiéndose despojada de la maldad que pocos minutos antes había hospedado su cuerpo.

Orihuela que por aquel entonces era una ciudad muy chismosa, dejó que se extendiera el rumor de lo sucedido, adornado de elementos que añadían más espectacularidad a lo que aconteció.

Se corrió la voz de que el Padre Tomé le había sacado el diablo del cuerpo a la madre de Don Juan María y esto fue suficiente para que se desatase una ola de histerismo entre algunas mujeres.

Como ocurrió en el Rabaloche, en la calle de Capillas, en la que una viuda se vio también acosada por las noches de un espíritu maligno que copulaba con ella todas las madrugadas.

Pero de esta otra historia no se conserva ningún dato.


FUENTE:
De Orihuela a Buenos Aires de HILARIÓN LILLO ROCHE


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