domingo, 17 de enero de 2016

LA CASA ENDEMONIADA DE ORIHUELA (Extracto de un artículo publicado en 1887)



En una calle de mi ciudad natal y cuyo nombre por prudencia me dejo en el tintero, había una casa que permanecía cerrada ya mucho tiempo porque según el decir de algunas gentes estaba endemoniada.

Y es probable que algunos la recuerden porque el solar existe todavía, aunque hoy ya no le visiten los duendes Los diablos, seres oscuros  divertidos y trasnochadores, tampoco van; parece ser que huyeron de allí y para siempre, al mágico reflejo de la luz de la civilización.

Cuéntase que en edad remota se cometieron en ella muchos crímenes, en su interior murieron en terrible noche centenares de moros y cristianos.

Los cadáveres ya putrificados desaparecieron, y solo la sangre de los guerreros se conserva coagulada y que en forma de cucuruchos el lector pueda verla colocados en una espuerta, espuerta y cucuruchos que parecen ser encantados tomando la fea y horrible forma de higos chumbos.

Parecerá extraño lo que voy diciendo, pero el que lo ponga en duda, que venga a mí y le enseñaré los higos; ahí están, diaria y eternamente los pone de manifiesto algún duende que tomó carta de vecindad en Orihuela, y que tienen aquellos el mismo color de la sangre.

Y volviendo a mi relato diré, que nada mata tanto como una superstición siendo cosa muy frecuente que esto suceda, en los pueblos de corto vecindario como lo es el mío.
Aquel edificio solitario y casi derruido era la eterna preocupación de pasadas generaciones.

Tenía en lo exterior una rejilla tapiada y a la cual los muchachos traviesos le arrojaban piedras, huyendo a todo correr de aquel sitio con sobradas razones peligroso; y si alguno más atrevido, temblando se acercaba a él a mirar por las hendiduras de sus puertas, o por los agujeros de las paredes resquebrajadas, aparecía a su vista un jardín cubierto de ortigas (encantadas por supuesto,) lo mismo que las matas y piedras que completaban el ornato de aquella malhadada mansión de culebras y lagartos, insectos y sabandijas, roedores y abejorros.

Un día tuve la humorada de entrar allí, y no lo haré más.

No había nadie en derredor mío y sin embargo oí que hablaban.

Aquellas voces salían de las piedras encantadas…

LAMENTABLEMENTE NO SE CONSERVA EL RESTO DEL ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO “EL DÍA” nº 47 del 25 de Enero de 1887.

No tengo ni idea de si el artículo está redactado en tono irónico, o se trata de algo oscuro que permanecía en boca de los oriolanos de la época.

Lo pongo en el blog como dato curioso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario